Colaboraciones, Luis Cruz Villalobos

Nuestro Dios oblicuo. Poética, teopoética…

Ensayo de Luis Cruz-Villalobos

Ensayo enviado por Luis Cruz-Villalobos, miembro del Consejo Asesor Iberoamericano y coordinador del Consejo Editorial de TIBERÍADES. El trabajo fue publicado previamente en: F. Bullón & N. Panotto (Eds.). ¿Hacia dónde va el Protestantismo en América Latina? Una visión multidisciplinaria y prospectiva a los 500 años de la Reforma (pp. 419-434). Buenos Aires: Kairós.

Nuestro Dios oblicuo.
Poética, teopoética, lo cóncavo y la protesta

(…) el bienaventurado y solo soberano, rey de reyes y señor de señores, el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible y a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver. A él sea la honra y el imperio sempiterno. Amén.
1Timoteo 6:15-16 

De no tener vuelo el poeta, no habría poesía, no habría palabra.
Toda palabra requiere un alejamiento de la realidad a la que se refiere; toda palabra es también, una liberación de quien la dice.
María Zambrano


Resumen:
El presente trabajo realiza una introducción a la teopoética, comprendida como promisoria alternativa en el campo del hablar de Dios y sus relaciones. Hace un breve recorrido por la particularidad de la poética y algunas conexiones específicas con la condición humana de precariedad (lo cóncavo y la nostalgia) y sus respectivas implicancias epistemológicas y prácticas. Vincula el tema, finalmente, con el “principio protestante”, desarrollado por Paul Tillich.

Palabras claves:
Teopoética, Poética, Principio Protestante, John D. Caputo, María Zambrano.


I.- Teopoética sobre Teopoética:

Un trabajo sobre poética y teopoética consecuente con la poética y la teopoética, implica un acercamiento poético y teopoético. El mundo académico, con su obsesión por la parsimonia y la precisión –nunca alcanzadas, ya que somos entes constitutivamente hermenéuticos– busca el lenguaje matemático, la literalidad, la prosa llana. Se menosprecia el verso, el poema, el hablar oblicuo, a pesar de lo fundante que ha sido y es para lo humano.

Aquí esbozo una definición teopoética de la teopoética:

 SALTO

Saltar de la palestra
A los confines del interior más íntimo del cosmos
Que nos compone y nos inunda
Que nos aleja y nos eleva

Abrir las alas del esqueleto
Para cantar de la grandeza impensada
Que nos vino a besar la frente y las heridas
Y también para con-tactar-nos
Con el silencioso y quejumbroso desgarro que somos

Abrir los brazos como cruz
Como horizontes que se unen
Y como cielo y tierra que se tocan

Así
Sin compás ni escuadra
Sin ruptura de la vida y su fluir
Un salto y un trote
Una danza y un canto
Que nazca desde el cielo que habita todo
Y de la noche oscura del alma que nos abunda

Un cantar silente
Una fiesta
Una ronda de multitud incontable
Que hace sonreír el corazón del corazón
Por siempre
Como promesa.

L. Cruz-Villalobos
(poema inédito, 2015).
Ilustración de LuisCruz-Villalobos

En Edén tal vez existió un tercer árbol, no mencionado, el árbol de la creatividad. Su fruto nos fue permitido. Desde nuestra cuna –filo y ontogenética– hemos sido nutridos por él. De su semilla han brotado la religión, el arte, la filosofía, las ciencias… y el hablar acerca de los dioses.

La poesía no está restringida al verso. Como lo vemos en esta prosa teopoética del gran Rabindranath Tagore, que nos ilustra magistralmente nuestro tema:

“¿Por qué tantos preparativos? –le dije al Pensamiento–. ¿Va a venir alguien?”
El Pensamiento contestó: “Estoy ahora ocupadísimo acarreando cosas y levantando torres. No tengo tiempo de contestar a semejante pregunta.”
Volví a lo mío humildemente.

Cuando las cosas que acarreaba llegaron a ser cúmulo, cuando estuvieron terminadas siete naves de su palacio, le dije al Pensamiento: “¿No tienes ya bastante?”
El Pensamiento empezó a decirme: “No me basta para guardar…”, y se calló.
“¿Para guardar qué?”, le dije.
El Pensamiento hizo como que no oía. Sospeché que él no lo sabía tampoco, y que con su incansable trabajar ahogaba mi pregunta.
Su único estribillo era: “Tendré más.”
“¿Por qué tendrás más?”
“Porque es grande.”
“¿Qué es lo grande?”
El Pensamiento se quedó callado.
Yo preguntaba y preguntaba.
Enfadado, desdeñoso, el Pensamiento me dijo: “¿Por qué preguntar de las cosas que no son? Detente en las que son inmensas a tus ojos: la guerra y la batalla, el ejército y las armas, los ladrillos y el mortero y los obreros innumerables.”
Pensé: “Tal vez sea sabio el Pensamiento.”

Pasaron los días. El palacio tuvo más naves, más tierras su dominio. Las lluvias terminaron; las nubes negras se pusieron blancas y delgadas, y, en el cielo limpiado por las aguas, las horas soleadas aletearon como mariposas sobre una flor invisible. Yo estaba dudoso, y preguntaba a cuantos veía: “¿Qué música es esa que viene en el aire?”

Por el camino andaba un vagabundo con un traje disparatado como su porte. Dijo: “¡Escuchad la música del Advenimiento!”
No sé por qué, me convenció, y brotaron de mis labios estas palabras: “¡Ya tenemos poco que esperar!” 
“Ya casi se puede tocar”, dijo el loco.
Fui al taller, y le dije osadamente al Pensamiento: “¡No trabajes más!”
Preguntó el Pensamiento: “¿Sabes algo?”
“Sí –contesté – Tengo nuevas del Advenimiento.” Pero no pude explicarme.
El Pensamiento sacudió la cabeza, y dijo: “¡No veo banderas ni cortejos!”

Moría la noche; palidecían las estrellas. De repente, la piedra filosofal de la luz matutina lo tiñó todo de oro. Un clamor corrió de boca en boca: “¡El heraldo, el heraldo!”
Bajé la cabeza, y pregunté: “¿Viene ya?”
De todas partes parecía que estallaba el “¡Sí!” de la respuesta.
El Pensamiento, atormentado, decía: “¡No está todavía la cúpula de mi palacio! ¡Nada está en regla!”

Vino una voz del cielo: “¡Derriba tu palacio!”
“¿Por qué?”, preguntó el Pensamiento.
“Porque hoy es el día del Advenimiento, y tu palacio estorba el paso.”

El alto palacio yace en tierra. Todo está derramado y roto. El Pensamiento miró a su alrededor.  Pero ¿qué es lo que había que ver? Sólo la estrella de la mañana y el lirio fresco de rocío. ¿Y qué más?  Un niño que corre, riendo, de la mano de su madre a la luz abierta.
“¿Y para esto fue para lo que dijeron que era el día del Advenimiento?”
“Sí, por esto dijeron que había música en el aire y luz en el cielo.”
“¿Y pedían toda la tierra para esto?”
“Sí –respondió alguien –.
Pensamiento, tú levantas muros para encerrarte; tus siervos trabajan para esclavizarte; pero toda la tierra  y el espacio infinito son para el niño, para la Vida Nueva.”
“Y ese niño, ¿qué te trae?”
“Esperanza para todo el mundo y alegría.”

El Pensamiento me preguntó: “Poeta, ¿tú lo comprendes?”
“Abandono mi trabajo –le respondí –, porque necesito tiempo para comprender.”

R. Tagore
(La Fugitiva, Poema 21)

La teopoética sugiere que es mejor cuando hacemos habitar en nuestra visión del mundo la belleza y el misterio de la vida como una parte integral de la fe, que dejarnos sojuzgar y encerrar por el Pensamiento, en sus altas torres. Nuestras mentes inteligentes, racionales, sin duda tienen un lugar en la vida de la fe, pero no son suficientes en sí mismas.
La teopoética, como indicamos, no se trata sólo de poemas sobre lo divino o numinoso. Es una hablar oblicuo respecto a lo sagrado, una refracción[1] de su luz, que la anuncia y deja ver, pero no de modo directo. Cuando un texto está actuando teopoéticamente, funciona en direcciones opuestas, jala al lector hacia el mundo del texto, pero también hacia una reconsideración y reconexión con el mundo más allá y más acá del texto.

Fotografía de José Amador Martín


II.- Lo oblicuo

Todo lo que es pasajero no es sino una señal.
Goethe

La poesía levanta el velo del mundo.
Percy Shelley

El sabio apunta a la luna y el necio le mira el dedo. Con esta frase se burlaban del literalismo los sabios del budismo zen. Tal como lo indica Goethe, en definitiva, todo es una señal, todo apunta de alguna forma, o varias, a otra parte; todo este cúmulo de materia que está en continuo movimiento, en cambio permanente, nos indica algo y nos mueve a una nostalgia.

La reflexión (filo-sófica o teo-lógica) es un intento de aprehensión del misterio pre-reflexivo que es anunciado por la realidad palpable y palpitante, en medio de la vida fáctica. Por tanto, es la expresión de un anhelo afectivo. Como lo plantea Heidegger, la reflexión filosófica no es sino una nostalgia. Y quien no sabe lo que es esta nostalgia, tampoco sabe qué es reflexionar sobre los temas fundamentales. Para ello hay que tener la experiencia de no sentirnos en casa, de estar inquietos, profundamente sin patria…

Y  esta  inquietud  es  el signo  de  nuestra  limitación: nosotros somos la finitud misma. Por ello no tenemos el derecho de adormecerla, de tranquilizarnos con la ilusión de una totalidad y de una finitud satisfechas. No podemos siquiera contentarnos con llevarla con nosotros, sino que hemos de aguzarla, hasta que al fin nos demos cuenta de que cuando nos sentimos no sólo limitados, sino completamente aislados, cuando nos acercamos  un poco a lo esencial, cuando no tenemos  ya  ningún deseo  de  agitarnos, de jugar a  ser  los  importantes, los civilizados, entonces y sólo entonces somos capaces de ser “aprehendidos”.  Haciéndonos  de  este  modo “aprehensibles”, entregándonos a lo real, la nostalgia hace de nosotros humanos (Heidegger, en Colomer, 2002, pp. 468-469).

Ante esta condición humana, de nostalgia y necesidad de aprehensión, la creación poética surge, también para este autor, no como una causa de alegría sino como la alegría misma, como serenificación, porque por medio de la poesía es el principal retorno a casa (Heidegger, 2000). Hogar pre-reflexivo, fundamentalmente constituido por los afectos. Pues la palabra fría, con presunción de exactitud y aprehensión directa de la realidad, siempre queda corta, especialmente en lo que se refiere a lo más propiamente humano y último.

En palabras del poeta chileno, Juan Antonio Massone (1996, p. 5):

La poesía es acción y reacción sobre el mundo. Acción y reacción de alguien sobre quien pesa la vida con una frecuencia ineludible de implenitud y, por lo mismo, de apremiante anhelo por superar la distancia entre su propio ser respecto del ideal entrevisto. Tácita o explícita, la poesía declara en su expresión dos aspectos insoslayables: no estar conforme con los hechos, con la vida, con la suerte y el segundo, no someterse a la fatalidad anónima (…) Toda poesía es un modo de cuestionamiento y un modo de respuesta.

Según Gadamer (1991), siguiendo en parte a Aristóteles, la historia tan sólo narra lo que ha sucedido, en cambio la poesía cuenta lo que siempre puede suceder. Nos enseña a ver lo universal en el hacer y el padecer humanos. Sin embargo, como aclara María Zambrano (1996), también en la poesía encontramos directamente, translúcido, al ser humano concreto, individual. Un ejemplo de esta paradoja, universal-individual, son los mitos, pues allí encontramos el narrar/cantar poético desplegado a sus anchas, fundiendo lo universal y lo íntimo, lo comunitario y lo personal en una sola obra.

En los pasajes más decisivos cuando aparece ya agotado el camino de la dialéctica y como un más allá de las razones, irrumpe el mito poético (…) El poeta no ha podido resignarse a perder esa patria lejana y parte en su busca. Pero el poeta es aquél que no quería salvarse él sólo; es aquél para quien ser sí mismo no tiene sentido: “Una felicidad que no puede comunicarse no es una felicidad”. No es a sí mismo a quien el poeta busca, sino a todos y a cada uno (Zambrano, 1996, p. 99).

Para esta autora española, desde que el Pensamiento (del que hablaba Tagore) “consumó su “toma de poder”, la poesía se quedó a vivir en los arrabales, arisca y desgarrada diciendo a voz en grito todas las verdades inconvenientes; terriblemente indiscreta y en rebeldía” (Zambrano, 1996, p. 14). No obstante, la creación poética sigue fiel a las cosas, fiel a su primitiva admiración extática y mítica de lo que subyace y se mueve. Lo que el filósofo y el metódico científico han perseguido siempre, ya palpitaba pre-reflexivamente en el/la poeta, pero de modos inexactos, oblicuos y bellos.

Fotografía de José Amador Martín

Lo poético implica el explícito alejamiento de la realidad a la que se hace referencia. Decir algo que no se está diciendo y que se sabe que no es directamente lo dicho. Eso es así emblemáticamente en la metáfora, que para algunos viene a ser un poema en miniatura (Beardsley, 1982). La metáfora genera la perplejidad de lograr ser comprendida a pesar de estar usando los términos de modo desconectado de su uso convencional intencionalmente.

La poética está ligada a la experiencia con lo inmediato, al instante, al acontecer. Sin embargo, la vida humana se caracteriza también por la temporalidad e historicidad, donde lo narrativo juega un papel fundamental. Las narraciones o relatos respecto a nuestro pasado y lo que imaginamos que será nuestro futuro marcan desde temprano nuestra experiencia del mundo. Todas las personas requerimos de lo narrativo, entendido como la articulación cronológica, causal y temática de la vivencia real o lo imaginado (Bruner, 2001).

Esta es, no obstante, solo una dimensión humana. Pues, como plantea Ricoeur (1996), nos movemos en una dialéctica fundamental: entre la experiencia actual e inmediata del sí mismo (ipseidad), en continuo movimiento, y la sedimentación corporal y cognitivamente mediada del sí-mismo (mismidad), que se modifica lentamente con el paso de la vida. Esta sería la dialéctica que caracteriza la estructura ontológica del ser humano.

Gráfico 1: Dialéctica de la Mismidad y la Ipseidad (Cruz-Villalobos, 2012a, p. 74).

Lo poético hace alusión al otro modo de instalarse e interpretar la experiencia en el mundo, donde existe un predominio de la síntesis, la discontinuidad, la sincronía y la aprehensión intuitiva de la experiencia, que se distinguiría de lo narrativo y también de los procesamiento cognitivos abstractos de tipo lógico-matemáticos (Cruz-Villalobos, 2012a). 

Lo poético es cualitativamente diverso:

Nadie lo ha de dudar: la poesía es otra patria. Aquella tierra franca donde se encalla, se naufraga y sobrevive de alguna tempestad que aún amanece. Lugar al que se llega desde las coordenadas del deseo –ese de respirar, de no acallar, de hacer visible; ese otro de soñar y subvertir la geografía escabrosa o incólume de la memoria (Rufín, 2017, p. 9).

Por tanto, ante el excedente de significado medio ambiental que demanda al ser humano una búsqueda de coherencia y regularidades que permitan la adaptación (Varela, 1996), esta es puede ser encontrada por medio de dos modalidades de integración (posiblemente entre otras): una más asociada al sí-mismo como ipseidad, de carácter sintético, metafórico, sincrónico y sinérgico o bien, por medio de otra modalidad asociada al sí mismo como mismidad, de carácter analítica, descriptiva, diacrónica y causal.

Gráfico 2: Dialéctica Poética-Narrativa (Cruz-Villalobos, 2012a, p. 77)

La obra de arte, que podemos llamar genéricamente “poema” (o poiema) y su proceso de ejecución como poiesis[2], corresponde, según Gadamer (1991, 1996), a la experiencia menos mediada en lo que respecta al acto hermenéutico, de interpretación, de tal modo que la creación poiética nos hablaría de un modo particularmente directo de la realidad, en especial, la humana. Tal como lo dice Klee: “el arte no refleja lo visible, sino que hace ver” (Klee, en Harnisch, 1989, p. 9).

Terminemos esta sección sobre lo oblicuo, con una cita más extensa de la gran filósofa española, María Zambrano, que logró captar diáfanamente lo poético en lo humano:

La poesía se aferra al instante y no admite la esperanza, el consuelo de la razón. La poesía deshace también la historia; la desvive recorriéndola hacia atrás, hacia el ensueño primitivo de donde el hombre ha sido arrojado. Hacia la vida virginal, inédita, que alienta en todo hombre bajo los sucesos del tiempo (…) Así el poeta, en su poema crea una unidad con la palabra, esas palabras que tratan de apresar lo más tenue, lo más alado, lo más distinto de cada cosa, de cada instante (…) La poesía, asentada desde sus orígenes en lo inefable, lanzada a decir lo indecible, no ve amenazada su existencia. Desde el primer instante, se sintió arrastrada a expresar lo inefable en dos sentidos: inefable por cercano, por carnal; inefable también, por inaccesible, por ser el sentido más allá de todo sentido, la razón última por encima de toda razón. Es el drama que humildemente ha conllevado todo poeta; unos entendiéndolo, otros, sin entenderlo. A esta inefabilidad se consagra la poesía (Zambrano, 1996, p. 34, 21, 119).  

III.- Poetidades de/sobre/desde un Dios poeta


En la teopoética nos trasladamos a una “tierra sin definir” en el que se experimenta de manera diferente, comenzamos a ver de forma diferente, y se nos anima no sólo a adoptar, sino también a crear un nuevo lenguaje teológico.
Roland Faber

La teopoética es un proceso de auto-deconstrucción, es la crítica de la abstracción con el fin de mantener un discurso vibrante y relevante. El decir teopoético es una poiesis, la realización de algo que antes no existía, una práctica creativa. Es una acción, un poema.
Catherine Keller

DIOS ATEO

A la memoria de Arthur Schopenhauer

 Un día
nublado y frío
Dios se hizo ateo
No creyó más
Se negó a confiar
En la vida de ultratumba
En la esperanza eterna
En el amor universal
Y en sí mismo

Dios-sin-Dios
caminaba cabizbajo
por las calles de la urbe
Parecía un mortal cualquiera
y comenzó a amargarse
Su corazón se tornó hiel
y dejó de hablar
Dejó de sonreírle a los niños

Allí quedó
un día cualquiera
Ya después de varios años
sentado en un parque
mirando sus zapatos
y rumiando soledades
Con su abrigo negro
y sus manos en los bolsillos
en silencio

De pronto llegó el guarda parques
pensando que era un mendigo

Y usted
qué hace aquí

Le dice inquisidoramente

Dios lentamente
levanta la vista
y lo mira desde lo hondo

Es exactamente
lo que me he estado preguntado
ya por varios meses

Responde Dios-sin-Dios
casi muerto de pena.

L. Cruz-Villalobos
(Dios Mendigo, 2012, pp. 16-17).
Fotografía de José Amador Martín

La teopoética es inmemorial y reciente. Como quehacer nace con el ser humano. Como concepto dentro del ámbito teológico es bastante nuevo.

La teopoética surge en la intersección de la teología con la imaginación, la estética, las artes y la encarnación. Es la teoría y la práctica de hacer que Dios sea conocido, sobre todo a través del quehacer creativo, del lenguaje como arte. 

Vale decir que la forma en que expresamos nuestras experiencias de la divinidad pueden cambiar nuestras propias experiencias de la divinidad: el cómo de la “reflexión teo-lógica” afecta el qué de la misma.

Para Scott Holand (2006), la teopoética se trata de un tipo de escritura que invita a más escritura. Sus narraciones conducen a otras narrativas, sus metáforas alientan nuevas metáforas, sus confesiones a más confesiones. También comenta este autor que la buena teología debería ser una especie de transgresión, de exceso y, al mismo tiempo, una especie de regalo. No una sistemática lisa, una dogmática o una metafísica. La teopoética se da en una especie de brecha entre lo espiritual y lo religioso. Tiene que ver con el esfuerzo de articular lo que significa buscar a Dios en el tiempo presente, por medio del lenguaje humano, siempre precioso, pero también peligroso, informado por lo que ha llegado antes, pero no atrapado en fórmulas cerradas y doctrinas estáticas, sino abierto a lo nuevo. Pues: “todo escriba docto en el reino de los cielos es semejante a un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas” (Mt 15:52). De este modo, la teopoética considerada como un método de interpretación, busca articular el significado espiritual que viene a nosotros en las experiencias religiosas, dando una importancia trascendente a las Escrituras y a todos los símbolos sagrados como instancias donde reconocer lo que Dios ha querido manifestarnos (Dailey, 2007; Gundy, 2012).

No podemos decir que la teopoética es sencillamente una fusión de la teología con la poética. Ya que es toda una forma de imaginar-pensar-sentir-hacer-interactuar en referencia a lo sagrado. Es además una forma de hacer teología que deriva no sólo del contenido, sino de la estructura de la experiencia con lo sagrado como acto, como acontecimiento, evento. La teopoética es un camino de acceso a lo divino, uno dentro de múltiples formas de considerar a Dios, pero una de las más adecuadas al carácter pre-reflexivo de fondo de toda experiencia fáctica humana (Heidegger, 1951; McCall, 1997; Weaver, 2013).

La teología en general tiende a desarrollar su hablar respecto a Dios de modo lógico, dentro de los logo-tipos tradicionales, por lo cual suele estar limitada al modelo de pensamiento proposicional aristotélico; mientras que la teopoética subraya la dimensión poética, la creatividad de Dios y humana. Al hablar de lo sagrado debemos reconocer la naturaleza mitopoética y metafórica de nuestro lenguaje, en especial al referirnos a lo último, pues “no conocemos ninguna forma de hablar que pueda aplicarse a Dios; a lo máximo que llega el lenguaje teológico y religioso es a realizar cierta incursiones metafóricas para expresar experiencias de relación con Dios” (McFague, 1994, p. 81) (cf. Hopper, 1967).

En esta línea, John D. Caputo, en el prólogo de Poesía Teológica / Theological Poetry (Cruz-Villalobos, 2014b / 2015), desarrolla de modo notable la relación entre “teo-logía, poesía y teopoética”. A continuación presentaremos varias de las ideas centrales de aquel breve y preclaro ensayo, para cerrar esta sección sobre teopoética:

  • 1. El vínculo entre teología y poesía es muy profundo, tanto histórica como conceptualmente. Las Escrituras judías y cristianas pertenecen a lo que se conoce como “literatura del mundo”, lo cual significa que como toda obra literaria, estos textos, Las Escrituras, describen en palabras las profundas estructuras de la experiencia humana, particularmente con Dios, quien se presenta en sus intervenciones rupturistas, interruptoras e incluso traumáticas sobre nuestras vidas.
  • 2. La “palabra de Dios” es la palabra del otro-en-nosotros, son las palabras que surgen en respuesta a algo que nos interpela, que ha transformado nuestras vidas, que toma lugar en y bajo el nombre de “Dios”. Las Escrituras son pues un logos, un decir y hablar de Dios, y por ende son irreductiblemente teo-lógicas. Pero entendiendo este logos, de un modo más elemental, pre-conceptual, es decir, como discurso que se nutre desde un logos pre-lógico.  Un discurso arque-teológico que está profundamente contenido en narrativas e himnos complejos, en oraciones y en parábolas, en canciones y poemas, en cartas, homilías y mandatos, en los cuales diferentes comunidades expresan de diferentes maneras diferentes experiencias de “Dios”.
  • 3. Las Escrituras no son teológicas en el sentido duro del término logos que forma parte de la etimología de esta palabra. La palabra teología es, al fin y al cabo, una palabra “pagana” –que no se encuentra en ningún lugar de las Escrituras– que se remonta a Aristóteles, y que representa la forma más alta de episteme (scientia), una disciplina, un discurso racionalizado en el cual todo está organizado de forma tal que sus postulados son explicables. 
  • 4. En un principio la teología cristiana no estaba aún atrapada en los discursos escolásticos o modernistas, ni en la terminología técnica, ni en la formalidad de la argumentación, ni en los sistemas, ni en los protocolos de la universidad; era más bien considerada sapientia –sabiduría para la vida– y no scientia, y por tanto ni siquiera era considerada una disciplina posible fuera de los confines de las comunidades y prácticas cristianas. Pero incluso entonces, lo esencial estuvo allí desde un comienzo, la guerra argumentativa que simultáneamente dio a luz a la heresiología (o discurso sobre lo herético), el brote de polémicas contra los llamados disidentes, el combate agresivo por tener el enunciado correcto, la “creencia correcta” (orthe+doxa) impoluta por aquellos que “optan” (haeresis) por su propio camino, por los que se separan voluntariamente de lo ortodoxo.  Donde hay teología (en su sentido fuerte), hay heresiología. El nacimiento de la teología fue un parto de gemelos.
Ilustración de Luis Cruz- Villalobos
  • 5. La tematización, la matematización y la objetivización tienen su lugar, pero hay otros asuntos para los cuales estos métodos son demasiado “fuertes”, demasiado toscos, demasiado rígidos. Son una forma muy burda y rudimentaria de abordar asuntos que son experimentados de forma primordial y preconceptual en nuestro primer contacto con el mundo que las Escrituras plasman en palabras, y con los modos de vida y modos de estar en ese mundo que las Escrituras llaman “el Reino de Dios”.
  • 6. Las Escrituras mismas sistemáticamente evitan el discurso de la objetivización y la conceptualización. Las Escrituras no hablan del Reino de Dios como un objeto externo de discurso, sino que hablan desde la experiencia del Reino, desde adentro y no desde afuera del mismo. Las Escrituras hablan de forma no objetivable en parábolas y paradojas no en un modo lógico sino en un modo para-lógico, que es el modo más rigurosamente apropiado para las dinámicas del Reino, para llevarnos a vivir la vida que en ellas se nos llama a vivir.
  • 7. Jesús no habla de sí mismo, sino de su Padre; y no habla de su Padre, sino del “Reino” de su Padre; y no habla del Reino de su Padre sino de semillas de mostaza, de pan con levadura, de tesoros guardados, de hijitos míos, de banquetes a los cuales los invitados no llegan. Jesús es el poeta por excelencia del Reino, del reinado venidero de Dios.
  • 8. El rigor apropiado para este discurso consiste en mantenerse a sí mismo en un modo que es indirecto, discreto y oblicuo, evocativo y provocativo, analógico y paralógico, parabólico e hiperbólico, metafórico y metonímico, un modo que es propio de ese llamado que nos interpela, de ese evento que nos supera.
  • 9. Lo lógico, por tanto, en lo teo-lógico es remplazado necesariamente por lo poético. Y por poético entendemos la poiesis primitiva, ese dar a luz un discurso formativo que apoya como una partera el nacimiento de los eventos relacionados al llamado. La poética no es un ornamento ni una decoración con la cual se adorna a un objeto pre-constituido. La poética es el nacimiento mismo de Dios, el evento natal en el cual el nombre (de) “Dios” se transforma en palabras.
  • 10. Al hacer teopoética no se está haciendo un trabajo de ornamentación. Sino más bien, se está tocando la raíz más profunda y la fibra más antigua de la teología, que no es más que la teología siendo poesía antes que doctrina; siendo creación-del-mundo antes que credo, siendo poiesis antes que lógica endurecida, infundiendo palabras de vida y muerte, de sufrimiento y alegría, antes de que las palabras mismas sucumban a la rigidez de la ortodoxia y sus cánones. La teología es canción antes que ser el contenido de una summa o de un concilio.
Fotografía de José Amador Martín
  • 11. El Nuevo Testamento es teopoético, pues se describe a sí mismo no como un sobrio registro del pasado, o una representación exacta de los hechos acaecidos, sino como euvangelion, como un mensaje de alegría, como buenas noticias proclamadas a los pobres y a los cautivos, como una proclamación del año del jubileo. Un evangelio no es un discurso predicativo, sino un discurso de promesa en cumplimiento.
  • 12. La figura de Jesús en el Nuevo Testamento es la figura del arque-poeta del Reino de Dios, un relator de parábolas de semillas de mostaza y de tesoros guardados y de hijos pródigos, todas apuntando a imaginar el futuro de la venida del Reino, del cómo será todo cuando Dios reine, en lugar de la avaricia y la violencia humanas. Jesús es un poeta que poetiza el Reino, que imagina como sería vivir de la otra forma, en un tiempo en el que se ha roto el sentido del mundo tal y como lo conocemos. Jesús imagina el mundo de manera diferente, divina, donde la venganza es desplazada por el perdón, la violencia y la opresión por la misericordia entre nosotros mismos, y la guerra es derrotada por la débil fuerza de la paz.
  • 13. La teología comprendida como teopoética es un llamado a que ese algo asombroso, ese algo que irrumpe y que inunda la vida cotidiana nos mueva a imaginar un mundo de una forma diferente. 

EL DIOS-GORRIÓN

 Si Dios existiera
Nada cambiaría
Decía Sartre
Desde su bizca perspectiva

Pero está claro
Que el dios platónico
O el aristotélico
O el no-dios del príncipe Gautama
O el Logos estoico
O el de Spinoza
En fin
Nada podrían cambiar
Como el dios deísta
Relojero loco
Parlanchín lejano
Impotente por definición
Apático por excelencia suprema
Ese dios
Nada
Cero a la izquierda
Definitivamente
Sartre estaba en lo cierto
Cero aporteUn dios frío y calculador
Impertérrito
Nada

Pero no me podrán negar jamás
Que el Dios-gorrión
El Dios empobrecido
El Dios apasionado por su obra de arte
El Dios loco de remate por amor
El Dios mártir
Este y sólo este Dios
Lo cambia todo
Todo lo deja en deconstrucción
Como los danzarines átomos.

L. Cruz-Villalobos
(Dios Mendigo, 2012, pp. 8-9).
Fotografía de José Amador Martín

IV.- Lo cóncavo

¡Qué vana y vacía es de cara a las últimas cuestiones toda  nuestra sutileza especulativa –cual un abrazo que se queda en el intento–, sino la sostiene y anima ese otro abrazo experimentado en lo más profundo de nosotros mismos!

M. Heidegger

Wolfhart Pannenberg realiza en su Sistemática las siguientes preguntas: “¿Cómo puede la dogmática defender la verdad del lenguaje cristiano sobre Dios? ¿Puede hacerlo en absoluto? Y, si de hecho lo hace, ¿con qué derecho y cómo?” (1992, p. 8). Estas son preguntas que corresponden al plano epistemológico, las cuales nos plantean el tema de la verdad del dogma y sus criterios.

Como respuesta a estas preguntas, Pannenberg propone una dogmática provisional:

Mientras permanezca abierto el proceso de la interpretación de la Escritura, los perfiles de su objeto no estarían nunca definidos del todo. Su conocimiento sigue aún en movimiento (…) Como ha dicho Karl Barth, el dogma es un “concepto escatológico”, tanto respecto a su contenido como respecto de su verdad. Sólo la revelación definitiva de Dios al final de la historia traería consigo el conocimiento definitivo del objeto y de la verdad de su acción en Jesús de Nazaret. A nadie más que a Dios le compete decirnos la palabra definitiva acerca de su acción en la historia (Ibíd., p. 18).

Para Barth (2006) el Dios del Evangelio está vuelto misericordiosamente hacia los todos los hombres y, por tanto, está también vuelto compasivamente hacia sus teologías. Sin embargo, Dios trasciendela empresa de todos los teólogos. En sus propias y elocuentes palabras:

Él es el Dios que se desvela incesantemente de nuevo a sí mismo y que ha de ser descubierto incesantemente de nuevo, el Dios sobre el cual la teología no posee ni puede adquirir soberanía. El diferenciarse y distinguirse a sí mismo de todos los demás “dioses”, por ser el único Dios verdadero, es algo que sólo puede ser una acción divina. Esta acción no puede ser reduplicada por ninguna ciencia humana, ni siquiera por una teología que está dedicada explícitamente sólo Él. (2006, p. 24, comillas e cursiva del original).

La teología, por tanto, para Barth sólo podrá esperar validación para sí cuando sea Dios mismo quien la valide o justifique. “Ella podrá darle gloria sólo a Él, pero no podrá dársela a sí misma” (Ibíd., 25), de allí que el autor le llame una “ciencia modesta”, pues está destinada a serlo por su mismo objeto, por Aquel que es su tema y que se ha manifestado como la humildad superlativa en Jesús como el Cristo.

Nuestra condición de carencia y fragilidad como seres humanos, es a nivel ontológico y también epistemológico: estamos limitados en nuestra comprensión. Al negar esta realidad, al asumir una impostura soberbia en términos cognoscitivos nos acercamos a la violencia propia de todos los fundamentalismos, tal como lo expresa E. M. Cioran, con su prosa poética excepcional:

En sí misma, toda idea es neutra o debería serlo; pero el hombre la anima, proyecta en ella sus llamas y sus demencias; impura, transformada en creencia, se inserta en el tiempo, adopta figura de suceso: el paso de la lógica a la epilepsia se ha consumado. Así nacen las ideologías, las doctrinas y las farsas sangrientas. Idólatras por instinto, convertimos en incondicionados los objetos de nuestros sueños y de nuestros intereses. La historia no es más que un desfile de falsos Absolutos, una sucesión de templos elevados a pretextos, un envilecimiento del espíritu ante lo Improbable (2007, p.7).

Fotografía de José Amador Martín

La teopoética, por su carácter precario, intencionalmente elusivo, oblicuo, nos libra de este lastre, históricamente tan peligroso y perverso, pues ella es la aceptación de la incertidumbre cognitiva en relación con lo divino y lo absoluto, una falta de voluntad para tratar de desterrar indebidamente la incertidumbre, y un énfasis en la acción y articulación creativa y transformadora (Keefe-Perry, 2014; Cruz-Villalobos, 2014a).

INCERTIDUMBRE

 La incertidumbre
Nombre verdadero del paso
Hija robusta de la noche
Ay
Incertidumbre mía y nuestra
Que no te vas ni te quedas
Que sigues palpitando
Como colibrí sobre las aguas
Márchate
Pero llévame contigo.

L. Cruz-Villalobos
(poema inédito, 2014

La teopoética no cree en la verdad dura, fuerte, objetivable (y objetivante), como cosa, que puede tomarse, poseerse. Esta posición, para los rígidos conservadores e intransigentes  fundamentalistas, huele fácilmente a escepticismo. Mas, no es así, pues el quehacer teopoético implica amar la verdad, mas no la verdad excluyente, no la verdad imperativa, electora, seleccionadora de aquello que va a erigirse en dueño de todo lo demás (Zambrano, 1996; Cruz-Villalobos, 2011).

Esta precariedad teopoética es expresión de nuestra precariedad humana y cristiana, que tal como lo plantea Barth en una sección de su comentario a Romanos (1:11-12), es fundamental para la paradójica consolidación de nuestra vida como seguidores de Jesús, es decir, nuestra condición cóncava:

Las personas que se encuentran cuando caminan hacia Dios, tienen algo que comunicarse. Uno puede ser algo para el otro; naturalmente no queriendo ser algo para éste; no precisamente, por ejemplo, mediante su riqueza interior, no mediante lo que él es, pero sí mediante lo que él no es, mediante su pobreza, mediante su suspirar y esperar, su esperar y su apresurarse, mediante todo aquello que en su ser apunta a Otro que se encuentra más allá de su horizonte y más allá de sus fuerzas. Un apóstol no es un hombre positivo, sino negativo, un hombre en el que se hace visible tal cavidad. Eso le convierte en algo para otros; con eso les comunica gracia; con eso los fortalece en la atención, en la perseverancia y en la adoración. El Espíritu da gracia a través de él precisamente porque a él no le importa lo más mínimo hacerse valer de forma positiva. Y ahí, el comunicante tanto más recibe cuanto más comunica; el receptor tanto más comunica cuanto más recibe. Como es obvio, entre los cristianos no se pregunta: ¿Viene eso de ti o de mí? Porque no viene ni de ti ni de mí, nosotros dos nada somos ni tenemos. Basta con que ello está ahí, encima de nosotros, detrás de nosotros, más allá de nosotros: aquello que consuela a ambos, al superior y al principiante, en su fragilidad y tribulación humana, exterior e interior: la fe, en concreto, el mensaje de la fe, el contenido de la fe, la fidelidad de Dios (2002, pp. 81-82, cursiva añadida).

Fotografía de José Amador Martín

V.- Cóncava protesta respecto a lo fundamentalmente último y oblicuo  

La teopoética no es la teología-usual ni es una no-teología. Es una rítmica desestabilización de las certezas de la investigación teológica tradicional.
La teopoética es un reflejo de “los logos” de las Escrituras. Apunta a la multiplicidad. Está en armonía con la polifilia del sentido: el amor a/de/hacia la multiplicidad.
Catherine Keller

Toda versión de Dios es autobiográfica. No solamente procede de nosotros, sino que es asimismo nuestra propia interpretación. Se trata de una doble visión introspectiva, que nos descubre la vida del alma como un yo y como Dios. Nos reflejamos en El y El se refleja en nosotros.
E. M. Cioran

Por último, nos detendremos en una conexión importante que podemos hacer entre el quehacer teopoético y el principio protestante que formuló Paul Tillich (1965), a propósito de los quinientos años que se cumplen de la Reforma Protestante. 

Detrás del lema Ecclesia Reformata et Semper Reformando, para Tillich, se esconde el principal aporte de la Reforma, que corresponde al perseverante intento crítico de la iglesia de mantenerse focalizada en su preocupación fundamental, luchando activamente contra todo sustituto, de tal modo que Dios sea Dios para su pueblo, “sin convertir en incondicionados los objetos de nuestros sueños e intereses” (Ciorán, 2007, p. 7) ni erigidas como sagradas en sí mismas las expresiones sobre lo divino, siempre históricamente situadas y condicionadas.  

Pero, considerando nuestra condición ontológica y epistemológicamente cóncava y el carácter de la revelación última de nuestro trino Dios en el kenótico Jesucristo, esta lucha por permanecer en el centro dinámico de la verdad (lo de-velado), se torna una lucha humilde y mansa, pobre y consciente de la no apropiación ni posesión absoluta del horizonte relacional al que estamos llamados.

El principio fundamental del protestantismo es la doctrina de la justificación por la gracia, lo cual implica que ningún individuo, ningún grupo humano puede exigir una dignidad divina de sus actos morales, su poder sacramental, su santidad o su doctrina, y si consciente o inconscientemente manifiestan tal pretensión, el protestantismo los somete a la protesta profética que sólo Dios otorga el carácter de santo y absoluto y rechaza cualquier otra pretensión del orgullo del hombre (Tillich, 1965, p. 326).

No es lo que puede decirse en términos generales, abstractos, sistemáticos sobre la fe cristiana lo que resulta relevante para la vida humana, sino particularmente las metáforas e imágenes, que logran llegar a las hondas dimensiones pre-reflexivas de quienes reciben el anuncio gozoso, y que hacen evidente el poder salvífico de Dios en una realidad concreta para personas determinadas en lugares y tiempos precisos. De este modo, nuestro mensaje fundamental y nuestra lucha a favor de nuestro Dios revelado de modo oblicuo, no consiste en un discurso para todos los tiempos que sea anunciado en diferentes contextos; sino más bien consiste en un hacerse carne en la experiencia de mujeres y hombres que dan testimonio del amor transformador del Dios re-velado en Jesús de Nazaret de múltiples formas (McFague, 1994).

Ilustración de Luis Cruz- Villalobos

La protesta teopoética es la de no permitir que nada se torne último, fundamental, que no sea únicamente aquel transformador poder-débil que ha venido a nuestro encuentro y se ha revelado como el más bello y humano poema de vida, muerte y resurrección para los humanos, ante su explícito o silente clamor:

 CANTO I

 Soy yo Altazor el del ansia infinita  
 Del hambre eterno y descorazonado 
 Carne labrada por arados de angustia 
 ¿Cómo podré dormir mientras haya adentro tierras desconocidas? 
 Problemas 
 Misterios que se cuelgan a mi pecho 
 Estoy solo 
 La distancia que va de cuerpo a cuerpo 
 Es tan grande como la que hay de alma a alma 
 Solo 
         Solo 
                 Solo 
 Estoy solo parado en la punta del año que agoniza 
 El universo se rompe en olas a mis pies 
 Los planetas giran en torno a mi cabeza 
 Y me despeinan al pasar con el viento que desplazan
 Sin dar una respuesta que llene los abismos 
 Ni sentir este anhelo fabuloso que busca en la fauna del cielo
 Un ser materno donde se duerma el corazón 
 Un lecho a la sombra del torbellino de enigmas 
 Una mano que acaricie los latidos de la fiebre. 
 Dios diluido en la nada y el todo 
 Dios todo y nada 
 Dios en las palabras y en los gestos 
 Dios mental 
 Dios aliento 
 Dios joven Dios viejo 
 Dios pútrido
                      lejano y cerca 
 Dios amasado a mi congoja 

 Sigamos cultivando en el cerebro las tierras del error 
 Sigamos cultivando las tierras veraces en el pecho 
 Sigamos
 Siempre igual como ayer mañana y luego y después 
 No 
 No puede ser. Cambiemos nuestra suerte 
 Quememos nuestra carne en los ojos del alba 
 Bebamos la tímida lucidez de la muerte
 La lucidez polar de la muerte.

Vicente Huidobro
(Altazor, Canto I)

Nos parece fundamental que revaloricemos en el quehacer teológico, particularmente latinoamericano, las producciones teopoética, pues tienen un potencial protestante fundamental para resistir toda instauración del mal como la norma y de bienes preliminares como si fuesen últimos.

Fotografía de José Amador Martín

Recordamos, para cerrar este trabajo, al gran teopoeta nicaragüense, Ernesto Cardenal (2014, p.92), con sus pertinentes y protestantes salmos, nacidos del corazón de su contexto:

SALMO 15 (16)

Y yo le dije:
no hay dicha para mí fuera de ti!

Yo no rindo culto a las estrellas de cine
ni a los líderes políticos
y no adoro dictadores
 
No estamos suscritos a sus periódicos
ni inscritos en sus partidos
ni hablamos con slogans
ni seguimos sus consignas
 
No escuchamos sus programas
ni creemos sus anuncios
 
No nos vestimos con sus modas
ni compramos sus productos
 
No somos socios de sus clubs
ni comemos en sus restaurantes
 
Yo no envidio el menú de sus banquetes
no libaré yo sus sangrientas libaciones!
 
El Señor es mi parcela de tierra en la Tierra Prometida
Me tocó en suerte bella tierra
en la repartición agraria de la Tierra Prometida
 

Siempre estás tú delante de mí
y saltan de alegría todas mis glándulas
 
Aun de noche mientras duermo
y aun en el subconsciente te bendigo!  
Fotografía de José Amador Martín

Referencias:

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Luis Cruz-Villalobos e Isabel Soledad, su esposa

Luis Cruz-Villalobos (Santiago de Chile, 1976), poeta y editor. Ministro presbiteriano, psicólogo clínico, candidato Ph.D. (VU Amsterdam)y docente universitario. Cuenta con una amplia producción poética (además de trabajos académicos en sus áreas de especialidad), con más de cincuenta obras publicadas, dentro de las cuales se destacan: Poesía Teológica / Theological Poetry (2014 / 2015), prologada por el reconocido filósofo norteamericano John D. Caputo, y Como Abrazo Exacto (2015), antología seleccionada y prologada por A. P. Alencart. También ha realizado un número importante de trabajos de “fotopoesía” con fotógrafos/as como David Gysel, (Chile), Rosa Gómez (España), Julie de Waroquier (Francia), Sergio Larraín (Chile), entre otros/as. Selecciones de sus poemas se han traducidos a siete idiomas. Actualmente es miembro del Consejo Asesor Iberoamericano de TIBERÍADES, además de coordinador de su Consejo Editorial.

Fotografía de José Amador Martín


[1] Concepto de la Física que corresponde al cambio en la dirección de la propagación de una onda debido a un cambio en su medio de transmisión (Born & Wolf, 1959).

[2]  Haciendo alusión a la distinción griega entre poieo (poieo) y praxis (praxiV), siendo el primero el término referido al quehacer artístico, la manufactura creativa o artesanía, y el segundo, el que hace alusión a la acción en su sentido más ético (Pabón, 1967).




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