Alfredo Pérez Alencart, Colaboraciones

Andrés Quintanilla Buey: vendimia de la fe

 

UN POETA CASTELLANO

Amor es lo que traigo y amor vengo a buscar”, escuché decir a un poeta de Dios, en cierta lectura celebrada allá por los inicios de este siglo y en la salmantina Casa de las Conchas. Desde entonces sagrada fue nuestra fraternidad, al reconocernos de la familia de la Cruz, unidos por siempre en Cristo. Pienso en el Poeta y pienso en su seguidor. Pienso en la Cruz de ambos, y escribo.

Acudir a la Cruz, como un niño que busca desempolvar esplendores mientras madura su Esperanza. Tener la Cruz presente a lo largo del tránsito existencial (Como la pisada en el Camino). Sentirla asombrosamente, cual regia pasión que sólo sabe decir: “Bienvenido”. Luego, ya pueden venir barbaries o enfermedades a mermar carnes o a trizar osamentas: el espíritu se resarce con el Espíritu; prevalece la fuerza suprema del poeta que siempre se sintió asociado al Poeta mayor del reino.

Esta Fe reconcentrada la palpé en Andrés Quintanilla Buey (1932-2008), palentino nacido en Juneda (Lérida) y quien ocupó hasta su último día la dirección de la Academia Castellana y Leonesa de la Poesía. Valladolid (y Castilla y León en toda su extensión) era la vieja tierra donde el poeta supo plantar su árbol del pan de cada día; la vieja tierra donde su voz modulaba lo que su bondadoso corazón telegrafiaba con evangélicas resonancias: “Aquí me muero a diario/ y a diario resucito”.

Por aquellos primeros días de julio de 2008, tras la noticia de su viaje al hemisferio de Cristo, un poeta de la Iglesia Evangélica de León -un magnífico poeta llamado Leopoldo López Samprón, natural de El Bierzo- quiso honrar la vida y obra de su amigo y compañero en los Encuentros que anualmente se celebran en Toral de los Guzmanes, bajo el epígrafe “Los poetas y Dios”:

Con sólo escribir tu nombre
la voz me tiembla,
aún sin mendigar palabras.
(…)
Andrés Quintanilla Buey,
Dios y tú sois dos poetas
de muy distintas batallas
pero del mismo lenguaje.

Lectura de Andrés Quintanilla en Toral (foto de Jacqueline Alencar)

Así es la ecuménica comunión cristiana que han logrado cimentar los poetas (de Dios) en dicho pueblo leonés, milagrosamente más firme que la triste realidad del desmembrado Cuerpo. Y así, con una serenidad trazada en el camino real del Evangelio, Quintanilla Buey, escribió lo que deseaba para cuando ya sus latidos estuviesen electrizados, a miles de metros del cielo o de la tierra:

PARA DESPUÉS

Poned, junto a una flor, no sé, mi nombre,
las letras hacia arriba: Andrés. Y luego,
no sé, quizás la fecha, junto al ruego
de una oración: orad por este hombre.

Tumbada, mi mejor fotografía,
para que se deshaga a escarcha y fuego.
Dejad, no sé, un rincón para el espliego.
Si hay que poner cruz, poned la mía.

Sembradme, a poder ser, a flor de tierra;
si no es mucho
pedir, junto al camino.
Sin llanto: una canción y una sonrisa.

Y recordadme siempre en pie de guerra.
Decid: unió a esta tierra su destino;
nadie amó tanto y nadie tan deprisa.

LO QUE PARA DIOS UNIÓ EL POETA…

Lo que para Dios unió el poeta jamás lo desuna el antólogo. Y como ahora me corresponde esa mera labor recolectora de parte de los versos que Quintanilla escribiera para el Señor, tengan por seguro que no disgregaré los cuatro sonetos antológicos (escritos en tiempos distantes) que él ordenó en la plaqueta Donde Dios, aparecida el último sábado de septiembre de 2007, bajo el sello de la vallisoletana editorial Azul (Talleres de la Casa Ambrosio Rodríguez).

Hombre con el máximo de kilates de bondad, exquisito poeta, cristiano militante, no dudaba en destacar la religación entre su poesía y lo divino: “En toda mi obra poética se encuentra presente Dios. Y no deliberadamente. Me pongo a escribir y surge, se me cuela, por cualquier resquicio. Desde mi primer poema, hasta ahora mismo”. Tres volúmenes contienen buena parte de su obra poética: En resumidas cuentas (I Breve antología 1951-2001, publicada por la Fundación Jorge Guillén el año 2001); Páramo (En resumidas cuentas II, publicada por Talleres Gráficos de Ambrosio Rodríguez, Valladolid, 2001), y, finalmente, Plaza de ciegos (En resumidas cuentas III, publicada por la Academia Castellana y Leonesa de la Poesía, 2006).

Aquí los cuatro sonetos exquisitos, cual mejor ofrenda. Aquí la vendimia de los mejores frutos de su Fe. Están precedidos de dos citas certeramente elegidas por este palentino: “¡Quiero vivir! A Dios voy/ y a Dios no se va muriendo”, del salmantino José María Gabriel y Galán; y “Morir sólo es morir./ Morir se acaba”, del toledano José Luis Martín Descalzo.

TE LLAMO Y ME VOY

Te llamo y me voy; me llamas y me vienes.
Cuando me ves hirviendo, me enrocías.
Susto para mis noches y mis días,
sabiendo que te tengo y que me tienes.

Dormiré hasta que al alba me serenes.
Mientras, prepara el tren y arma las vías
y cuida de tus cosas y las mías
en la seguridad de tus andenes.

Ay, este corazón… Tuyo es mi sueño,
tuyos también el sol, también la clara
estación de las horas amarillas.

Mientras, sigue conmigo; sé mi dueño,
cuando me miras cara a cara
y me desbordas y me desorillas.

DONDE DIOS

Donde mis ojos y la luz del día;
donde mis manos y donde el aliento
del agua, a veces nieve; donde el viento
que llega del jardín. Y su alegría.

Donde mi corazón, la melodía
de la tarde; y el llanto y la ternura
de ser hombre, también su desventura,
donde el otoño y su melancolía.

Donde la vida en cada senda, dura
la tierra, donde el pie busca acomodo;
donde, al acecho, Dios en cada tramo.

Donde la herida, Dios, que me la cura
lamiéndome la piel. Donde todo,
donde aquí, donde allí, donde le llamo.

Para Alfredo Pérez Alencart

LLEGARÉ DE IMPROVISO

Llegaré de improviso, por sorpresa.
No puedo precisar cómo ni cuándo.
Será pronto. Y hambriento. Y preguntando:
¿Dónde está Juan y dónde está Teresa?

Tanta luz de repente, tras la espesa
negrura. Deslumbrado, iré palpando
contornos tan extraños, barruntando
presencias: la ansiedad del que regresa.

De pronto, ¿Tú? ¿Más luz y Tú en el centro?
Como un niño cobarde iré al encuentro
ligero el vientre, vacilante el paso,

sin miedo, pero qué desvanecido…
-Soy Andrés, te diré; me he entretenido.
Ya estoy aquí, perdón por el retraso.

YA ESTOY AQUÍ

Ya estoy aquí, perdón por el retraso.
Qué última la tarde. Aquí terminan
el paso y el camino, se eliminan
contornos y colores. Nada. Acaso

esta sed todavía. Me repaso
y todos los recuerdos me encaminan
a Ti; se me destapan e iluminan.
Tanta tu inmensidad, yo tan escaso…

Pero te acercarás a mi estatura
para que te comprenda:
-Bienvenido.
Y me desatarás para que vuele.

(Pienso que será así. Y la quemadura
del corazón, que tanto me ha dolido,
ya no me duele, Dios, ya no me duele.)

Araceli Sagüillo y Andrés Quintanilla Buey (foto de Jacqueline Alencar)

CRISTIANO Y POETA: VOCERO DE DIOS

Así escribía, en uno de sus poemas: “Sólo con Dios encima se entiende este paisaje./ Con Dios a las espaldas todo es verdad y tiene sentido”. Dios siempre acompañando su andadura por Castilla y León. Dios sin desgajarse de su alma. Dios oxigenando su poesía.

Anoto un aleccionador testimonio suyo, válido para todo poeta creyente. Fue escrito en 2004 para el Encuentro “los poetas y Dios”. Hasta hoy se encontraba inédito: “Creo en Dios por convicción, no por necesidad, y en Dios me sostengo y por Dios espero ser acogido algún día. Y conmigo, mi canción. Así de sencillo. Sin más. En sus manos me pongo, confiadamente, todos los días. Los poetas que creemos, tenemos la obligación de decirlo en cuantas ocasiones se nos presenten. Sin rubor. Con serenidad. Y decirlo con orgullo, sin complejos, trasladando a todo cuanto escribimos nuestra postura ante la vida, que es esto tan maravilloso   que nos sucede. Desde la fe, todas las cosas se ven distintas, con más luz, y se reciben y se aceptan de otra manera. Lo triste y lo alegre. Y es bueno que las gentes que nos lean o nos escuchen perciban que detrás de todas nuestras palabras se encuentra Dios animándolas. Y que donde algunos otros poetas ponen con habilidad, sabiamente, cerebro, cálculo, nosotros ponemos también, y muy principalmente, alma, que es, a mi modo de ver, el mejor y más alto vehículo para transmitir la poesía y con ella entregarnos por entero a quienes han de leernos o escu­charnos”.

Así era él: por ello algunos poetas imitamos su ejemplo, dando testimonio del Evangelio a través de la poesía. Él también supo seguir el ejemplo de Pablo (Fil. 3: 7, 8), perdiendo oropeles y reconocimientos por amor a Cristo, dejando de lado previsibles ganancias porque significaban abdicar de la Fe. Ya se sabe que el mundillo literario ve con lupa la poesía religiosa, para luego degradarla a categorías inferiores. ¡Qué importancia puede tener tal actitud si el compromiso es ofrendar el mejor Verbo para el Señor!

Y eso lo tenía bien asumido Andrés Quintanilla Buey. Entonces, cuando Manuel Corral e Isidoro Herrero sacaron adelante la primera cita de Toral, él no dudó en celebrarlo, pues veía que otros puntos de misión poética cristiana se abrían en Castilla y León: “Deseo agradecer y también felicitar muy calurosamente a todas las personas, a todos los organismos, que la han hecho posible. Una bellísima iniciativa, muy valiente, esta de dedicar unos actos a unos poetas, para que hablen de Dios, y que los que creamos en Él, podamos manifestarlo libremente, en estos momentos en los que tan ferozmente se está atacando, desde todos los ángulos, a todo aquello que tenga algo que ver con la vida espiritual, cristiana…”. Este nuevo Pablo de los poetas castellanos supo ir por ciudades y pueblos pregonando su profunda fe en Cristo. En cientos de recitales y encuentros literarios leía, para disgusto de algunos distantes o soberbios, versos de absoluta humildad ante el Amado galileo. Versos como estos:

(…)

¡Con qué extraña ternura mi boca te pronuncia!
Parece haber hallado algún nuevo lenguaje;

¡Qué pobre soy ahora!… Nada de lo que Él quiere
encuentro entre mis manos y mi verdad me asusta.
Yo sé que no le gusta,
yo sé lo que le hiere,

haber adivinado mi doloroso empeño
por disfrazar mi alma, tan de hombre repleta…
¡Y yo, que soy poeta,
fabricador de sueño,

escondo ahora, temblando, mi torpe desaliño!
No quiero que Él advierta los pliegues de mi nombre
y que me llame hombre,
en vez de decir niño.

…Quisiera ser la paja, mullirme en el Pesebre,
hacerme casi lumbre en su primer rocío
y calentar su frío con mi calor de fiebre.

Andrés Quintanilla Buey, por Miguel Elías

TODO ES AMOR, TODO SERÁ AMOR

Toda una vida casado con la palentina Araceli Sagüillo. Ella, poeta como él, fue el Otro centro medular del pensamiento y la poesía de Andrés Quintanilla Buey. Hay un poema suyo, “Tengo para llorar tan sólo un alma”, donde premonitoriamente conjuga este Amor-Amor; pues si en la dedicatoria señala: “Para Araceli, otra vez. Como entonces. Como siempre”, en los versos ya está con Cristo y, desde allí, su amorosa sombra acompaña a la amada, susurrándole así: “…Y sólo un corazón, con el que he escrito/ un único poema: ese que canta// un pájaro cualquiera y que conoces,/ amor, por la palabra irrepetida,/ aquella que la otra tarde hallé escondida/ allá donde dio Cristo las tres voces./ Una palabra, amor, que nadie nombra,/ que sólo yo conozco y que te digo/ desde esta soledad, mientras te sigo/ como una sombra, amor como una sombra”. O también cuando este maestro del soneto destila su querer y prepara su despedida:

AHORA DIGO AMOR

Ahora digo amor, que es el momento; llena
mi boca esta palabra y aclara mi camino,
la como, la respiro, es mi pan y es mi vino,
la mezclo con mi sangre, la grito en cada vena.

Amor. Y fin. Me planto -se acabó mi condena-
en este sentimiento tan dulce y repentino.
Porque me da la gana. Yo elijo mi destino.
Volver a lo vivido no merece la pena.

La tarde me regala su perfumado aliento.
El hambre del desnudo con poco se contenta:
yo amor. Y una esperanza crecida en cada mano.

Y así, desde esta lluvia y sin resentimiento,
me voy hacia los muertos como sin darme cuenta,
como si comenzara mi último verano.

Toda una muerte destilando el reencuentro bajo la invisibilidad del amor: “Las preguntas y respuestas,/ en los ojos, no en los labios.// Ninguna palabra, solos/ entre nubes y pájaros.// Corazón y corazón./ Ni más fuente, ni más árbol/ que nosotros, siempre juntos./ Y siempre, siempre, encontrándonos”. Toda una muerte tapiando el cauce de las lágrimas, dando instrucciones a su Araceli amadísima. Todo es Amor; todo será Amor:

Mas tú sabes, amor, que la ternura
no está ni en el palabra ni en el gesto.
Está donde la puso Dios un día.
Quizás en la mirada; o en el alma,
que es eso que tenemos no sé dónde,
pero que nos aprieta y que nos duele.
Tú lo sabes, amor, porque me esperas.
Ese regreso mío, a sol muriendo,
sin palabras, amor, hasta tus brazos.

Quintanilla Buey con los poetas Tundidor, Merlino, Martín, Alencart, Sagüillo, Hernández, Cilloniz y Häsler en Salamanca , 2004 (foto de Jacqueline Alencar)

SOBRE LA EXISTENCIA DE DIOS

Desde el huerto profundo de su fe; desde la carne boreal de su Fe, Quintanilla expresaba su humana palabra para sustentar la firme creencia que transfiguraba sus días: “Se han escrito, por eminentes pensadores, por grandes hombres de ciencia, cientos de miles de páginas para tratar de demostrar la no existencia de Dios, retorciéndoles el sentido a las cosas, inventándose argumentos para tratar de demostrar que todo es producto de una casualidad, de una com­binación de sucesos, físicos, químicos, que dieron origen al mundo sin la intervención de ningún ente superior; que las rosas, el rocío, la nieve, los mares y los ríos, los árboles, las estaciones, el hombre, estamos aquí sin más ni más, porque sí, y que nos iremos de la misma manera que hemos llegado, que pasaremos de una oscuridad a otra oscuridad sin límites, sin más pena ni más gloria, y que nuestra desaparición será absoluta, pasando a ser eternamente nada. Pues no. Todo tiene que tener una explicación más sencilla, y, sobre todo, más hermosa. Y es necesario que mantengamos la esperanza, intacta nuestra capacidad de asombro, nuestra seguridad de que hay algo -Dios- por encima de nosotros, que nos espera. Que Dios no es algo simplemente necesario, sino algo cierto y hermosísimo, cuyo aliento le pone sentido, sal y gracia, a nuestra existencia”

TORAL DE LOS PÁJAROS

Andrés Quintanilla Buey fue un pájaro risueño que siempre delató su nido (Cristo). Me recuerda lo del Salmo 84: “Aun el gorrión halla casa, y la golondrina nido para sí, donde ponga sus polluelos, cerca de tus altares, oh Jehová… Dios mío”. Y también fue un pájaro agradecido con Toral de los Guzmanes. Aprecien, en este texto inédito que leyera en Salamanca el 23 de enero de 2007, lo que él sentía por Toral y por sus pájaros-poetas: “Hay muy cerca de aquí, en la tierra hermana y bienamada de León, un pequeño lugar, un pueblo-pueblo, con olor a campo, a pan, a vino, a conciencia tranquila y a amistad, en el cual han instalado su ONU los pájaros. Están todos, viviendo milagrosamente, en precario, en sabe Dios qué laberintos del aire; todos, mezclados, entrevistos, mejor presentidos, tremendamente felices y ruidosos. Todos los pájaros-pájaros. Los de verdad. Los benditos pájaros. Puesto que, al contrario que en la ONU de los hombres, no son admitidos los pájaros de cuenta, ni los de mal agüero. El lugar se llama Toral de los Guzmanes…”.

Así, en comunión, mezclados, sin contiendas: los poetas de Dios. Y él, tan sanjuanista (como todo poeta que se precie de ser un humilde hacedor de líneas para Dios), en una oportunidad hasta dejó de asistir a la cita anual de Fontiveros, donde era secretario de la Academia de Juglares, porque coincidió con la cita anual en Toral de los Guzmanes. La tarde de aquel sábado, al no poder bilocarse, bien sentado en la acogedora salita de la casona de la Calle Mayor, me recitó estos versos que otrora dedicara a Juan de Yepes: “¡Qué grande la distancia!… Y el empuje/ del corazón que grita, qué pequeño…”

Como Antonio Salvado, como muchos otros poetas que acuden a Toral, Quintanilla allí acudía para recibir pureza, calor humano en medio de la sencillez. En un gesto que hasta el día de hoy me conmueve por completo, el pueblo de Toral de los Guzmanes, con su alcalde Miguel Ángel Fernández, en julio de 2010 inauguró la Plaza del poeta Andrés Quintanilla Buey. Lo sencillo es lo que no traiciona ni se deja cegar por oropeles y barnices. Y ver al pastor Manuel Corral, solícito y feliz adecentando la placa para el acto inaugural, fue otra prueba del incontenido abrazo entre cristianos.

LECTURA INAUGURAL EN 2005

Quintanilla Buey tuvo a su cargo la lección-lectura inaugural del Encuentro de 2005. La recuerdo vivamente: Comenzó su intervención refiriéndose a una escena de su obra teatral Los pájaros muertos, en la que un hombre, instalado en una situación límite, se dirige a los demás personajes gritando: “Yo, en Dios, sí creo. Pero en nada más”. A lo que una mujer le responde: “Es que no hay nada más, hijo mío; no hay nada más”. A partir de dicho arranque, fue citando a un buen número de autores, como Gloria Fuertes, José Luis Martín Descalzo, León Tolstoi, Blas de Otero y Antonio Machado, entre otros, en parte de cuya obra es posible hallar la huella de Dios. Y completó su conferencia con un extenso recorrido sobre su propia obra poética, con la lectura de algunos poemas, entre ellos, los siguientes:

ANSIEDAD

Alma, pregunta a Dios si es este el día
que contiene la hora del encuentro.
Yo creo que esta lluvia es el mensaje
que me anuncia la pronta amanecida.

Aquí estoy, repartido entre la gente
lo mismo que un rebojo entre mendigos.
Como el postrer adiós de un moribundo,
como la lluvia ahora, entre la tierra.

Apenas me distingo entre las luces
y espero en el bordillo de la acera
que alguien llame a la puerta de mi hombro.

Sí. Busco ansiosamente su llamada,
lo mismo que aquel niño aquella mano
que ha perdido junto a los escaparates.
(1963)

ME ESTÁ MIRANDO DIOS

Me está mirando Dios en la noche sin luna,
me está mirando dios y me guiña los ojos.
Yo creí que no estaba, cuando al doblar la esquina
di una patada al perro que me lamió las manos.

Me está mirando Dios. Está serio conmigo
porque la otra mañana corté una margarita.
Y porque vi morir a aquel niño pequeño
y no puse mi boca junto a su boca helada.

Me he metido en el parque y en un rincón sombrío,
me he sentado en un banco, a pesar de la escarcha,
y me adormece, helado, un rumor en las ramas
que, tiritando, tienen temblor de sobresalto.

Me está mirando Dios. Presiento su mirada,
la toco, la respiro, aún cerrando los ojos.
Me ha tocado en la frente, en el pecho, en las manos,
la siento junto a mí. Mirad. Está aquí mismo.

Andrés Quintanilla Buey y Alfredo P. Alencart, en la Casa de las Conchas (julio de 2007)

LA ROSA BLANCA (El regalo)
A Santiago Castelo

Aquí no hay más palabra que la que arde
ni más color que la que tiene el día.
Un solo aroma: la melancolía
de esta rosa: Y una verdad: la tarde.

Llega Dios a destiempo, en un alarde
de extraña compasión y cercanía.
Me dice: toma, aquí está la alegría.
Y me la entrega para que la guarde.

Es una rosa blanca, que me mira
como miran las rosas, cuando saben
perdidos la alborada y el rocío.

Ya tengo llanto, mientras se me estira
la piel del alma, hasta que se acaben
los ojos. No el amor. Gracias, Dios mío.

Luego leyó varios poemas del libro Rogelio, que debía entenderse como un homenaje de admiración, de respeto y de cariño a los hombres de la castellana Tierra de Campos. Quintanilla dijo: “Cuando escribí los poemas de este libro, era una tierra traicionada, sumida en un profundo dolor. Y vacía. En cada poema se habla de una situación, de la gigante estatura de unos hombres, de los pueblos de siempre, siempre heroicos. Un retrato ya amarillo. Para recordar. Y claro, todo, todo, con Dios al fondo. Nunca me he sentido tan cerca de Él como cuando estaba escribiendo, a campo abierto, este libro”. De los varios poemas que de dicho poemario leyó, cuyo primer texto era aclaratorio: Antes de comenzar, quiero advertiros/ que Rogelio existió. Y os aseguro/ que fue aquí, en esta tierra, en este duro/ paisaje de Castilla…”, dejo constancia de uno de ellos:

PAN RECIENTE

Porque lo quiso Dios, sudo la frente
y se hizo espiga el surco, noble adorno
-casi alegre- en el áspero contorno
de este paisaje gris, nunca riente.

Porque lo quiso Dios, se hizo caliente
y abrió de par en par su puerta el horno.
Y porque Dios lo quiso, de retorno,
llegó a manos del hombre el pan reciente.

Rogelio, absorto, vio cómo la espiga
que él arrancó del surco con fatiga
se volvía milagro en un momento…

Y comiendo del pan la blanca miga,
sin notarlo exclamó: Dios te bendiga.
(Y Dios era aquel pan y su alimento).

Andrés Quintanilla Buey (foto de Jacqueline Alencar)

LA HUELLA DEL SEÑOR

Para en el encuentro de 2006, y siempre en Toral de los Guzmanes, Quintanilla Buey supo conmovernos con la lectura de un poema que tiene huellas de su mortal zambullida en el corazón de Cristo. Allí anoté esta frase con la que comenzó su lectura: “Y siempre, en cada poema, la presencia de Dios. También en mis poemas de amor, de tristeza, de alegría… Su Huella”. Ahora transcribo sólo unos fragmentos:

COMO LA PISADA EN EL CAMINO

(…)
(Día a día te asomas
a mí, Dios, y desplomas
sobre mi sobresalto todo un mundo de amor:

Yo he nacido, Señor,
para asustar a las palomas.
Y he sido pecador
en todos los idiomas).

He andado mil senderos para encontrar el día
de hablarle a Dios a solas…

(Yo, Señor, soy aquel que tantas veces
ha faltado a la mesa.
Yo soy el que ha llegado por sorpresa,
guiado por los peces,

corriente arriba, en busca de la fuente
que da origen al río, para calmar mi urgente
necesidad de Amor.
Y he llegado muy tarde, Señor.

Yo sé que estás en medio de todo, como el jueves,
y que es posible hallarte en todos los lugares.
De Ti nace la lluvia por los siete mares
y el viento sabe a viento sólo cuando te mueves.

Me lo ha dicho la savia de los árboles viejos
ahora florecidos, porque hoy es primavera.
También me lo han contado, a su simple manera,
la hierba y el camino y el pájaro… Reflejos

exactos de Tu Cuerpo en cada cosa;
Tu Cuerpo en la mirada de un niño y en el breve
balido de un cordero; y Tu Cuerpo en la nieve
y en la rosa.

Ni un mínimo recodo
sin Ti; que todo tiene sabida tu Presencia.
Todo de Ti Repleto. Y Tú, hasta la demencia,
en todo, en todo, en todo).
(…)
(Dios en mí, como estoy yo en la tristeza:
del todo acumulado en pan y en vino.
He aquí que soy milagro y no adivino
dónde me acaba Dios, dónde me empieza.

Dios en mí, como el niño en la pureza
y como la pisada en el camino.

Y huelo a tierra herida, a cielo herido;
huelo a treinta monedas en las manos
apretadas de todos los humanos:
a Cristo desangrado y repartido.

Huelo a llanto de Dios; a tarde muerta.
A niño enfermo y solo; a madrugada
con hambre en la memoria; a carcajada
de esclavo envilecido. Huelo a puerta
cerrada a cal y canto. A frío. A nada).
(…)
(Los hombres y los peces; los pájaros, las rocas,
el mar, la tierra…; todo en Ti a partes iguales.
Por entre los majuelos, por entre los trigales,
te están buscando ahora un enjambre de bocas.

Y la mía también, aunque me oigas gritar
mi verso dolorido, que otra cosa no puedo…

HASTA QUE DIOS QUIERA

Grande y fraternal este Poeta que durante casi sesenta años de creación y publicación de su obra lírica, supo dedicarla al Señor y a su tierra castellana. También supo ser generoso con quienes empezaban. Y nada podía con su modo de ser, cristiano verdadero, ni siquiera las ingratitudes, pues él sabía repetir: “Vencido, alabe/ a Dios mi corazón”

Esta noche salmantina cuando escribo sobre él y cuando me enternezco memorando su ejemplo, creo oír su voz junto al río Tormes que pasa bajo mi balcón. Es el viento quien trae un ligerísimo rumor, algo que creo asociar a la voz de mi querido Andrés, como cuando otrora le escuchaba decir:

Nada más. Sencillamente
dormirse junto a la piedra.

Sencillamente, esperar
dormido hasta que Dios quiera.

António Salvado, Alfredo Pérez Alencart y Andrés Quintanilla Buey, en Toral (J. Alencar, 2006)



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