Leo López Samprón

Leopoldo López Sámprón

La Biblia

Cógela como un grano de trigo,
en tus inseguras manos.
Y abre los portones de su casa
habitada de tiempos valerosos,
de bodas, de amor y vino,
de pan, de sosiego y de agua.

Penetra en ella, con tu mirada
y recorre poco a poco los latidos
del oleaje de su pecho.
Descansa y entreabre una sonrisa,
de que tu boca y la suya
se han hablado en el silencio.

Atraviesa los salones de su alma
y recoge el pañuelo de tus llantos,
que desde niño te tiene preparado.
Y si quieres llorar, llora sobre el lecho
del amor que te ofrecen sus entrañas.

Cógela como una espiga
de los ondulantes campos.
Que quiere con fragancia seducirte
en las ondas de su dorado color,
y no escondas las heridas de tus gritos,
que las balas nunca llevan la razón.

La arena palpitante de tus miedos,
déjala morir sobre sus playas;
y llévala, llévala contigo
a todos los rincones donde vayas.

No la dejes de lado entre semana,
y sólo la acaricies los domingos.
Átala a tu mano siempre, de continuo,
y grava su nombre en tu corazón,
que es, hermosa y perfecta,
que es, La Palabra de Dios.

Foto de José Amador Martín

Transparencias

La boca del aire respiraba azufre
cuando los siglos vestidos de esparto
dieron al huerto bahías de sangre.
La traición cortó las flores del cielo
con agrio puñal pintado de negro,
y la luz más bella quedó sin paisaje…

Treinta monedas el precio de un beso
ponían a Dios a juicio del hambre,
con esas palabras de oscuro acento,
que rompen el alma abrazada al cuerpo
tejido con venas de espinoso alambre
que ataba banderas y lunas de fuego.

¡Que un solo hombre muera por un pueblo!,
y aquél que le amaba que corra y le niegue,
que ese soy yo, que escondo tus remos
y cierro mi boca por miedo a la gente
que van al infierno por no conocerte,
y como Pilato, me lavo las manos.

Se derramaban todos los pulmones,
como golondrinas de fino vuelo,
que ansiosos le gritaban desde el suelo:
A ése mátalo, que no conviene
que la verdad se extienda por el pueblo
ni resucite muertos de la muerte.

Coronada su cabeza por mis hechos;
latigazos con voz de funerales
le iban marcando el doloroso paso,
y la leña cargada sobre el hombro,
cansado ascendía hacia el monte
para darse voluntario en holocausto.

Estas mis manos fueron los cinceles
que golpe a golpe le clavaron
la piel, los huesos, el alma y la sangre
para que fuese allí mismo inmolado,
donde allí mismo debía ser clavado
el que ahora le escribe versos de valiente.

Lo levantaron a Él como la llave
para cerrar los claustros del pasado.
Lo miraban sin deseo, sólo una madre
vio su vida abierta por el sable
hundido por la paga del pecado
y el precio de tanto amor para salvarme.

El mar de sus labios se quedó descalzo
de iras, dudas, quejas y rencores,
y todo en su Cruz quedó consumado,
para entregarme mis nuevos zapatos,
y aunque su “brindis” fuera de vinagre,
hoy bebe mi vida de un nuevo vaso.

… Si eres de Dios, que Dios te descuelgue,
y te daremos un nuevo caballo…
Naufragó la tierra, y lo descolgaron,
y aún más fuerte oscureció el paisaje,
y el pesado camino se hizo más largo…

¡Hasta cuándo Señor, hasta cuándo
dejaremos a solas nuestras redes,
apretando los dedos de las manos,
porque los mares se encuentran agitados
llenando las orillas de los peces
que tendrían que estar en nuestros barcos!

Respiraba azufre la boca del aire
cuando en una roca fue sepultado,
y un agrio puñal de negro pintado
rompía el color azul de los mares,
poniendo fin a tan costoso viaje
a tantas dudas, verdades y llantos.

Con mis preguntas, te he estado buscando
y no te encontré dentro del paisaje
de ninguna tumba, ni de corales,
ni siquiera en la cruz de ti quedó rastro,
sólo el viento dibujó tu lenguaje.

Cambiaste la historia, y resucitado
como vencedor del mal y del diablo
abriste la puerta que no abría nadie,
y por ella entró tu Espíritu Santo,
que con su poder borró el epitafio
que mi alma tenía escrito en sus calles.

Foto de José Amador Martín

De nadie

De nadie, eres de nadie.
Y sin querer, perteneces a los montes.
A los lomos de los ríos.
Al pudor de lo imposible.
Al tibio color de la mentira.
Al amor ciego de tu padre.
A la extraña cotidianidad.
Al aroma de las flores.
A las manos de la guerra.
Al viento y su noche.
A la sal, la de la mar.
A la mirada de los poetas.
A la paz de los fusiles.
Al sacrificio de una cruz.
A la cárcel existencial
y efervescente de la niñez.
A la sombra de la luz.
Perteneces a las imágenes dolorosas
de los días que no amanecen.
Al corazón sin figura.
A los ojos silvestres de la fe.
Al rigor de las preguntas.
Al sueño, sólo al sueño
de los dorados trigales.
A la siembra de graneros.
A la voz de los profetas.
A los húmedos balcones.
A las vasijas del miedo…

Y así queda tu esperanza,
estirando los ojos
hasta que vuelva el día
cuando cesen los relojes
a la eterna voz de Dios.

Foto de José Amador Martín

…y tú, infinito Dios…

..Y Tú, infinito Dios, eres infinito
como caballo blanco,
sin horizonte en la mirada,
y sin línea de atardecer
en el espacio.

Eres eterno Dios, eres eterno
como el amanecer a gritos
del corazón doliente
sin estrategia y sin dobleces.

Omnipresente, Dios omnipresente
como las lágrimas de los niños
abandonadas a la intemperie
del rutinario reverso de la memoria.

Dios omnipotente, omnipotente Dios,
más que el coraje del miedo,
más que las grietas de la muerte
más, mucho más
que el mapa de los sueños.

Y tú, omnisciente,  Dios omnisciente,
tan omnisciente, que sin abrirte la puerta,
conoces cada sombra de mi corazón.

Y eres Dios, tan y tan amoroso
que abandonaste sin pestañear
todos tus hontanares privilegios,
para amanecer hecho verbo
más allá del idioma del lenguaje
y del asfalto doliente del pecado.

Foto de José Amador Martín

Antes de que la aurora…

Antes de que la aurora
derrame una lágrima en su voz
y la luz de los faroles
ilumine la ciudad tomada
por  vasos que acuden a los bares
sedientos de botellas de alcohol;
y la piel trémula de los viernes
se vaya emocionando con la noche
en un sin fin de multuosos cuerpos
desnudos de almohadas sin rostro.

Antes de que los pasos cansados
comiencen de nuevo su  andar,
por la memoria de las calles
que desembocan en la plaza de los sábados,
y las burbujas del silencio
echen de menos las palabras.

Antes de que los mares
sacien su sed de sal
y se deshagan las mañanas
vomitando sobre el hombro
de un amigo pasajero.

Antes de que el amanecer
llegue a robarnos los sueños
y los músicos callejeros
plieguen el mapa de su notas
sin un vocabulario expreso
y regresen con su sombra
a compartir escaparates.

Antes de que al pesebre
lleguen los nuevos rebaños
de figuras de escayola
junto a un luminoso árbol
aburrido de canciones
rutinarias con los años
y que a mediados de Enero
compartirán el olvido
con la caja de cartón
en una bolsa de plástico…

Antes que los propios magos
y los blancos copos de nieve…
Antes queremos llegar nosotros
para con fuerte abrazo de paz
pedir que Dios os bendiga
y sobre vosotros derrame
una gota de esperanza
y una eterna Navidad,
que Jesucristo ha regalado
para todo aquel que quiera
llevar a su cruz de madera
su orgullo y su puñal,
su presente, su pasado,
las cenizas de sus labios,
la frontera de su abismo
y la sombra del pecado,
que sobre el corazón penetra
y no le deja respirar…

Antes de que llegues a su puerta
Dios te seguirá esperando.

Foto de José Amador Martín

Testamento

Os dejo la vida
sentada en la puerta
para que la llevéis
al lado del parque
y que todos los niños
jueguen con ella.

Os dejo el cariño
colgado en los árboles
bajo un roto paisaje
de luna y de agua.

Os dejo los versos
con aroma de trapo
hablando pausadamente
con anacronismos en la boca,
y la imagen del mar en sus ojos
para mirar dentro
de una inacabada melodía.

Os dejo en el río,
un cielo brumoso
con gaviotas verdes
de horizontes marinos.

Os dejo en la mesa
el dolor oscuro del pecho
y el plato vacío que quiere
llenarse de sol y de olas inmensas.
Y en la calle os dejo
un bosque de abrazos
orillado de flores
nacidas del cierzo.

Os dejo la tarde
y el sol de las cuatro
y la Biblia abierta
para que la oigan
en la plaza del pueblo
y crean su historia.

Os dejo un vacío
llorando en el viento;
y con la luz en las pupilas,
camaradas…
me marcho en silencio.

En el desván
se quedan los sueños
con alma de nieve,
esos, también os los dejo.

Foto de José Amador Martín

Leopoldo López Samprón, natural de un pueblo del Bierzo leonés (San Julián-Vega de Valcarce, 1951), pero con larga residencia en León capital. Ha participado en doce ediciones del encuentro Los poetas y Dios, que se celebran en Toral de los Guzmanes. También en varios Encuentros Cristianos de Literatura que anualmente se realizan en Salamanca. Este año estará como poeta invitado en el XXII Encuentro de Poetas Iberoamericanos, que en octubre y en Salamanca, tendrá como centro la poesía de San Juan de la Cruz y su Llama de Amor Viva. Es miembro del Consejo Asesor de Tiberíades.

Samprón y Gamoneda, poetas leoneses



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