Colaboraciones, Jacqueline Alencar

Miguel de Unamuno y Juan A. Mackay: Diálogo entre fe y cultura

El primer encuentro con Juan A. Mackay, el teólogo, escritor, periodista, pedagogo, conferenciante, misiólogo, el de las cruzadas por la justicia social… lo tuve al escuchar la magnífica conferencia de Samuel Escobar, teólogo peruano, al recibir el Premio Jorge Borrow de Difusión Bíblica en Salamanca, el año 2011. Ese día también descubrí la gran amistad entre Mackay y D. Miguel de Unamuno.

Cito un fragmento de la intervención de Escobar en el Aula Unamuno del Edificio Histórico de la Universidad de Salamanca: “… a mis diecisiete años tuve el placer de conocer personalmente en Buenos Aires al Dr. Juan A. Mackay, cuyos libros, El sentido de la Vida y El Otro Cristo Español, estaban entonces entre mis libros de cabecera de la adolescencia, y en ellos había múltiples referencias a Unamuno. En nuestra larga conversación yo escuchaba con avidez a ese maestro escocés que hablaba el castellano a la perfección con una pronunciación muy castiza. Cuando mencionó a Unamuno se emocionó y me pareció que los ojos se le humedecían. De vuelta en Lima, empecé a releer sistemáticamente a Unamuno y también devoré el Prefacio a la Teología Cristiana de Mackay (…) Su paso por España, recién graduado de Princeton, y su amistad con Unamuno, le dieron a su teología una dimensión existencial y una sensibilidad especial para entender el alma de los pueblos ibéricos…”.

Mackay nació en Inverness, Escocia, en el año 1889. Fue preparado de forma excelente por la Academia Real de Inverness y la Universidad de Aberdeen, donde estudió Filosofía y descubrió su vocación misionera. En 1915 se gradúa de Princeton y viaja por ocho semanas a América del Sur enviado por la Junta de Misiones de la Iglesia Escocesa Libre. Se dice que de ahí vino la convicción de que sería misionero en Perú. Aconsejado por uno de sus profesores en Princeton, viaja a España a estudiar la tradición religiosa española y aprender bien el castellano. Es así que el hecho de vivir ocho meses en España, entre 1915 y 1916, y otros años en Latinoamérica, le sirvieron para llegar a ser un gran conocedor de la espiritualidad y de la cultura de Iberoamérica, hecho que más tarde se plasmaría en su libro El otro Cristo Español.

Al llegar a Madrid en noviembre de 1915, se hospeda en la Residencia de Estudiantes y se matricula en el Centro de Estudios Históricos, relacionado con el Instituto de Enseñanza Laica, fundado por Giner de los Ríos, quien había muerto meses antes de su llegada a Madrid. Dice él: “Durante casi un año, viví en el ambiente intelectual de don Francisco Giner de los Ríos y en amistad íntima con sus discípulos…”.

Una de las visitas que llegó a la Residencia de Estudiantes para dar una charla fue Miguel de Unamuno. Se dice que Mackay comentó que “la Residencia encarnaba el espíritu de Unamuno y que tomó para sí el deber de hacer divulgar sus ideas”. En la Residencia conoció a Juan Ramón Jiménez, el poeta español. También Ortega y Gasset estaba relacionado con la Residencia y era miembro de la Junta Directiva. Además, conoció a Carlos Reyes, Tomás Navarro, Américo Castro…. Federico de Onís fue uno de sus profesores de español. Y allí tuvo el primer contacto con Luis Alberto Sánchez, quien llegaría a ser Senador y vicepresidente del Perú. Toda esta experiencia con el ambiente cultural de Madrid le sirvió para adentrarse sin dificultad en los ambientes literarios de Lima, y facilitó su intención de propiciar un diálogo entre fe y cultura, algo que estará presente hasta el final de sus días.

Las ideas de Unamuno le servirán para entablar diálogo con la cultura iberoamericana, y tendrán gran influencia sobre su visión misionera y su postura teológica.

Composición con fotografía de José Amador Martín
Composición con fotografía de José Amador Martín

Unamuno lo impresionó de tal manera que Mackay lo visita en Salamanca. A ello se refiere en El otro Cristo español: “Jamás podré olvidar, mientras viva, aquel día, que inició toda una época en mi experiencia, cuando visité a Unamuno en su hogar de Salamanca durante las navidades de 1915. Fue el año después que la influencia clerical lo había depuesto del rectorado de aquella antigua Universidad, y unos años antes de ser desterrado de España”.

Para Mackay, Unamuno fue un personaje que en 1891 llegó a Salamanca como profesor de griego, y que durante treinta años hizo retumbar su mensaje en la Universidad, en las salas públicas y con su pluma, de la que emanaron ensayos, poemas y disertaciones filosóficas. Unamuno se entrañó con Salamanca, como más tarde lo harían Mackay y su esposa, al llegar al Perú. El propio Mackay lo afirma: “Llegamos a ser uno con ellos y nos consideramos peruanos…”. Por ello fundaron el Colegio Anglo-Peruano y Mackay se matriculó en la Universidad Nacional de San Marcos, donde, en 1919, leyó su tesis doctoral sobre Unamuno, intitulada: “Don Miguel de Unamuno: Su personalidad, Obra e Influencia”; primera tesis que se conoce sobre el pensamiento filosófico de éste. Además, Mackay no solo se afianzó intelectualmente, sino que se relacionó con los profesores de dicho centro académico, como Raúl Porras Barrenechea, Jorge Guillermo Leguía, Víctor Raúl Haya de la Torre… También resalta el hecho de que él mismo fuera invitado a dar clases de Filosofía Contemporánea y Metafísica en la Universidad de San Marcos. Y algún tiempo breve fue director del Departamento de Filosofía y Letras.

Mackay tomó de Unamuno esa facilidad de entrar en diálogo con la cultura, en su caso con la cultura hispanoamericana, y esto lo utilizó para sus propósitos misioneros. En este sentido, Mackay también formó parte de un grupo de intelectuales llamado “La Protervia”, del que formaba parte Luis Alberto Sánchez, un reconocido historiador y crítico literario peruano que había conocido en la Residencia de Estudiantes de Madrid, como hemos señalado anteriormente. Cuando Mackay murió en 1983, Sánchez dijo que éste “había sido “uno de los más altos acreedores del Perú y de América Latina”.

Mackay también acercó la cultura anglosajona a los peruanos… Escribió artículos para el periódico ‘El Mercurio Peruano’ sobre Woodrow Wilson y David Lloyd George, llamándoles demócratas que habían aprendido a gobernar a los pies de Jesús… Destacando asimismo los aportes de la literatura inglesa. Hay que mencionar también su amistad con Víctor Raúl Haya de la Torre y José Carlos Mariátegui, al iniciarse sus carreras política y literaria. Escribió en las revistas ‘Amauta’ y ‘Mercurio Peruano’, dirigidas por Mariátegui y por Víctor Andrés Belaúnde, respectivamente.

Ambos se interesaron por la cultura, pero también por la espiritualidad de los lugares donde estaban asentados. Por eso, El otro Cristo español de Mackay tratará fundamentalmente de ese Cristo que no llegó con la conquista. Dice: “A Sudamérica llegó un Cristo que ha puesto a los hombres de acuerdo con la vida, que les ha dicho que la acepten tal como es, y las cosas tal como son, y la verdad tal cual parece ser”. Habla del mismo Cristo que Unamuno menciona en uno de sus poemas: “Este Cristo, inmortal como la muerte, /no resucita; ¿para qué?, no espera sino la muerte misma. /De su boca entreabierta, /negra como el misterio indescifrable, /fluye hacia la nada, /a la que nunca llega, /disolvimiento. /Porque este Cristo de mi tierra es tierra…” (Fragmento).

Dramáticas palabras de Unamuno para retratar el culto a ese Cristo que solo es tierra, que según él ha sofocado la religión de España, al igual que en Sudamérica. Y añade Mackay: “Pero ¿y el otro? ¿El que hace que los hombres no estén satisfechos con la vida tal cual ésta es, y con las cosas tal como son, y que les dice que, por medio de él, la vida será transformada, y el mundo será vencido y sus seguidores serán puestos de acuerdo con la realidad, con Dios y con la verdad?”. A lo que responde: “El otro Cristo no ha abandonado por completo aquel país. Se le encuentra entre los grupos que disienten de la fe oficial y que han buscado en una u otra de las iglesias protestantes de la Península la satisfacción espiritual que anhela … Consideremos a dos miembros representativos de este grupo, en la vida de la España moderna… Estudiando la personalidad espiritual de estos dos hombres podremos formarnos un retrato del ‘Otro Cristo español’ contemporáneo. Ambos son laicos…: don Francisco Giner de los Ríos y don Miguel de Unamuno”.

Es en El otro Cristo español donde se encuentran diseminados puntos esenciales del pensamiento de Unamuno. Sobre todo, Mackay intenta sintetizar su posición religiosa fundamental; señalando, asimismo, “con tal que se tenga presente que nuestro autor es el menos sistemático de los escritores, y enemigo jurado de la lógica, y, además, que sus escritos abundan en contradicciones íntimas que se presentan por todas partes en la vida y naturaleza humanas”.

Mackay afirma que el pensamiento de Unamuno halla su centro en dos ideas esenciales: la de vocación o misión, y la de lucha agoniosa, especialmente la lucha por vivir para siempre. “El gran problema de la civilización moderna -dice Unamuno-, no es la distribución de la riqueza, sino la distribución de vocaciones. Un hombre comienza a vivir cuando puede decir con don Quijote: ‘Yo sé quién soy’. Para él la vida tiene un sentido, aun cuando otros puedan tenerle por loco. Es decir, que cada hombre tiene una vocación determinada, la cual debe ejercer para que su vida tenga sentido, pero para alcanzar esto se hace necesario ir hasta las últimas consecuencias. “Toda tarea ha de acometerse con un sentido religioso de su importancia. Si la tarea particular de un hombre no le satisface, que la cambie por otra, pero que trabaje en algo en que pueda poner su alma entera. (…) Para hacerlo se necesita el más completo abandono y sacrificio en el cumplimiento de su vocación”. Y a esto llama ser un hombre verdadero, que ejerce la hombridad. “La palabra Hombridad”, dice Mackay en su tesis sobre el Rector, “es una palabra acuñada por el escritor portugués Oliveira Martins, la que se apropió Unamuno para cristalizar en ella su concepto de las cualidades que constituyen al hombre ideal. Esta recia figura cuyo constante anhelo es llenar con carne y hueso, con pasión y pensamiento la idea del hombre verdadero, muy bien podría glorificar un lienzo de Velázquez”.

Nos recuerda Mackay que Unamuno confiesa que se contentaría con que su mensaje muriese en la mente de sus lectores, con tal que, muriendo, ayudara a fertilizar los pensamientos de éstos. Y que en este pensamiento está contenido el evangelio del trabajo, y del sentido de la vida, de Carlyle, que Giner de los Ríos predicaba en Madrid, cuando los jóvenes trabajaban no con motivos de servicio sino por la esperanza de las ganancias. Ambiente en el que Unamuno hace resurgir el famoso dicho de Santa Teresa: ‘Entre los pucheros anda el Señor’. Es decir, que ningún trabajo era menospreciable si se realizaba con un sentido de vocación y de Dios.

Señala Mackay que, “en lo que toca a su propia y particular vocación, Unamuno consideraba que ésta era la de reencarnar a don Quijote en la España y época modernas, en defensa de lo eternamente espiritual y bregando con el mal dondequiera éste apareciese, sin hacer cuenta de las consecuencias. Quería que sus compatriotas aprendieran a pensar en lo más profundo de la vida y el destino. Su función sería la de lanzarlos, según nos dice, al océano de Dios, para que aprendan a nadar. Deben abandonar la ‘fe del carbonero’ y es menester trastornarles esa paz de cementerio en que han pasado la vida. Es necesario despertar en ellos la inquietud espiritual. Y que no esperen de él pan, sino sólo levadura y fermento. Tócale a él provocarlos a una lucha espiritual creadora…”.

Retrato de Miguel de Unamuno, obra de Miguel Elías

Mackay beberá del libro de Unamuno Del sentimiento trágico de la vida para analizar las deficiencias del hombre que influyen a la hora de llegar a ser un agente idóneo de transformación de la sociedad de la que forma parte. Sobre todo, como señalan algunos estudiosos de la obra de Mackay, él aprendió de Unamuno no solamente a buscar un sentido a la vida, sino también un sentimiento religioso que la enriquezca para hacerla duradera.

Todo esto nos lleva a entender la idea preponderante de D. Miguel, la de la lucha trágica y agonizante. Escribe Mackay: “Oímos la voz de lo más profundo de su alma en aquellos ‘Salmos’ que forman parte del volumen principal de sus poemas. Porque Unamuno es también un poeta, el más grande de los poetas líricos de España después de Fray Luis de León. Sus salmos son el grito de un alma angustiada que, al remontarse, azota sus alas contra el velo en un esfuerzo por atravesarlo. Su lenguaje trae a nuestra memoria algunas de las expresiones de Moisés, Job y San Agustín…”. Es interesante su análisis sobre ‘El Cristo de Velázquez’, el poema de Unamuno, del cual dice que es único en la literatura moderna, y a través del mismo el poeta medita en el Crucificado, y a él se dirige en un monólogo, que expresa el significado místico de cada uno de los rasgos de Cristo. […] “La muerte de Cristo fue creadora, porque no fue un mero hombre quien murió sino Dios en naturaleza humana. En uno de sus libros dice que nunca se sintió Dios más Creador y Padre que cuando murió en Cristo, cuando en Él, en su Hijo, probó la muerte”.

Porque, como afirma Mackay en su tesis Don Miguel de Unamuno: Su personalidad, Obra e Influencia, éste viene de esa ‘crema y nata de una raza de místicos luchadores’, de ese misticismo que brotó del litoral cantábrico: activo, turbio y desasosegado, diferente del misticismo castellano: pasivo, sereno y contemplativo. No nos extrañe, pues, que Unamuno escriba “Mi religión es luchar incesante e incansablemente con el misterio; mi religión es luchar con Dios desde el romper del alba hasta el caer de la noche, como dicen que con Él luchó Jacob. No puedo transigir con aquello del Inconocible -o Incognocible, como escriben los pedantes- ni con aquello otro de ‘de aquí no pasarás” (de su ensayo Mi religión). Como afirma Mackay: entre la cabeza y el corazón de Unamuno se debatía una lucha interminable.

Ambos propugnaban que una vida que no estuviera comprometida, ya sea en la vida secular o religiosa, no era digna de ser vivida, viniendo a ser tan reprensible como una vida sin rumbo. Eran conscientes de la necesidad de una responsabilidad en cuanto al uso de sus ideas. Necesitaban ser pensadores dinámicos, imposibles de quedarse relegados a las rigideces. Voces críticas. De ahí que su pensamiento fuese apasionado y comprometido; no eran meros espectadores, sino que buscaban la Verdad en el Camino, lo cual trae consigo una nueva vida personal y una especial vida colectiva, encarnándose en la realidad en la que estaban inmersos. Continúa Mackay: “Coloca así Unamuno, de esa manera, la ética sobre una base trágica. Sea cual fuere el costo, el hombre ha de vivir gozosamente de acuerdo con los valores morales eternos”.

Diría que Mackay desarrollo una teología encarnacional, comprometida con la justicia social, lo cual lo llevó a interesarse por la problemática latinoamericana, considerando todos sus aspectos, así como por los grandes conflictos internacionales que amenazaron la paz en su tiempo. De ello dan cuenta sus afirmaciones y participaciones en conferencias, encuentros, comités, etc., sea en la Asociación Cristiana de Jóvenes, o presidente del Consejo Mundial de Iglesias, o participando en el Consejo Misionero Internacional o en la Conferencia de Jerusalén. O participando en grandes conferencias evangélicas latinoamericanas (Montevideo y Lima), o como miembro del Comité de Cooperación de la América Latina. O al frente de Princeton, por señalar algunas de sus abundantes participaciones en distintos organismos con el fin de colaborar en la extensión del Evangelio, pero también para defender la dignidad del ser humano.

Así también es evidente el compromiso de Unamuno con las causas justas como cuando se embarca en las Campañas Agrarias, preocupado por la emigración, por los que eran expulsados de su tierra, en la raya de Portugal, Extremadura y Salamanca, debido a la falta de pan, de trabajo, y, sobre todo, por la injusta distribución de los recursos, llevada a cabo por los que detentaban el poder económico en la zona. Utilizó la palabra para denunciar la miseria en la región de Las Hurdes y hasta allí se desplaza, con los franceses Legendre y Chevalier, para comprobar lo que decían los informes demoledores como el del maestro Feliciano Abad, de el Casar de Palomero. Este hecho hará que en 1922 el rey Alfonso XIII se interese en visitar Las Hurdes acompañado por Gregorio Marañón.

Mackay fue un gran luchador por la libertad de culto. Se posicionó frente a los conflictos desde una perspectiva cristiana, pero diciendo que “el odiar un sistema no nos da licencia para odiar a los individuos y a las naciones enteras”. “No debemos guardar ninguna reserva en utilizar el método pacífico a fin de resolver los problemas con los enemigos de nuestra nación”. También recibió muchas críticas por esta actitud, pero no cejó en su deseo de que el hombre conociera al Cristo vivo que es capaz de transformar la vida en nueva vida.

Ambos se adentraron en la realidad iberoamericana de la que podían hablar con total autoridad. Señala Mackay “que no hubo cáncer corrupto que (Unamuno) no denunciara, ídolo popular que no hiciera pedazos y problemas candentes con los que no se enfrentara”. Pero, me atrevería a afirmar, de acuerdo a las páginas que le dedica en el libro El otro Cristo español, que Mackay lo destacaba como uno de los intelectuales españoles que llevaron a Cristo y a la iglesia al centro del debate público en forma crítica y polémica. De ahí que llegue a decir que “Unamuno se hizo un rebelde, un santo rebelde cristiano, el último y el mayor de los grandes herejes místicos de España … que anatematizó a los jefes religiosos hipócritas, lloró amargamente sobre Jerusalén y agonizó después en el jardín de los olivos y en la Cruz, el Cristo que luego se levantó de entre los muertos para reanudar la lucha redentora en las almas de sus seguidores…”.

Ambos, a mi modesto entender, sentían la necesidad de buscar las huellas de Dios en la naturaleza y en la cultura a través del Libro de los libros, y de ese encuentro personal e intransferible del creyente con Dios, pues Mackay hace suyas las palabras de Maritain: “¿Acaso no es la hora de que la santidad descienda del cielo de lo sagrado… a las cosas del mundo profano y de la cultura y trabaje por transformar el régimen terrenal de la humanidad y haga obra social y política?”. Este sería también un punto de encuentro entre ambos. Para Mackay el cristiano no puede vivir en un mundo religioso aparte. Debe ser una persona fronteriza, moverse en las fronteras del orden natural, que para él son la esfera doméstica del hogar, la esfera de la vida pública y de los negocios. Por su parte, afirma Unamuno: “La religión no es algo aparte… No hay un estado específicamente cristiano. Cristiano en el matrimonio, la familia, el estado, la profesión. (…) Lo religioso es un modo de hacer todo y de ser todo… Todo es culto, se adora orando y trabajando… (Meditaciones Evangélicas, pág. 166).

Mackay se convierte en un gran conocedor de Unamuno, y reflexiona sobre su pensamiento, y, más tarde, será un excelente difusor de sus ideas, tal como Unamuno lo hiciera con la obra de pensadores protestantes como Kierkegaard o Barth, como sucede entre los que aman la palabra. Mackay nos cuenta que Unamuno leía en quince lenguas y aprendió el danés para adentrarse con más profundidad en la obra de Kierkegaard en el original, y que, “aunque en comercio íntimo con la cultura de la Europa moderna, tuvo sus raíces en las Escrituras y en los grandes místicos de su pueblo, es uno de los más grandes contemporáneos”. Señala que además de los antiguos clásicos castellanos y quizá el Nuevo Testamento, la literatura que más le ha marcado ha sido la inglesa. No hablaba el inglés, pero podía traducir hasta las obras más complejas. Así pudo zambullirse en las letras de Shakespeare, Browning, Thomson… No obstante, quien más influyó sobre él fue Carlyle, de quien tradujo al español la obra sobre la Revolución Francesa.

Continúa Mackay: “Por su hincapié en la individualidad, la pasión y la acción, y su menosprecio supremo de la sociología, Unamuno se asemeja a Nietzche. El prólogo a su Vida de Don Quijote, en que hace sonar una clarinada de llamado a la acción heroica y mística, es quizás la pieza más incandescente, en prosa, de la literatura contemporánea. Su sentido de lo trágico y lo paradójico, y el dualismo esencial de su pensamiento, nos recuerdan a Kierkegaard y Dostoievsky. En su defensa del corazón contra el intelecto, del hombre ‘de carne y hueso’ contra la lógica fría y desprovista de sangre, es discípulo ferviente de Pascal”. Y se atreve a afirmar: “Ni el propio Karl Barth ha puesto en más alto relieve las realidades cristianas fundamentales de la encarnación, la redención y la resurrección, que Unamuno”.

En este sentido, Mackay utilizará para el Perú, las palabras que Unamuno utilizó para España, que “al Perú le faltaba más que cualquier cosa, el sentido religioso de la vida”. De ahí se desprende lo que afirmó: “¿Cómo es que el Perú tiene tan pocos hijos que le aman con el amor del poeta de fuego profético? (…) En otras palabras, nunca se ha tomado en serio el factor religioso”.

Al contrario de lo que muchos afirman sin haber escrutado en toda su profundidad el sentimiento religioso de Unamuno, como sí hizo este escocés con alma latina, se puede decir que es de su propia experiencia que brota su confianza en la presencia de Dios en el Universo. Mackay lo confirma a través de unas líneas extraídas del libro Del sentimiento trágico de la vida: “Creo en Dios como creo en mis amigos, por sentir el aliento de su cariño y su mano invisible e intangible que me trae y me lleva y me estruja, por tener íntima conciencia de una providencia particular y de una mente universal que me traza mi propio destino. Y el concepto de la ley -¡concepto al cabo!-, nada me dice ni me enseña. Una y otra vez durante mi vida heme visto en trance de suspensión sobre el abismo; una y otra vez heme encontrado sobre encrucijadas en que se me abría un haz de senderos, tomando uno de los cuales renunciaba a los demás, pues que los caminos de la vida son irrevertibles, y una y otra vez en tales únicos momentos he sentido el empuje de una fuerza consciente, soberana y amorosa. Y ábresele a uno luego la senda del Señor”.

Como ya hemos señalado, la fe de Unamuno es la fe de Job, una fe agónica, pero que le hace aferrarse desesperadamente a ese Cristo que señala como el Hijo de Dios, sin duda, y que lo ha encontrado en la verdad revelada a través de la Biblia, y, sobre todo, en el Nuevo Testamento, que “es uno de los tres libros” -según dijo Unamuno a Mackay-“que nunca faltan de su escritorio”. ¿Cómo osar pensar que Unamuno era ateo al oír su voz en el papel diciendo: “… Si llego á creer ¿hay señal mayor de lo divino de la fé? ¿cabe mayor milagro para quien ha pasado por los abismos del racionalismo agnóstico que creer en el milagro?” (‘Jesús y la samaritana’, Meditaciones Evangélicas, pág. 147). Y es evidente la influencia que tuvieron en él los teólogos liberales, mencionados anteriormente, lo que le permitió tener una visión crítica de la situación de España y del papel de la iglesia católica en ese momento histórico, que lo lleva a oponerse a la monarquía, la dictadura y la Iglesia, siendo desterrado primero de la Península en 1924, y luego fuera de ella.

Catorce años después de haberlo visitado en Salamanca, mientras iba de Sudamérica a Escocia, Mackay visita a Unamuno en Hendaya. Compartirá con él durante dos días. Dice Mackay de aquella visita: “… Fue aquella la oportunidad que yo había soñado durante tantos años, de compartir un breve espacio de la vida del hombre que me había revelado los secretos del alma española y cuyos escritos habían estimulado mi mente más que los de cualquier otro pensador contemporáneo. Vivía don Miguel con gran sencillez en un hotelito, a unos cuantos metros apenas de la frontera internacional entre Francia y España. Se había escapado del estrépito y la publicidad de París para estar cerca de la sombra de sus colinas nativas…”. Después de este encuentro, Mackay viajó por Europa y también visitó a Karl Barth. Más tarde, ya de regreso, escribió a Unamuno esta carta, el 6 de octubre de 1930, y que se encuentra en el archivo de la Casa-Museo Unamuno.

Querido Señor Unamuno:

Tras largas andanzas por Europa he regresado al fin a tierra hispanoamericana. Lo primero que hago al hallarme instalado en mi nuevo hogar en las montañas de México, es dedicar algunos días a la tarea placentera de enviar unas líneas a aquellas personas cuyo trato durante los meses pasados en Europa, ha dejado una huella en mi espíritu. Antes de todas las otras pienso en usted y en aquellos dos días inolvidables que, hacia fines del año pasado, pasé al lado suyo en el hotelcito de Hendaya.

Usted fue de los pensadores contemporáneos quien más hondamente ha influido sobre mí. Hallé en sus escritos lo que no encontraba en otra parte en la literatura moderna. Su amor a las Escrituras y sobre todo a San Pablo, a quien yo debo mi alma, su hondo sentido de lo trágico y lo paradójico de la vida, su colocación de lo ético en el pedestal de ella, su espíritu de caballero andante a lo divino conducido por las sendas de existencia por una ‘mano invisible e intangible que lo estruja’, todo ello despertó un eco en mi espíritu. Por acá y allá, por Hispanoamérica, en conferencias a la juventud universitaria y al pueblo, sus inquietudes y soluciones eran a menudo   la médula de mis palabras, de suerte que llegué aquella mañana a Hendaya como quien visita un santuario. Estuve un par de días cerca de usted mirándole, escuchándole. Al partir una tarde para París, llevé conmigo la satisfacción de poder querer más aún al hombre que a sus escritos.

Dos imágenes han pasado desde entonces muy vivas en mi espíritu: la del Camino y la de la Cruz. La Cruz sobre el corazón palpitante y el Camino que es superior a todo método. La realidad de ambos es mía también. A ellos debo lo que soy. Día a día reanudo la aventura por el Camino con la Cruz.

Los nueve meses de mi estada en Europa los dividí entre visitas a mis padres y familiares en las montañas de la Escocia celta, conferencias en universidades inglesas, y cuatro meses en Bonn junto a Karl Barth. Con éste llegué a intimar mucho. Conversamos mucho de usted. Creo que Barth y los de su grupo, Brunner de Zurich, Bultmann de Marburgo y Gogarten de Jena van a devolver al pensamiento teológico el concepto del Dios viviente y creador de los profetas y de Pablo y de Kierkegaard, el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Creo, sin embargo, que son un tanto intelectualistas y desprecian demasiado el corazón. Pascal tenía lo que ellos y algo más. Pero que sigan en sus arremetidas contra el Dios que es pura Idea o Gran Encarcelado.

Hace dos semanas que estoy en México. He venido con mi familia para radicarme indefinidamente. He sido llamado por la Asociación Cristiana de Jóvenes Nacional, que es una institución no sectaria, para que me dedique a labor literaria y a dar conferencias por México y los países del Caribe, bajo sus auspicios.

[…]

Se despide de Ud. con todo afecto,

Su discípulo y amigo,

John A. Mackay

Juan A. Mackay

Después de ese encuentro en Hendaya, ambos continuaron con su misión de desterrar esa idea de Dios como ‘un dios encarcelado o desterrado’, para más bien descubrir: “… al ‘otro Cristo español’ y la actitud hacia la vida que la comunión con él engendra: un sentido de vocación, una pasión por los seres humanos, por humildes que sean, la lealtad a la verdad, el no hacer caso de la opinión vulgar, la vida que se gasta bajo el ojo guiador del Amigo Divino”. Se dice que Mackay utilizaba las conferencias sobre Miguel de Unamuno para entrar con mayor facilidad en los ámbitos universitarios de América Latina, tanto como misionero en Lima como conferencista en la Asociación Cristiana de Jóvenes en el período 1916-1932. ¿Podemos dudar de las coincidencias entre ambos?

Unamuno y Mackay, dos pensadores cristianos, caminantes que se encontraron con Dios, y de ahí a un compromiso irrevocable con él y con la realidad social de su tiempo. En consonancia con sus propias apreciaciones, podemos decir que trabaron amistad con las grandes ideas de la herencia de la fe cristiana, y se casaron con la idea suprema, con Jesucristo, la Verdad.

Concluyo parafraseando al teólogo argentino Míguez Bonino: ¿Cómo podemos encontrarnos en este siglo XXI con estos dos hombres, no como espectadores que miran desde un balcón, sino como sus acompañantes en el Camino que lleva hacia la esperanza?

Dos visionarios que soñaron con la encarnación de Cristo en Iberoamérica.

En diciembre de 2018, en Salamanca, se presentó el sexto número de la revista NIVOLA, editada por la ‘Asociación Amigos de Unamuno en Salamanca’, en la cual publiqué un artículo. “Miguel de Unamuno y Juan A. Mackay: Diálogo entre fe y cultura”, lo titulé, intentando transmitir algo de la relación entre estos dos personajes, destacando la gran influencia que tuvo Unamuno en Mackay. La revista NIVOLA nos muestra, a través de sus páginas, las distintas facetas de la figura unamuniana: como pensador, político, filósofo, periodista, poeta, novelista, dramaturgo o Rector, entre otras.

Sobre Juan Mackay, un escocés con alma latina, ya he escrito algunos textos, pero me sigue persiguiendo el deseo de adentrarme más en la vida de personajes con los que, desde la modestia, puedo decir que siento cierta sintonía…

Es conocida la cercanía de Unamuno a teólogos protestantes como Kierkegaard, Barth, entre otros. Hace unos días, en una mesa redonda sobre D. Miguel, llevada a cabo en la Casa-Museo Unamuno en Salamanca, el hispanista francés Jean-Claude Rabaté (quien, junto a su esposa Colette mucho han investigado y publicado sobre la vida y la producción literaria de Unamuno) comentó, entre otras cosas, que para él “Unamuno fue un protestante en tierras católicas”.

Jacqueline Alencar en la Casa Museo Unamuno, junto al cuadro ‘Unamuno y Borrow’, de Miguel Elías (2009)

Jacqueline Alencar Polanco (Cobija, Bolivia, 1961), es licenciada en Ciencias Económicas por la Universidad Federal de Mato Grosso (Brasil). Antes de venir a España, becada por la Diputación de Salamanca, trabajó en instituciones públicas en el área de planificación y proyectos de desarrollo. Desde hace varios años, junto con su esposo, se dedica a la publicación y corrección de libros de poesía y ensayo. También realiza traducciones del portugués al castellano para algunas editoriales. Es directora de la revista  “Sembradoras”, desde su aparición en el año 2007 y colabora como voluntaria en Alianza Solidaria (AEE). Desde 2010 mantiene una columna dominical en el periódico Protestante Digital, además de colaboraciones esporádicas en Salamanca al Día y Tiberíades.

 




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