Colaboraciones, Víctor Ilich

Derecho a despertar. Comentario de Víctor Ilich

Luego de leer Oraciones al Dios del dolor, de Héctor Cabaña Gajardo, es inevitable reflexionar sobre la existencia o no de un ser superior. Recordar a Voltaire y su ironía frente al fanatismo: la tendencia humana al desequilibrio, ya sea por exceso y exageración. Un supuesto Dios preocupado por su creación: y que al sexto día ­­––afirman–– el ser humano pasó a ser una nueva preocupación. Y con justa razón, pareciera ser, al ver la estación del Metro San Pablo incendiada y la primavera de Santiago de Chile con todas las flores agitadas: otro octubre que estremece el corazón.

Para algunos como Héctor, la Biblia puede ser un despertador de ese Dios que parece lejano, mientras otros sostienen que la disconformidad es el combustible del progreso: la insatisfacción de los Rolling Stones sigue latiendo con sinsabor. No obstante, el fuego de la zarza ardiendo que se registra en sus páginas también sigue ardiendo, sigue en combustión porque dicen que ese Dios sigue atento a la jugada y buscando corazones que le crean sin tibieza ni temor.

Y si es verdad que el Dios de la Biblia es luz como registró el apóstol Juan, no es extraño que despertar y mantenerse en vigilia implique acercarse a la luz.

El ser humano sabe que las fases de sueño y de vigilia son necesarias para preparar nuestro organismo para los cambios del día a día. Y que despertar es estar alertas. Y el dolor tiene el potencial de despertarnos. Despiertos, alertas y atentos a la lucha, a la defensa o a huir, en caso de ser necesario.

El caos que, a ratos, se levanta hoy en la capital de Santiago de Chile y en otras ciudades a lo largo del país da cuenta de la diferencia que existe entre manifestarse y efectuar demandas necesarias y con pasión, por parte de muchos, frente a la injusticia social, versus el ánimo destructor de unos cuantos, siempre pocos, en comparación, pero dañinos como el más pequeño tumor capaz de terminar apagando la luz interior.

Y si Gustavo Cerati odiaba ese domingo híbrido de siempre, no lo culpo, si lo híbrido contamina lo sagrado de la libertad humana: la autodeterminación, es así como cobra sentido el derecho a despertar y mantenerse en vigilia: atentos y con los ojos abiertos tratando de encontrar al Creador, mientras pueda ser hallado, según refieren algunos con expectación.

En su texto El fluctuar de las cosas, Héctor ruega a ese Dios aparentemente inexistente: “No te olvides de mí / no me abandones a la suerte / de los nauseabundos destinos / que los hombres han forjado”.

Mas en contextos de crisis, sostienen los creyentes que, a pesar de las fluctuaciones de la vida, sus contradicciones, sus injusticias, las desigualdades y las tragedias que socavan al mundo y su entorno, la cualidad de un Dios inmutable, que no cambia en su propósito, que no tiene sombra de variación, que afirma ser el principio y el fin, es el ancla que confiere confianza y esperanza en medio de la incertidumbre, la turbulencia y el caos: ya que resaltan su disposición para actuar en beneficio de su pueblo: un pueblo que no puede estar atemorizado o desorientado sin saber que fue llamado a ser luz y sal para el mundo: un mundo algo insatisfecho.

Entonces, se trata de un pueblo que no se puede restar al cambio social.

Además, dicen los estudiosos de la Biblia que no hay que confundir el aparente silencio del Dios cristiano con la indiferencia. Arguyen que el apóstol Pablo fue claro en señalar en la Carta a los Romanos que habrá “[…] aflicción y angustia a cualquiera que practique lo malo[…] pero gloria, honra y paz a todo el que practique lo bueno[…] porque delante de Dios no hay acepción de personas”. En otras palabras, si se siembran vientos, se cosechará tempestad. Y lo que algunos entienden como tardanza en sus promesas, otros lo reconocen, al igual que el apóstol Pedro, como paciencia, de su parte, para llamar a todos al arrepentimiento; es decir, ese cambio de mentalidad, en principio, por amor a sí mismos: desde el Presidente de la República hasta el ladrón de bicicletas, de Vittorio de Sica, que termina dando un modelo errado a su hijo, aprovechando la nefasta oportunidad. Un hijo que podría haber crecido sin padre, porque el suyo podría haber terminado en la cárcel.

El neoliberalismo que impera en Chile y que fueron capaces de implementar bajo el régimen militar como un experimento que en ningún otro país del mundo se ha logrado aplicar con tanta crudeza ––ni Estados Unidos ni Inglaterra lo han podido lograr––, aquí se enquistó y el imperio de la avaricia reina: otros lo llaman el amor al dinero, otra cárcel menos evidente, pero igual de restrictiva: ya que no es lo mismo tener dinero que amar al dinero. Basta conocer La doctrina del shock, de Naomi Klein, para arribar a esta aseveración.

Es cierto, perdí algunas lágrimas al ver la estación del Metro San Pablo consumida por el fuego, porque en más de alguna ocasión tuve que transitar por ella, pero también encontré el aliento cuando vi a muchas personas barriendo el desastre y volviendo a levantarse en medio de ese horno de fuego.

Ser creyente dicen que es creer en algo que tiene el poder de cambiar el curso de los acontecimientos: las promesas escritas en un libro que aunque atacado, vapuleado, menospreciado, conculcado, tergiversado, torcido oscurecido y escondido, sigue recordándonos que escrito está: que no solo de pan vive el hombre.

Y que solamente orar y creer que el Dios de la Biblia es el Dios del dolor, es no advertir ni ponderar las promesas de la Carta a los Filipenses: porque dicen que el gozo del Señor es fortaleza y muchas cosas más; creer para ver; buscar para hallar.

Otros reparan en que orar es esperar, pero no en la inactividad y omisión, sino en la acción de la preparación. Y recordé un consejo hebreo que sugiere apartarse del mal, hacer el bien, buscar la paz y seguirla.

Si fuese creyente, diría: ¡Espíritu Santo, ven!

Si yo fuese creyente, insistiría en decir… ¡Espíritu Santo, ven!

¡Ven pronto!

¡This is Chile!

Víctor Ilich (Santiago de Chile, 1978). Abogado y Juez de Garantía en la región chilena de O´Higgins. Poeta y ensayista, autor de más de una docena de obras literarias, tanto reflexivas como poéticas. Algunas de ellas han sido prologadas y comentadas por destacados académicos como Hugo Zepeda Coll, Thomas Harris y Andrés Morales. Entre sus obras se puede citar Infrarrojo, poemario presentado por el académico, escritor, poeta y miembro de la Academia Chilena de la Lengua, Juan Antonio Massone del Campo, quien le ha antologado; Réquiem para un hombre vivo, poemario dedicado al poeta Juan Guzmán Cruchaga (presentado por el ministro de la Corte Suprema y escritor Carlos Aránguiz Zúñiga y el ex ministro de la Corte de Apelaciones de Santiago Juan Guzmán Tapia); El silencio de los jueces, un texto para sazonar el corazón, prologado, en su primera edición, entre otros, por Sergio Muñoz Gajardo, quien fuese presidente de la Corte Suprema (2014-2015); Disparates, poemario relativo a la libertad de expresión y los prejuicios (2016); Cada día tiene su afán (2017), que procura motivar en la lucha del cáncer, presentado por Haroldo Brito Cruz, actual presidente del máximo tribunal del país, con ocasión de la celebración del Día Internacional del Libro. Y, además, el poemario titulado Toma de razón, en coautoría con Roberto Contreras Olivares, poeta y ministro de la Corte de Apelaciones de San Miguel, presentado en Hanga Roa, Isla de Pascua, en agosto de 2017. Por último, en abril de 2018 junto a otros cuatro jueces penales publicó el libro Duda, texto fruto del taller literario que impartió, el cual luego de terminar denominó “Ni tan exacto ni tan literal”. Actualmente es columnista en el diario El Heraldo de Linares, de la Región del Maule. Como cristiano, forma parte del grupo de colaboradores de Tiberíades, Red Iberoamericana de Poetas y Críticos Literarios Cristianos.

[La foto primera es de Ricardo Galaz.]

 

 




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