Víctor Ilich

Gambito de dama o el arte del sacrificio

 

Cuando niño, mi padre me sorprendió con el regalo de un ajedrez. Me fascinó. Aprendí a jugar. Y ya adulto también aprendí cómo leer la nomenclatura algebraica del juego. Suena difícil, pero no lo es. Son coordenadas dentro del tablero. 64 casillas o escaques. 32 piezas en total, 16 por jugador, solo 2 jugadores, cada uno tiene un turno al mover una pieza. Inmovilizar al rey contrario (jaque mate) es el objetivo del juego con múltiples variantes y estrategias a desarrollar para dicho fin. Entre ellas, el gambito, que no es otra cosa que sacrificar una pieza para obtener una mejor posición que procure nuestra ventaja.

Kasparov, el otrora campeón mundial en la disciplina, escribió sobre cómo la vida imita al ajedrez. Reconozco que puede ser algo pretencioso reducir la vida al ajedrez, aún en su vertiente científica, pero resulta interesante advertir cómo ciertos principios del juego son posibles de conocer y comparar con la vida. Por lo pronto y pertinente, cómo podemos mejorar nuestra posición: sacrificando algo.

Y si es necesario renunciar a una cosa para obtener otra mejor, la pregunta clave es qué estoy dispuesto a sacrificar. Hay múltiples respuestas que responden a múltiples variables; no obstante, el establecer prioridades es una condición imposible de eludir ante nuestra decisión. Estemos conscientes de ello o no. Mi padre, por ejemplo, se sacrificó, mi madre también. Ellos sacrificaron lo que estimaron valioso en su momento, por algo que consideraron aún más valioso: sacrificaron, entre otras cosas, tiempo con sus hijos por un futuro mejor para sus hijos. Suena paradójico. Lo es. No lo menciono como reproche, solo como antecedente para entender lo que viene.

Luego de ver la serie Gambito de dama, reparé en esto: la vida nos expone al sacrificio, lo queramos o no. Es inevitable, ya que siempre estamos dispuestos a renunciar a algo por estimar otra cosa aún más valiosa. El sacrificio puede ser altruista o totalmente egoísta, pero siempre está presente en nuestro diario vivir. Baste recordar todo el tiempo que dedicamos a lo que capte y atraiga nuestra atención.

La protagonista de la serie, a través de sus recuerdos, nos devela a qué estuvo dispuesta a renunciar su madre, creyendo que era lo mejor para ellas. Podemos decir que se equivocó. Al igual que nosotros cada vez que establecemos erróneamente nuestra meta, nuestras prioridades, cada vez que perdemos el rumbo, cada vez que nos distraemos, dudamos o confundimos. Cada vez que malinterpretamos el autosacrificio, siempre como un ejercicio personal, con sacrificar a los demás.

En el ajedrez, cada vez que un gran maestro, un profesional del ajedrez, pierde material (piezas) relevante que compromete su juego, abandona dicha partida, ya que resulta ineficiente continuar con ella. Y si puede volver a jugar, lo vuelve a intentar. En la vida podemos comenzar de nuevo, mientras exista otro día de sol, aunque amanezca nublado o con lluvia. Pero ¿estamos dispuestos a sacrificar nuestro ego, lo que se traduce, en este contexto, en hacer siempre nuestra voluntad? ¿Qué provecho tendría no vivir para mí? O, dicho de otra forma, vivir para otro tiene más sentido y propósito. ¿Estoy dispuesto a postergarme? Si renunciar a lo malo, suena prudente, postergar lo bueno, al parecer, abre la posibilidad a lo que es mejor.

Les enseño ajedrez a mis hijos, y al mayor de ellos le gusta repetir las reglas y se fascina con la posibilidad que tiene el peón; para algunos, la pieza más infravalorada en el tablero, a pesar de ser la única capaz de coronar, es decir, de ser transformada en una pieza de mayor valor al llegar a la última línea enemiga. Ninguna otra puede hacerlo. Les recuerdo a ellos que no deben menospreciar al peón. A veces, les digo que para mí es mejor ser peón que rey. Ellos sonríen, advirtiendo algo de misterio en lo que digo, ya entenderán.

En tiempos donde cada cual gusta hacer lo que cree más conveniente para sus intereses, sin atender ni a la historia ni a lo evidente, me es útil recordar las palabras de Gastón Toloza, mi maestro de ajedrez: “Si pagaran por aparentar… aparentemos, pero como no es así…”. Es mejor atender a la realidad, nuestras reales posibilidades, considerando ventajas y desventajas. Ver nuestra real condición. Otro ejercicio para reflexionar. Fue Gastón quien, hace años, me obsequió el libro: Mi sistema, de Nimzovich. Un libro repleto de método. Una metodología más a considerar. Es cierto, cada cual también puede tener un sistema de valores distintos: qué valoramos más, pero eso jamás puede significar imponer a otros nuestros valores. No hay recetas y aun los métodos requieren ajustes para personas concretas. Y con los años puedo decir que no es lo mismo el autosacrificio que sacrificar a otros para asegurar su o nuestro bienestar. Puede sonar evidente, pero no lo es. Podemos también creer conocer la verdad y aparentar conocerla, pero los frutos dulces o agrios siempre nos delatarán qué tan cerca estamos de ella.

Mis padres valoran el tiempo que dedicamos con mi esposa a nuestros hijos. Quizás no estén de acuerdo con todas nuestras prioridades, es legítimo, y solo el tiempo nos dirá, finalmente, si lo que hemos sembrado dará un fruto dulce o agrio. Aspiramos a lo que es mejor, no a lo bueno solamente, porque para que ustedes sepan, es posible aceptar el gambito de dama o, dicho de otra forma, aceptar el sacrificio de nuestro oponente, mas también es posible rehusarlo y seguir un camino distinto para cumplir nuestro objetivo: vencer o, mejor dicho, ser más que vencedores en todo aquello que nos ate, ya sea derechamente a una mentira o a un falso concepto de la realidad y, como dicen los abogados, a un error. Hoy mis padres tienen el privilegio de ser abuelos… y jugar otra partida. El que quiera oír, que oiga.

 

 

Víctor Ilich nació en Santiago de Chile en 1978. Egresado del Instituto Nacional y de la Escuela de Derecho de la Universidad Finis Terrae, en la cual estudió becado. Abogado y juez de garantía en la Región de O’Higgins. Autor de más de una docena de obras literarias. Algunas de ellas han sido prologadas y comentadas por destacados académicos, escritores y críticos como Hugo Zepeda Coll, Thomas Harris, Andrés Morales, Alfredo Lewin y Juan Mihovilovich.

Entre sus obras se puede citar Infrarrojo, poemario presentado por el académico, escritor, poeta y miembro de la Academia Chilena de la Lengua, Juan Antonio Massone del Campo, quien le ha antologado; Réquiem para un hombre vivo, poemario dedicado al poeta Juan Guzmán Cruchaga (presentado por el ministro de la Corte Suprema y escritor Carlos Aránguiz Zúñiga y el ex ministro de la Corte de Apelaciones de Santiago, Juan Guzmán Tapia); La insurrección de la palabra; Arte de un ocaso vital;  Baladas de un ruiseñor (poemario erótico romántico); Dragón, escorpiones y palomas; Hojas de té; La letra mata (un texto que resucita la palabra); El silencio de los jueces, un texto para sazonar el corazón, prologado, en su primera edición, entre otros, por Sergio Muñoz Gajardo, quien fuese presidente de la Excelentísima Corte Suprema de Justicia (2014-2015); Disparates, poemario relativo a la libertad de expresión y los prejuicios (2016); Cada día tiene su afán (2017), que procura motivar en la lucha del cáncer, presentado por Haroldo Brito Cruz, quien también fue presidente del máximo tribunal del país, con ocasión de la celebración del Día Internacional del Libro.

Y, además, ha lanzado el poemario titulado Toma de razón, en coautoría con Roberto Contreras Olivares, poeta y ministro de la Corte de Apelaciones de San Miguel, presentado en Hanga Roa, Isla de Pascua, en agosto de 2017. En abril de 2018 junto a otros tres jueces penales publicó el libro Duda, texto fruto del taller literario que impartió, el cual luego de terminar denominó “Ni tan exacto ni tan literal”. También, en octubre de 2019, en pleno estallido social en Chile, público Venga tu reino, poemario prologado por Felipe Berríos, S.J. y Alfredo Pérez Alencart, poeta y docente de la Universidad de Salamanca.

Por último, en marzo de este año 2020, publicó el libro Al derecho y al revés, que recopila las columnas de opinión y crítica literaria escritas bajo el alero del diario El Heraldo de Linares, quien patrocinó su cuidada edición. Libro prologado por Lamberto Cisternas Rocha, quien fuese vocero de la Corte Suprema.

Ilich forma parte de Tiberíades, Red Iberoamerica de Poetas y Críticos Literarios Cristianos

 




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