Joaquín Marta Sosa

Poemas para seguir siendo humanos. sobre ‘Poemas pandémicos’, de Pulido y Viloria

Tiberíades tiene la satisfacción de publicar este comentario, que a modo prólogo para el libro ‘Poemas pandémicos’, de José Pulido y Enrique Viloria (Ediciones Pavilo, Caracas, 2020), ha escrito el venezolano Joaquín Marta Sosa (Nogueira, Portugal, 1940).

Poemas para seguir siendo humanos

Desde muchos años atrás Enrique Viloria emprendió la aventura de la poesía y de la edición que hoy todavía mantiene, incluso con mayor entusiasmo. En ambas casi siempre ha sido José Pulido uno, el más importante, de sus pasajeros a lo largo de esos caminos.

Los acompañé, junto a otros, en esos años fundacionales tanto de las Ediciones Pavilo como de una revista literaria, Circunvalación del Sur, que llegó a contar con buenas colaboraciones de autores venezolanos, españoles, portugueses y hasta ingleses. Sus números mostraban la vocación plural de Viloria: poesía, ensayo, crítica, narrativa. Gracias a ella, en buena parte, se logró la visita del gran cuentista español Medardo Fraile y se publicó una antología de sus relatos, Años de aprendizaje (2001). Además, se emprendió un intenso programa de recitales que, en mayor o menor grado, reconquistó ese tipo de eventos en la Caracas de finales de los 90.

Pero sobre todo recuerdo su “invención” más peculiar y la que ha tenido más amplio recorrido, la del poemario temático y a más de una mano (a veces a tres, en ocasiones hasta a cuatro). Es decir, una suerte de orquestación de partituras poéticas de varios autores que se integraban en un poemario común. Recuerdo Cortejos, de poesía amorosa, Linajes, poemas de la paternidad, Invocaciones, poesía religiosa, y Vecindarios, poesía urbana, todos en su editorial Pavilo, y en cada uno ya participó José Pulido.

 

Esa aventura no cesa, se prolonga en estos Poemas Pandémicos, donde persiste la poética de aquellos, la de construir un poemario sólidamente unitario a partir de poemarios claramente personales e individualizados por el sello de sus autores. Poemario que, más que colectivo, es comunitario, porque se asienta en esa paradoja de ciertos rasgos comunes, aquellos que en lo común acercan y, al mismo tiempo, perfilan el ánima propia e intransferible de cada poeta. Poética que se nutre de la irreverencia y sus originalidades, de una lírica donde la ironía y el humor pueden tener su lugar, de la contemporaneidad como tiempo sustancial, con la imaginación en lo alto del mástil por obra de un lenguaje a ras de calle o de acera, donde lo cotidiano no es regodeo simulado sino verdad viva, entera, y lo urbano, el verdadero mundo de la generación a la que pertenecen, constituye el paisaje visual y sentimental donde el otro, el prójimo es una presencia tenaz.

En este caso, el poemario, también avanza sobre los tiempos a la manera horaciana y virgiliana, y hasta homérica. Se les adelanta como testamento y testimonio de un tiempo a la vez inesperado e insólito, insospechado, y que es ahora, en su insania, en su crueldad, una marca definitiva en su historia y en la nuestra.

Cuando este momento pandémico haya pasado, sabremos que nunca desaparecerá del todo, que vivirá en nuestras almas todos los años que nos resten por vivir. Y Poemas Pandémicos será uno de sus mejores retratos porque va más allá de la piel y de la carne y de los huesos. Se hunde en lo que ya no dejaremos de ser, al menos quienes lo hemos vivido, al revelarnos íngrimos, a quienes la soledad (y en ocasiones la solitariedad) de lo imprevisible habitará por siempre, y que debieron aferrarse a una nueva lengua, a unas nuevas emocionalidades, a inéditos temores (¿terrores?), heterogéneos e incomparables a los conocidos. Y, en todo caso, el himno de estos poemas se condensa en este: vivir, sea cual sea la calidad de la existencia, lo cual implica no abdicar de la humanidad esencial, la que se sabe destinada a la mortalidad, pero también a crear con todos los materiales, sea cual sea su textura de benignidad o malignidad, la resistencia que se realiza en marcar al mundo con la palabra que lo desnude y lo conquiste y lo rehaga más allá de sus imposiciones.

Enrique Viloria Vera en Salamanca (foto de José Amador Martín)

Así, en estos Poemas Pandémicos, conviven amor y muerte, amada y parca, humor y pena, ironía e intensidad, pesar y fortaleza. Y su discurso, no podría ser otro tratándose de Viloria y Pulido, es callejero, sin ninguna apelación a lo extraordinario, es el que está en todos los bolsillos de la lengua de cualquier mujer u hombre común, de a pie, al que tanto mérito atribuyen ciertos grandes poetas italianos, y con razón, tales como Antonia Pozzi (“Cada uno está solo / apenas consigo mismo / y nada más / y de ese modo levanta su vida / ante el cielo y contra toda adversidad”).

Y allí está la pandemia coronavírica con sus forzamientos a la distancia, a la separación y a la virtualidad, para recordárnoslo. Pero al otro lado emerge el poema, el poemario y su palabra, para dejar constancia irreversible de que no permitimos que nos deshumanice sino, muy a la inversa, que nos ayudó a ser más infinitamente humanos dentro y fuera de nuestras carencias y precariedades.

Así, este poemario se levanta, engastado en la noble tradición del antipoema (que no de la antipoesía) que nos legara Nicanor Parra desde las tierras australes de América, como una epifanía, la de descubrirnos e iluminarnos en medio de este vacío acentuado en que ha devenido la pandemia, pero a la manera de Faulkner (“Mientras sobre la tierra exista

por lo menos un habitante, la humanidad entera no ha desaparecido”). Esa virtud laica y solidaria no es poca cosa, y a los poetas Viloria y Pulido, por todo ello, les debemos varios y constantes agradecimientos, pues ellos, pandemia de por medio, nos susurran o gritan que nuestro enorme poeta venezolano, Vicente Gerbasi, no tiene toda la razón, pues íntegra verdad no se encierra en que “De la noche venimos y hacia la noche vamos”, pues lo propiamente humano es, subrayémoslo como en el fondo los hace este poemario, lo que construimos entre esas dos noches.

Loma Larga, diciembre 2020

El poeta Joaquín Marta Sosa

Joaquín Marta Sosa (Nogueira, Portugal, 1940), poeta y narrador, además de periodista, ensayista y crítico. Profesor universitario de Literatura y Ciencias Sociales y Políticas en la Universidad Simón Bolívar de Caracas, con el rango de profesor titular, donde fue también miembro de su consejo directivo y decano de Estudios Generales. Ejerció como presidente de Venezolana de Televisión (VTV), canal público de televisión, así como de director de El Diario de Caracas. Hasta la fecha, ha publicado catorce poemarios, entre los que están Anunciación (1964), Proverbiales (1969), Para la memoria del amor (1978), Sol cotidiano (1981), Dicen los atletas (1997), Oscuro sol de los puertos (1998), Territorios privados (1999), Las manos del viento (2001), Domicilios del mar (2002), El río solitario (2004), Amares (2007), Gangia (2010) y Campanas de Nogueira (2010). Sus poemas han sido traducidos al portugués, al italiano, al alemán y al coreano. Como ensayista, ha publicado, entre otros, los libros Sociopolítica del arte y la literatura (1978), La ecología literaria como responsabilidad del escritor (1981) y El Estado y la educación superior en Venezuela (Caracas, 1984). Fue jurado en el Premio Internacional de Poesía Rubén Darío (Nicaragua, 1982) y en otros premios literarios nacionales e internacionales. Es miembro de la Directiva de la Fundación para la Cultura Urbana, y Miembro de la Academia Venezolana de la Lengua, donde tomó posesión del sillón E el 12 de julio de 2010 con el discurso titulado Navegaciones y sueños de una a otra lengua, en el que expuso su visión sobre la creación literaria.

Imagen de cabecera: El poeta José Pulido leyendo en el Festival de Génova




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