Colaboraciones, Jaime García MAffla

Jesús como sendero y lugar de arribo. ‘Barro del Paraíso’ de A. P. Alencart


Si orar es volverse hacia lo atemporal que hace nuestras horas, a éstas, a su vez, les da forma lo temporal de un mundo que puede sernos, tras de extraño, ajeno y hostil. La oración, que igualmente es sólo unión, entonces, nos regresa a esa otra figura de lo atemporal: lo sagrado. Así, dirá en unos versos de Barro del Paraíso:

Lo sagrado suele estar anclado al mañana del hombre
Y no es leyenda la profecía que enumera visiones
De todas las edades del mundo. Por ella surgió el polvo
De la revelación por la cual se cuajaron los milagros.

Aquí, oración de clamor, la de quien mira, no del contemplador, de quien se ha entregado y regresa con ecos de un doloroso desencuentro para, eso sí, ir a la consolación.

Los poemas y la poesía, el mensaje y la voz de este tan ceñido libro de Alfredo Pérez Alencart, van desde el gozo de un saberse unido, hasta el duelo de comprobar que el escenario humano más está hecho de escisiones, que de la sacralidad como razón, savia y vía en y de todo lo habitual en la escena del mundo… Cuando se hace contraria, vendrá el reclamo.

Más que analíticas, quisieran ser sintéticas estas palabras mías sobre el presente libro de Alencart, yendo más que a sus motivos, a sus móviles. Así, está el vacío ante una plenitud, como la plenitud desde un vacío, o lo inmaterial trascendente en manos de lo tangible efímero, para la poetización tras la vivencia tanto de lo propicio como de lo contrario, el pronunciar tras una larga y cada vez más decantada experiencia del vivir y de la versificación, de lo real y de lo ideal, de la palabra que calla y el silencio que habla… Porque, habría que decirlo ya, este libro casi apunta a las líneas más amplias de una teología.

Pero había –venimos ahora a saberlo– el autor, también meditador e intérprete, llegado desde hace un decenio a la expresión poética de las circunstancias de la interioridad ante el “afuera”, con los contenidos y los matices, por simbolización y alegoría, de la acción de la vida cuando se vuelve en contra de sí misma y de nosotros, y luego el acogerse a los dones de la persona del verbo encarnado y del espíritu que resarcen y acogen, así como en el poeta, están por ello sus claroscuros, elevaciones del saber y el decir, cumbres y abismos de su voz y su ver, estar y hacer, sentir y crear por la palabra en la escena toda de su obra. Este libro, pues, viene de atrás…

Foto de José Amador Martín

Ahora bien, a cierta altura del llegar a la consciencia de su propio e intransferible existir, o cuando el ser humano se ve delante de aquello que pueda afirmar y asumir como su presencia y “su verdad”, le es preciso, en imperativo último vital, situar las cosas ante sí, y en la misma medida situarse ante ellas, por lo cual se le presenta esa “verdad” como una instancia ante la cual se abren dos caminos encontrados: reconocerla y crearse desde su fuero más puro y oculto, o no reconocerse en ella y conservar los ojos vueltos hacia lo exterior siempre ajeno, reconocerla pero no sentirse unido, o, por la forma de su propio pasado entre el azar que niega al carácter, no saberse en ella e ignorarse, o a cambio y en sincera intensidad, saberse parte de la comunidad del espíritu –camino de Alencart– y de una directa forma de hablar con Dios –desde Cristo– para mirar entonces el discurrir de una historia que determina y modela a la persona.

Hay autobiografía en los poemas de Barro del Paraíso, pero también entran otras voces y otros destinos, comenzando con las palabras mismas de Jesús en el juego de acción y reacción entre el reino de la necesidad y el de la eternidad… De ahí el delatar y el reclamar, el constante pedido de justicia y la aceptación de la injusticia o de la mezquindad o la impostura, así cuando se le pide a Lázaro que finja…

No es éste un libro religioso, como profesión y ejercicio de una fe, sino íntimo como adhesión a una querencia y realización espiritual de sí mismo, fe de la cual hace parte el saber que la providencia es ancestral y actual, que es compañía y aliento, aquí abiertamente, saber de Dios por Jesús de Nazaret, con todo lo divino –los profetas y los solidarios– en fin, ubicuo siempre…

Y en esa Verdad entran, para todos los seres como marco existencial inalterable, lo trascendente y lo inmanente, aún tanto lo celeste como lo terreno, escenarios de su acción y de su encuentro con lo otro, lo ajeno y distinto, con las proximidades y las fuerzas adversas, en juego entre voluntad y destino, ascenso y caída o apropiación de sí ante la herida, o pérdida de sí.

La unión es también deuda, en la más directa llamada de este poemario, no al desapego por lo santo, sino al valor de salvación por el impulso unitivo. Así esta “Verdad” pertenece al orden de lo evangélico en lo visible y en la historia, entre lo personal y lo universal. ¿Qué está haciendo el mundo con Jesús, qué sin Jesús? Pasar por encima de las leyes humanas, que también son sagradas, si arriba anotamos que en estos poemas hay una teología, también están las figuras del Derecho Divino, Natural, Positivo y Consuetudinario, al lado de la nobleza de quien solamente ama, y por el amor reconoce las jerarquías del mundo.

Es este un libro que, más que cantar, habla y razona, así es como desde allí Alfredo Pérez Alencart se entrega, o es por la interiorización llevado a su composición, y a al cual también hace que anteceda una creencia expresa así en estas palabras suyas: “No merma la poesía que abona con las raíces de un largo camino donde no han escaseado misterios y prodigios. Aquí me tienen, en un apeadero de esa senda que vuelve palabra en mi corazón de hombre”. Tal senda –bien lo sabemos en el caso de este poeta– es la evangélica.

Martín Cobano durante su intervención en la Sala de la Palabra, el pasado 7 de mayo (foto de Gabriel Alonso)

En Barro del Paraíso el firmamento y el horizonte, que igualmente son el lugar del arribo y el sendero, están directamente en Jesús de Nazaret, y por Él se aúnan. Aludiendo a su circunstancia, anotemos que para Alencart el sólo “nombre de Cristo” es no ya una estación o paraje, en el cual apearse no únicamente es quedar a buen seguro, sino dar un hogar al ansia y al dolor de la conciencia que reclama. Hay gozo y llanto en estos versos en algo próximos a la “cuaderna vía” por su lección de ascenso y vuelta a lo profundo, que al venir del divino despojado, señalan una presente plenitud, esto es que se cumple con la existencia pura de la conciencia misma. Y más en esa dimensión de lo profético a la cual se alude –por ese nombre único– en el epígrafe.

Un postulado lírico esencial ha sido siempre el consuelo o alivio en lo inmaterial, y por tanto trascendente del “aquí” opresor, el cual, no obstante, también se eterniza por ser fijado en un decir cuyo ritmo está acorde con el de todo corazón humano y fraterno. Se “es”, en enseñanza de la cruz, sujeto del mundo y objeto de sí mismo, y en un aprendizaje lento como el del ascenso al calvario. Pero se lo acompaña… Hay un repaso de los registros interiores de un poetizar que puede aproximarse a los Salmos, por el diálogo directo y por el pronunciar que se sabe atendido, por el llamado y la acogida como medida de comprensión y salvación. Libro entonces volcado al contraste entre la realidad de hoy y la de las edades del inicio, evolución o plenitud de un ideario y de un Amar como definición y certeza de la Eternidad en nuestras manos. Sus páginas, desde una invocación y un reclamo, son a la vez de ascenso y caída, esto por lo humano que puede transmutarse en sagrado, sí, pero que aquí, en su materia, nos lleva a una ascesis que prepara la purificación, y a formas varias de redención ante la herida: ser, poder habitar en el ser que nos ha sido dado, así a éste no lo atraviese el abajamiento.

¡Qué fluidez hay aquí en el decir del canto casi agónico, qué precisión en su sistema de alusiones, en las cuales se cruzan nuestro presente y lo histórico, lo consagrado ya y lo presentido para un reclamo ante la maldad que campea en este mundo!:

Hoy también muestra tu repudio a los falsarios
Que no ofrecen consuelo bajo el fervor de su prisa
Ni dejan de lado esos amuletos que les avasallan…

La voz de Alencart se alza desde un adentro vulnerado y a la vez preservado, caído y nuevamente alzado dentro de la experiencia de un mundo hostil, en el cual la indiferencia ante lo espiritual es norma. Es, lo creemos, su mensaje central, al lado de la unión directa con el Cristo eterno:

La vida está llena de traiciones
Y el cuerpo se queja bajo el azul del raciocinio.
Pero ¿dónde se cobija la vida y dónde los huesos calcinados?
La única brújula es el Amor enhebrado
Al misterio de la amistad, a la comunión del sentimiento,
A las despiertas pupilas de un linaje que nos consagra
A buscar certezas en la inolvidable cruz del calvario.

El poema que da título al libro es una pregunta del poeta por su ser y su origen, su mirar y sus actos, su urgencia espiritual y su postura ante la degradación de lo humano en torno. Monólogo lo mismo que soliloquio por el cual lo eterno es convocado desde lo más plenamente humano –rasero que une a todos los poemas. Pero hay referencias al Antiguo Testamente, poniendo a sus personajes a la par con el hombre de hoy, al profeta al lado del obrero, como al milagro tiene que vérselas no con la santidad sino con la infamia; es una mirada a lo histórico en cuanto cumplimiento fijo, no del tiempo que pasa, sino de todo cuanto ha sucedido dentro de un tiempo al cual nos sentiríamos ajenos:

Claman Amós y los demás, pero los poderosos
Se marchan de la plaza sin ofrecer pan alguno
A las bocas con hambre, a los llenos de espíritu.

Va a la historia de la derrota del valor consagrado, al triunfo vano de los ojos puestos en lo
intrascendente que hiere al eterno humano. Libro de alusiones, cuyo rasero es lo amatorio, la adhesión o la consagración, la entrega, pero así mismo la separación de la oscuridad que encubre lo falaz y contrario del instante en manos de aquellos que utilizan la vida…

Miguel Elías, Alencart y Martín Cobano durante la presentación de Barro del Paraíso (foto de Gabriel Alonso)

 

El paso de la potencia al acto es la experiencia más personal de la virtud unificadora de y por espíritu –“paraíso” o “barro” –, en un sistema de conciliaciones –de reconciliaciones– al cual, con la oración, contribuye la poesía, o con el consagrado, el poeta y su sola vocación de eternizar al fijar lo que quisiera y lo que no debe ser arrebatado por el tiempo, la edad o el deterioro. El poeta aquí se sabe objeto de la siempre equívoca acción del hombre cuando medra, o por la iniquidad –que le es natural– desea otro curso para lo inmediato y tangible de su sino.

Sé bien que los términos anteriores algo tienen de cifrado, pero es que están tocados por lecturas mías anteriores de Alencart; aquí ciertas figuras como Don Quijote o Miguel de Unamuno en su defensa del fuero de los desprotegidos y de los que ansían otro más alto aliento a sus acciones que, a veces, se confunden con la ensoñación, negando la historia, pero también negados por lo histórico, por los intereses mundanos, el alejamiento del principio creador y de la vida.

Por algo como lo anterior, con su reclamo, su dolor de lo otro, o del otro en su dolor que se hace propio, dirá en demanda de atención o de servir de guía en la noche oscura del vivir:

Búscale vuelo a tu vida, aléjala de los buitres del entierro
Y ponla a despertar como si volviera a comenzar el mundo
Y con ese trote vitalicio que ronda por la fuente legendaria
Como abriéndole compuertas a tu corazón.

¿Cómo se logra la espiritualización de un destino, de un anhelo, del pensamiento que lleva a la acción? El ir hacia Jesús no implica una religión ni una mística, pero sí una ascética, un rigor en dar forma a lo informe para volver a lo originario y a lo originante, aún una teleología por vías de la vida íntima cuando es agredida, y en esos dos términos sinónimos casi, los que aluden al origen, que se repiten desde la escisión de un poema, en intensificación del sentido de “sentir” aquello que nos hace en y desde su entrega.

Así, ha de concluir:

Esconde las manos entre los pecados que llevas en tu bolso
Y que, cuando salgan, porten piedras no para el tropiezo
Sino para completar la casa levantada con inmenso amor.
Así justo habitarás la tierra, puliendo el ángulo de la piedra.

Alfredo Pérez Alencart dedicando un ejemplar de Barro del paraíso (foto de José Amador Martín)


Jaime García Maffla (Cali, Colombia, 1944). Poeta, filósofo y ensayista. En su obra se traslucen influencias de la tradición hispánica y del existencialismo. Hoy jubilado, fue Jefe del Departamento de Humanidades de la Universidad de los Andes y Director del Departamento de Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana. Ha sido considerado, junto a otros destacados poetas, como perteneciente al grupo de la ‘Generación Sin Nombre’. García Maffla, experto en la obra de Cervantes, es el autor del prólogo y las notas de la primera edición colombiana del Quijote, y uno de los poetas más relevantes (y ‘ocultos’) de Colombia y Latinoamérica. Fue cofundador de la revista de poesía Golpe de Dados, que apareció en 1972, junto con Mario Rivero, Giovanni Quessep, Fernando Charry Lara, Hernando Valencia Goelkel y Aurelio Arturo. Esta revista se publicó bimestralmente y sin interrupción por más de treinta años. Coordinó talleres en la Casa de Poesía Silva y en el Instituto Caro y Cuervo, en Bogotá. En 1997 recibió el Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia. Sus poemarios son: Morir lleva un nombre corriente (1969), Guirnalda entre despojos (1976), En el solar de las Gracias (1978), La caza (1984), Las voces del vigía (1986), Poemas escritos a lápiz en un viejo cuaderno (1997), Vive si puedes (1997), Al dictado (1999), Caballero en la Orden de la Desesperanza (2001), Antología mínima del doncel (2001), Poemas del no-decir (2011), Buques en la Rada–Lais (2014), De las señales (2014), Herida del juglar (2016, antología), A bordo de un bardo de una a otra orilla de la mar (2017) y Leve. Trazos hacia otra poética (2018). Su obra ensayística comprende, entre otros trabajos: En la huella de Miguel de Unamuno (1985), En otoño deberían caer todas las hojas de los libros (1987), Visión poética de don Quijote (1988), Fernando Charry Lara (1989), Estoraques de Eduardo Cote Lamus (1994), ¿Qué es la poesía? (2001), Hacia la sacritud del lenguaje: Stephane Mallarmé (2001), Poesía y poetas colombianos (2009) y La órbita poética de A. P. Alencart (2017). Como antólogo ha preparado, entre otras, dos antologías: Antología de poesía colombiana e hispanoamericana (Editorial Panamericana, 2005) y Traductores de poesía en Colombia (con Rubén Sierra Mejía, Casa de Poesía Silva, 2009).

El poeta y filósofo Jaime García Maffla en su retiro de Guaymaral

 

Alencart con su ‘Barro del Paraíso’ (foto de José Amador Martín)



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