José Alfredo Pérez Alencar

Repulsión (1965), de Roman Polanski, o las desviaciones de la mente humana

Roman Polanski, que también ha realizado interpretaciones, es autor de películas que supieron dejar marca en la historiografía del Séptimo Arte: El pianista (2002), La semilla del diablo (1968), Oliver Twist (2005) o La novena puerta (1999). Pese a sus escarceos con la polémica, me centraré, de igual manera que siempre, en el legado que va dejando como director.

Nos situamos frente a un thriller, comedido en un principio, en el que nada se deja al azar y que posee el componente del crimen. En cine monocromo, Polanski nos trae un festival de enfermedades o taras psíquicas entroncadas a la protagonista, con un título que, implicando un sentimiento de rechazo o animadversión por algo o alguien, es culpable de las posibles interpretaciones sobre el destinatario del mismo. Para la época (todas las cosas tienen su coyuntura más o menos perecedera), podría considerarse del género de terror, pero en la concepción actual difícilmente lo englobaría en semejante categoría: Además, ver una película en blanco y negro puede hacerse raro o generar repudio en las recientes generaciones.

Manifiesto mi discordancia con algunas sinopsis que se le dan. De todas formas, englobar en unas pocas líneas todos los adjetivos que entraña resulta una tarea ardua. El leitmotiv básico sería que el guión versa de una chica, Carole (Catherine Deneuve), quien trabaja en un salón de belleza en Londres y vive con su hermana (Yvonne Furneaux) en frente de un convento (este elemento es una constante durante todo el filme, ya sea en escena o con el repicar de las campanas), la cual tiene una relación con un hombre casado (Ian Hendry).

Pero lo realmente complejo se presenta con la caracterización de la protagonista. No creo que únicamente se trate de una persona reprimida sexualmente, como usualmente se comenta al referirse al personaje. El hecho que a ella le moleste la relación extramarital del amante con el que se ve su hermana, las reticencias hacia el hombre que la intenta cortejar (John Fraser), pues en una escena llega a lavarse la boca, asqueada por haberle dado un beso, o también su encuentro con el arrendador del piso, que intenta aprovecharse de ella, son muestras de que en su devenir ha conocido a hombres indeseables o que no son de su gusto. El porqué de esas conductas puede ser la clave de lo que intenta transmitir la película.

Por ello, todo parece indicar que desdeña a los hombres, más aún viendo sus relaciones con las mujeres:  con su compañera Bridget (Helen Fraser) empatiza, los fracasos amorosos o los comentarios de las clientas puede que calen en ella, la mujer que regenta el salón de belleza se muestra protectora, pero esto es sólo es un componente de los tantos que se aúnan en su adolecida mente. Es cierto que sus síntomas sólo repercuten en los hombres, pero cuando se manifiestan en su punto álgido, quién sabe si haría alguna distinción de géneros.

Utilizando, con un conocimiento rudimentario, términos propios de la psicología/psiquiatría, más acorde seria decir que Carole es una sociópata, víctima de un trastorno obsesivo-compulsivo que sufre momentos de vacío mental, como si abandonara su cuerpo. Pese a tener conductas antisociales, tanto con su hermana como con otros personajes, interactúa con la normalidad de una persona que es tímida. Se puede apreciar también la presencia de una especie de síndrome de Diógenes, pues llega al extremo de no ser consciente de la sordidez en la que está viviendo y, además sufre alteraciones en la percepción de la realidad que posiblemente le conducen a desarrollar una manía persecutoria.

La película evoluciona a la par que el incremento de su demencia y, en definitiva, Deneuve borda el papel de persona trastornada. De su interpretación destacaría la forma en que su mirada queda perdida en la nada.

Los recursos que acompañan a la trama (en la que no falta un contraste entre los diálogos que se producen en los círculos masculinos y en los femeninos), no son imprescindibles, pero dotan de una mayor calidad al trabajo. La banda sonora es intermitente pero efectiva. Por banda sonora no se debe entender solo la música, sino todo lo que envuelve a la imagen. Músicos ambulantes, sustitución del sonido de las escenas por notas estridentes y demás recursos usados por “Chico” Hamilton (ya fallecido, fue un baterista de jazz), suponen un notable complemento para la obra de Polanski.  Para el momento de la historia del cine en la que se encuentra, tiene una buena fotografía a cargo de Gilbert Taylor. Además, el director, consciente del atractivo de sus actores, emplea en varias ocasiones los primeros planos.

Nos deja un final abierto en el que, incluso, se puede sospechar que el director quiere otorgarnos una pista de cuál pudo ser el detonante de todo lo sucedido.

Como colofón, quisiera hacer una breve reflexión sobre las críticas de cine, las cuales considero que deberían estar exentas de una “métrica” predeterminada. Llevando aparejado el sobrenombre de Séptimo Arte, no hallo óbice para que las consideraciones de quien empuña la pluma acerca del cine, no tengan la consideración de expresión literaria. Ello es así porque entraña la dificultad de plasmar sobre el papel el sentimiento que se ha generado en la persona, sin olvidar que busca cumplir la función de compartir sensaciones con los demás.

Ceñirse a un elenco compuesto de aspectos a comentar puede resultar, no ya laborioso, sino un lastre, pues limita la capacidad creativa. Se convierten en textos llanos, sin los sobresaltos en la mente o en el corazón exigidos por cualquier vertiente del Arte. La banda sonora, los efectos especiales, la diversidad de planos… son el vehículo a través del cual se nos hace llegar de una u otra forma el contenido, pero en este último radica la mayor parte de la fuerza. Con pocos medios se puede transmitir mucho y, en ocasiones, el estilo barroco o basto en cuanto a las “florituras” del director nos deja películas que, a pesar de entretener en el sentido amplio de la palabra, padecen de un vacío que tiene como consecuencia el olvido de la misma de manera casi inminente.

La panacea estaría en adoptar una postura intermedia, ya que no se deben obviar los matices de la obra.

 

José Alfredo Alencar (Salamanca, 1994), acaba de publicar sus libros ‘Pasiones cinéfilas’ (Trilce, Salamanca, 2020) y Iuris Tantum (Betania, Madrid, 2020). Junto a sus estudios en Derecho por la Universidad de Salamanca y a su temprano aprendizaje como poeta, también es un apasionado al Séptimo Arte. Cuando niño la imprenta Kadmos le publicó una carpeta de poemas titulada El barco de las ilusiones (2002, con 17 acuarelas del pintor Miguel Elías). Posteriormente publicó seis poemas en la antología Los poetas y Dios (Diputación de León, 2007) y otros sendos poemas en las antologías El paisaje prometido (2010), Por ocho centurias (2018) y Regreso a Salamanca (2020). Formó parte del equipo de apoyo del XXII Encuentro de Poetas Iberoamericanos, que en 2019 rindió homenaje a San Juan de la Cruz y a Eunice Odio. Este año lo ha hecho con el homenaje dedicado a José María Gabriel y Galán, dentro del XXIII Encuentro de Poetas Iberoamericanos. Sus críticas de cine las publica tanto en la revista literaria digital Crear en Salamanca como en el portal Tiberíades. En el ámbito del Derecho, escribe artículos de contenido jurídico y social en su blog Iuris tantum, que mantiene en el periódico digital SALAMANCA AL DÍA. Durante el curso 2019-2020 coordinó, con Christian Marcos, el programa radial “Studi et laboro”, de contenido jurídico-laboral y emitido en Radio Usal, medio de comunicación de la Universidad de Salamanca. Dirige su propio blog, ‘La palabra Liberada’, con participación variada de poetas, ensayistas y personas vinculadas al mundo jurídico. Forma parte del Consejo Editorial de ‘Oresteia’, revista de literatura, filosofia, ciências sociais e artes, dirigida desde Lisboa por el filósofo y poeta Victor Oliveira Mateus.

 




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