Colaboraciones, George Reyes

Poesía lírica y fe cristiana. Ensayo de George Reyes

 

Pareciera haber hoy poco o nada de claridad respecto al fundamento bíblico-teológico de la vocación literaria, específicamente poético-lírica, de alguien comprometido genuinamente con la fe cristiana.[1] De ahí que me proponga acercarme, con todas las limitaciones y riesgos especulativos del caso, a una respuesta inicial, no final con la que todo mundo pueda concordar, a la siguiente pregunta complicada en demasía: ¿cuál es el fundamento teológico bíblico de la vocación de un creyente y discípulo de Jesucristo por la poesía?[2]

Porque considero relevante en este contexto, me propongo también deslindar brevemente algunas implicaciones para un campo que exige ensayo aparte como lo es la crítica literaria, sobre todo para la realizada desde una cosmovisión cristiana.[3] Comienzo abordando un tema también complicado que tiene que ver con la ontología, naturaleza o ser de la poesía lírico-artística en general.

1. La poesía lírico-artística: arte simbólico icónico y representacional

Al preguntarle al poema por el ser de la poesía, opina Octavio Paz (1986, p. 14), no hay que confundir poema con poesía. No todo poema es poesía, continúa Paz en esa misma obra y página. Un soneto, por ejemplo, es una forma literaria; para que sea poema y contenga poesía, concluye Paz en esa misma página, debe ser tocado por la poesía, pues solo en el poema la poesía se aísla y revela plenamente. Esta centralidad de la poesía nos lleva a preguntarnos sobre el ser de la misma. ¿Qué es la poesía? Esta es una pregunta que siempre hemos querido responder, incluso desde el ángulo de la filosofía del lenguaje. Siguiendo a Paz (1986, p. 137), una definición amplia sería que ella es revelación/descubrimiento que, en forma artística, el poeta se hace de sí mismo; en otros ensayos he comentado que el poeta lírico escribe sobre los temas que ha sentido y vivido en carne propia.[4] Pero aquí voy a detenerme en el ser de la poesía, como parte y parcela de lo ontológico del ser humano.

Desde que nace hasta que muere, opina la antropología filosófico-semiológica —aquella que se remonta a Platón y Aristóteles—,[5] el ser humano está rodeado de símbolos que no son sino signos-símbolos; es decir, signos enriquecidos de cosas que significan otras cosas; sobre todo, son cosas que tienen sentido, pero que representan este sentido de un modo que ningún otro signo puede lograr (Beuchot, 2009, p. 24; Vattimo y Ferraris, 1999, p. 11). Y la poesía lírico-artística es uno de esos símbolos. Como todo símbolo, ella está cargada de significados de manera especial, razón por la cual resulta ambigua y equívoca para todo lector o transductor —el crítico que explica el texto para otros— que intenta apropiarse de aquello que el espíritu del poeta procura revelar/descubrir de sí mismo.

La poesía como símbolo, sobre todo la creada por un creyente, es capaz de expresar una representación —no necesariamente como norma para el lector, porque, según pienso, la poesía no tiene fin pedagógico— de la Presencia Metafísica, mediando en el símbolo o la simbología. Pero ni esta Presencia Metafísica ni la mística serían la misma de las que habla la filosofía de Levinas y Derrida, ya que esta Presencia filosófica es catalogada de ilusoria, engañosa, efímera, inalcanzable y, por lo tanto, marcada por la deconstrucción y la ausencia. Es la Presencia Metafísica llena de toda gracia, vivificadora, propia de la fe de la Iglesia Apostólica. “Cuando el símbolo es para nosotros ícono, entonces nos remite verdaderamente a aquello a lo que nos tiene que remitir ya sea aquella realidad trascendente que representa, o a aquella realidad inmanente, pero de orden conceptual, que se nos da de manera sensible” (Beuchot, 2009, p. 25).

Esta Presencia llena de toda gracia puede ser poetizada no necesariamente en lenguaje místico directo o de forma unívoca, pero sí —por ser incluso el cristiano un ser simbólico, y amar el símbolo— de forma equívoca. No obstante, recalcándolo, pese a la complejidad que implica para la interpretación correcta de la Presencia Metafísica de la que hablo, tal equivocidad nunca estará cargada al modo posmoderno de ausencia ni de nihilismo, es decir, de vacío o pérdida de todo sentido, a tal punto que anule la univocidad y la esperanza cristiana del poeta. Quizás nos ayuden a ejemplificar algo de lo dicho los siguientes versos de mi autoría:

Nunca te amé en la tarde,
te amé temprano, cuando en la piel se esconde el sueño;
¡hermosura que viene de antaño!

¿A quién el poeta le canta su amor? Para el poeta, ¿quién es esa “hermosura” de antaño? Ciertamente, por la equivocidad o ambigüedad propia de una obra abierta (Eco, 1984, pp. 8-10, 16), como es la poesía artística, es difícil leer literalmente en estos versos la Presencia Metafísica mencionada.[6] Este es uno de los problemas hermenéuticos que ha de tenerse presente: la poesía es multiforme; puede presentarse al lector bajo tantas formas como la voz convocante, la del poeta, pueda otorgarle. El poeta lírico, ensimismado en su propia voz y su propia creación, crea versos por la necesidad de un acto introspectivo de expresión no tanto de comunicación per se, como en un ensayo. Además, dependerá mucho del poeta cristiano y de la clave hermenéutica que el lector use en la lectura de los versos, así como también que este lector conozca la identidad, la experiencia del mundo poético y el contexto de vida del poeta que lee, si concordamos con la preceptiva literaria clásica.[7] Conociéndose esa identidad y contexto de vida sería, en muchos casos, es improcedente aplicar una clave hermenéutica romántica, pasional, mucho menos, erótica,[8]   que no sea la místico-cristiana, capaz de acertar en un alto porcentaje con los códigos poéticos del poeta. Como bien opina Eco (1984, p. 19), no se puede leer un texto como se desea, sino solamente como este desea que se lo lea.

En este sentido, la poesía lírica, producto de un espíritu humano cristiano, vendría a ser también ícono verbal y expresión representacional de la presencia del Dios Uno y Trino, y como tal, una rama del arte simbólico de determinadas confesiones cristianas;[9] pero más que eso, quizás, en otros caso, sea una oración a Dios, un reconocimiento o testimonio sobre Él dado en el reino del arte escrito. Es esta naturaleza ontológica de la poesía, producto del espíritu de un poeta cristiano, que pone límites en su creación literaria al erotismo/ voluptuosidad y a perspectivas secularizadas propias de nuestra sociedad; se sabe que, desde el “Dios ha muerto” de Nietzsche, en ella se han invertido los valores y se ha ido desgastando la sacralidad y atacando al misticismo.[10] Ocurre distinto en los textos de ciertos círculos de nuestro actual contexto cultural posmoderno y anarquista que promueve y legitima abiertamente, entre otras cosas, el placer y el libertinaje sexual de toda índole y sus corolarios como la infidelidad matrimonial y otros; en estos textos, la voluptuosidad suele ser un elemento indispensable que pervierte la sexualidad humana —excelsa creación de Dios, que debe ser guardada en la privacidad del matrimonio— y la naturaleza ontológica cultural del arte poético en general.

2. La poética como estrategia persuasiva de Dios

La Biblia es única; su singularidad, opina Ryken (1992, p. 12), se hace evidente por la presencia en ella de tres impulsos básicos: 1) el teológico, 2) el histórico, y 3) el literario. Me detendré brevemente en el tercer impulso, el literario, usando Génesis 3:1-7;[11] pero lo haré consciente de que este texto es inseparable de los dos restantes impulsos fundacionales: el histórico y el teológico, aunque el fin principal del autor sea relatar un episodio, no desarrollar necesariamente un argumento teológico explícito (Ryken, 1992, p. 13).[12]

Génesis 3:1-7 apela primariamente a nuestra capacidad perceptiva de imaginación. Su propósito es recrear la escena y evento narrados con detalles, a fin de que los lectores podamos experimentarla imaginativamente; para ese fin, cita el diálogo entablado por cada uno de los personajes participantes en el episodio, nada más concreto que eso. Mientras un texto expositivo nos da el precepto, el literario-poético ilustra la verdad que es en sí el significado; toda obra literaria implica significado. La terminología literaria usual para hablar sobre esto es que el escritor de literatura “muestra”, no tanto “cuenta” a sus lectores; por eso es que, ya lo he insinuado, el poeta antes que comunicador es poeta.

El texto anterior de Génesis ilustra bien lo dicho; el narrador nos cuenta que la serpiente fue astuta y la subsecuente acción muestra tal astucia: “¿Dios dijo que ustedes no comieran de todo árbol del jardín?” En esta pregunta está implicada la mentira e incredulidad al mandamiento de Dios y lo presenta algo como irracional y arbitrario. La astucia de la serpiente es también demostrada en los versículos 4-5; aquí adopta una actitud más agresiva: contradice a Dios, motiva a Eva a comer del fruto, le da a entender una falsa preocupación por ella y la instiga a comer el fruto insinuándole que no sufrirá penalización (Ryken, 1992, p. 13). Siendo las Escrituras un libro de experiencia universal, la poética del episodio en mención produce en el lector el siguiente efecto poético: le evoca experiencias que a él, y a todo ser humano, le son comunes, tales como la tentación, el pecado y la culpabilidad.

3. Fundamento teológico del oficio de poeta lírico

A la luz de lo argumentado hasta aquí, es posible afirmar que el arte literario, especialmente el poético, no es exclusivamente de dominio secular. Habría que primeramente recordar que nos antecede una tradición poética: quienes nos han legado su arte escrito en el pasado como son los propios escritores bíblicos y creyentes posteriores a esos tiempos como ciertos Padres de la Iglesia Apostólica Oriental.[13] Pero, ¿cuál es el fundamento bíblico-teológico del oficio de poeta de un cristiano? ¿Existe tal fundamento? ¿Es un don espiritual?

Las Sagradas Escrituras guardan silencio respecto a que si el oficio de poeta es uno de aquellos dones con los que el creyente ha sido dotado por la Santa Trinidad para el servicio cristiano. Sin embargo, pese a esta falta de evidencia textual, hay quienes piensan que la lista de dones dada por el apóstol Pablo en Romanos 12, I Corintios 12 y Efesios 4 podría ser incompleta, razón por la cual el apóstol no alude a don alguno relacionado con el arte literario; no obstante, esta manera de pensar está basada tanto en el silencio como en la especulación. Tal vez sea mejor rastrear el fundamento del oficio de poeta desde un ángulo más amplio, el teológico. Es lo que haré brevemente a continuación.

Al igual que la teología, como disciplina de estudio o reflexión basada en las Escrituras y la fe recibida de la Iglesia, la literatura no ha gozado de mucha popularidad en el contexto cristiano protestante latinoamericano en general. ¿Razones? Se podría argumentar que una de las razones es que en las instituciones formales de educación teológica de esa confesión de fe el interés ha estado más en lo pragmático, es decir, en las habilidades para el trabajo en la Iglesia. Obviamente, la educación teológica es educación teológica por estar basada en la revelación divina tal como se presenta en las Escrituras; no sería educación teológica, si el interés de las instituciones mencionadas estuviera en las ciencias de la literatura de arte y otras, que en el conocimiento de Dios, la formación del carácter cristiano y las habilidades para la misión. La autonomía de todas las creaciones intelectuales y artísticas de la educación teológica se debe mantener.

No obstante, el pragmatismo anterior no debe olvidar que la educación teológica debe ser más integral, incluso en las instituciones más conservadoras en teología/doctrina; es decir, debe incluir el elemento académico de las habilidades reflexivas y generadoras de pensamiento, inclusive el literario. De este modo, el estudiante, con vocación incluso para la literatura de arte, puede ser un creyente piadoso y vigilante, y a la vez un teólogo con mentalidad teológica.[14] Pero también un ser comprendido en su vocación literaria por la Iglesia y capaz de salir a la arena pública con sus propuestas literarias, con la finalidad de aportar al bien de la humanidad y la cultura literaria; sus ventanas deben estar abiertas a lo religioso y a lo secular; nada humano le ha de ser indiferente; vive inmerso en su propia cultura, conoce sus necesidades y con ella interactúa; en imitación a su Maestro, vive ante la opinión pública. No obstante, hay demandas específicas para aquel que se dedica a la literatura de arte y vive ante la opinión pública; esto es que, al igual que los padres de la Iglesia Apostólica Oriental que eran poetas, lo hará desde su compromiso con la fe y lealtad con su iglesia, sin traicionar sus convicciones teológica-doctrinales ni su identidad cristiana, y sin dejarse seducir por el aplauso ni la fama. Procura el equilibrio entre su vocación literaria, su fe, doctrina, piedad e iglesia.

Es en este sentido que la vocación poética, y literaria en general, podría constituirse en otro servicio a la misión. Habría que recordar que la misión es amplia e incluye, por tanto, permitir que en las letras los lectores perciban una presencia, aunque sea pálida y equívoca, de Dios y su propósito para con el mundo. Esto, si recordamos también que la poesía lírico/artística, tal como particularmente la percibo, no tiene fin pedagógico.

4. Implicaciones para la crítica literaria

Un presupuesto fundamental de la crítica literaria en general es que toda obra poética lírica es un fruto del espíritu, alma y “yo” humanos. Este presupuesto fundamenta el acto de la recepción de la obra y la experiencia estética recibida por el lector/crítico con cosmovisión cristiana; es decir, a este lector/crítico le permite aprehender cognoscitivamente el mundo (la verdad) representado/mimetizado[15] en la obra y experimentar sus cualidades estéticas humanísticas transformadoras en una dimensión equilibrada, evitando la crítica desbalanceada de Platón contra los poetas y su producto.

Por dimensión equilibrada quiero decir que el buen lector/crítico cristiano, el que al leer se lee, ha de leer/criticar un poema asumiendo posiciones; una de esas posiciones es que él está frente a un producto humano que, aunque de algún modo opera transformación, este lleva el sello de la debilidad de todo ser humano.[16] En este sentido, reconoce sensiblemente el valor artístico-literario de la obra y el aporte cultural de su autor, pero cuestiona los valores anticristianos en la obra y no otorga a esta autoridad espiritual alguna ni endiosa a su autor.

La crítica literaria y la recepción de una obra poética son tareas universales. Si la misión cristiana no es reducida a la evangelización, fundamental como es, será capaz de ver en la literatura una aliada para el testimonio y aporte al bien cultural de la humanidad que cada vez más, por causa de la tecnificación, va camino al aniquilamiento del ser/sujeto o la ontología. Por otro lado, si la teología protestante es una teología en relación, ha de recibir con buenos ojos la literatura no teniéndola como el fundamento —que lo constituyen las Escrituras—, pero sí como una aliada para un escape no solo del pragmatismo, sino también del racionalismo académico a los cuales ella ha estado sometida. Es la búsqueda del equilibrio analógico que la literatura, incluida la poesía, le ofrece; esto es porque, como lo he argumentado en otros de mis ensayos, ella (la poesía) se mantiene en un punto intermedio, evitando tanto la cerrazón racionalista del modernismo como el caos irracionalista del posmodernismo actual.

 

 

Referencias

BEUCHOT, M. (2009). “Antropología filosófica desde la hermenéutica analógica”. En M. Beuchot Puente y Ambrosio Velasco Gómez (Coords.), Séptima jornada de hermenéutica. Hermenéutica, ciencia y sociedad (pp. 23-28). México, D.F.: UNAM.

ECO, U. (984). The Role of the Reader: Explorations in the Semiotics of Texts. Bloomington, EE.UU: Indiana University Press.

KRIEG, R. A. (2003). “Romano Guardini: Fe cristiana y literatura (II)”. En Robert A. Krieg, Romano Guardini: Un precursor (pp. 2004-230). (José Benigno Zilli, trad.). Xalapa, Veracruz, México: Universidad Veracruzana.

PAZ, O. (1986). El arco y la lira: el poema, la revelación poética, poesía e historia. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica.

RYKEN, L. (1992). Words of Delight: A Literary Introduction to the Bible. Grand Rapids, EE. UU: Baker Book House.

VATTIMO, G. y M. Ferraris (1999). “Introducción”. En G. Vattimo (Comp.), Filosofías y poesía: dos aproximaciones a la verdad (pp.9-12). Barcelona, España: Gedisa.

George Reyes (Los Ríos, Ecuador, 1960) es poeta, ensayista, editor y educador teológico, teólogo escritor y presbítero ecuatoriano, residente en la Ciudad de México. Es licenciado y tiene dos maestrías en Teología, además de ser candidato PhD en Teología. Ha publicado dos libros sobre hermenéutica bíblica y es coautor de dos libros de Teología. Sus ensayos teológicos han sido publicados en revistas especializadas y en sitios virtuales tales como Ensayistas Hispanoamericanos. Sus dos poemarios son El azul de la tarde (Santiago de chile, Chile: Apostrophes Ediciones, 2015) y Ese otro exilio, esa otra patria (Santiago de Chile, Chile: Hebel Ediciones, 2016). Forma parte de la Antología de Poesía Mundial Poetas del siglo XXI y es miembro del Consejo Asesor Iberoamericano de la Red Tiberíades.

Las fotos que ilustran el ensayo son de José Amador Martín.

Notas

1 Desde el punto de vista cristiano católico-romano lo ha comenzado a trabajar, por ejemplo, el teólogo Romano Guardiani que le ha valido la crítica del célebre hermeneuta alemán H. Georg Gadamer y el apoyo de otras personalidades de la crítica literaria, incluso de la Gaudium et Spes (1965) del Vaticano II, que han respetado su crítica a las elegías del poeta alemán Rainer Maria Rilke; ver Krieg (2003, pp. 2004-230).

2 Con todo, este creyente, debemos reconocerlo de entrada, es un ser no solamente biológico, sino también simbólico inclinado a la equivocidad; en consecuencia, lo simbólico en él es y será parte y parcela de lo ontológico de su ser. Esto es importante, puesto que también esto tendría que ver de algún modo con su inclinación por la poesía y el arte literario en general.

3 En su obra Verdad y Método (1960), como ya dije, el hermeneuta alemán H.G. Gadamer critica el trabajo crítico literario del teólogo católico-romano Romano Guardini porque, en su opinión, viola el principio hermenéutico según el cual uno debe interpretar un texto literario de acuerdo a sus términos y no de acuerdo a sus propias convicciones religiosas y filosóficas; Krieg (2003, pp. 2004-230). Gadamer tiene razón. Pero esto no obsta la posibilidad y legitimidad de una crítica literaria desde una cosmovisión cristiana.

4 Por eso, como lo enfatizaré más adelante, la poesía lírica puede ser una expresión personal de Dios.

5 La ciencia general del signo desde F. de Saussure (1857-1913) es llamada semiología y estudia la vida de los signos en el seno de la vida social.

6 De ahí que, como opinan algunos autores, el símbolo conlleva dificultades hermenéuticas con las que lidiamos constantemente en la lectura de textos.

7 Recordemos que la hermenéutica de la preceptiva actual posmoderna trabaja con el presupuesto de la autonomía de los textos respecto de su creador y contexto de vida, como lo he observado en otros ensayos.

8 Por “romántica” me refiero al amor romántico puro con el cual Dios dotó al ser humano, siempre y cuando, no sea pervertido ni usado para aquello a lo cual me referiré más adelante.

9 Por ejemplo, de la Ortodoxa Apostólica, cuyo fundamento teológico del arte en mención es la encarnación de Cristo, arte y teología totalmente ausente en las confesiones cristianas occidentales.

10 Sin embargo, hay quienes opinan que la poesía es un producto del alma humana, de sus pasiones, conflictos, sentimientos, instintos irracionales, del mundo oscuro de su espíritu. Pero esto no niega el lado sicológico o inconsciente, la esencia de todo arte, ni el individuo creador. Tampoco lo anterior obsta que el poeta cristiano descuide la ética literaria y cristiana a la que se debe, contra toda crítica antropocéntrica de que la ética y moral masifica y planifica al ser humano a su manera.

11Dejamos a un lado otros géneros literarios bíblicos que muestran esa misma estrategia literaria persuasiva de Dios, teniendo presente que los escritores bíblicos encarnan el pensamiento de Dios. Uno de estos géneros es el propiamente poético como los Salmos.

12Sin embargo, ningún texto o episodio narrativo bíblico ha sido escrito solamente para satisfacer el placer artístico. La dimensión literaria de los textos bíblicos es inseparable de las preocupaciones didácticas, religiosas, morales y otras de sus autores.

13 Entre los Padres de esta Iglesia están, por ejemplo, san Efraín el Sirio y san Gregorio Nacianceno.

14 Es decir, que, aunque esté consciente de que la teología es una ciencia que se relaciona con otras ciencias como, por ejemplo, las del lenguaje, cuida de no pervertir su fe ni sus convicciones teológicas apostólicas recibidas de la Iglesia a la que siempre está adherido y sirve.

15 El lenguaje poético, en general, es referencial, es decir, está vinculado con la realidad histórica y experiencial del poeta. Por eso, la representación y mimetización no es simple simulación.

16 Por eso, la transformación de la que se habla no siempre será positiva, puesto que habrá poemas, especialmente de autores ajenos a la fe cristiana, que llevan implícitos el sello de la caída del pecado de muchas maneras (infidelidad matrimonial, por ejemplo).




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