Edmundo Retana

Imágenes liberadoras de Dios en la poesía de Jorge Debravo. Ensayo de Edmundo Retana

El presente ensayo es un capítulo de la tesis de maestría en Teología Pastoral del autor, titulada “Análisis comparativo entre la visión de Dios en la obra de Jorge Debravo y la concepción de Dios de la Teología de la Liberación”. Agradecemos al autor su autorización para difundirlo en Tiberíades.

1. La literatura latinoamericana y caribeña como fuente de construcción teológica

La Teología Latinoamericana y Caribeña de la Liberación se desarrolló en diálogo con otras disciplinas, principalmente del área de las Ciencias Sociales. Dicho intercambio ha sido esencial en la estructuración del discurso de esta corriente teológica, influyendo en la configuración de su método y dotándola además de instrumentos de análisis de la realidad sumamente útiles para ejercer su misión transformadora. De esta manera, el discurso de la Teología de la Liberación se arraigó en la realidad social y política de nuestro continente, construyendo desde ahí una fe liberadora.

El diálogo, fecundo y necesario, con otras áreas de pensamiento, no se ha agotado sin embargo en las Ciencias Sociales. La literatura latinoamericana y caribeña también ha sido un interlocutor válido para la teología a la que ha aportado conceptos, imágenes y paradigmas que han contribuido a ensanchar el ámbito de su reflexión. Es nuestro interés en este artículo retomar los hilos de ese diálogo, realizando un análisis de las imágenes de Dios en el poeta Jorge Debravo (1938-67), cuya obra cohesiona los rasgos básicos de la poesía social (Monge, 1998: 13), surgida como movimiento literario a partir de los años sesenta del siglo anterior en Costa Rica.

Hemos seleccionado este autor tomando en cuenta que el tema de Dios es parte primordial de su propuesta poética. En su obra la búsqueda de Dios y la lucha por la justicia está entrelazadas (Duverrán, 1973: 4), en el marco de su visión del mundo y de la vida. Además, su poesía está enraizada en el lenguaje, los valores culturales y la dinámica social de nuestro pueblo, de cuyos sufrimientos y esperanzas da testimonio en sus escritos. Así, Debravo hace su camino desde la necesidad de encontrar a Dios en la lucha y la fraternidad humanas, cuestionando las formas anquilosadas de la fe cristiana y liberando al ser humano, al mismo tiempo que libera a Dios.

Antes de entrar propiamente en el análisis de sus textos poéticos, haremos algunas consideraciones acerca de la literatura, y en particular la poesía, como fuentes de construcción teológica, que nos permitan a la vez guiarnos en nuestra búsqueda de las imágenes de Dios en Jorge Debravo.

Como sabemos la poesía se nutre fundamentalmente de imágenes y símbolos. Su lenguaje connota significados más que denotarlos. La figura literaria, la alusión, la evocación o la sugerencia son el material elemental con que el poeta construye su mundo de significados. La teología por su parte se ocupa de la relación de los seres humanos con Dios, tema central de nuestra vida. ¿Será posible hablar del misterio de la existencia de Dios en la historia (Araya, 1983: 17), solo a partir de la racionalidad y la lógica, sin utilizar el lenguaje simbólico? Definitivamente no. Veamos lo que nos dice al respecto Sharon Ringe:

Cuánto más cercanos estamos al eje central de nuestra vida, más difícil es que el lenguaje sea capaz de expresar en forma directa y literal lo que queremos comunicar (Ringe, 1996: 22).

Esta imposibilidad de que el lenguaje pueda efectivamente connotar aquellas realidades relativas al “fondo último de nuestra existencia” (Tillich, 1968: 34), hace que todo discurso sobre Dios que utilice solamente un lenguaje racional, derive casi siempre en una cierta unilateralidad o visión recortada y parcial de su objeto de estudio.
Esta necesidad de abordar a través de las imágenes el misterio de Dios, abarca también la vida comunitaria:

La vivencia simbólica permite a cualquier comunidad participar y entender a su manera el contenido de la fe. El símbolo es una apertura al misterio (Irarrázabal, 1999: 28).

De manera tal que, como ha escrito Juan Jacobo Tancara:

La fe y la imaginación, funcionando juntas, posibilitan la construcción de imágenes de Dios, ellas pueden resultar peligrosas para la doctrina o para aquellos vetustos enunciados de la creencia, porque proponen una constante renovación del lenguaje que habla de Dios (Tancara, 2005: 19).

“La constante renovación del lenguaje sobre Dios” de que habla este autor es posible porque “…las imágenes no son estáticas, sino orgánicas: evolucionan, crecen, fructifican y generan nuevas imágenes” (Ringe, 1996: 29). En un continente donde Dios es utilizado a menudo como fuente de opresión y dominación por los centros de poder, la tarea de recrear imágenes y percepciones liberadoras de Dios es urgente y prioritaria. Así el diálogo entre literatura y teología cobra vigencia y pleno sentido.
La obra de Jorge Debravo es precisamente un buen ejemplo de las posibilidades que ofrece la literatura latinoamericana y caribeña para la construcción teológica de paradigmas de fe y liberación. No se trata de aproximaciones fáciles o ligeras al misterio de Dios. En Debravo se expresa una fe que evoluciona de manera compleja y contradictoria, por ello mismo rica en contenidos teológicos. Gustavo Gutiérrez (2003: 491), analizando la obra del gran poeta peruano César Vallejo, quien justamente influenció el trabajo poético de Debravo, ha llamado “acercamiento dialéctico” a esta forma poética de tratar el tema de Dios. Este acercamiento “evoluciona, crece y fructifica”, en el caso de Debravo, en imágenes cargadas de belleza y humanidad, que recrean el dolor y la alegría del pueblo en su búsqueda del Dios liberador.

Escultura de Jorge Debravo

2. Jorge Debravo: la tarea de completar a Dios

La tensión entre la percepción de un Dios lejano, a veces extrañamente cruel, heredado de su contexto religioso, católico y rural, y la necesidad de saber de la existencia de un Dios de amor y justicia, marcan indeleblemente la obra del poeta costarricense de origen campesino Jorge Debravo. Como decíamos al principio, Dios es un tema cardinal en su poesía. Está presente, de un modo u otro, en cada uno de sus libros. Debravo conversa con él, lo inquiere, lo cuestiona, o bien, mide su ausencia dolorosa en un mundo de injusticia. De ahí que sea evidente, a lo largo de sus escritos, la búsqueda de una visión personal de Dios, tal y como lo veremos a continuación.

2.1. Del Dios amenazante a la lejanía de Dios

¿De dónde parte Debravo en su búsqueda? Hay una constatación primaria que él quiere hacer del Dios heredado. Es un Dios que le ha sido proyectado desde ciertas zonas de la imaginería popular en las que se despliega la magnificencia y el poder de un Dios eternamente anciano y poderoso que, desde un arriba infinito, vigila con ojo omnipresente hasta los últimos y más recónditos hechos y pensamientos humanos.
Debravo acude primeramente a esa imagen devastadora de Dios para interrogarle:

¿Verdad que Tú no tienes
la barba blanca?

¿Verdad que no Dios mío?

¿Verdad que Tú no tienes
los ojos negros?

¿Verdad que no Dios mío?

¿Verdad que Tú no tienes
un puñal en la mano? (Debravo, 1989a: 30).

El poeta tiene necesidad de aproximarse, por eso le dice Dios mío, a pesar del temor a ese Dios de edad distante, que mira oscuramente, para juzgar sin misericordia a los humanos y las humanas. La imagen se va intensificando, desde la improbable edad de ese Dios implacable hasta el puñal con que amenaza. Es una oración, una súplica hecha desde la necesidad de Dios. Al final nos queda, como eco de la vastedad de las interrogantes realizadas, la pregunta final: ¿Verdad que Tú no tienes/ un puñal en la mano?

Estas interrogantes evolucionarán hacia otras igualmente significativas. En el mismo poemario, Milagro abierto, que recoge sus primeros poemas publicados, Debravo se pregunta: ¿Esta gran soledad/ no es tu presencia, /Dios mío? (Debravo, 1989a: 35), o bien, interroga: ¿Dónde —decíais— está Dios? (Debravo, 1989a: 32), ¿Dónde están ahora las manos de Dios? (Debravo, 1989a: 28).

Las preguntas lo rodean, acechándole, hasta buscar a Dios en la oscuridad: Muelle negro./ Agua negra./ Y negro en mi alma Dios (Debravo, 1989a: 30), oscuridad de esa noche que le cae al alma (Debravo, 1989a: 29) adentrándosele por los poros, por la boca, para concluir así: La noche es como Dios: grande./ ¿O es Dios este gran chorro/ de carbón y de alquitrán? (Debravo, 1989a: 29).

Ya no estamos entonces ante la duda temerosa de si Dios blande su gran puñal, sino ante la incertidumbre acerca de ¿dónde está Dios, ¿quién es?, ¿cómo encontrarle? Frente a estas interrogantes Debravo parece encontrar solo ausencia; Dios no está y, si estuviera, su voz viene de lejos:

Hasta la voz de Dios se oye lejos, muy lejos,
como viento dormido
en un inútil astro (Debravo, 1977: 32).

De la ausencia Debravo evoluciona a la lejanía de Dios. Ahora no es que no está sino que su voz es distante, como un viento dormido, es decir suavísimo, en un astro, que por inútil, parece inhumano. Sin embargo, en Bestiecillas plásticas volverá esta sensación de ausencia u orfandad de Dios, aunque ligada a la pareja humana, en el marco de un paisaje intimista:

Dios no está.
Solo la luna
Rueda como un gran balón.
La noche es una honda cuna.
Un niño mi corazón…

Dios no está.
Ha días no ha vuelto
a estar con nosotros dos.
El cielo cae desenvuelto…
Hace días se nos fue Dios (Debravo, 1989a: 26).

En este poema se denota a un Dios que estuvo en la pareja, pero hace tiempo se marchó. El paisaje parece expresar esta ausencia, si bien es sobre todo en la intimidad de la pareja que se siente su vacío. El cielo, que cae desenvuelto, no los abriga, ya desde hace días. La orfandad se torna en soledad de pareja que, al perder el amor, ha perdido también a Dios. Por otra parte, la sensación de lejanía y ausencia se transformará en un sentimiento de abandono en los siguientes versos:

¡Ah, Dios nos tiene abandonados!

Para llegar a él hay que
rodear el mundo
con los pies descalzos.
Con los pies descalzos…

Y los hombres no podemos
Caminar
Sin zapatos…! (Debravo, 1989a: 38).

En estos versos se advierte ya una vinculación del tema de la ausencia y lejanía de Dios con lo social. Dios nos tiene abandonados, interponiendo una distancia tan radical con nosotros que solo es posible acortarla rodeando el mundo con los pies descalzos. Podría interpretarse que debe ser alcanzado desde realidades de marginación terribles, que implican un sacrificio excesivo, e inhumano, pues los hombres no podemos caminar con los pies descalzos. Un Dios así parece simplemente inaccesible ante la mirada del poeta, porque está muy lejos de la opresión y el sufrimiento.

Si bien ya no es un Dios amenazante, continúa siendo lejano: Estoy solo esta noche y ni siquiera un dios/ quiere ayudarme a alzar esta carga de escombros (Debravo, 1981: 75). La lejanía de Dios, por tanto, no es meramente espacial, sino que obedece más bien a que Debravo lo percibe como ajeno al dolor humano. El Dios heredado de su contexto social sigue estando lejos de su vida y dolores de habitante del pueblo.

2.2. El Dios cautivo de la religiosidad tradicional

El Dios cautivo de la religiosidad tradicional, tiene como antecedente a los dioses, que expresan en múltiples textos de Debravo, aquellas formas de creer esclavizantes de las que es necesario liberarse:

Entremos a la luz. Saquemos flores
de nuestros viejos huesos fatigados,
rompamos a los dioses, desatemos
nuestra palabra, entremos a escuchar
todo lo que debiéramos haber
oído hace mil años. Ya no aguanta
la sangre este castigo de andar venas.
Libertemos la sangre. Somos dueños
de ella y de nosotros y de todo (Debravo, 1972: 84).

Son los dioses los que necesitan de las personas y no al contrario, dice Debravo, como si los dioses fueran solamente inventivas para tratar de vencer los límites propios de la existencia: Algún día comprenderéis/ que el hombre para vencer no necesita los ojos de los dioses (Debravo, 1981: 127). De ahí que éstos puedan destruirse o hacerse (Debravo, 1967: 48), pueden ser dioses que deshacen las caricias (Debravo, 1989a: 58, 19) o ser indiferentes ante los rezos de una muchacha pobrísima (Debravo, 1989b: 95).

Los dioses se exilian de una ciudad que escucha sus voces antiguas, ciudad desnuda, donde la soledad cae sobre la tierra enferma, imágenes que implican un estado de ruina y deshumanización (Debravo, 1972: 83). Desprovistos de todo aliento verdaderamente humano o divino no significan nada que rehaga la vida y la impulse hacia delante, por eso es necesario desterrar su nombre (Debravo, 1972: 23), romper con ellos y crear una ciudad de paz con su argamasa (Debravo, 1981: 82), puesto que más que cualquier dios es creadora/ la esperanza del hombre (Debravo, 1977: 66).

Esta ruptura con los dioses, que es en el fondo un rompimiento con el Dios tradicional, lleva al autor a reinterpretar los códigos de la religiosidad de su entorno desde una perspectiva desacralizadora. Expresa de este modo su crítica profunda y radical a ciertas maneras tradicionales de asumir la fe, en búsqueda de una manera de creer en Dios y, al mismo tiempo, en la lucha de los seres humanos:

Ando en busca de un sitio
Para hablar de la tierra,
De lo atado y lo libre,
Del sueldo y de la mesa
De Dios
y la protesta (Debravo, 1981: 46).

Debravo quiere hablar de Dios y la protesta al mismo tiempo que habla de la vida concreta y cotidiana. Fiel a esa posición criticará una y otra vez las formas idolátricas de una religión envejecida, como si a través de esa crítica intentara despejar el camino para acercarse a él:

…y que no me hablen de iglesias
todas cuajadas de santos
que los santos no protestan
por tener mudos los labios (Debravo, 1989b: 76).

No le gusta al poeta una religiosidad que aleje de la lucha y la protesta, tampoco quiere que, desde supuestas prácticas de fe, se engañe a la gente. Por eso pide que no se les traiga oraciones, ni rezos a los que están solos, o han caído, mucho menos bonos incobrables contra la vida eterna. Para ellos pide pan, amor, canciones, lechos, casas (Debravo, 1989b: 88). Mientras tanto, la crítica es honda contra todo aquello que le huela a utilización de la fe, a fraude religioso:

Hay una inundación de mercaderes
Con ojos de animal sencillo y bueno.

Una marea sangrienta de piratas
Con dulces crucifijos en el cuello.

Hoy se juega a los dados
—Ah, Dios mío, a lo dados— el lecho del enfermo
la esperanza del triste,
la camisa del huérfano! (Debravo, 1989b: 101).

Este tipo de imágenes expresan la denuncia implacable de Debravo contra todo lo que le suene a religión como cruel manipulación del dolor del pueblo. En otro poema criticará la manera que utilizan los sacerdotes para hablar de la felicidad eterna, como si fuera hablar del almuerzo a mediodía, o del santo comprado con la ayuda de los miserables (Debravo, 1977: 156).

Por eso quiere sonreír cuando rezan en los templos (Debravo, 1981: 76), y busca, como superación de esas formas anquilosadas e injustas de fe un milagro de alegría, un milagro de alegría (Debravo, 1981: 15), hasta proponerse inventar algún milagro/ para llenar de pan la luz y el viento (Debravo, 1981: 31). En otro poema dirá: ¡Entrad ahora mismo en defensa del cielo/ que cada hombre lleva/ debajo de los músculos heridos (Debravo, 1981: 122).

Es la fuerza propiciatoria de un Debravo que encuentra al cielo allí donde los seres humanos sufren y luchan, frente a un Dios cautivo de formas religiosas alienantes. Tanto su percepción del Dios lejano, como su intento de conjugar Dios y protesta, liberándolo de su cautividad, lo llevan a querer completar el corazón de Dios (Debravo, 1989a: 156), a través de una nueva manera de creer y de vivir.

2.3. Del Dios no creado al Dios íntimo

Un Dios no creado es un Dios que hay que concebir, un camino que nunca ha comenzado (Debravo, 1981: 75), como lo llamará en otro poema, que debe andarse con nuestros propios pasos. Para poder erigir ese Dios dentro de sí, Debravo tiene no solo que cuestionar su lejanía, liberarlo de la prisión en las formas religiosas que le negaban su vitalidad, sino igualmente hacer estallar sus nociones preconcebidas de Dios, como bien lo observamos en el siguiente poema:

Tu eternidad se hizo
trizas en mi ventana:
como un altar quebrado
volaste en mil pedazos
de blanca porcelana.

Montón de huesos rotos,
¡que pobremente brillas
a los tristes reflejos
de la lámpara!

A empujones te eché de la alcoba de mi alma.
Y un aire transparente
Llenó los almohadones que ocupabas (Debravo, 1981: 125).

En este poema se concreta aún más la ruptura, desde su interioridad, con las concepciones recibidas. La eternidad se hace trizas y Dios mismo se quiebra en mil pedazos. Pero lo que se quiebra es una imagen de un Dios que es preciso echar de la alcoba del alma. El resultado es liberador: y un aire transparente/ llenó los almohadones que ocupabas. Por eso, no es casual que este poema se titule Viejo Dios, en oposición al Dios que habrá de crearse, esto es, de concebirse. Un Dios que, por otra parte, el poeta habrá de encontrar encarnado, dentro de él mismo: A las cinco de la tarde pienso en Dios./ Lo busco en el cielo rojizo del poniente./ Al fin lo encuentro dentro de mi carne (Debravo, 1989: 145).

En otro poema, titulado precisamente Dios íntimo, Debravo se aproxima todavía con más claridad a esta noción de un Dios que lo habita desde adentro. Dice que antes de tener sed o percibir el silencio ya Dios era un aire vivo dentro de sus huesos (Debravo, 1981: 126). Luego va a describir cómo recibió una idea equivocada de Dios, habitante de templos, de parte de hombres que poseen solo una imagen enceguecida de él. Esos hombres, que le enclaustraron al viento, le confundieron, en su búsqueda de un Dios que él finalmente redescubre (Debravo, 1981: 126), cuando un aire puro/ me lavó los secretos/ y como un mármol dulce/ te divisé alma adentro./…de cristal, como el tiempo (Debravo, 1981: 126), imagen que alude a la transparencia como cualidad de Dios, quien ya no es un ser lejano o extraño sino una presencia que lo habita, más allá de la sed y del silencio: Cada trago de amor lo hará crecer/ puro, amistoso,/ como una raíz que nos penetra/ cada vez más a fondo (Debravo, 1981: 38).

Una vez hallado a Dios como raíz íntima, como amor, Debravo utiliza dos símbolos para acercarse a la imagen femenina de Dios: la maternidad y la paternidad de una hija. Veamos enseguida como, en el poema Paisaje, rescata la dimensión materna:

Paisaje

Huele a madre la tierra. Todo el cielo
huele a tierra y a madre.
Una bandada de recién nacidos
succiona los pezones de la tarde.
Partos y partos se suceden
A escondidas del aire.

Si Dios fuera visible,
Al fondo del crepúsculo salvaje
Se vería su silueta
Igual que la silueta de una madre (Debravo, 1967: 67).

En este poema todo el paisaje, cielo y tierra, parece estar preñado en la figura de la madre. La fecundidad alcanza a la tarde misma, donde partos y partos se suceden a escondidas del aire. La tierra, el aire, el cielo giran grávidos, envueltos en un continuo y abundante nacimiento.

El poema llega a su clímax en los cuatro versos finales donde hasta la silueta de Dios, se podría ver, al fondo del crepúsculo salvaje, igual que la silueta de una madre. De esta manera todos los atributos maternos del paisaje pasan a ser parte de la silueta de Dios, en especial aquellos que están relacionados con el don de procrear, de parir, de contener y generar vida. Dios aquí tiene regazo y vientre materno. Dios es el paisaje donde partos y partos se suceden. Es el cielo, pero es también la tierra, que huelen a madre. No es por lo tanto una abstracción para relacionar a Dios con la figura de la madre, sino la concreción poética de una imagen maternal de Dios.

El segundo símbolo femenino es el de la paternidad deseada de una hija. Se trata aquí del anhelo de tener una hija que posea rasgos crísticos como hacer pura la tierra, distribuir el pan en las ciudades, desdoblar rodillas, reanimar los átomos dormidos y despertar a los ciegos. Es una hija que almorzará con los pobres más tristes y amará las casas más amargas (Debravo, 1981: 39), lo que recuerda la forma como Jesús se aproximaba a los marginados de su tiempo.

Este anhelo de tener una hija que defienda la paz y la vida, nos parece asimismo una tentativa de recrear a Dios en lo femenino, en este caso a través de un Cristo que renace como mujer liberadora. Ambos símbolos, la maternidad y la hija crística, dan continuidad a su búsqueda de Dios.

2.4. “Dios no quiere rodillas humilladas en los templos”

Analizaremos ahora el poema Digo, y también, sucintamente, la imagen de Cristo en la poesía de Debravo. Digo es un poema paradigmático, punto de referencia ineludible si se trata de visualizar el modo como Debravo percibió y sintió a Dios. Por otra parte, en este poema se expresa, además de una visión de Dios, una concepción de las relaciones entre Dios y los seres humanos, tema obligado de toda teología, que aquí se aborda poéticamente.

El título Digo puede interpretarse como: yo exclamo, declaro, digo mi verdad. Afirmo y me afirmo con estas palabras que dicen lo que soy, frente a mí mismo y frente a Dios; comenzando con una definición primaria: El hombre no ha nacido/ para tener las manos/ amarradas al poste de los rezos (Debravo, 1989a: 127). No se busca definir que es el hombre, sino expresar más bien cuál es su vocación definitiva. Por eso, a continuación explica: Dios no quiere rodillas humilladas en los templos/ sino piernas de fuego galopando. El poeta asume como propio el deseo de Dios, está seguro de ello, por eso habla desde su voz que viene desde afuera de los templos, donde se desarrolla la vida humana en su incesante movimiento.

Su Dios quiere que las rodillas humilladas y las manos se liberen, acariciando las entrañas del hierro. Las mentes ya no deberán ser apenas pasivas constructoras de oraciones, sino engendradoras de ideas nuevas, imágenes, proyectos que son como brasas, mientras que los labios harán besos, en lugar de musitar repetidamente rezos. Esa certeza le lleva a afirmar que su vida misma, el trabajo, el pensamiento, constituyen oraciones que agradan a Dios, para definir en los versos finales al amor como el mejor sacramento, cuya práctica lo libera del infierno. Así, el Dios de Digo afirma la supremacía de la acción sobre la fe pasiva y conformista.

Con respecto a Cristo, éste aparece de dos maneras fundamentales en su poesía. Puede estar preso de las formas religiosas tradicionales o puede ser un Cristo compañero, con el cual el poeta conversa y al que, incluso, aconseja, como sucede en Consejos para Cristo al terminar el año, donde el poeta charla amistosamente con él alrededor de la ciudad y el llanto (Debravo, 1989a: 45) y lo llama a arrancar este volcán de plantas venenosas (Debravo, 1989a: 47) que es la injusticia que cae sobre el mundo.

No obstante, en Tú fuiste un Cristo de sangre, Debravo expresa su resentimiento con un Cristo que lo sometió a una especie de devoción esclava: Tú fuiste un Cristo de sangre/ vestido de limosnero./ Me clavaste tu doctrina/ como una estaca en el cuerpo/ y me hiciste arrodillarme/ bajo los negros maderos (Debravo, 1981: 128).

La crítica se centra en las formas paralizantes de la piedad cristiana, en oposición a la posibilidad de ir en busca de la lucha y de la vida:

Hoy no es día de sentarse de espaldas a la vida,
Con las manos en cruz y un Jesucristo amargo en las rodillas.
…………………
Hoy es día de correr, con los brazos en alto,
a trabajar la tierra más feraz y más ancha
y sembrar las semillas de la vida (Debravo, 1989b: 21).

Aquí se trata de una protesta vehemente hacia una fe encerrada en formalismos que no logra revitalizar a Cristo; rezos que, desligados de la búsqueda de justicia, se tornan en palabras inútiles, pues los pobres siguen pobres y los buenos siguen solos debajo de las garras (Debravo, 1989b: 57). En esta especie de biografía dolorosa de Jesús la sangre y el oro, el odio y el barro se han mezclado, porque los hombres le han llenado de blasfemias su casa (Debravo, 1989b: 131).

Esta denuncia de un Cristo al que se le ha escamoteado su misión de justicia en favor de una religiosidad perversa es profunda y radical. De manera que únicamente puede ser reivindicado desde una figura como la del padre guerrillero Camilo Torres, que une la fe con la lucha social: Camilo Torres, tú salvaste a Cristo./ Su antigua rebeldía y su antigua pureza (Debravo, 1981: 107). Así logra salvarlo él mismo para la lucha y la fraternidad humanas, como antes lo convocara a la acción y a la lucha en el poema Digo.

Es importante hacer notar que la imagen de Dios que Debravo forjó progresivamente en sus escritos, a partir de su crítica social y religiosa, tiene similitud con el Dios de la vida y de la historia que la Teología de la Liberación construyó a lo largo de su nacimiento y desarrollo. Se da, en este caso, una coincidencia significativa entre la obra de un autor y los contenidos de una corriente teológica, lo cual tiene como una de sus explicaciones el hecho de que tanto la Teología de la Liberación como la obra poética de Debravo tienen como trasfondo social e histórico las agitadas décadas de los sesentas y los setentas en Latinoamérica y el Caribe, a las cuales responden desde imágenes de Dios liberadoras.

Finalmente es necesario subrayar que a Debravo lo motivaba en su búsqueda no solo la necesidad de cuestionar el Dios que le fue dado, sino también la profunda urgencia de sentir que Dios lo acompañaba en medio de su vida y de las luchas de su pueblo. El mismo nos lo confirma en este fragmento de su poema He aquí mi defensa, donde dice:

He completado el corazón de Dios,
le he mezclado agua humana,
le he metido mi imagen como un hierro
que lo sostiene vivo y que lo agranda.

Por egoísmo he terminado a Dios.
Lo he pensado amoroso, tierno,
Para asirme de sus huesos
Cuando no pueda asirme a las barandas (Debravo, 1989a: 156).

En este poema, como a lo largo de su obra, Debravo manifiesta claramente su afán de “completar a Dios”; humanizándolo. De esta manera logra engrandecerlo y mantenerlo vivo dentro de sí mismo. Como si hubiera necesitado rehacerlo a la medida de sus ansias de justicia para convertirlo en símbolo de liberación. Completar el corazón de Dios es “mezclarle agua humana”, “pensarlo amoroso y tierno”, en definitiva, hacerlo capaz de sostener las esperanzas más frágiles y los sentimientos más humanos.

3. Pautas para la utilización de la literatura como recurso teológico

Del análisis que hemos realizado se desprenden una serie de conclusiones que pueden comprenderse a su vez como pautas para la utilización de fuentes literarias en el trabajo teológico. Es importante recordar al respecto que las obras literarias se escriben a partir de la vivencia diaria y del contacto inmediato con la vida. Es por eso que no encontramos en Debravo grandes discursos abstractos sobre Dios, sino imágenes y palabras que nacen de su misma cotidianeidad y de su mundo íntimo y concreto.

Es a partir de allí que los artistas crean su mundo particular de figuraciones, historias y significados. La teología al entrar en diálogo con la literatura recoge estos símbolos que vienen de la vida misma y que han sido enriquecidos por el trabajo creador, para devolverlas luego como paradigmas que animan la fe y la esperanza de las comunidades. En el caso de las visiones de Dios, se trata en muchos sentidos de imágenes que el mismo pueblo ha ido forjando y que los poetas intuyen y reelaboran en el marco de sus motivaciones y valores estéticos.

Por otra parte, en nuestras sociedades la vivencia de lo sagrado y de la interioridad de las personas se ve amenazada por los valores del consumo y la competencia. Las concepciones de Dios no son la excepción a este proceso de dominación, de manera que al recrearlas, desde la literatura, se realiza una labor de resistencia y de afirmación de la vida y cultura del pueblo, fuente y a la vez destinatario natural, de todo saber teológico.

Además, la construcción de paradigmas liberadores, a partir de la utilización de obras literarias y artísticas, refuerza y facilita la transmisión de conceptos y valores bíblico-teológicos. Recordemos al respecto que gran parte del conocimiento popular se adquiere mediante símbolos e imágenes, como se advierte en la riqueza mítica y cultural de las tradiciones del pueblo latinoamericano y caribeño. En el autor estudiado, como en la literatura en general, muchas veces esas percepciones se adelantan a su propio tiempo y abarcan campos más vastos que los puramente literarios. El estudio de las visiones de Dios que hemos realizado en este artículo, muestra precisamente como, desde este diálogo entre teología y literatura, es posible cuestionar los mecanismos de opresión y reconstruir los símbolos primordiales de la fe cristiana.

Para realizar esta tarea no es necesario “teologizar” las obras literarias, imponiéndoles interpretaciones forzadas. Basta con dejar que la literatura hable por sí misma y que exprese así, en imágenes y sensaciones, su riqueza de significados. Desde aquí es posible tejer nuevas propuestas que incorporen el saber teológico en un lenguaje que apele a la afectividad y a la belleza.

Finalmente, recordemos que en la misma Biblia hay un amplio espectro de géneros y figuras literarias que

…nos ayudan a concebir las imágenes (imaginaciones) de Dios, y no solo de Dios, también de seres humanos, de organizaciones y movimientos sociales que dan contenido a principios éticos… y bien pueden ayudar ahora, a proyectar otro mundo, a fundar y refundar el “mundo” o el proyecto de determinada sociedad (Tancara, 2005: 20).

Partiendo del texto bíblico como punto de encuentro de géneros y lenguajes literarios, de fe y valores sociales y humanos, la teología puede encontrar en la literatura latinoamericana y caribeña una rica fuente de visiones y valores que iluminen el camino de los pueblos, en esta hora de refundar el mundo.

Bibliografía

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Debravo, Jorge 1981. Otras cosas recogidas en la tierra. San José, Editorial Costa Rica.
Debravo, Jorge 1989a. Milagro abierto. San José, Editorial Costa Rica.
Debravo, Jorge 1989b. Nosotros los hombres. San José, Editorial Costa Rica.
Bonhoeffer, Dietrich 1983. Resistencia y sumisión: cartas desde el cautiverio. Managua, Editorial Nueva Nicaragua.

Duverrán, Carlos Rafael 1973. Poesía contemporánea de Costa Rica. San José, Editorial Costa Rica.

Gallego, Andrés y Rolando Ames (eds.) 2003. Gustavo Gutiérrez: Acordarse de los pobres. Lima, Fondo Editorial del Congreso del Perú.

Gutiérrez, Gustavo 2003. “Vamos a hablar de César Vallejo”, en Gallego y Ames, 2003.
Irarrázabal, Diego 1999. Teología en la fe del pueblo. San José, Editorial DEI.
Monge, Carlos Francisco 1992. Antología crítica de la poesía en Costa Rica. San José, Editorial de la Universidad de Costa Rica.

Ringe, Sharon 1996. Jesús, la liberación y el jubileo bíblico. San José, Editorial DEI.
Tancara, Juan Jacobo 2005. ”El quehacer teológico y la función estética”, en Pasos No. 122 (noviembre-diciembre), págs. 19-24.

Tillich, Paul 1968. Se conmueven los cimientos de la tierra. Buenos Aires, Libros del Nopal de Ediciones Ariel.

 

 Edmundo Retana (San José, Costa Rica, 1956) es poeta, librero y teólogo, graduado en la Universidad Bíblica Latinoamericana. Su formación literaria se fraguó al calor del magisterio y la amistad con el novelista costarricense Joaquín Gutiérrez. En diferentes medios periodísticos de México, Ecuador, España, Colombia y Brasil han sido publicados poemas suyos; así como comentarios, entrevistas y reseñas de sus libros. Ha participado en Festivales internacionales de poesía en Costa Rica, Nicaragua, Cuba, Ecuador y Rumania. Publicó los siguientes poemarios: Los Bailes íntimos (1991), Las Sílabas de la tierra (1994), Pasajero de la lluvia (2006) y Reino de las cosas perdidas (2016). Este último libro fue escrito gracias a una Beca de Creación literaria del Colegio de Costa Rica del Ministerio de Cultura. Poemas suyos han sido incluidos en diversas antologías nacionales e internacionales, tales como: Poesía de fin de siglo Costa Rica – Nicaragua, publicada conjuntamente por Perro Azul, Revista Fronteras y Revista 400 Elefantes (2001), Lunada Poética, Poesía Costarricense Actual (Ediciones Andrómeda, 2005), la Antología de poesía latinoamericana El Salmo fugitivo (Editorial CLIE, 2009), así como en Cielo de relámpagos (Selección de microficciones de autores latinoamericanos, Editorial Ruedamares, Argentina, 2008). Recientemente, la Universidad Estatal a Distancia publicó una antología de su obra titulada Como quien toca el silencio (UNED, 2018), que reúne los últimos 25 años de su trabajo poético. El escritor costarricense Alfonso Chase ha escrito que en su obra “Hay belleza, congruencia y sensaciones internas, todo escrito con palabras poéticas, concatenadas y transparentes”, juicio que define las cualidades fundamentales de su poesía.

 

El poeta y teólogo Edmundo Retana

Edmundo Retana, Iván Uriarte y Alfredo Pérez Alencart (Nicaragua, 2018, foto de Jacqueline Alencar)

 




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