Nuno Júdice

Poemas del portugués Nuno Júdice, traducidos por A. P. Alencart

Tiberíades tiene el privilegio de publicar estos poemas del destacado poeta poertugué, a quien A. P. Alencart tradujo, en 2007.

Nuno Júdice (Mexilhoeira Grande, Portimão, 1949). Poeta, ensayista, dramaturgo, novelista y profesor en la Universidad Nueva de Lisboa. En París fue consejero cultural de la Embajada de Portugal y director del Instituto Camões. Tiene libros publicados en España, Inglaterra, Venezuela, Francia e Italia. Ha recibido el Premio PEN Club (1985), el D. Dinis de la Fundación Casa de Mateus (1990), el Premio de la Asociación Portuguesa de Escritores (1994), el Pablo Neruda, el Premio de la Crítica (2000), el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2013) o el Guerra Junqueiro y el Rosalía de Castro (2018), entre otros. Entre sus poemarios están: A Noção do Poema (1972); Crítica Doméstica dos Paralelipípedos (1973); O Mecanismo Romântico da Fragmentação (1975); A Partilha dos Mitos (1982); Lira de Líquen (1985); A Condescendência do Ser (1988); Enumeração de Sombras (1989); As Regras da Perspectiva (1990); Um Canto na Espessura do Tempo (1992); O Movimento do Mundo (1996); A Fonte da Vida (1997); Teoria Geral do Sentimento (1999); Linhas de Água (2000); A Árvore dos Milagres (2000); Cartografia de Emoções (2002); O Estado dos Campos (2003); Geometria variável (2005); As coisas mais simples (2006); A Matéria do Poema (2008); O Breve Sentimento do Eterno (2008), Guia de Conceitos Básicos (2010), Navegação de Acaso (2013) y O Fruto da Gramática (2014), entre otros

 

Portada de Dichosa Saudade, antología de poetas portugueses seleccionada y traducida por A. P. Alencart

 

ENCANTAMIENTO

Vi a las mujeres
azules del equinoccio
volar como pájaros ciegos; y sus cuerpos
sin alas sumergirse, lentamente, en los lagos
volcánicos. Sus labios vomitaban el fuego
que traían de una infancia de magma
calcinado. El agua quedaba negra, a su retorno;
y las ramas de las plantas sumergidas por las lluvias
primaverales las abrazaban, empujándolas en un
estertor de imágenes. Las tapé con un cobertor
de versos; las extendí en la gruesa arena
de la orilla, viendo a las cobras de agua huyendo
entre los cañaverales. Les observé
el sexo por donde escurría el líquido blanco
de un inicio. Les pude decir que las amaba,
abrazándolas, como si estuviesen vivas; y
oí un susurrar de niños por entre
los arbustos, repitiéndome las frases con una
entonación de risa. ¿Dónde están esas mujeres?
¿En qué lecho del río duermen sus cuerpos,
que mis dedos buscan con un gesto
vago de inquietud? Navego contra la corriente;
busco la fuente, el silencio frío de una génesis.

Nuno Júdice el 1 de mayo de 1974

PRINCIPIOS

Podríamos saber algo más
de la muerte. Pero no sería eso lo que nos haría
tener voluntad de morir más
deprisa.

Podríamos saber un poco más
de la vida. Tal vez  no precisaremos de vivir
tanto, cuando sólo lo que es necesario es saber
que tenemos que vivir.

Podríamos saber un poco más
del amor. Pero no sería eso lo que nos haría dejar
de amar o saber exactamente lo que es el amor, o
amar más aún al descubrir que, asimismo, nada
sabemos del amor.

CARPE DIEM

¿Confías en el incierto mañana? Entregas
a la sombra del azar la respuesta inaplazable?
Aceptad que la diurna inquietud del alma
sustituya la pura alegría de un cuerpo
que te exige el placer? Se escapan, por entre los dedos,
los instantes; y en los labios de esa que amaste
muere un final de frase, dejando la duda
definitiva. Un nombre inútil persigue tu memoria
para que lo robes al sueño de los sentidos. No obstante,
ningún rostro le da la forma que desearías;
y abrazas a la propia figura del vacío. Entonces,
¿por qué esperas para salir al encuentro de la vida,
del soplo caliente de la primavera, de las márgenes
visibles de lo humano? “No”, dices, “¡nada me obligará
a la renuncia de mí mismo — ni ese mirar
que me ofrece el lecho profundo de su imagen!”
Loco, ignora que el destino, a veces,
se confunde con la brevedad del verso.

ME GUSTAN LAS MUJERES QUE ENVEJECEN

Me gustan las
mujeres que envejecen,
con la rapidez de sus arrugas, los cabellos
caídos por los hombros negros del vestido,
la mirada que se pierde en la tristeza
de los reposteros. Esas mujeres se sientan
en las esquinas de las salas, miran hacia fuera,
hacia el atrio que no veo, de donde estoy,
felizmente adiviné ahí la presencia de
otras mujeres, sentadas en los bancos
de madera, hojeando revistas
baratas. Las mujeres que envejecen
sienten que las miro, que admiro sus gestos
lentos, que amo el trabajo subterráneo
del tiempo en sus senos. Por eso esperan
que el día corra en esta sala sin luz,
evitan salir a la calle, y dicen bajo,
a veces, esa elegía que sólo sus labios
pueden cantar.

NAVIDAD

Me recuesto a la sombra del árbol sin sombra – el árbol
cuyas raíces nacen de la infancia – y es navidad, y
nunca más llega la medianoche
de esa noche sin fin. Rezo por las
más oscuras incertidumbres, por las almas
que vacilan en las encrucijadas, por los vagabundos que
esperan la medianoche para sentarse a la puerta de la iglesia,
en la única noche en que tienen dónde sentarse. Aprendí
con ellos el destino de los pasos humanos, la ausencia
de dios en los caminos del mundo, el silencio
del cielo en las noches sin luna. Jugué con sus cartas
mientras la misa no terminaba, aprovechando
el calor que salía por la puerta de la iglesia, y oyendo el refrán
de los muertos en el cementerio del atrio. Acepté
sus trampas – por esas almas que nos oían
en cuanto el juego cambiaba de compañeros. Pagué
el dinero que me exigían a la entrada, para que
no tuviese que acompañarlos en la nave del tiempo; y
los vi haciéndome adiós, antes que el olvido
los vistiese de oscuridad.
Y cuento, ahora, las bolas doradas que adornan
el árbol – sin nunca llegar al fin. Las cuento, mientras tanto,
cuando las voy cogiendo, como si fuese el tiempo de los
frutos. Una a una, esas bolas se amontonan en mi memoria,
dando un rostro a cada uno de esos que tocaban
a la puerta de la noche, pidiendo el pan que sobrara de navidad. Los oigo
tocando, ahora, a la puerta del poema; distribuyo por ellos
cada una de estas palabras, para que las lleven consigo – y
ellos me dejen el polvo, la cera de velas consumidas hasta el fin
de su eternidad, el refrán de los muertos en respuesta
al latín del sacerdote. Les pregunto el camino para ese
atrio de la infancia; les pido que me devuelvan la moneda que
les presté para que pagaran al barquero. Desaparecen,
uno a uno, sin decirme nada.
¡Recen por mí!, les digo. Y ellos no me oyen,
como si su destino fuese el de la sombra de este árbol
sin sombra, de raíces en la infancia, cuyos frutos cuento,
uno a uno, mientras espero la medianoche.

EL AMOR, UN DEBER DE PASO

Fui envenado por el dolor oscuro del Futuro.
Ya sabía yo que algo se preparaba contra mi cuerpo.
Ahora me retuerzo de agonía
en los versos de este poema.
Esta es la tierra antaño fértil que mis dedos desgarran.
Mis labios están hechos de esta tierra,
son lama caliente.
Voy a irme por tu rostro hacia lo lejano.
Mi hambre es haberte mirado
y estar ciego. Ahora sé que te abres para el fuego
del relámpago.
Tengo la convicción de los temporales.
Ya no sé ni lo que digo ni lo que eso importa. Guía
de mis cabellos rasos, de la melancolía,
de la efímera vida de los gestos.
en ese día fui mejor actos que mi sinceridad.

La cicatriz me enerva el estómago.
Corte de mañana las puntas de los dedos peroya sé que
Ellas crecerán de nuevo para proteger las uñas.
Tal vez la vida sea extraña,
tal vez la vida sea sencilla,
tal vez la vida sea otra vida.

La línea blanca de la Belleza es mi actitud que se transforma.
La violencia del sueño sube
sobre mi conocimiento.

Dondequiera fui un horizonte en la separación de los párpados.

EMIGRACIÓN

Como una nieve antigua en las avenidas de la imagen, desciendo
hasta el lago. Arrastro las memorias que ningún cielo me dejó; y
las echo hacia el paseo, donde tal vez esperen que un deshielo
primaveral las restituya a la vida presente.

A la orilla del lago, en un bar, frente a la explanada
de sillas apiladas, veo la otra orilla: montañas
de cumbres escondidas por las nubes, laderas blancas, de
donde a veces despuntan bosques y peñascos.

Batiendo el café con la cucharilla de plástico, oigo
la música en la sinfonola y pregunto a la empleada de dónde viene:
una aldea del norte, – un lugar por donde pasé, en coche, sin siquiera
preocuparme en visitar la iglesia.

Fue donde me casé, me dice, sin aclarar
donde se divorciara (de hecho, no vi que usase alianza
ni tenía el aire de quien mantiene hábitos conyugales). Una iglesia
es siempre una buena referencia, le respondí.

Le dejé algún poco de propina, al salir
hasta la orilla del lago. Después, pisé la nieve que resistía en las aceras: para
que las memorias que allí dejara desapareciesen. Tal vez la empleada
me haya enseñado que el pasado es inútil o,

al menos, que a la música de una sinfonola puede,
perfectamente, sobrevivir un canto de iglesia, en una aldea del centro,
cuando se descubre un punto común entre dos personas, más
allá de ese encuentro solitario con vistas al lago.

EL POETA

Trabaja ahora en la importación
y exportación. Importa
metáforas, exporta alegorías.
Podría ser un trabajador
por cuenta propia,
uno de esos que rellena
cuadernos de hoja azul con
números
de debe y haber. De hecho, lo que
debe son palabras; y lo que tiene
es ese vacío de frases que le
sucede cuando se apoya
a los cristales, en invierno, y la lluvia cae
del otro lado. Entonces, piensa
que podría importar el sol
y exportar las nubes.
Podría ser
un trabajador del tiempo. Pero,
en cierto modo, su
práctica se confunde con la de un
escultor del movimiento. Hiere,
con la piedra del instante, lo que
pasa camino
de la eternidad;
suspende el gesto que sueña el cielo;
y fija, en la dureza de la noche,
el batir de las alas, lo azul, la sabia
interrupción de la muerte.

SIGUE TU DESTINO

Sigue tu destino,
riega tus plantas,
ama tus rosas.
El resto es la sombra
de árboles ajenos.
La realidad
siempre es más o menos
lo que nosotros queremos.
Sólo nosotros somos siempre
iguales a nosotros mismos.
Grato es vivir
sólo.
Grande y noble es siempre
vivir sencillamente.
Deja el dolor en los altares
como exvoto a los dioses.
Mira de lejos
la vida.
Nunca la interrogues.
Ella nada puede
decirte. La respuesta
está más allá de los dioses.
Pero serenamente
imita el Olimpo
en tu corazón .
Los dioses son dioses
porque no se piensan.

ARTE POÉTICA

Con cita de Holderlin

El poema lírico
nació de un rosal. No
digo que fuese la rosa de arriba, aquella que todos
miran, primero que todo, pensando
en cortarla para llevársela consigo. Es
esa rosa ni blanca ni roja, la rosa pálida,
vestida con la sustancia de la tierra:
la que toma el color de los ojos de quien la sujeta, por
casualidad, y la agarra como si tuviese
manos abstraídas por dentro de sus hojas.

Cogí ese poema. Lo metí dentro del agua,
como la rosa, para que flotase a lo largo de un río
de versos. Y su cuerpo, desnudo como el de esa mujer
que amé en un sueño oscuro, bebió la savia
de los lagos, las venas subterráneas de las humedades
ancestrales, y se abrió como el vientre de la
propia flor. Llevó tras de sí mis ojos,
en un barco tan profundo como su propia
muerte.

Abracé ese poema. Lo extendí en la arena
de las orillas, cubriendo su desnudez con las ramas
de arbustos fluviales. Arranqué los capullos
que nacían de sus senos, bebiendo su color
verde como los charcos tupidos del otoño. Le pedí
que me hablase, como si sólo él supiese todavía
las últimas palabras del amor.

(Metáfora continua de un único sentimiento).

Nuno Júdice., Sophia de Mello y Al Berto

ELEGÍA

Ni los
días largos me separan de tu imagen.
La abro en el espejo de un cielo monótono, o
dejo que la tarde la prolongue en el tedio de los
horizontes. El perfil ceniciento de la montaña,
hacia el norte, y la línea azul del mar, al sur,
le dan el marco cuyo centro se desvanece
cuando, al decir tu nombre, la realidad del
sonido apaga la ilusión de un rostro. Entonces deseo
el silencio para que de él puedas renacer,
sombra, y de esa presencia pueda separar
tu memoria.

Nuno Júdice, Pepetela y Manuel Alegre



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