Carmen Prada Alonso

Carmen Prada Alonso, ‘Regreso a Sarón’ y otros poemas

Tiberíades tiene la satisfacción de difundir algunos poemas del último libro de Carmen Prada Alonso, ‘Así, Madre’ (Nueva Graficesa, Salamanca, 2021, con ilustración de cubierta de Lilí Diego Prada). Ha participado en varias ediciones de los reconocidos Encuentros de Poetas Iberoamericanos; también en la reciente XXIV Edición dedicada a homenajear a Antonio Colinas.

REGRESO A SARÓN

Añoraba las caricias
de la espuma entre mis dedos,
y aquella querencia de las rocas
que se adherían a mis pisadas,
la arena que tatuaba mis pies,
y la isla de los dioses
hacia la que remaban mis sueños.
Añoraba mis pensamientos,
sutiles como las mareas,
blancos y cálidos, como la leche
recién salida de la ubre generosa.
Añoraba el reto de mi cara
al sol del amanecer,
y aquel azul que hice mío
para embozarlo en mis ojos
entonces inocentes.
Y salí de la cueva arrugada
que me había atrapado,
y que cambió a jalde
el rosado de mis párpados rotos
en el tiempo perdido.
Volví, anhelante,
en un atardecer de olor a algas,
alzando esperanzada
mi vuelo ceniciento.
Solo había sido mía la ausencia,
el hechizo continuaba inamovible.
Batieron sus plumas las olas,
como el perro que retorna a su amo,
girando caracolas en el aire,
lamiendo mis sequedades.
Se levantaron las brisas
haciéndome corro
de alocados juegos.
Oraron mis ojos,
enmistecidos en el brotar de mis lágrimas.
Y la luna veló mis heridas
con miradas de sal.

INSTANTE MÍSTICO

Respiro cipreses
y tañires de campanas, mientras la piedra
calienta mi carne.
Me dejo mirar sin pudor
por los ojos amarillos
que lo ven todo,
escondidos bajo las coronillas
que los beatifican.
Siento en mis dedos jugar
alientos de siglos
que ya no son,
que sucumbieron atrapados
en muertes y ferias.
Me aroma el incienso del silencio
que se desmaya sobre mi piel,
y me unto avariciosa
en los óleos que manan
del momento sublime.
Detengo la diáspora
del chorro mutilado
de mis esperanzas,
y acaricio las crines sedosas
del instante que ansío perpetuo,
burlándome de las sombras
que, durante segundos,
he alejado de mí,
con la osadía de una victoria
que sé, efímera.

BAJO EL SOL DE CASTILLA

Arden los mármoles de los sepulcros
bajo el sol de Castilla,
y los cipreses se cobijan
en sus sombras afiladas,
susurrando brisas
que atemperan el pensamiento.
Hay una trashumancia de luz
que busca el pasto de los ojos
semicerrados en la siesta de las esperas.
Hontanar de silencios rotos
por los sollozos de las añoranzas,
a las que los siglos no dan tregua.
Las ermitas, avejentadas, desguarnecidas,
huelen a incienso de romería,
a toquillas negras,
a boinas pegadas al sudor de los campos,
a prodigios ensalzados
por las bocas desdentadas.
El entrecortado zumbido de los insectos
descose, en su hastiado ulular,
las quietudes del aire
entretejido de misterios y leyendas.
El río avanza despacio,
con el secreto medroso
de las ánimas errantes,
bostezando espejos plateados
que reflejan el azul insistente del cielo.
Es la vieja Castilla,
a la que no logran embozar
los húmedos geranios embalconados,
ni los encajes de los majestuosos altares,
ni el canto insensato
de los jilgueros cautivos.
En el difuminado horizonte,
lejano, muy lejano,
el sol se va ocultando
en los senos de la montaña imaginada
que pone frontera
a las agrietadas oraciones.

 

Paisaje de Castilla, de José Carralero

EL HOMBRE

Reposa la simiente en la tierra
y se encienden las hogueras
bajo la mano del Sabio.
Se han oxidado las cadenas
que envolvían a la Razón
y la Justicia recorre
el paraíso conquistado.
Está el cielo en brasas,
queda inventado el Tiempo nuevo.
Detrás del ojo que eterniza
termina la bifurcación de los senderos.
Vuelve la Palabra
que traerá la armonía,
el equilibrio, la sensatez.
La Osadía queda desterrada
a las inhóspitas montañas
donde la luz se oscureció para siempre.
Los cauces embravecidos
aplastan el Silencio de las bocas.
Se preñan las lágrimas
en el horizonte de la Victoria
y el bosque se abre
descubriendo los lechos perdidos.
Anida en el Hombre
el embrión de los alboreceres
y en las grietas del abismo
asoma el día venturoso.
En el sueño de lo ingénito
agonizan las dudas
y el aliento del revivido
enaltece los susurros del Alma.
Caen los harapos
que enmudecen las campanas
y en la vencida sumisión
se abren los caminos de la Esperanza
Renacen los plazos del Hombre.

 

Hombre ante el Universo, pintura de Miguel Elías

AMAINA, CORZA

(A mi hija Lilí)

Amaina, corza, tus temblores
y ceda la negrura que el espanto hostiga
en tus ojos inocentes.
Reposa tus trémulas manos
en el algodón de la brisa arrulladora
y contén los trepidantes latidos
de tu corazón azarado.
Amaina, corza, tus galernas
en el hálito de la palabra venerada,
percibe el soplo del ángel,
deja que tu boca agostada
se colme del agua resucitadora,
y tu sudorosa corteza
remanse en el pacer de la hierba consagrada.
Amaina, corza, tu dolor, tu ira,
y enrédate en las cuentas
del acebo brotado sobre los guijarros del desaliento.
Quiebra la celosía que enclaustra tus clareceres, rasga el tul,
y escupe la pez que ennegrece tus adentros.
No más barros rotos de aberturas perpetuas,
no más torrentes túrbidos,
no más árboles renegridos por el ímpetu traidor.
Déjate guiar al vergel
donde tus dientes retomen
el rumiar de los blandos brotes,
donde fulgure en tus ojos el destello anaranjado,
y donde tus celosas orejas arrullen
el meloso silbido de las alas de las mariposas.
Llénate del aura clemente,
aquélla en la que, ansiosa,
tragabas la leche de la vida
bajo el vientre cálido del sueño albar.
Amaina, corza, el clamor de tu abandono,
y retiñe tus andares
en el dócil blancor de la laguna libertadora.

(*) Primer premio María Fuentetaja El Escorial 2014

A SALAMANCA

Ha llegado la noche,
viene brillando,
libélulas de plata
está sembrando.
Mientras, la tuna
rompe con sus canciones
chorros de luna.
Cantan doradas piedras
hilos de cuento
y perfiles de historia
rozan el viento.
Rasgan sus almas
en rejas de clausura
mil y un fantasmas.
Cinco viejos relojes
tocan a brujas
señalando el camino
con sus agujas.
Los adoquines
rugen glorias pasadas
bajo chapines.
Viejas enredaderas
visten los muros
susurrando rosarios
de ojos oscuros.
Sueltan sus riendas
invisibles caballos
de las leyendas.
Duermen pesado bronce
los campanarios
mientras la bruma teje
finos sudarios.
Piedras bordadas
clavan burlas al tiempo
con sus miradas.
Iluminan callejas
negros faroles
salpicando en el aire
blancos charoles.
Llora la muerte,
que no mata el embrujo
de vida inerte
Baila la Plaza el corro
de medallones
y a mirar vienen siglos
por sus balcones.
Allá, en el río,
bañan las catedrales
su recio brío.
Rosaleda de hechizos
que al aire arranca
el oro de tus piedras,
¡ay, Salamanca!,
que no hay poeta
que no sangre su pluma
con tu saeta.

Salamanca, pintura de Miguel Elías

Carmen Prada Alonso nacida en Zamora y residente en Salamanca desde los 18 años. Licenciada en turismo. Su obra literaria se compone de poesía, novela, relatos, cuentos didácticos, cuentos de Navidad y artículos periodísticos. Pertenece al grupo poético Homero, es tertuliana de Papeles del Martes de San Esteban y colabora en numerosos recitales de poesía. Publicaciones: “Darío y el arco iris” (cuento infantil, dos ediciones.), “La Fiscala” (novela, dos ediciones). Participación en numerosas Antologías. Premios: Primeros premios:Juan Machaca, María Fuentetaja El Escorial, San Valentín Asociación Tierno Galván, La FraguaDel Trovador, Museo Casa Lys, Memorial Fuencisla, Viejo Castillo, Cuentos de Navidad Ciudad de Béjar dos convocatorias. Finalista: Umbral de Poesía de Valladolid, Treciembre, Poesía PilarFernández Labrador, Poesía Taci de Torrelodones, Narrativa Taci de Torrelodones, Peñaranda de Bracamonte 2009.

 

Imagen de cabecera: Carmen Prada Alonso leyendo en uno de los Encuentros de Poetas Iberoamericanos (foto de Jacqueline Alencar)




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