José Alfredo Pérez Alencar

El reino de los cielos (2005), de Ridley Scott

En mi opinión este director dejó muy alto su propio escalafón con Gladiator (2000), y con este filme consolida ese nivel alcanzado. Eso sí, hay que señalar que el resto de sus obras quedan relegadas a un segundo plano. Autor de películas conocidas, como Hannibal (2001), la cual dista mucho del éxito de El silencio de los corderos (1991), G.I. Jane (1997), Prometheus (2012) o Alien: el octavo pasajero (1979), se centró especialmente en las dos mencionadas con anterioridad, de tal manera que el espectador ni repara en su duración, por lo que recomiendo ver la versión extendida, puesto que en pequeños detalles se puede lograr la excelencia. Merece loas, pero también críticas por proyectos posteriores como Robin Hood (2010), de ella solamente extraigo lo positivo que es el “reciclaje” de actores (en el caso del director tratado se me ocurren Russell Crowe, Liam Neeson o Nicole Kidman), o Éxodo: Dioses y Reyes (2014). En un punto intermedio situaría American Gangster (2007), que tiene el toque realista y la acción propia de esa categoría de cine, si bien en algunos tramos no se hace tan llevadera (en las películas de gángsters Scorsese fija un punto y aparte. Quizás hubiera sido recomendable que Scott continuara con la historia antigua o en la ciencia ficción).

La historia comienza en un pequeño pueblo francés, transcurriendo el siglo XII. Balián (Orlando Bloom), un hombre humilde cuya profesión es la de herrero, acaba de perder a su mujer y a su hijo. A la par, unos cruzados arriban a la población para descansar en su camino hacia Tierra Santa, mas, como se irá comprobando en el desarrollo de la trama, ese no es su único motivo.

Bloom y Scott durante el rodaje

En este filme que abordamos hay diversidad de temas, como para complacer a la mayoría de los gustos, comenzando por la acción de sus escenas bélicas, la aparición de un fuerte sentimiento amoroso unido a la dificultad de llevarlo a cabo (amor por Sibylla, papel encarnado por Eva Green), discriminación (pero no en su vertiente racial o étnica, inclusive omitiría la religión como motivo, más bien consiste en violencia gratuita por parte de un sector de los cristianos hacia los sarracenos) o el reencuentro de un padre y su hijo. Debo señalar que goza de realismo, al menos en cuanto a la existencia de los personajes principales. De la sucesión de actos acaecidos en la verdadera historia obtenemos que, en algunos puntos, hay una adulteración con respecto a los mostrados en la pantalla (siempre digo que en los filmes basados en hechos reales la maestría reside en la forma en que se maneje el hilo que une realidad y ficción). En este caso, nuestro protagonista tomó algunas decisiones distintas a las que se muestran en la pantalla, por lo que no es solamente que en la película se le haga una hagiografía al estilo de Los intocables de Eliot Ness, de 1987 (Al Capone y Ness existieron, si bien la persecución del agente del Tesoro fue a través del Derecho Fiscal), su libre albedrío le hizo discurrir en otras direcciones. Al menos no es una exageración desmesurada de la heroicidad como 300 (2007), que por un lado es vistosa, pero se envuelve en la pesadez a consecuencia del barroquismo de los efectos.

Es de esas películas al estilo de Cold Mountain (2003) o V de vendetta (2005), en las que llegamos a creer que se subsumen todas las cuestiones, pues denotan ser muy completas. Es cierto que cada una tiene su tema central, no obstante, ello no es óbice para que hagan presentes una diversidad de aspectos vitales.

De la misma forma que ocurre en muchas otras ocasiones, el título sale a relucir en la obra y lo hace en una frase clave enunciada por uno de los caballeros, Reinaldo de Châtillon (Brendan Gleeson), que bajo las órdenes de Guy de Lusignan (Marton Csokas), pretenden inducir a Saladino (Ghassan Massoud) para que declare la guerra a los cristianos: “¿Cuándo llegará el reino de los cielos, en el que todos seremos iguales?”. Esto hace que podamos enfocarla desde dos perspectivas.

En primer término, es entretenida en grado sumo para cualquier amante del cine bélico o del Medievo, tanto es así que no se la quisieron perder ni siquiera Nikolaj Coster-Waldau (Jamie Lanister en la serie Juego de Tronos. Posteriormente ha hecho algún que otro trabajo relevante como Shot Caller, 2017), ni tampoco Michael Sheen (conocido por su papel en la saga crepúsculo), aunque su participación sea efímera. En cualquier caso, el reparto es destacable. En segundo lugar, también se puede apreciar otro sentido, aquél centrado en el diálogo de la película, que se compone de frases sencillamente inspiradoras: “Un hombre que en Francia no era nada, aquí es señor de una ciudad y, aquel que en Francia era señor de una ciudad, aquí mendiga en el arroyo” o “he visto a muchos asesinos con la religión en los ojos”, enunciados que son destellos en los momentos adecuados y van fijando las pautas de la idea que se pretende expresar.

En el cine, como en otros ámbitos, pueden darse múltiples interpretaciones, por ello debo decir que, a pesar de guardar un gran interés por la historia en general, en este caso considero no tener un conocimiento amplio de los sucesos que atañen a la trama. De todas maneras, unas nociones básicas sirven para ahondar en el contenido de la obra de Scott. Por ejemplo, saber que en nombre del cristianismo se produjo la invasión de un territorio extranjero bajo el credo de que, aquellos que en su tierra natal no encontraron la redención, lo harían allí. Antes cité una frase que quizás recuerde al principio bíblico de que los últimos serán los primeros. Puede que sea así, pero es en ese punto cuando podemos empezar a apreciar la bifurcación dentro del ámbito de esos cruzados cristianos: los que a pesar de ser invasores sí recordaban los motivos legítimos que les llevaron a ello y, otro grupo, en el que se hallan aquellos que se corrompieron por el poder. Son estos últimos los que permiten entender aquella frase que cité con anterioridad, más bien como un incentivo para lanzarse a la búsqueda de fortuna (de la misma forma que los indianos, siglos más tarde y ya desde España). De hecho, Tiberias (Jeremy Irons), ejerciendo su papel de mano derecha del rey y protector de Jerusalén, se encarga de avalar mi teoría con una frase: “Primero luchábamos por Dios. Más tarde comprendí que luchábamos por tierras y riquezas, y sentí vergüenza”.

La banda sonora es un deleite. Fue compuesta por Harry Gregson-Williams, que ostenta también la titularidad de otras como la correspondiente a las Crónicas de Narnia o The equalizer. En cuanto a la fotografía, no es su fuerte, pero tampoco su debilidad. De hecho, en el transcurso de la película, hay alguna toma bastante buena. Del guión solo diré que está realizado por William Monahan (ganador de un Óscar por su labor en Infiltrados, 2006). Creo que es digno merecedor de atribuirle un lugar crucial en el desarrollo del filme.

El colofón del Reino de los cielos consiste en que la validez de las personas está determinada por sus actos, sean o no orientados a lo espiritual. Aquellos templarios que llevaban una icónica cruz, estaban atentando contra la paz y la igualdad buscadas por el rey Balduino IV (Edward Northon). Esto demuestra que la religión, usada como argumento para los abanderados del fanatismo, ha sido una constante en muchos hitos del devenir del mundo: la historia nos los ha dejado a modo de herencia. Casi se podría elucubrar sobre una alabanza a la iconoclastia, si ampliáramos su concepción no solo a las imágenes religiosas, sino a todo lo que tiene que ver con la institucionalización de la Iglesia y sus innumerables incongruencias resultantes de las imperfecciones de sus creyentes. El protagonista, que solo tuvo como guía las premisas que le dio su padre Godofredo (Liam Neeson), en los pocos momentos que compartieron, sigue su ejemplo para convertirse en una versión mejorada de él. A su corazón no lo guiaba la religión, sino más bien pautas derivadas de esa moral que él mismo configuró, aunque de cierto que su conducta le acerca en gran medida a la esencia bíblica, en comparación con esos otros personajes que revestían su andadura con escabrosos argumentos.

Por otro lado, se deriva la comprensión de que Jerusalén simplemente es una ciudad y, del simbolismo que la tornaba especial, la convirtieron en un foco de belicismo y codicia a partes iguales. En esta línea, y con esto culmino, Balián dice dos frases para guardar en la memoria: “¿Qué es más sagrado?, ¿el muro?, ¿la mezquita?, ¿el sepulcro?… Defendemos esta ciudad no para proteger estas piedras, sino a quienes habitan entre estas murallas”, y “Antes de perderla, la reduciré a cenizas. Vuestros lugares sagrados, los nuestros, hasta el último rincón que hace enloquecer a los hombres”.

José A. Pérez Alencar (Salamanca, 1994), aprendiz de jurista y de poeta, pero apasionado al séptimo arte. Cuando niño la imprenta Kadmos le publicó una carpeta de poemas titulada ‘El barco de las ilusiones’ (2002, con 17 acuarelas del pintor Miguel Elías). Posteriormente publicó seis poemas en la antología ‘Los poetas y Dios’ (Diputación de León, 2007) y otro poema en la antología ‘Por ocho centurias’ (Salamanca, 2018). Próximamente la revista portuguesa ‘Cintilações’ (de Editora Labirinto), coordinada por el poeta Victor Oliveira Mateus, publicará un poema suyo traducido al idioma de Camões. Ahora prepara su nuevo libro de poemas, en el que está trabajando, titulado ‘Tambores en el abismo’. Formó parte del equipo de apoyo del XXII Encuentro de Poetas Iberoamericanos, que en 2019 rindió homenaje a San Juan de la Cruz y a Eunice Odio. Sus críticas de cine las publica tanto en la revista literaria digital CREAR EN SALAMANCA como en el portal TIBERÍADES. En su otra faceta, escribe artículos de contenido jurídico y social en el blog ‘Iuris tantum’, que mantiene en el periódico digital SALAMANCArtv AL DÍA. También coordina, con Christian Marcos, el programa radial “Studi et laboro”, de contenido jurídico-laboral y que forma parte de las acciones de ASEL (Asociación Salmantina de Estudiantes Laboralistas). Se emite en Radio Usal, medio de comunicación de la Universidad de Salamanca. Finalmente, coordina su propio blog, “La palabra Liberada”, con participación variada de poetas, ensayistas y personas vinculadas al mundo jurídico.

José A. Pérez Alencar en Castelo Branco, Portugal, durante el I Encuentro ROIZ de Música y Poesía Portuguesa-Hispano-Americana (foto de David Cortés Cabán)


One thought on “El reino de los cielos (2005), de Ridley Scott”

  • Cinéfilo 17/12/2020 at 6:05 pm

    Hablar de Ridley Scott y no mencionar Blade Runner…

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