Eugenio Montejo

Eugenio Montejo: ‘Terredad’ y otros poemas leídos en Salamanca


Ser el esclavo que perdió su cuerpo
para que lo habiten las palabras.
Llevar por huesos flautas inocentes
que alguien toca de lejos
o tal vez nadie. (Sólo es real el soplo
y la ansiedad por descifrarlo).
 
Ser el esclavo, el paria, el alquimista
de malditos metales
y trasmutar su tedio en ágatas,
en oro el barro humano,
para que no lo arrojen a los perros
al entregar el parte.

E. M.

Tiberíades tiene el privilegio de publicar, gracias a Alfredo Pérez Alencart, los poemas que Eugenio Montejo leyó en Salamanca durante la Cumbre Poética de 2005. Montejo, poeta y ensayista nacido en Caracas, 1938 y fallecido en la ciudad venezolana de Valencia, en 2008). Premio Nacional de Poesía y Premio “Octavio Paz” 2004. Entre sus libros de poesía están: Élegos (1967), Muerte y memoria (1972), Algunas palabras (1977), Terredad (1978), Trópico absoluto (1982), Alfabeto del mundo (1986), Adiós al siglo XX (1992) y Partitura de la cigarra (1999). También ha publicado libros de escritura heteronímica, como El cuaderno de Blas Coll (1981) y El hacha de seda, por Tomás Linden (1995).

El fragmento inicial que hemos puesto preside su sección en la antología de dicha Cumbre Poética Iberoamericana.


TERREDAD

ESTAR aquí por años en la tierra,
con las nubes que lleguen, con los pájaros,
suspensos de horas frágiles.
A bordo, casi a la deriva,
más cerca de Saturno, más lejanos,
mientras el sol da vuelta y nos arrastra
y la sangre recorre su profundo universo
más sagrado que todos los astros.

Estar aquí en la tierra: no más lejos
que un árbol, no más inexplicables;
livianos en otoño, henchidos en verano,
con lo que somos o no somos, con la sombra,
la memoria, el deseo, hasta el fin
(si hay un fin) voz a voz,
casa por casa,
sea quien lleve la tierra, si la llevan,
o quien la espere, si la aguardan,
partiendo juntos cada vez el pan
en dos, en tres, en cuatro,
sin olvidar la parte de la hormiga
que siempre viaja de remotas estrellas
para estar a la hora en nuestra cena,
aunque las migas sean amargas.

 

LA POESÍA

La poesía cruza la tierra sola,
apoya su voz en el dolor del mundo
y nada pide/ ni siquiera palabras.

Llega de lejos y sin hora, nunca avisa;
tiene la llave de la puerta.
Al entrar siempre se detiene a mirarnos.
Después abre su mano y nos entrega
una flor o un guijarro, algo secreto,
pero tan intenso que el corazón palpita
demasiado veloz. Y despertamos.

Eugenio Montejo leyendo en el Salón de Recepciones del Ayuntamiento de Salamanca (foto de Jacqueline Alencar, 2005)

ALGUNAS PALABRAS

Algunas de nuestras palabras
son fuertes, francas, amarillas,
otras redondas, lisas, de madera…
Detrás de todas queda el Atlántico.

Algunas de nuestras palabras
son barcos cargados de especias;
vienen o van según el viento
y el eco de las paredes.

Otras tienen sombras de plátanos,
vuelos de raudos azulejos.
El año madura en los campos
sus resinas espesas.

Palmeras de lentos jadeos
giran al fondo de lo que hablamos,
sollozos en casas de barro
de nuestras pobres conversas.

Algunas de nuestras palabras
las inventan los ríos, las nubes.
De su tedio se sirve la lluvia
al caer en las tejas.

Así pasa la vida y conversamos
dejando que la lengua vaya y vuelva.
Unas son fuertes, francas, amarillas,
otras redondas, lisas, de madera…
Detrás de todas queda el Atlántico.

ESTA TIERRA

ESTA tierra jamás ha sido nuestra,
tampoco fue de quienes yacen en sus campos
ni será de quien venga.
Hace mucho palpamos su paisaje
con un llanto de expósitos
abandonados por antiguas carabelas.

Esta tierra de tórridas llanuras
llevamos siglos habitándola y no nos pertenece.
Quienes ayer la amaron ya sabían
que no basta una vida
para llegar a merecerla.
Y sin embargo hasta el final permanecieron,
nunca desearon otra visión para sus ojos
ni otro solar para su muerte.
En ella están dormidos y hablan a solas,
a veces se oyen,
alzan sus voces en medio del follaje
y el viento las dispersa.

No serán nuestros sus vastos horizontes,
ninguna gota de sus ríos;
fue ajena siempre en cada piedra,
en cada árbol.
En nuestras charlas siempre se delatan
sonidos forasteros.

Esta tierra feraz, sentimental, amarga,
que no se deja poseer,
no será de nosotros ni de nadie
pero hasta en la sombra le pertenecemos.
Ya nuestros cuerpos son palmas de sus costas,
aferrados a indómitas raíces,
que no verá nunca partir
aunque retornen del mar las carabelas.

LETRA PROFUNDA

LO que escribí en el vientre de mi madre
ante la luz desaparece.
El sueño de mi letra antigua
tatuado en espera del mundo
se borró a la crecida del tiempo.
Colores, tactos, huellas
cayeron bajo túmulos de nieve.

Sólo murmullos a deshora
afloran hoy del fondo,
visiones en eclipse, indescifrables,
que envuelve el vaho de los espejos.

Mis ojos buscan en el aire
el espacio del alma en que flotaban
y se pierden detrás de su senda.
Lo que escribí en el vientre de mi madre
quizá no fue sino una flor
porque más hiere cuando desvanece.
Una flor viva que no tiene recuerdo.

NINGÚN AMOR CABE EN UN CUERPO SOLAMENTE

NINGÚN amor cabe en un cuerpo solamente,
aunque abarquen sus venas el tamaño del mundo;
siempre un deseo se queda fuera,
otro solloza pero falta.

Lo sabe el mar en su lamento solitario
y la tierra que busca los restos de su estatua;
no basta un solo cuerpo para albergar sus noches,
quedan estrellas fuera de la sangre.

Ningún amor cabe en un cuerpo solamente,
aunque el alma se aparte y ceda espacio
y el tiempo nos entregue la hora que retiene.
Dos manos no nos bastan para alcanzar la sombra;
dos ojos ven apenas pocas nubes
pero no saben dónde van, de dónde vienen,
qué país musical las une y las dispersa.
Ningún amor, ni el más huidizo, el más fugaz,
nace en un cuerpo que está solo;
ninguno cabe en el tamaño de su muerte.

Eugenio Montejo, Silvia y Emilio Adolfo Westphanen (Salamanca, 1991. Foto de Jacqueline Alencar)

VUELVE A TUS DIOSES PROFUNDOS

VUELVE a tus dioses profundos;
están intactos,
están al fondo con sus llamas esperando;
ningún soplo del tiempo los apaga.
Los silenciosos dioses prácticos
ocultos en la porosidad de las cosas.
Has rodado en el mundo más que ningún guijarro;
perdiste tu nombre, tu ciudad,
asido a visiones fragmentarias;
de tantas horas ¿qué retienes?
La música de ser es disonante
pero la vida continúa
y ciertos acordes prevalecen.
La tierra es redonda por deseo
de tanto gravitar;
la tierra redondeará todas las cosas
cada una a su término.
De tantos viajes por el mar,
de tantas noches al pie de tu lámpara,
sólo estas voces te circundan;
descifra en ellas el eco de tus dioses;
están intactos,
están cruzando mudos con sus ojos de peces
al fondo de tu sangre.

LA DURMIENTE

LA que amo duerme lejos, en otro país,
en otro mundo,
aunque su cuerpo al lado me acompaña.
Cierra los ojos y desaparece,
se va, la noche me la niega;
no hay aviones que lleguen adonde se dirige,
ninguna palabra me borra su silencio.
La que amo ya no se ve en el horizonte,
palpo sus manos, sus pies y no la alcanzo,
cruza la sombra y se me pierde…
Su cuerpo está conmigo pero dentro no hay nadie,
es una casa sola,
una casa olvidada, desierta;
y no obstante en el fondo, si me asomo,
una llama dorada titila
y nunca se apaga.

Dedicatoria de Eugenio Montejo a A. P. Alencart

LA ESTATUA DE PESSOA

                                                                                        A Rafael Cadenas

LA estatua de Pessoa nos pesa mucho,
hay que llevarla despacio.
Descansemos un poco aquí a la vuelta
mientras vienen más gentes en ayuda.
Tenemos tiempo de tomar un trago.

Son tantas sombras en un mismo cuerpo
y debemos subirlas a la cumbre del Chiado.
A cada paso se intercambian idiomas,
anteojos, sombreros, soledades.

Démosle vino ahora. Pessoa siempre bebía
en estos bares de borrosos espejos
que el Tajo cruza en un tranvía sonámbulo.
¿Por qué no va a beber su estatua?

Con todo el siglo dentro de sus huesos
vueltos ya piedras llenas de saudades,
casi nos dobla los hombros
bajo el silencio de su risa pagana.

No hay que apurarse. Llegaremos.
Lo que más cuesta no es la altura de su cuerpo
ni el largo abrigo que lo envuelve,
sino las horas del misterio
que se repliegan pétreas en el mármol.
Cuanto a diario soñó por estas calles
y desoñó y volvió a soñar y desoñar;
el tiempo refractado en voces y antivoces
y los horóscopos oscuros
que lo han cubierto como una gruesa pátina.
Alzar sólo su cuerpo sería fácil.
Aunque se embriague no pesa más que un pájaro.

Poetas participantes en la Cumbre Poética Iberoamericana (2005, Foto de Jacqueline Alencar)

MANOA

NO vi a Manoa, no hallé sus torres en el aire,
ningún indicio de sus piedras.
Seguí el cortejo de sombras ilusorias
que dibujan sus mapas.
Crucé el río de los tigres
y el hervor del silencio en los pantanos.
Nada vi parecido a Manoa
ni a su leyenda.

Anduve absorto detrás del arco iris
que se curva hacia el sur y no se alcanza.
Manoa no estaba allí, quedaba a leguas de esos mundos
—siempre más lejos.

Ya fatigado de buscarla me detengo,
¿qué me importa el hallazgo de sus torres?
Manoa no fue cantada como Troya
ni cayó en sitio
ni grabó sus paredes con hexámetros.
Manoa no es un lugar
sino un sentimiento.
A veces en un rostro, un paisaje, una calle
su sol de pronto resplandece.
Toda mujer que amamos se vuelve Manoa
sin darnos cuenta.
Manoa es la otra luz del horizonte,
quien sueña puede divisarla, va en camino,
pero quien ama ya llegó, ya vive en ella.

AMANTES

SE amaban. No estaban solos en la tierra;
tenían la noche, sus vísperas azules,
sus celajes.

Vivían uno en el otro, se palpaban
como dos pétalos no abiertos en el fondo
de alguna flor del aire.

Se amaban. No estaban solos a la orilla
de su primera noche.
Y era la tierra la que se amaba en ellos,
el oro nocturno de sus vueltas,
la galaxia.

Ya no tendrían dos muertes. No iban a separarse.
Desnudos, asombrados, sus cuerpos se tendían
como hileras de luces en un largo aeropuerto
donde algo iba a llegar desde muy lejos,
no demasiado tarde.

Eugenio Montejo por Miguel Elías (2005)

ORFEO

ORFEO, lo que de él queda (si queda),
lo que aún puede cantar en la tierra,
¿a qué piedra, a cuál animal enternece?
Orfeo en la noche, en esta noche
(su lira, su grabador, su casete),
¿para quién mira, ausculta las estrellas?
Orfeo, lo que en él sueña (si sueña),
la palabra de tanto destino,
¿quién la recibe ahora de rodillas?

Solo, con su perfil en mármol, pasa
por nuestro siglo tronchado y derruido
bajo la estatua rota de una fábula.
Viene a cantar (si canta) a nuestra puerta,
ante todas las puertas. Aquí se queda,
aquí planta su casa y paga su condena
porque nosotros somos el Infierno.

Eugenio, Álvaro, Jacqueline, María Eugenia, Carmen, Pedro, Carlos P. Ariza y Carlos Contramaestre (foto de A. P. Alencart en el Colegio Fonseca de la Universidad de Salamanca)

ADIÓS AL SIGLO XX

                                                       A Álvaro Mutis

CRUZO la calle Marx, la calle Freud;
ando por una orilla de este siglo,
despacio, insomne, caviloso,
espía ad honorem de algún reino gótico,
recogiendo vocales caídas, pequeños guijarros
tatuados de rumor infinito.
La línea de Mondrian frente a mis ojos
va cortando la noche en sombras rectas
ahora que ya no cabe más soledad
en las paredes de vidrio.
Cruzo la calle Mao, la calle Stalin;
miro el instante donde muere un milenio
y otro despunta su terrestre dominio.
Mi siglo vertical y lleno de teorías…
Mi siglo con sus guerras, sus posguerras
y su tambor de Hitler allá lejos,
entre sangre y abismo.
Prosigo entre las piedras de los viejos suburbios
por un trago, por un poco de jazz,
contemplando los dioses que duermen disueltos
en el serrín de los bares,
mientras descifro sus nombres al paso
y sigo mi camino.

José Mármol (Rep. Dominicana), A. P. Alencart (Perú-España), Eugenio Montejo (Venezuela) y César López (Cuba). Foto de Jacqueline Alencar.

CANCIÓN

CADA cuerpo con su deseo
y el mar al frente.
Cada lecho con su naufragio
y los barcos al horizonte.

Estoy cantando la vieja canción
que no tiene palabras.
Cada cuerpo junto a otro cuerpo,
cada espejo temblando en la sombra
y las nubes errantes.

Estoy tocando la antigua guitarra
con que los amantes se duermen.
Cada ventana en sus helechos,
cada cuerpo desnudo en su noche
y el mar al fondo, inalcanzable.

Dedicatoria de Eugenio Montejo

ALFABETO DEL MUNDO

EN vano me demoro deletreando
el alfabeto del mundo.
Leo en las piedras un oscuro sollozo,
ecos ahogados en torres y edificios,
indago la tierra por el tacto
llena de ríos, paisajes y colores,
pero al copiarlos siempre me equivoco.
Necesito escribir ciñéndome a una raya
sobre el libro del horizonte.
Dibujar el milagro de esos días
que flotan envueltos en la luz
y se desprenden en cantos de pájaros.
Cuando en la calle los hombres que deambulan
de su rencor a su fatiga, cavilando,
se me revelan más que nunca inocentes.
Cuando el tahúr, el pícaro, la adúltera,
los mártires del oro o del amor
son sólo signos que no he leído bien,
que  no logro anotar en mi cuaderno.
Cuánto quisiera al menos un instante
que esta plana febril de poesía
grabe en su transparencia cada letra:
la o del ladrón, la t del santo,
el gótico diptongo del cuerpo y su deseo,
con la misma escritura del mar en las arenas,
la misma cósmica piedad
que la vida despliega ante mis ojos.

Algunos poetas, autoridades y organizadores (foto de Jacqueline Alencar)

VIDAMAGIA

TRÁENOS el mar de ayer que nunca miente,
sin derramar ni una gota de sus olas.
Doblado cabe en esta alcoba el horizonte
junto a las nubes que siempre lo despliegan.
Basta un velero al fondo, un solo grito
de la gaviota más salvaje.
Tira las islas por la ventana.

Trae a la niña rubia que en la arena
jugaba con nosotros. No importa que su cuerpo
nada retenga del júbilo inocente.
Que venga con su tedio, su adulterio,
y el recado del último analista.
Algo podrá salvar si se zambulle
desnuda entre las aguas.

Y no olvides el tren contento de echar humo
que llevó a Juan una mañana al puerto
en la época de Lindbergh.
-¡Trae el avión de Lindbergh!
Ante el azul no existe el tiempo ni la muerte
y en nuestro espejo cabe siempre otro mar
mucho más grande, oleando a su deseo.
Que todo vuelva entre las rocas y palmeras
de nuestro viejo mar que nunca miente.
Tira tu sombra por la ventana.

Pedro Shimose (Bolivia) y Eugenio Montejo (Salamanca, 1991. Foto de Jacqueline Alencar)

ESCRITURA

ALGUNA vez escribiré con piedras,
midiendo cada una de mis frases
por su peso, volumen, movimiento.
Estoy cansado de palabras.

No más lápiz: andamios, teodolitos,
la desnudez solar del sentimiento
tatuando en lo profundo de las rocas
su música secreta.

Dibujaré con líneas de guijarros
mi nombre, la historia de mi casa
y la memoria de aquel río
que va pasando siempre y se demora
entre mis venas como sabio arquitecto.

Con piedra viva escribiré mi canto
en arcos, puentes, dólmenes, columnas,
frente a la soledad del horizonte,
como un mapa que se abra ante los ojos
de los viajeros que no regresan nunca.

LO NUESTRO

Tuyo es el tiempo cuando tu cuerpo pasa
con el temblor del mundo,
el tiempo, no tu cuerpo.
Tu cuerpo estaba aquí, tendido al sol, soñando,
se despertó contigo una mañana
cuando quiso la tierra.

Tuyo es el tacto de las manos, no las manos;
la luz llenándote los ojos, no los ojos;
acaso un árbol, un pájaro que mires,
lo demás es ajeno.
Cuanto la tierra presta aquí se queda,
es de la tierra.

Sólo trajimos el tiempo de estar vivos
entre el relámpago y el viento;
el tiempo en que tu cuerpo gira con el mundo,
el hoy, el grito delante del milagro;
la llama que arde con la vela, no la vela,
la nada de donde todo se suspende,
—eso es lo nuestro.

LA TIERRA GIRÓ PARA ACERCARNOS

La tierra giró para acercarnos,
giró sobre sí misma y en nosotros,
hasta juntarnos por fin en este sueño,
como fue escrito en el Simposio.
Pasaron noches, nieves y solsticios;
pasó el tiempo en minutos y milenios.
Una carreta que iba para Nínive
llegó a Nebraska.
Un gallo cantó lejos del mundo,
en la previda a menos mil de nuestros padres.
La tierra giró musicalmente
llevándonos a bordo;
no cesó de girar un solo instante,
como si tanto amor, tanto milagro
sólo fuera un adagio hace mucho ya escrito
entre las partituras del Simposio.

Alencart y Montejo (Caracas, 1995. Foto de Enrique Hernández D’Jesús)

Foto de cabecera: Eugenio Montejo, Jacqueline Alencar, A. P. Alencart, Pompeyo del Valle y Raúl Zurita (Salamanca, 2005)



3 thoughts on “Eugenio Montejo: ‘Terredad’ y otros poemas leídos en Salamanca”

  • Antonio Torres 23/08/2021 at 9:15 pm

    Madre mía, qué impresionante cantidad de excelentes poemas! Al tiempo que se empieza a ler cada poema es como si se mezclara con el aire para luego anegar la sangre, haciendo que la memoria reconozca los sentimientos que fluctúan en sus venas y seamos uno con él.
    Magnífico! Gracias, Maestro Alfredo Pérez Alencart, por traer!

    Responder
  • julio collado 24/08/2021 at 9:45 pm

    La tierra giró para acercarnos,
    giró sobre sí misma y en nosotros,
    hasta juntarnos por fin en este sueño,
    como fue escrito en el Simposio…

    ¿Se puede decir más con tan pocas y esenciales palabras? Este modo de estar y de ser en el mundo es lo que necesitamos; es un grito de vida verdadera…
    Gracias por estos poemas tan enraizados…

    Responder
  • Francisco Pinzón Bedoya 04/09/2021 at 12:25 am

    No me canso de leer a Montejo porque es la voz y la espada en la noche en que la poesía se revindica en su letra.

    Responder

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