Colaboraciones, Leopoldo Cervantes Ortiz

El lenguaje bíblico en la poesía de José Emilio Pacheco

(*) Recuperamos esta ponencia escrita en 2019 por Leopoldo Cervantes-Ortiz, la cual tiene el siguiente encabezado: “El 30 de junio de 2009 José Emilio Pacheco (1939-2014) cumplió 70 años y, como sucede en estos casos, los homenajes estuvieron a la orden del día. Reconocido polígrafo, fue uno de los autores latinoamericanos que mayores reconocimientos ha alcanzado en los últimos años, como los Premios Cervantes y Reina Sofía, en España. La presente ponencia fue leída en el homenaje que organizaron las universidades Nacional Autónoma de México y Autónoma Metropolitana”.

 Desde Tiberíades recordamos también que todos estos premios otorgados en España partieron del homenaje que se le tributó en Salamanca el año 2006 y dentro del IX Encuentro de Poetas Iberoamericanos, cuando se le publicó una amplia antología titulada Epitafio del Fuego. 

En lo alto del día
eres aquel que vuelve
a borrar de la arena la oquedad de su paso;
el miserable héroe que escapó del combate
y apoyado en su escudo mira arder la derrota;
el náufrago sin nombtre que se aferra a otro cuerpo
para que el mar no arroje su cadáver a solas;
el perpetuo exiliado que en el desierto mira
crecer hondas ciudades que en el sol retroceden;
el que clavó sus armas en la piel de un dios muerto
el que escucha en el alba cantar un gallo y otro
porque las profecías se están cumpliendo: atónito
y sin embargo cierto de haber negado todo;
el que abre la mano
y recibe la noche.
“Éxodo”, Los elementos de la noche

  1. EL EJERCICIO SISTEMÁTICO DE LA INTERTEXTUALIDAD

 Como toda buena “escritura profana”, según la terminología de Northrop Frye, la poesía latinoamericana actual bebe, entre otras fuentes, de la inevitable veta bíblica con mayor o menor fruición, según el caso. La razón que llevó al crítico canadiense a jerarquizar la riqueza literaria bíblica (el escaso conocimiento de las Escrituras sagradas del judeocristianismo que les impedía a sus estudiantes profundizar en amplias zonas de la literatura actual) es la misma que, en ocasiones, impide a lectores/as pretendidamente muy posmodernos atisbar algunas de las múltiples formas en que dicho discurso reaparece continuamente. Obviamente, Pacheco fue más allá de la lectura religiosa tradicional y alcanzó las alturas del “monte de la transfiguración” de la intertextualidad conscientemente asumida y desvelada. Así, la intertextualidad entre lo sagrado y lo profano está marcada hoy por el gran desfase entre creencia e increencia. Como comenta Carmen Dolores Carrillo Juárez:

Una diferencia importante entre Pacheco y los autores bíblicos es su ateísmo, de modo que mientras que para éstos la historia es un proceso descrito por etapas de obediencia, unas veces, y de rebeldía, otras, con respecto a Dios y sus mandatos, para el poeta mexicano la historia no inicia con una situación paradisiaca sino con los esfuerzos del ser humano por dominar al otro, característica que se repite una y otra vez a lo largo de la historia. En cuanto a la alianza entre Dios y su pueblo, Pacheco traslada las características de ese pacto a la relación entre gobernante y gobernado como sobernao y súbdito.[1]

De este modo se perfilan algunas de los rumbos que toma el lenguaje bíblico y sus desdoblamientos en una poesía que será de denuncia profética, a ratos, de intensidad apocalíptica en otros y hasta de búsqueda de sentido, en algunos. Esta orientación ha desconcertado a algunos lectores que suponen que esta “vocecita que no deja de llorar” esconde o aleja la poesía auténtica. A diferencia de la no tan visible “poesía confesional”, como algunos insisten en llamarle, el trabajo de algunos poetas que no esconden lo suficiente sus aficiones espirituales, religiosas o metafísicas manifiesta una orientación semi-mística marcada por un lenguaje que asume las premisas de la religión o de los textos sagrados de otra manera. Con ello no se trata de decir que Pacheco caminja hacia la fe o algo parecido. No, simplemente, el intertexto bíblico le ha servido para asumir un lenguaje característico.

José Emilio Pacheco en Salamanca
  1. LA POESÍA NEO-BÍBLICA DE J. E. PACHECO

José Emilio Pacheco es una de las figuras más importantes de la cultura mexicana actual. Su labor narrativa, poética, crítica y periodística es monumental. Ha publicado tres libros de relatos y 13 libros de poesía (recogidos en el 2000 bajo el título de Tarde o temprano). Dice acerca de la Biblia: “Sólo una actitud anterior a los tiempos de Juan XXIII puede justificar que las historias literarias y los recuentos de los libros  que todo hispanohablante debe leer, ignoren como ignoran la Biblia. Entre los libros poéticos de la Biblia, los más interesantes para un lector contemporáneo son el de Job y el Cantar de los Cantares, caso el más grande poema de amor de todos los tiempos”.

Desde su primer libro, Los elementos de la noche (1963), el lenguaje bíblico le ha servido para expresar su desencanto ante las formas de la vida. En el poema que da título al volumen, aparece por primera vez el lenguaje apocalíptico, que no ha de abandonar nunca:

En el último valle
la destrucción se sacia
en ciudades vencidas que la ceniza afrenta.

¿De qué valle habla? ¿Del de Josafat? Tal vez, pero lo que brilla aquí es la solidez en la concepción de una destrucción impersonal, acaso por lo inconsciente de la misma. En “Presencia”, un poema dedicado a Rosario Castellanos, una pregunta gobierna la intuición poética: “¿Qué va a quedar de mí?”. El final es muy parecido a la conclusión del salmo 16: “Mas si alguien vive yo estaré despierto”.

En “Como aguas divididas”, la alusión al Éxodo, sin ser explícita, anuncia el poema que le sigue, titulado precisamente “Éxodo”, en el cual un “perpetuo exiliado” que mira en el desierto, contempla espejismos de ciudades.

En El reposo del fuego (1966), el epígrafe anuncia buena parte del espíritu del volumen: “No anheles la noche en que desaparecen los pueblos de su lugar” (Job 36, 20). Esta cita hace ver a la noche como el indicio del desastre. El libro comienza diciendo: “Nada altera el desastre”. Ni siquiera Dios, pues para el poeta es

El dictador, el todopoderoso,
el que construye los desiertos.

Pero nuevamente hay en los arquetipos bíblicos una suerte de recurso a la esperanza. Dice en otro fragmento:

Y fue el olor del mar: una paloma,
como un arco de sal,
ardió en el aire.

La imagen del diluvio, la paloma que anuncia, no la sequedad, sino la presencia de las aguas. La terrenalidad que aparece en la Biblia como posibilidad de ser un modo de testigo de Dios, le hace preguntarse: “Tierra, tierra, ¿por qué no te conmueves?/ Ten compasión de todos los que viven”. Cerca del final, el hablante poético afirma: “Bajo el suelo de México se pudren/ todavía las aguas del diluvio”.

No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969) es un libro paradigmático. Pacheco afianza sus certidumbres, desliza explícitamente todo un universo de alusiones contundentes. En “Transparencia de los enigmas” habla de “nuestra cólera apacible” en un lenguaje versicular situado en la línea del vidente de Patmos y de las Lamentaciones de Jeremías. Allí mismo ha lanzado su programa: “Alabemos a Patmos y a la hirviente montaña de las Lamentaciones”. El poeta avizora una fatalidad descifrable y no olvida a los tibios del Apocalipsis: tal vez el fuego eterno les espera. En “Job 18.2” se reflexiona sobre la inutilidad de la palabra humana:

Seguimos puliendo, desgastando
un idioma ya seco.

Ése es el idioma humano, porque Dios se pregunta: “¿Cuándo terminaréis con las palabras?”.

José Emilio Pacheco con Skármeta, Nélida Piñón, Alencart, Jacqueline Alencar y José Alfredo(Compostela, 2004)

Irás y no volverás (1973) es otra muestra de cómo Pacheco toca otra fibra del elemento bíblico. En “Idilio”, escribe: “El mundo/ volvía a ser un jardín”. La nostalgia del paraíso, una inversión cronológica que remite no sólo al Edén, sino a un estado de inocencia creado artificialmente por el amor. “Los herederos” habla de la pobreza con el lenguaje de las Bienaventuranzas: “ellos sin pausa heredarán la tierra”; se trata de una crítica de la comprensión de los pobres. Finalmente, en “Apocalipsis por televisión”, se ironiza sobre la comercialización de la vida y de la destrucción:

Trompetas del fin del mundo
interrumpidas para dar paso a un comercial.

En los poemas de Islas a la deriva (1976) la escritura de Pacheco se encamina hacia un estilo sentencioso, casi amargo, que se acentuará posteriormente. Dice, por ejemplo, en “La Secta del Bien”, refiriéndose a un cura herético:

Ardió en la leña verda fue a reunirse
con su Dios —que es amor— en el infierno.

La cita del evangelio de Juan, introducida furtivamente, descarga toda la fuerza que el poema alcanza para criticar los abusos de la Inquisición. Algo similar ocurre con “El Padre Las Casas lee a Isaías, XIII”, donde el poeta hace una paráfrasis en cursivas tomando citas aisladas del capítulo mencionado, a fin de penetrar en la mente del sacerdote y en su actitud de denuncia de la opulencia de la sociedad virreinal.

Desde entonces (1980) incluye el que es quizá su poema más conocido, “Fin de siglo”, en donde, partiendo del recuerdo de la pregunta de Caín, ampliada cuidadosamente para incluir una feroz crítica a la indiferencia sobre la barbarie de la civilización, se señala con índice de fuego a todos los genocidas:

¿Cómo dejar impunes
la tortura o el genocidio o el matar de hambre?

 La sangre derramada clama venganza, dice el verso inicial; la reflexión se hunde profundamente en la conciencia humana y demanda una respuesta para tantos crímenes.

En los tres siguientes libros se percibe una depuración del lenguaje que ha impacientado a muchos. Pacheco abandona consistentemente toda floritura y adorno (si es que algún día los tuvo), para desnudar las realidades humanas. Este “ojo moral”, por decirlo así, le brinda a los versos una densidad que, dentro de su sencillez, destruye violentamente las máscaras que nos ponemos diariamente. En Los trabajos del mar (1983), varios poemas de diferente signo parten del simbolismo bíblico para ahondar en el pensamiento. En “Informe de Jonás” toma la historia del antiprofeta para hacerle decir que en el vientre del gran pez halló desde procesos digestivos hasta violencia pura, pasando por una teoría del estado moderno. La soledad de Jonás le sirvió para

reflexionar en la esperanza: Algún día
nuestra vida ya no será, como la llamó Hobbes,
tan sólo  breve, brutal y siniestra.

“Prosa de la calavera” es un extenso poema versicular que, presidido por la cita de Isaías 40.6, cuyo espíritu desarrolla, plantea la dialéctica de la muerte. Aparecen, salpicando la reflexión, alusiones a los Evangelios y a la señal de Caín, que le confieren al poema una mirada amarga, concentrada. Se trabaja sobre la certeza absoluta, la de la muerte: la calavera viene y le dice a cada hombre: “Sólo cuando has tocado fondo aparezco”.

Epitafio del Fuego, antología de Salamanca

Miro la tierra (1986) es un pequeño libro dedicado casi por entero a la visión desconsolada de la ciudad de México, después del terremoto de 1985. “Las ruinas de México”, título de la sección principal, es un largo poema fragmentario que se lamenta, al estilo de Jeremías, acerca de la magnificencia de la ciudad, pero, sobre todo, de la corrupción que hizo posible tantas muertes. En un instante de la elegía, un epígrafe procedente de Job 28 habla sobre las piedras, que “se suspenden y balancean”. La tristeza por la destrucción vislumbrada libros atrás no elude la lucidez para señalar a los culpables del desastre. No obstante, su remate es un signo de esperanza:

Con piedras de las ruinas hay que forjar
otra ciudad, otro país, otra vida.

“Caín” es un poema que profundiza en la problemática del mal; “el fundador de las ciudades”, nos recuerda, fue el asesino de su hermano: ¿qué puede esperarse de las grandes urbes? La sección de la que forma parte se llama precisamente “Los nombres del mal”. “Su nombre es testimonio de la Caída”, dice al principio, para luego entretenerse en juegos de palabras que fonéticamente coincidan con el nombre: can, calcinación, cárcel, canalla, cáncer, carnicero, caos. La historia humana comenzó con un asesinato:

Caín mató a su hermano, puso en marcha
la historia.

A través del cuerpo agredido de Abel vino la muerte “a compartir con el Mal este mundo”. Somos los herederos de Caín y nuestro destino es el suyo.

Ciudad de la memoria (1989) es un poemario donde la desnudez verbal toca fondo: la forma está al servicio del contenido, de la voz ética. “La sal” es un poema analítico con poca chispa de poesía: su tesis es, procedente de la famosa frase de Jesús, que la sal le da un sabor al mundo que debe ser percibido conscientemente. El viento sopla donde quiere, dice en “Para ti”, mientras habla del azar de las cosas con que se topa uno en la vida. “El doctor Job” denomina en “Live bait” al personaje bíblico, para referir a su experiencia invaluable en la comprensión de la nulidad de la vida.

El silencio de la luna (1994) contiene algunos poemas que prosiguen la indagación poética marcada por una fuerte autocrítica humana, como en “Prehistoria”, en el que se interroga sobre la naturaleza de Dios en el pensamiento primitivo:

¿Dios es el bien porque regala la lluvia?
¿Dios es el mal por ser la piedra que mata?
¿Dios es el agua que cuando falta aniquila
y cuando crece nos arrastra y ahoga?

En la cuarta parte de este poema Pacheco alude al mito hebreo de Lilith al comparar las dos maneras de entender a la mujer, como “tarde y cuidado del fuego” (Eva) y como “nocturno placer, imán, abismo”. Sobre Adán se ocupa en un poema con título unamuniano, “Adán al revés es nada”, donde mediante varios juegos de palabras se ocupa de la naturaleza y el destino humano. En “Ley de extranjería”, que le da título a la primera sección del libro, alude a la historia de Babel, situándola en Ur, para afirmar la extranjería producida por el urbanismo desde la antigüedad. Su verso final resume la idea: “En Ur y en todas partes soy extranjero”.

“Las Siete Palabras” (título de otro poema) de Jesús, se ven transfiguradas, por medio de un recuerdo acerca de la formación catequística, en la instalación permanente de la culpabilidad expresada en otros siete términos: “Por mi culpa, por mi grandísima culpa”.

La Biblia, en Pacheco, pasa por un filtro admirable en su rigor, pues aunque ese libro antiguo nos pertenece a todos, muy pocos poetas lo llevan en la sangre y en la punta de la lengua.

Pacheco y cervantes-Ortiz

 

Leopoldo Cervantes-Ortiz. Escritor, médico, teólogo y poeta mexicano. Maestro en teología por la Universidad Bíblica Latinoamericana (Costa Rica) y pasante de la maestría en letras latinoamericanas (Universidad Nacional Autónoma de México). Director del Centro Basilea de Investigación y Apoyo, A.C. Pastor presbiteriano. Iniciador de la nueva etapa de la Facultad Latinoamericana de Teología Reformada. Miembro de la Comisión de Formación Ecuménica del Consejo Mundial de Iglesias y del comité editorial del Consejo Latinoamericano de Iglesias. Coordinador de la página permanente en español sobre Juan Calvino: www.juan-calvino.org. Ha publicado los siguientes libros: Sendos placeres. Poemas para leer y acariciar (2000), Lo sagrado y lo divino. Grandes poemas religiosos del siglo XX (2002), Sobre ángeles. Antología de poemas del siglo XX (2003), Navegación del fuego (2003), Series de sueños. La teología ludo-erótico-poética de Rubem Alves (2003, portugués: 2005), El salmo fugitivo. Una antología de poesía religiosa latinoamericana (2004, 2009).Pacto, pueblo e historia. Una introducción al Antiguo Testamento (2008), Saborear el infinito. Antología de textos, de Rubem Alves (2008), Juan Calvino. Su vida y obra a 500 años de su nacimiento (2009), Un Calvino latinoamericano para el siglo XXI. Notas personales (2010) y Carlos Monsiváis: cuaderno de lectura (2010). Dirige la revista virtual de poesía el poema seminal y el Boletín Informativo del Centro Basilea. Es miembro del Consejo Asesor Iberoamericano de TIBERÍADES.

  

José Emilio Pacheco y José Alfredo Pérez Alencar (Compostela, 2004)

  


[1] C. D. Carrillo Juárez, “La poesía de José Emilio Pacheco y la tradición bíblica”, en P. Popovic Karic y F. Chávez Pérez, coords., José Emilio Pacheco: perspectivas críticas. México, Siglo XXI, 2006, p. 194.




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