Colaboraciones, Stuart Park

Poesía y revelación. ‘El elixir’ de George Herbert. Comentario de Stuart Park

Tiberíades tiene la satisfacción de publicar la conferencia ofrecida por Stuart Park dentro del XIII Encuentro Los poetas y Dios. Fue el sábado 17 de diciembre de 2016, en la localidad leonesa de  Toral de los Guzmanes

El pastor anglicano George Herbert (1593-1633) pertenece a la tradición de los llamados poetas metafísicos ingleses, caracterizados por el establecimiento ingenioso de una analogía entre las cualidades espirituales de una entidad, y un objeto del mundo físico. La figura más prominente del movimiento fue John Donne, abogado y deán de la Catedral de San Pablo en Londres. Poeta inmenso, acuñó frases tan memorables como nadie es una isla, y nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas, doblan por ti. Otros miembros destacados del grupo fueron Andrew Marvell, Richard Crashaw y Henry Vaughan. La reputación de Herbert ha ido en aumento con el paso del tiempo y hoy es valorado como uno de nuestros poetas más importantes.

George Herbert

 George Herbert nació en Gales el 3 de abril de 1593 en el seno de una familia acaudalada, influyente en la política local y nacional. Su padre, sir Richard Herbert, descendiente de los condes de Pembroke, fue Miembro del Parlamento y Juez de Paz entre otros cargos importantes. Su madre Magdalena fue patrona y amiga de John Donne y de otros poetas notables. Tras la muerte de su padre, George fue apadrinado por Donne cuando contaba tan solo tres años de edad, y Herbert y sus nueve hermanos fueron educados por su madre. Su hermano mayor Edward, poeta, historiador, soldado, filósofo y diplomático, heredó las posesiones de su padre, y fue creada para él la Baronía de Cherbury. Herbert ingresó en el Westminster School a los 12 años, y en 1609 obtuvo una beca para estudiar en el Trinity College de Cambridge, donde se licenció a los 23 años de edad. Fue elegido fellow (miembro) de su colegio, y posteriormente Lector de Retórica. Debido a su excelencia en latín y griego recibió el nombramiento de Orador Público de la Universidad, puesto que ocupó hasta 1628.

Cito a continuación a Misael Ruiz Albarracín, en su Prólogo a la versión bilingüe de la poesía de Herbert en colaboración con Santiago Sanz: George Herbert. Antología poética. Ed. Animal Sospechoso, Barcelona 2014): “George Herbert vivió rodeado de los mayores intelectuales de su época. Fue amigo de Francis Bacon y del obispo Lancelot Andrewes, principal traductor de la King James Bible (1621). Cuando todo presagiaba una fulgurante carrera política –tal vez llegando a ocupar el cargo de Secretario de Estado–, su vida cambió radicalmente de rumbo. De carácter altanero y temperamental, su mayor tentación quizá fuera la ambición pero, a la muerte de Jacobo I, en 1625, se desvanecieron todas sus esperanzas de lograr un puesto de mayor relevancia. Dos años más tarde, al morir su madre, renunció al prestigioso puesto de orador y abandonó la universidad en la que había permanecido desde 1609. Comienza entonces un período de crisis que concluye cuando, a la edad de treinta y seis años, es ordenado sacerdote y se retira a la pequeña parroquia de Bremerton, entre Wilton y Salisbury, que había recibido de manos del conde de Pembroke. Fue allí donde, alejado del gran mundo y rodeado de aldeanos iletrados, escribió durante los tres años que le quedaban de vida gran parte de los poemas que, bajo el título de The Temple, publicó póstumamente su amigo, y primer lector conocido, Nicholas Ferrar. De haber muerto tres años antes, su nombre no figuraría en ninguna antología de poesía inglesa”.

Durante su estancia como rector en Bremerton, Herbert recaudó fondos para restaurar la vecina iglesia de Leighton, al tiempo que restauró la suya de su propio bolsillo. Hombre profundamente piadoso, al final de su vida mantuvo una estrecha relación con Nicholas Ferrer, amigo desde los años de la universidad y fundador en 1625 de la vecina comunidad anglicana de Little Gidding –celebrada por T. S. Eliot en sus Four Quartets (1945)– a quien enviaría en el momento de su muerte sus poemas para que, «si creía que podían ser de ayuda a algún alma afligida, los hiciera públicos y si no, los quemara».

Herbert escribió poesía en inglés, griego y latín, siempre sobre temas devocionales. The Temple, publicado en 1633 con Prefacio de Nicholas Ferrer, alcanzó la notable cifra de ocho ediciones antes de finalizar el siglo. Según su biógrafo Isaac Walton, cuando envió el manuscrito a Ferrer dijo que en él encontraría un retrato de los muchos conflictos espirituales que se habían sucedido entre su alma y Dios, antes de poder sujetar su voluntad a su Maestro, Jesús.

S. Eliot opinó que «la exquisita variedad formal de sus poemas es un ejemplo de inventiva inagotable, sin paralelo en la poesía inglesa», y el poeta Samuel Taylor Coleridge confesó: «Hallo más consuelo en el devoto George Herbert que en toda la poesía desde los poemas de Milton».

Quizás sea la primacía del amor sobre los aspectos teológicos la que explica la vigencia de la poesía de Herbert en los lectores actuales. Quien lo lea sin prejuicios sentirá la intensidad y transparencia de sus sentimientos, que no contradicen su aguda inteligencia, su suave ingenio, su humor y unos hallazgos formales que a diferencia de los de John Donne, extraen toda su fuerza de la sencillez. Mas no se trata de una sencillez meramente verbal sino de un modo trabajado de ser, de una depuración espiritual que constituye el núcleo fundamental de sus poemas y que ha hecho que su obra se haya mantenido presente en la conciencia poética colectiva de los lectores ingleses. Así parecen confirmarlo el interés que despertó en Eliot o, aun antes, el redescubrimiento que hizo Coleridge de su poesía en la edad madura. (Misael Ruiz Albarracín, op. cit.).

La única obra en prosa de Herbert, titulada El cura rural y publicada en 1652, ofrece consejos prácticos al clérigo que sirve en zona campestre. Le anima a emplear elementos cotidianos como el arado, la levadura o la danza para «iluminar las verdades celestiales». El libro pone de manifiesto una piedad profunda y un compromiso total con la santidad de vida, y no está exento de una crítica social en ocasiones acerba, aunque expresada siempre con humildad, incluso con simpatía y humor. Censura a los feligreses aristócratas que llegan a la mitad del culto para no tener que coincidir en la entrada con los aldeanos pobres; y censura a estos por dejarse distraer por la llegada tardía de los pomposos ricachones.

Herbert era también experto lautista, y se desplazaba dos veces por semana a Salisbury para colaborar con los músicos de la catedral. No sorprende, por tanto, el hecho de que unos noventa poemas suyos han sido adaptados para coro a lo largo de los siglos, por compositores de la talla de Henry Purcell, los hermanos Wesley (entre ellos su poema ‘El elixir’), Ralph Vaughan-Williams, William Walton y Benjamin Britten. Sus poemas han inspirado numerosas obras musicales, lo que ha propiciado además su traducción al alemán, francés, castellano y catalán.

Músico y pastor, la fama de George Herbert se debe, claro está, a la extraordinaria calidad de su poesía.

‘El elixir

La poesía de Herbert se caracteriza por su brevedad y concisión. Suele partir de un elemento concreto de la vida cotidiana para dirigir la mirada hacia Cristo. El marco es profundamente bíblico, y su teología, cristocéntrica. Uno de los poemas más célebres se titula ‘El elixir’. En él hace una reflexión sobre la manera en que el servicio de Cristo transforma la visión y hace que la tarea más humilde sea un modo, o medio, de devoción. Se trata, en suma, de trascender lo material, de ver más allá de lo superficial.

La primera de sus seis breves estrofas comienza así:

Teach me, my God and King,
In all things thee to see,
And what I do in anything,
To do it as for thee.

Que podríamos traducir:

Enséñame, mi Dios y Rey,
en todo a verte a ti,
y haga lo que haga,
sea siempre para ti.

La palabra elixir viene del árabe al-Ikseer, «la receta potente», y entró en las lenguas europeas gracias a la fascinación creciente con la alquimia (otra palabra árabe) en la Edad Media. El elixir es la poción que otorga inmortalidad, procedente de la piedra filosofal que transforma el metal base en oro. El secreto del elixir para Herbert se encuentra en el discernimiento de la presencia de Cristo en todos los aspectos de la vida. No olvidemos que Cristo es «la piedra que desecharon los edificadores», ya que no quisieron ver su valor como principal ángulo de la casa de Dios. La última estrofa dice así:

This is the famous stone
That turneth all to gold:
For that which God doth touch and own
Cannot for lesse be told.

Que podríamos traducir:

Esta es la piedra famosa
que todo lo vuelve oro:
pues aquello que Dios toca
se convierte en tesoro.

Ahora bien, mi intención no es hablar de alquimia, ni siquiera de la devoción cristiana de Herbert, sino de su visión de la relación entre poesía y revelación. Me ceñiré a la estrofa central del poema, que resume sucintamente la poética de George Herbert:

A man that looks on glasse,
On it may stay his eye;
Or if he pleaseth through it passe,
And then the heav´n espy.

Que viene a decir:

Quien mira un cristal
en él puede quedar;
o si lo desea traspasar,
el cielo vislumbrar.

El cristal de ‘El elixir’ no es el de San Pablo por el que vemos «oscuramente», ni el espejo a través del cual Alicia pasaría para adentrarse en un mundo de fantasía. Se trata de un símbolo de la manera en que podemos contentarnos con la superficie de las cosas, o si lo deseamos, descubrir una realidad mayor. Indica, por lo tanto, un principio hermenéutico aplicable no menos a la poesía que a la revelación.

La palabra poesía viene del griego poesin: hacer, crear o dar a luz, lo que relaciona poesía con revelación. Vienen a la mente las palabras de Octavio Paz en El arco y la lira: «La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar el mundo, la actividad poética es revolucionaria por naturaleza; ejercicio espiritual, es un método de liberación interior. La poesía revela este mundo; crea otro».

Poesía y parábola

El símbolo del cristal abre una ventana no solo sobre el mundo de la poesía en general sino también sobre la Escritura que impregna la obra de Herbert. Llama la atención la afinidad entre la analogía de nuestro poeta y el uso de las parábolas por parte de Jesús. La parábola es un vehículo de comunicación por el que un concepto complejo como «el reino de los cielos» se hace accesible mediante la similitud, o el contraste, con algún aspecto familiar de la vida real. La esencia de la parábola consiste en su doble sentido: el anecdótico (la semilla, en la Parábola del Sembrador), y el espiritual (la palabra del reino a la que se refiere la semilla, etc.).

Jesús mismo, en un sorprendente texto, explicó por qué enseñaba al pueblo por parábolas: «para que viendo, vean y no perciban; y oyendo, oigan y no entiendan…» (S. Marcos 4:12). Es decir, el texto bíblico solo pone sus tesoros a disposición de quien los quiere buscar. «El que busca, halla» –dijo el Maestro–; el cristal es transparente, y el deseo de ver más allá depende de nuestra libre voluntad. No hay ninguna concesión, por tanto, a la superficialidad o al capricho de quien se acerca al texto bíblico, o a la poesía, sin una predisposición receptiva: Quien mira un cristal / en él puede quedar; / o si lo desea traspasar, / el cielo vislumbrar.

El lector a quien la poesía «no dice nada» es como el que detiene su mirada en la superficie de un cristal, y no ve más allá porque no quiere, al decir de Herbert. La poesía requiere interés y esfuerzo, como todo en la vida. Lo más oscuro / es el ojo blanco / del ciego –ha escrito Alfredo Pérez Alencart– y no hay más ciego que el que no quiere ver. Lo mismo sucede con la Escritura, el mundo que habitaba Herbert, como veremos a continuación.

Metáfora y símbolo

La esencia de la poesía es la metáfora. En su ensayo La Métaphore vive, Paul Ricoeur observa que el uso de la metáfora en la vida cotidiana resulta esencial incluso desde el punto de vista práctico de la comunicación humana. Si las palabras no tuviesen la capacidad de desdoblarse, de generar múltiples significados según contexto o intención, ningún ser humano sería capaz de dominar todo el léxico que requeriría la descripción de los fenómenos, conceptos o sentimientos en los que a diario estamos inmersos: un mar de dudas; su particular calvario, etc. Ahora bien, los ejemplos citados son metáforas desgastadas, caducas, muertas, que han dejado de ser metáforas para convertirse en lenguaje normal. No así la metáfora en poesía. En el texto poético, la metáfora no es una mera figura retórica sino que constituye su esencia misma. La poesía convierte la metáfora en símbolo y, sin ella, no hay poesía.

La impronta de Cristo

Para Herbert todo en el mundo lleva la impronta de Cristo, todo ha de ser consagrado a él. En un poema titulado ‘Esencia’, declara:

Dios mío, un verso no es una corona,
ni es un punto de honor ni un traje alegre,
ni es halcón, ni banquete, ni renombre,
ni es una buena espada ni un laúd:


no lo verás montar, bailar, jugar,
no estuvo nunca en
Francia, ni España;
ni puede dedicar todo su tiempo
a sus caballerizas o su hacienda:


no es oficio, ni arte, ni noticia:
ni la Bolsa ni concurrida lonja;
sino eso que mientras yo lo empleo
estoy contigo, y
Todo es para ti.

(Trad. Misael Ruiz Albarracín y Santiago Sanz).

Esta última frase, Todo es para ti, que Herbert destaca en cursiva, procede del juego de naipes, según Santiago Sanz, y significa «todo para el ganador», que en este caso es Dios. La poesía no solo invita a ver más allá de lo cotidiano, sino que es en sí misma, con toda su sencillez, una ofrenda a Dios. Cristo llena la visión del poeta, y las palabras que emplea las dedica al Señor.

El tesoro escondido

Escribió San Pablo: «vuestra vida está escondida con Cristo en Dios» (Colosenses 3:3), y este, el texto favorito de Herbert, refleja el secreto de su persona y resume el sentido de su obra poética. Jesús habló de un hombre que halló un tesoro escondido en un campo y fue y vendió todo lo que tenía para comprar aquel campo. La renuncia de Herbert a las prebendas de la gloria del mundo para dedicarse al servicio de las gentes del campo se ve reflejada en esta parábola de Cristo, «en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento» (Colosenses 2:3).

El gran Agustín de Hipona sintetizó en memorable frase el sentido profundo de la Escritura, la presencia de Cristo latente en el Antiguo Testamento y patente en el Nuevo: Novum in vetere latet. Vetus in novo patet. La lectura tipológica de la Escritura que descubrió Agustín encuentra eco en la poética de Herbert. En palabras del crítico literario canadiense Northrop Frye: «Esta manera de leer la Biblia tipológicamente está indicada demasiado a menudo, y explícitamente, en el Nuevo Testamento, como para que abriguemos alguna duda de que es la manera «correcta» de leerla; «correcta» en el único sentido que puede reconocer la crítica, como la manera que se ajusta a la intención del libro». La estructura tipológica de la Biblia, la prefiguración de Cristo en toda la Escritura, deriva su nombre de la palabra griega túpos, traducida en el Nuevo Testamento, según el contexto, como «marca», «patrón», «figura», «modelo», o «ejemplo». Indica que la impronta de Cristo, presente en todo el texto sagrado, moldea sus contornos conceptuales.

La impronta de Cristo moldea la poesía de George Herbert. Al leer su obra podemos quedarnos en la superficie, o si lo deseamos, traspasar el cristal y vislumbrar el cielo. En mayor o menor medida, proporciona la clave para entrar en el mundo de la poesía, y proporciona la clave para comprender la Escritura.

Colofón

Existen representaciones de George Herbert en las vidrieras de la Abadía de Westminster, la catedral de Salisbury, la iglesia de Todos los Santos de Cambridge, y en su propia iglesia de Bremerton. El primer retrato que se hizo de Herbert fue realizado por Robert White para la biografía de Isaac Walton (1674), y se puede contemplar en la National Portrait Gallery de Londres. En 1860 William Dyce lo retrató en su jardín al lado de un río, con su Libro de Oraciones en la mano. Más allá de la pradera colindante se divisa la catedral de Salisbury. Su laúd está apoyado en un banco de piedra, y su caña de pescar en el tronco de un árbol, en recuerdo de Walton, su primer biógrafo, autor del celebérrimo The Compleat Angler, sobre el arte del pescador.

Me imagino a Herbert sentado en la ribera del río, absorto en sus pensamientos, contemplando la superficie del agua, atento a cualquier movimiento, alerta ante la presencia de una sombra que pudiera delatar la presencia de una trucha hermosa. A man who looks on glasse –le oigo musitar– Quien mira un cristal / en él puede quedar; / o si lo desea traspasar, / el cielo vislumbrar.

Sirvan estas líneas de homenaje a un hombre piadoso, gran poeta, experto lautista y entrañable pescador.

 

Stuart Park por Héctor Rivas

 

Stuart Park nació en la ciudad inglesa de Preston, condado de Lancashire, en 1946. Tras cursar estudios en el Preston Grammar School ingresó en el Downing College de Cambridge, donde se licenció en Filología Románica. Colaboró intensamente con la Christian Union de la Universidad, dedicando sus veranos en España a la misión internacional Operación Movilización. Entre 1967 y 1971 participó, junto con David F. Burt, en los comienzos de los Grupos Bíblicos Universitarios (GBU) en Madrid. En 1970 se casó con Verna Reed, oriunda de Castile en el Estado de Nueva York, que colaboraba en la misión universitaria. Entre 1971 y 1972 vivió en Castile, y de 1972 a 1976 en Philadelphia, donde obtuvo el doctorado en la Temple University con una tesis sobre Don Cristalián de España (1545), novela inédita de la escritora vallisoletana Beatriz Bernal. A partir de 1976 la familia traslada su residencia a Valladolid. Stuart se dedica a la enseñanza del inglés, en 1981 funda Warwick House, centro lingüístico-cultural, y en 1996 se incorpora como director del Colegio Internacional de Valladolid, hasta su jubilación en 2012. Desde 1976 es miembro de la iglesia evangélica sita en la calle Olmedo 38 de Valladolid. Tras volver a España reanuda su colaboración con los GBU, dirigiendo estudios en campamentos estudiantiles y dando conferencias sobre temas bíblicos en diversas universidades del país. Miembro de su Comité Ejecutivo durante más de veinte años, ejerce como presidente de GBU de 1987 a 1997.  Desde 1996 Stuart Park es director de Alétheia, la revista teológica de la Alianza Evangélica Española. En 1991, bajo el sello de Publicaciones Andamio, Stuart Park publicó Desde el torbellino. Job: más allá del dolor humano’. Siguen otros títulos publicados por la misma editorial: Bajo sus alas. Rut: más allá del amor humano’, en colaboración con David F. Burt (1993). En 1995 publica ‘In memóriam’; en 1996 La señal. Jonás: más allá de la voluntad humana’, en colaboración con David F. Burt. En 2000 publica El cetro de oro. Ester: más allá del poder humano’, en colaboración con David F. Burt y David Pradales Ciprés; y Diez historias’, en 2004. Durante este tiempo publica, bajo el mismo sello editorial, varios estudios monográficos: La Biblia. Un libro para la postmodernidad’ (1988), Literatura y Biblia. El Señorío de Cristo y las letras’ (2ª ed. 1995); ¿Resucitó Jesús?’ (2ª ed. 1995); ¿Cómo interpretar la Biblia?’ (2ª ed. 1995); y Jesucristo hoy (1997). A partir de 2009 comienza una nueva y fructífera etapa de intensa actividad literaria. Publica libros de temática muy variada bajo el sello Ediciones Camino Viejo: Las hijas del canto. Las aves del cielo en la tradición bíblica y la poesía de José Jiménez Lozano’ con Prólogo del Premio cervantes José Jiménez Lozano (2009); En el valle de la sombra. Conversaciones con Sirio’ (2010) que relata las conversaciones con un amigo íntimo durante los últimos días de su vida. En el mismo año reedita ‘Diez historias’. En 2011 aparecen tres libros: El lucero de la mañana. La tumba vacía de Jesús’, que reexamina la evidencia de la Resurrección; El camino de Emaús. Parábola y símbolo en la narrativa bíblica’, que explora la hermenéutica bíblica desde el magisterio de Jesús; y Doce nombres’ que recorre la historia bíblica a través de algunos de sus personaje más emblemáticos. En 2012 publica Magníficat. María la madre del Señor’ y reedita ‘Desde el torbellino’. En 2013 publica Cartas a mis nietos’, un recorrido por la historia bíblica de forma epistolar, y ‘El cordón de grana. Historias de mujeres en la narrativa bíblica’. En el mismo año aparece Jardín cerrado. El Cantar sublime de Salomón’, y en 2014 publica La vida breve. El libro de Qohélet’, con prólogo de Pablo Martínez Vila, y Siete Palabras’, una reflexión acerca de las últimas palabras de Cristo en la Cruz. Más recientes son La palabra suficiente; Conversaciones con Aurelio, en torno a la fe; Junto al mar de Tiberias,Las señales que hizo Jesús; In memoriam, El dolor humano y la consolación de Cristo; Rut la moabita; De Egipto llamé a mi hijo, sobre la historia de José y, finalmente, Mesías,el texto de Jennens que inspiró el Oratorio de Händel (2018). Es miembro del Consejo Asesor de TIBERÍADES.




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