Colaboraciones, Stuart Park

Poesía bíblica. Ensayo de Stuart Park

Acercarnos al mundo de la poesía bíblica es como ponernos a orillas del mar y contemplar el horizonte lejano bajo la luz envolvente de un cielo azul. La mañana se presenta radiante, y las olas acarician nuestros pies con suavidad.

Pero al atardecer nubarrones negros se forman en la lejanía, un viento huracanado comienza a soplar, y el mar embravecido rompe con fiereza en las rocas que rodean la bahía. A la medianoche el viento se calma, se disipan las nubes y la bóveda del firmamento se puebla de luces infinitas que inspiran a la reflexión:

¡Oh Jehová, Señor nuestro,
Cuán glorioso es tu nombre en toda la tierra!
Has puesto tu gloria sobre los cielos;
(…)
Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos,
La luna y las estrellas que tú formaste,
Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria,
Y el hijo del hombre, para que lo visites?

Le has hecho poco menor que los ángeles,
Y lo coronaste de gloria y de honra.
Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos;
Todo lo pusiste debajo de sus pies:
Ovejas y bueyes, todo ello,
Y asimismo las bestias del campo,
Las aves de los cielos y los peces del mar;
Todo cuanto pasa por los senderos del mar.

¡Oh Jehová, Señor nuestro,
Cuán grande es tu nombre en toda la tierra!

(Salmo 8, salmo de David, al músico principal).

La poesía bíblica no es un tema menor, y algunas de las más grandes creaciones poéticas de la literatura universal ocupan páginas centrales de la Escritura. Ahí tenemos los Salmos, Job, el Cantar de los Cantares, y Eclesiastés. No solo ellos, los grandes profetas emplean poesía profunda para transmitir su mensaje: ahí están grandes tramos de Isaías, las Lamentaciones de Jeremías, entre otros muchos que podríamos nombrar.
De todos los libros que conforman el canon bíblico, ninguno es tan universalmente querido como el Salterio, y ninguno abre los secretos de la poesía bíblica como el libro de los Salmos. En palabras del erudito J.G. Thomson (The New Bible Dictionary): «Es imposible sobreestimar el significado, para judíos y gentiles, del Libro de los Salmos. Aquí se reflejan los ideales de la piedad religiosa y la comunión con Dios, del dolor por el pecado y la búsqueda de la perfección, del caminar sin miedo en las tinieblas a la lámpara de la fe, de la obediencia a la ley de Dios, del deleite en la adoración de Dios, de la comunión con los amigos de Dios, de la confianza cuando el mal triunfa y la maldad prospera, de la serenidad en medio de la tormenta».

Al mismo tiempo, en palabras de C. S. Lewis en sus Reflexiones sobre los Salmos: «los salmos son poemas, y poemas destinados a ser cantados, no tratados doctrinales o incluso sermones», y la poesía de los Salmos contribuye grandemente a su atractivo. Hay quien afirma que la poesía no le dice nada, que el tema no interesa, y para responder acudo al destacado poeta peruano-salmantino Alfredo Pérez Alencart, y cito de un hermoso artículo que escribió para la revista Alétheia:

Pero los cristianos parecieran tener temor a pronunciar la palabra ‘Poesía’. Es inexplicable, pues desde Génesis a Apocalipsis la Biblia traslada, en lenguaje poético, buena parte de la voluntad de Dios y los avatares  y conquistas que pasaron sus hijos. Y no me refiero solo a los Salmos y demás libros poéticos-proféticos-sapienciales. También en la parte histórica o en los Evangelios hay pasajes escritos con esa temperatura del lenguaje perdurable, que permite innúmeras exégesis, duración definitiva. La poesía es el lenguaje fundamental, el que viene desde el principio de los tiempos, aquel donde podemos oír la voz más profunda. (…)

Del Génesis hasta Apocalipsis, pocos libros de la Biblia están exentos del lenguaje poético. ¿Acaso hemos olvidado lo que reputados hermeneutas estiman como una muestra primera de  la poesía bíblica? Se trata del ‘Canto de Lamec’ (Génesis 4: 23, 24), cuyo sencillo paralelismo se condensa en solo seis versos compuestos por tres dísticos sinónimos o paralelos: «Ada y Zila, oíd mi voz; / Mujeres de Lamec, escuchad mi dicho: / Que un varón mataré por mi herida, / Y un joven por mi golpe. / Si siete veces será vengado Caín, / Lamec en verdad setenta veces siete lo será». O también en Rut, otro libro que podría considerarse como no poético, alcanzamos a leer estos versos: «No me ruegues que te deje, / y me aparte de ti; / porque a dondequiera que tú fueres, iré yo, / y dondequiera que vivieres, viviré. / Tu pueblo será mi pueblo, / y tu Dios mi Dios. / Donde tu murieres, moriré yo, / y allí seré sepultada;/ así me haga, Jehová, y aun me añada, / que sólo la muerte hará separación entre nosotras dos» (1:16, 17).

¿Y qué de Moisés, el primer poeta de la Biblia cuyo nombre conocemos? El cántico que entonara con María, tras atravesar el mar Rojo, puede estimarse como una joya primigenia escrita en hexámetros. Pero aquí me detengo, pues para analizar a fondo la poesía hebrea lo mejor es adentrarse en alguna de las obras de Luis Alonso Schökel, como ‘Estudios de poética hebrea’ (1963), por ejemplo. El jesuita, fallecido en Salamanca en 1998, supo dejar bien claro lo que ha significado el uso del lenguaje poético en el contexto bíblico: «La poesía potencia y concentra los recursos del lenguaje y ensancha sus posibilidades; los procedimientos de la poesía pasan después a la prosa artística y pueden bajar al lenguaje ordinario. Gracias a este movimiento alterno, de subida y bajada, la vida de una lengua y una literatura se mantiene en tensión».


Hemos mencionado dos libros estelares de la Biblia, Job y el Cantar, como ejemplos supremos del arte poético, y de ellos hablaremos en la siguiente sesión. Emplean metáforas de gran originalidad que los colocan en la cumbre de las letras universales. Pero cuando pensamos en poesía bíblica solemos identificar esta con los Salmos, el libro que ha asistido a una multitud de hombres y mujeres en trances difíciles de la vida, e incluso en medio de la oscuridad envolvente del valle de la sombra de muerte han proporcionado consuelo y paz, como el Salmo 23, paradigma de perfección literaria y espiritual, obra del «dulce cantor de Israel», David.

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¿En qué consiste el poder cautivador del Salterio, su capacidad de liberar sentimientos y llevarnos a la Roca que es más alta que yo, refugio en la tempestad y sombra del calor? La poesía hebrea no emplea la rima, y ni una métrica regular como la que se encuentra en la poesía latina y griega, sino que se basa fundamentalmente en el paralelismo semántico entre dos o tres líneas. El erudito Derek Kidner en su comentario de Los Salmos, tras analizar las distintivas cualidades de la poética de los salmistas, destaca esta característica de la poesía hebrea, que califica de providencial:

Se trata de la notable circunstancia de que este tipo de poesía generalmente pierde menos que cualquier otra quizás en el proceso de traducción. En muchas literaturas la apelación de un poema reside en los logros y asociaciones verbales, o en sutilezas métricas, que tienden a perder su efecto aun en idiomas similares o relacionados con el original. Pero la poesía de los salmos  tiene una sencillez de ritmo y de imágenes que sobrevive aun trasplantada a casi cualquier clase de suelo. Pero sobre todo, el hecho de que los paralelismos se refieren al sentido más que al sonido le permite lograr su efecto principal con escasa pérdida de la fuerza o de la belleza original. Los salmos se prestan, en la providencia de Dios, para invitar «a toda la tierra» a «cantar la gloria de su nombre».

En efecto, el paralelismo constituye la característica más destacada de la poesía hebrea, es decir, la expresión de una realidad en dos, a veces tres, maneras distintas, en paralelo. El descubrimiento de este fenómeno en la poesía de los salmos fue publicado por primera vez por un obispo anglicano y profesor en la Universidad de Oxford, Robert Lowth, en el s. XVIII. Desde entonces, estudios posteriores han demostrado que el paralelismo no consiste en mera repetición, lo que sería tedioso en extremo, sino en sutiles y multiformes variaciones que permiten intensificar el pensamiento original. No es nuestro propósito analizar todas las variaciones que presenta el paralelismo poético hebreo, ni hay espacio suficiente para ello, y de nuevo acudo a Alencart para cubrir mis espaldas al respecto:

No redundaré en erudiciones sobre las características especiales de la poesía hebrea que impregna una parte sustancial de los libros del Antiguo Testamento, un lenguaje poético que difiere sustancialmente a cómo se entiende el mismo en las lenguas más cercanas a nuestro castellano: que si paralelismo sintético, antitético o sinónimo; sin rima ni escala métrica, pero sí emoción en lo que se repite y transmite en la plenitud de su significado, la vitalidad perdurable de sus sentencias o aforismos y acrósticos (como en ‘Lamentaciones’), de su pasión lírica, de sus acentos irregulares, pero también de la lograda simetría de forma y sentido, de sus trasposiciones y aliteraciones…

Con todo, será conveniente aludir a ciertos aspectos del paralelismo hebreo para poder enfocar nuestro tema. El paralelismo, como hemos dicho, raras veces trata de una simple repetición. Puede ser este el caso, por ejemplo, en «el hombre» y «el hijo del hombre» en el Salmo 8:4. «Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, / Y el hijo del hombre para que lo visites?» Algo parecido sucede con «mi alma» y «mi carne» en el Salmo 63:1: «Dios, Dios mío eres tú; / De madrugada te buscaré; / Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, / En tierra seca y árida donde no hay aguas».

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Salmo 67

Como dice Derek Kidner, los sinónimos por sí solos resultarían tediosos, de modo que se presentan de muy diversas maneras. La segunda línea suele servir como una segunda ola que asciende más que la primera, quizás para ser superada por una tercera. Daremos algunos ejemplos conocidos, tomados en este caso de Deuteronomio y 1 Samuel. El primero se encuentro en el cántico de Moisés; aquí la intensificación es simplemente numérica: «¿Cómo podría perseguir uno a mil, / Y dos hacer huir a diez mil, / Si su Roca no los hubiese vendido, / Y Jehová no los hubiera entregado» (Dt. 32:30). El segundo lo encontramos en el cántico de las mujeres que coreaban el nombre de David: «Y cantaban las mujeres que danzaban, y decían: Saúl hirió a sus miles, / Y David a sus diez miles» 1 S. 18:7).

Ejemplos de intensificación abundan: «Aunque un ejército acampara contra mí, / No temerá mi corazón; / Aunque contra mí se levante guerra, / Yo estaré confiado» (Sal. 27:3), que pasa del ejército acampado, a la guerra levantada contra el salmista. El Salmo 6 comienza con un paralelismo sencillo, repetitivo: «Jehová, no me reprendas en tu enojo, / Ni me castigues en tu ira» (v. 1). Pero la segunda y tercera estrofas proceden a la intensificación, o concretización, característica de la mayor parte de los Salmos: «Ten misericordia de mí, oh Jehová, porque estoy enfermo; / Sáname, oh Jehová, porque mis huesos se estremecen / Mi alma también está turbada; / Y tú, oh Jehová, hasta cuándo?».

Dice el hebraísta Robert Alter en su comentario a los Salmos que «la construcción de este impulso semántico de verso a verso es una de las fuentes del poder distintivo de la poesía bíblica». He aquí un ejemplo gráfico de una progresión entre versos: «¿Quién subirá al monte de Jehová? / ¿Y quién estará en su lugar santo?» (Sal. 24:3). Las unidades sintácticas son paralelas, pero describen un proceso. En el primer verso el peregrino asciende por la ladera del monte de Sion; en el segundo, ha entrado en el recinto sagrado, donde está «en pie». En otro ejemplo, la intensificación se logra mediante un lenguaje figurado: «Porque he aquí los reyes de la tierra se reunieron; / Pasaron todos. / Y viéndola ellos así, se maravillaron, / Se turbaron, se apresuraron a huir. / Les tomó allí temblor; / Dolor como de mujer que da a luz» (Sal. 48:4-6).

La tendencia a llevar el significado in crescendo se manifiesta una y otra vez en la poesía bíblica. Estas tres estrofas podrían servir de ejemplo entre otras muchas:

Sálvame, oh Dios,
Porque las aguas han entrado hasta el alma.
Estoy hundido en cieno profundo, donde no puedo hacer pie;
He venido a abismos de aguas, y la corriente me ha anegado.
Cansado estoy de llamar; mi garganta se ha enronquecido;
Han desfallecido mis ojos esperando a mi Dios.
(Sal. 69:1-3).

Un mosaico figura de David tocando el arpa con palabras en hebreo ‘David’, de la sinagoga de Gaza en la Iglesia del Buen Samaritano (Israel)

El salmista evoca la experiencia de la proximidad de la muerte a través de las imágenes de ahogamiento frecuentes en la Escritura. Primero se hunde en el cieno con la sensación de no poder poner el pie; luego entra en las profundidades del agua, donde descubre que la corriente le arrastra. Pide auxilio a gritos, hasta el punto de no poder gritar más porque se ha enronquecido su garganta. Escribe Robert Alter:

Aunque algunos salmos están cargados de un lenguaje estereotipado en el que tanto el paralelismo dentro de la línea como el poema en su conjunto son relativamente estáticos, el fuerte impulso hacia adelante en muchas de estas líneas de poesía, así como de línea en línea, significa que se trata en general de un sistema poético altamente dinámico en el que las ideas y las  imágenes se llevan progresivamente a los extremos, y los temas son llevados a una crisis y a un punto de inflexión. Se trata de un aspecto formal de la poesía de los Salmos que ayuda a convertirlos en un recurso permanente para los lectores, ya sea que estén en las garras de la desesperación o en la cima de la euforia.

Alter señala otro aspecto llamativo de la poesía de los salmos. Escribe:

Rara vez busca efectos sorprendentes y una y otra vez se basa deliberadamente en un cuerpo de imágenes convencionales. En Job uno encuentra una asombrosa inventiva en el uso del lenguaje figurativo; esto es a menudo cierto también en los Profetas. En Proverbios, los puntos didácticos se hacen con frecuencia a través de metáforas ingeniosas. Pero los salmistas, en gran medida compositores de textos litúrgicos y devocionales, no quieren sorprender ni desorientar a los peregrinos, suplicantes y celebrantes para cuyo uso están destinados los textos. Si una persona está amenazada de muerte, el peligro está representado, como hemos visto, por las profundidades del mar, olas arremolinadas, y aguas que suben hasta el cuello, como hemos visto en el Salmo 69. (…) Dios en los Salmos de acción de gracias es una roca y una fortaleza, un escudo y una adarga, un ala protectora y un escondite en un día malo. (El Salmo 91 es un ejemplo sorprendente de cómo se puede crear una gran poesía a partir de tales imágenes conocidas).

La poesía bíblica refleja, por tanto, un proceso dinámico que avanza hacia una culminación. En una poesía que no depende de la rima para lograr su efecto, y rehúye de florituras verbales y metáforas llamativas, la tendencia hacia la intensificación implica que si bien los Salmos no son estrictamente narrativos, muchos de ellos desarrollan una suerte de historia. El propio Salmo 23, sereno y simétrico como ninguno, es un buen ejemplo de ello.  Este impulso se manifiesta de manera destacada en el libro de Job, que pasa por una serie de crisis desde la catástrofe original hasta desembocar en la intervención final del Creador, que responde a la desesperación de Job y vindica su nombre. En el propio Cantar, la más lírica de las grandes obras poéticas de la Biblia, también se discierne una suerte de hilo narrativo, y Eclesiastés, pausado y cíclico en su presentación de la vanidad, progresa a su manera desde el pesimismo inicial hasta la visión esperanzadora que cierra el libro.

El paradigma definitivo lo encontramos en el primer gran poema de la Biblia, el relato de la Creación de Génesis 1, que avanza desde el caos inicial hasta la creación del hombre, culminación del propósito de Dios. La Biblia entera cuenta una historia, la historia de la Redención, y la poesía bíblica se presta a este menester con naturalidad. Todos los Salmos están cuidadosamente estructurados, incluso algunos tienen forma de acróstico, como el 119, y aunque su pensamiento es muchas veces apasionado y tormentoso, reflejo de la intensa emoción personal del salmista, ningún Salmo carece de orden interno, ya que de una obra de arte se trata en el fondo. De este modo el arranque de un Salmo halla correspondencia en su resolución final. El Salmo 22, citado por Cristo en la cruz, procede desde su «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» inicial, hacia su apoteósico finale: «Vendrán, y anunciarán su justicia; / A pueblo no nacido aún, anunciarán que él hizo esto». Otro ejemplo brillante lo encontramos en el conmovedor capítulo 53 de Isaías. Se trata, en suma, de la estructura global de toda la Biblia, desde Génesis hasta el Apocalipsis.

Libro de los Salmos de David, ©Photo. R.M.N. / R.-G. OjŽda

*

Hasta aquí esta breve incursión en el mundo del arte poético de los Salmos. Pasamos a considerar a continuación la importancia última de los Salmos, su proyección de la esperanza mesiánica, y su empleo en la teología cristiana. En palabras del erudito J.J.S.S. Thomson: «el salterio ocupó un lugar tan grande en la vida y en las enseñanzas de nuestro Señor. Era el libro de oraciones que usaría en el servicio de la sinagoga, y su himnario en los festivales del Templo. Lo usó en su enseñanza, se enfrentó a la tentación con su ayuda, cantó el Hillel (los Salmos 113-118) después de la última cena, lo citó en la cruz y murió con él en sus labios. Además, desde los primeros tiempos, el Salterio ha sido tanto el himnario como el libro de oraciones de la iglesia primitiva. (…) El Salterio fue la inspiración de los apóstoles en la persecución (Hechos 4:25 y siguientes), estaba incrustado en su mensaje (Hechos 2:25 y siguientes) y exponía sus creencias más profundas acerca del Señor (Hebreos 1:6, 10-13, etc.). En todas las épocas la iglesia ha encontrado en el Salterio `una Biblia en miniatura’ (Lutero), o `la Biblia dentro de la Biblia’».

Si la Biblia cuenta una historia, la historia de la Redención, y el Salterio se presta a este menester con naturalidad, no sorprende el hecho de que la presencia de Cristo permea toda su poesía e inspira su canción. Unos quince salmos son identificados específicamente con la esperanza mesiánica en el Nuevo Testamento, es decir el diez por ciento del Salterio. En ellos se destacan distintos aspectos del venidero Mesías como ‘Rey Ungido’ (Sal.2), ‘mi Hijo’ (Sal. 2), ‘Dios’ (Sal. 45), ‘tu Siervo’ (Sal. 18), ‘hijo del hombre’ (Sal. 8), ‘sacerdote para siempre’ (Sal. 110), y ‘piedra desechada’ (Sal. 118). Aun en salmos no identificados directamente con Cristo los autores del Nuevo Testamento vieron en la experiencia de los salmistas el testimonio del Mesías (por ejemplo Romanos 15:3).

El Espíritu de Cristo movió a todos aquellos poetas a plasmar su esperanza en la venidera Salvación: «Los profetas que profetizaron de la gracia destinada a vosotros, inquirieron y diligentemente indagaron acerca de esta salvación,  escudriñando qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, el cual anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos» (1 Pedro 1:10-11). Los Salmos son proféticos, como anunció el propio Resucitado a sus discípulos mientras comía parte de un pez asado y un panal de miel: «Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos. Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras» (S. Lucas 24:45). La experiencia personal de los salmistas, no menos que la experiencia colectiva del pueblo de Israel, apunta a Cristo y desemboca en la Vida y Obra del Redentor. El Salterio comienza con una Bienaventuranza, como lo hiciera Jesús al inicio de su propio ministerio desde la ladera de un Monte. El Salmo primero retrata fielmente la perfección de Cristo:

Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos,
Ni estuvo en camino de pecadores,
Ni en silla de escarnecedores se ha sentado;
Sino que en la ley de Jehová está su delicia,
Y en su ley medita de día y de noche.
Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas,
Que da su fruto en su tiempo,
Y su hoja no cae;
Y todo lo que hace, prosperará.
(Salmo 1:1-4).

El Salmo segundo, citado con frecuencia en el Nuevo Testamento, no se resiste a invocar desde el principio la figura del Mesías:

¿Por qué se amotinan las gentes,
Y los pueblos piensan cosas vanas?
Se levantarán los reyes de la tierra,
Y príncipes consultarán unidos
Contra Jehová y contra su ungido, diciendo:
Rompamos sus ligaduras,
Y echemos de nosotros sus cuerdas.
(…)
Pero yo he puesto mi rey
Sobre Sion, mi santo monte.

Yo publicaré el decreto;
Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú;
Yo te engendré hoy.
Pídeme, y te daré por herencia las naciones,
Y como posesión tuya los confines de la tierra.
(Salmo 2:1-3, 6-8).

De este modo el Espíritu de Cristo inspira el arte poético, como en toda la Escritura Sagrada.

Nota: Conferencia impartida en el `Taller de Predicadores’, Villagarcía de Campos, 2019.



Stuart Park nació en la ciudad inglesa de Preston, condado de Lancashire, en 1946. Tras cursar estudios en el Preston Grammar School ingresó en el Downing College de Cambridge, donde se licenció en Filología Románica. Colaboró intensamente con la Christian Union de la Universidad, dedicando sus veranos en España a la misión internacional Operación Movilización. Entre 1967 y 1971 participó, junto con David F. Burt, en los comienzos de los Grupos Bíblicos Universitarios (GBU) en Madrid. En 1970 se casó con Verna Reed, oriunda de Castile en el Estado de Nueva York, que colaboraba en la misión universitaria. Entre 1971 y 1972 vivió en Castile, y de 1972 a 1976 en Philadelphia, donde obtuvo el doctorado en la Temple University con una tesis sobre Don Cristalián de España (1545), novela inédita de la escritora vallisoletana Beatriz Bernal. A partir de 1976 la familia traslada su residencia a Valladolid. Stuart se dedica a la enseñanza del inglés, en 1981 funda Warwick House, centro lingüístico-cultural, y en 1996 se incorpora como director del Colegio Internacional de Valladolid, hasta su jubilación en 2012. Desde 1976 es miembro de la iglesia evangélica sita en la calle Olmedo 38 de Valladolid. Tras volver a España reanuda su colaboración con los GBU, dirigiendo estudios en campamentos estudiantiles y dando conferencias sobre temas bíblicos en diversas universidades del país. Miembro de su Comité Ejecutivo durante más de veinte años, ejerce como presidente de GBU de 1987 a 1997.  Desde 1996 Stuart Park es director de Alétheia, la revista teológica de la Alianza Evangélica Española. En 1991, bajo el sello de Publicaciones Andamio, Stuart Park publicó Desde el torbellino. Job: más allá del dolor humano’. Siguen otros títulos publicados por la misma editorial: Bajo sus alas. Rut: más allá del amor humano’, en colaboración con David F. Burt (1993). En 1995 publica ‘In memóriam’; en 1996 La señal. Jonás: más allá de la voluntad humana’, en colaboración con David F. Burt. En 2000 publica El cetro de oro. Ester: más allá del poder humano’, en colaboración con David F. Burt y David Pradales Ciprés; y Diez historias’, en 2004. Durante este tiempo publica, bajo el mismo sello editorial, varios estudios monográficos: La Biblia. Un libro para la postmodernidad’ (1988), Literatura y Biblia. El Señorío de Cristo y las letras’ (2ª ed. 1995); ¿Resucitó Jesús?’ (2ª ed. 1995); ¿Cómo interpretar la Biblia?’ (2ª ed. 1995); y Jesucristo hoy (1997). A partir de 2009 comienza una nueva y fructífera etapa de intensa actividad literaria. Publica libros de temática muy variada bajo el sello Ediciones Camino Viejo: Las hijas del canto. Las aves del cielo en la tradición bíblica y la poesía de José Jiménez Lozano’ con Prólogo del Premio cervantes José Jiménez Lozano (2009); En el valle de la sombra. Conversaciones con Sirio’ (2010) que relata las conversaciones con un amigo íntimo durante los últimos días de su vida. En el mismo año reedita ‘Diez historias’. En 2011 aparecen tres libros: El lucero de la mañana. La tumba vacía de Jesús’, que reexamina la evidencia de la Resurrección; El camino de Emaús. Parábola y símbolo en la narrativa bíblica’, que explora la hermenéutica bíblica desde el magisterio de Jesús; y Doce nombres’ que recorre la historia bíblica a través de algunos de sus personaje más emblemáticos. En 2012 publica Magníficat. María la madre del Señor’ y reedita ‘Desde el torbellino’. En 2013 publica Cartas a mis nietos’, un recorrido por la historia bíblica de forma epistolar, y El cordón de grana. Historias de mujeres en la narrativa bíblica’. En el mismo año aparece Jardín cerrado. El Cantar sublime de Salomón’, y en 2014 publica La vida breve. El libro de Qohélet’, con prólogo de Pablo Martínez Vila, y Siete Palabras’, una reflexión acerca de las últimas palabras de Cristo en la Cruz. Más recientes son La palabra suficiente; Conversaciones con Aurelio, en torno a la fe; Junto al mar de Tiberias, Las señales que hizo Jesús; In memoriam, El dolor humano y la consolación de Cristo; Rut la moabita; De Egipto llamé a mi hijo, sobre la historia de José y, finalmente, Mesías, el texto de Jennens que inspiró el Oratorio de Händel (2018). Es miembro del Consejo Asesor de TIBERÍADES.

 

Stuart Park en Tordesillas (foto de Jacqueline Alencar)

 




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