Colaboraciones, J. A. Monroy, Máximo G. Ruiz, Máximo García Ruiz

Hasta el fin del mundo, de J. A. Monroy. Comentario y poema de Máximo G. Ruiz

Con ocasión de la reseña hecha al libro de Juan Antonio Monroy Los intelectuales y la religión, en el año 2012, decíamos acerca del autor:

Cuando se escriba la historia del protestantismo en España, con la necesaria perspectiva que únicamente el tiempo permite, habrá que hacer justicia a un puñado de hombres y mujeres que, con su entrega y generosa dedicación al servicio de la causa evangélica, han sido protagonistas de gestas realmente heroicas, frecuentemente poco apreciadas por sus propios contemporáneos, incluso asediados en no pocas ocasiones por los dardos envenenados de la envidia. Uno de esos hombres que, aún en vida, ya forma parte de la historia, cuyo nombre hay que esculpirlo con letras mayúsculas, es Juan Antonio Monroy, un español de pura cepa, aunque su padre fuera francés y él mismo naciera en un territorio internacional, hoy parte de Marruecos”.

Siete años después, cuando nos disponemos a reseñar su última obra Hasta el fin del mundo (Ediciones El Heraldo de la Verdad, San Fernando de Henares, Madrid, 2018), no sólo no nos desdecimos de nada de lo dicho entonces, sino que hemos de añadir  otros adjetivos, como su perseverancia en la fe cuando está a punto de cumplir los 90 años, sin que los bachilleres, curas y otro tipo de malandrines hayan hecho brecha en su dedicación y entrega; su generosidad extrema no escatimando esfuerzos y sacrificios para seguir ejercitando sus dos pasiones: escribir y evangelizar; su amor y dedicación a los países hispanos de ultramar, con especial atención a Cuba, recorriendo esas tierras en apretados programas (predicaciones y conferencias) en los que destila su experiencia y dilatada formación tanto en el terreno bíblico como literario, proyectando una espiritualidad evangélica fuera de mixtificaciones y fanatismos, y atendiendo a centenares de oyentes que esperan sus intervenciones con elevadas dosis de admiración y respeto.

En este nuevo libro, una mixtura entre historia y biografía, algo tan natural como la vida misma, especialmente en una persona en cuyo entorno y en ese micro mundo que es el protestantismo español y latinoamericano, se han escrito y seguirán escribiéndose muchas de sus páginas más destacadas. Monroy se ejercita en la memoria de las cosas, su propia memoria, tema que, si se hace con la lucidez que él imprime, adquiere un valor documental; y lo hace con una peculiaridad, y es que las cosas giran unas veces en torno al autor y otras es el autor gira en torno a las cosas. El estilo del libro es muy monroiano, una narración en primera persona que arranca de sí mismo, de su propia experiencia vital, que él justifica apoyándose en ilustres autores que le han precedido en estilo tan personal. Se trata de una especie de testamento vital. Esto he sido, esto he hecho, esto soy.

Por el libro va desfilando la   vida y la obra de Juan Antonio Monroy. Una confesión intimista. Confieso que he vivido, pero no con las manos vacías, ni de brazos cruzados. Su dedicación, su obsesión; anunciar el Evangelio sea desde los púlpitos, en la radio, universidades, hoteles y otros centros de lo más variopinto; en televisión; con la voz o con la pluma; en África, en Europa, en América del Norte, Centro y Sur y, sobre todo, en España. Sin lugar a dudas, se trata de uno de los referentes más brillantes del protestantismo español del siglo XX proyectado hacia el siglo XXI.

Leer a Monroy, seguir su itinerario vital, conocer sus pensamientos y reacciones, acompañarle en sus viajes o, simplemente, reflexionar en sus afirmaciones, no deja a nadie indiferente. Y es, por otra parte, una fuente primaria, imprescindible, para hacer un seguimiento de la historia reciente de las iglesias protestantes en España.

Monroy en el púlpito desde donde Fray Luis de León impartía sus lecciones (foto de Jacqueline Alencar)

Luchador abnegado en favor de la libertad religiosa, una vez instalado en Madrid se convirtió en un apoyo a la lucha que ya desde la Comisión de Defensa se venía haciendo en pro de la libertad religiosa. Monroy fue un adalid para muchas iglesias y líderes evangélicos y así lo refleja en su libro, sin acobardase ante las muchas barreras que era necesario ir derribando y con el arrojo suficiente como  para contribuir a levantar puentes de comunicación tanto entre los evangélicos como ante la Administración del Estado. En época anterior a Monroy, y en condiciones sociales aún mucho más difíciles, fue precedido por otro líder cuya memoria permanece en el recuerdo de los evangélicos españoles: Samuel Vila. Ellos dos, Vila t Monroy, junto a José Cardona forman el trío que más han hecho en favor de la libertad religiosa en España.

Si de algo no se le puede acusar a Juan Antonio Monroy es de ser una persona tímida o que muestre una falsa modestia. Monroy se quiere a sí mismo y está orgulloso de ser quien es y de mostrase cómo es. Y así lo vamos descubriendo a través de las páginas de Hasta el fin del mundo, aunque ese “descaro evangélico”, haga que algunos se irriten, No siempre ha contado con el aplauso de los de casa, y así lo refleja en sus memorias. En cualquier caso, y en cierta contradicción con lo que acabamos de afirmar, Monroy, en una parte de su narrativa, pone en primera línea, como agente principal de la amplia labor llevada a cabo tanto en el ámbito local, como en la obra misionera, así como en el campo de la literatura, a la propia Iglesia de Cristo por él fundada. Un acto de incipiente modestia que engrandece más, si cabe, su labor y que no es habitual en él.

La mayor extensión del libro está dedicada a cada uno de los países latinoamericanos donde ha dedicado su ministerio, sin olvidar a los evangélicos latinos de los Estados Unidos y un apéndice dedicado a Armenia en las que hace una atractiva mixtura entre la historia general y su propia historia.

A falta de un buen biógrafo-historiador (nos viene a la mente la ausencia de Manolo López, que muy bien hubiera podría haberse ocupado de ello) que debería tratar de armar un amplio relato de la vida y obra de Juan Antonio Monroy, él mismo ha asumido la tarea, aunque sea de forma mutilada, porque es muy difícil ver las dimensiones del bosque si estamos metidos entre los árboles y formamos parte de él. Sea como fuere, un libro que deberían leer todos los evangélicos españoles y latinoamericanos (pongo especial énfasis en los españoles), para tomar conciencia de cuáles son sus raíces

Madrid, 6 de abril de 2019

 

Manuel Corral, Monroy y Jacqueline Alencar, en la Plaza mayor de Salamanca (2010)

Juan Antonio Monroy

Juan Antonio Monroy llegó desde África
a conquistar la tierra prometida,
con descaro, esgrimiendo valentía,
en una época en la que sus correligionarios
sometidos a un régimen tirano
mostraban una cierta cobardía.

Procedente de una tierra abierta entonces
al soplo de liberad que, desde Francia,
superada la cruel guerra mundial
dejaba atrás la España en blanco y negro
y se afincaba en Tánger, donde residía.

Con su pluma en ristre anunciaba
combatir con furia a los gigantes
que, aunque disfrazados a veces de molinos,
y otras de curas, bachilleres o barberos
impedían a los suyos salir adelante.

Su irrupción resultó un tanto agresiva
a unas gentes achacadas por el miedo,
pensando que su arrojo iba a causarles
sin pretenderlo, perder los escasos privilegios
que en esa época habían querido darles.

Monroy no se dejó amilanar
ni por curas, ni barberos, ni gigantes,
y fue abriéndose puertas donde otros
tal vez con acreditaciones más notables
se habían estrellado. Salió triunfante

Restauración fue su enseña y su divisa,
en ella fue plasmando su proyecto
de una España abierta al Evangelio
arremetió sin miedo ni reservas
contra quienes no compartían su criterio.

Instaurada la libertad en suelo hispano
Monroy da el salto a las Américas,
con las que siempre estuvo vinculado,
y sin dejar España, donde reside,
allí sigue sembrando su apostolado.

Juan Antonio Monroy, Quijote a veces,
aunque afrancesado. La Biblia en una mano
y en la otra, la pluma: su espada y su cayado.
España se le quedó pequeña, y ha conquistado
Las tierras del ultramar donde ha medrado.

Abril de 2019

Tarquis, Monroy, Alencart, Martín Cobano y Escobar, miembros de TIBERÍADES, en el edififico histórico de la Universidad de Salamanca (foto J. Alencar)

Máximo García Ruiz (Madrid,1938), es licenciado en Teología por la Universidad Bíblica Latinoamericana de Costa Rica, licenciado en Ciencias Políticas y Sociología y doctor en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca. Ha ejercido como pastor bautista durante cuatro lustros y como profesor de diferentes materias teológicas en la Facultad de Teología UEBE de Alcobendas, Madrid, durante cuatro décadas y como profesor invitado en otras instituciones y universidades. Ha ocupado diferentes cargos en la Unión Evangélica Bautista de España, entre otros como presidente, y ha sido secretario ejecutivo y presidente del Consejo Evangélico de Madrid. Es miembro de la Asociación de Teólogos/as Juan XXIII. Figura en el selecto Diccionario de Teólogos/as Contemporáneos, publicado por la Editorial Monte Carmelo. Ha publicado numerosos artículos de ensayo y reflexión teológica en diferentes revistas nacionales y extranjeras y es autor de 28 libros de historia y ensayo. También es autor de los libros de poesía Entre la Luz y las Tinieblas (Hebel, 2017) y Poemas bíblicos (Hebel, 2019). En la actualidad, además de su actividad literaria, es profesor emérito de la Facultad de Teología UEBE y miembro del Consejo Asesor de TIBERÍADES, Red Iberoamericana de Poetas y Críticos Literarios Cristianos.

Máximo García Ruiz a la orilla del Tormes, con su primer poemario (foto de Jacqueline Alencar)
Alencart, García Ruiz, Park y Martín Cobano, miembros de Tiberíades, en el Colegio Fonseca de la Usal (foto de Jacqueline Alencar)



Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*
*