Poemas de

Augusto Roa Bastos: ‘Los hombres’ y otros poemas, seleccionados por Alfredo Pérez Alencart

Un día como hoy, pero de 1917, nació el notable escritor paraguayo Augusto Roa Bastos. Muy conocido como novelista, pocos saben de sus inicios como poeta, con ‘El ruiseñor de la aurora, y otros poemas’ (1942). Posteriormente publicó ‘El naranjal ardiente, nocturno paraguayo’ (1960), con poemas escritos entre 1947 y 1949.  Aquí una selección de sus poemas, realizada por el poeta Alfredo Pérez Alencart


Los hombres

Tan tierra son los hombres de mi tierra
que ya parece que estuvieran muertos,
por afuera dormidos y despiertos,
por dentro con el sueño de la guerra.

Tan tierra son que son ellos la tierra
andando con los huesos de sus muertos,
y no hay semblantes, años ni desiertos
que no muestren el paso de la guerra.

De florecer antiguas cicatrices
tienen la piel arada y su barbecho
alumbran desde el fondo las raíces.

Tan hombres son los hombres de mi tierra
que en el color sangriento de su pecho
la paz florida brota de su guerra.

Camino

Donde acaba la raíz comienza el viento,
comienza el caminante su ostracismo,
rompe el terrón su tenue paroxismo
y se apaga en las manos, ceniciento.

Con labios, no con pies, ando un violento
paisaje como sombra de mí mismo
dejando un silencioso cataclismo
en cada piedra, en cada pensamiento.

Pie de jaguar y corazón de garza,
cielo enterrado a golpes de raíces
en el ala de arena que lo engarza.

Voy caminando y siento en las matrices
del tiempo arder mi ida como zarza,
y hasta en mi aliento encuentro cicatrices.

Luis Rosales, Augusto Roa Bastos, Milda Rivarola, Alfredo P. Alencart y Jacqueline Alencar, durante un curso de verano en El Escorial (1988)

Vértigo

Llama en el aire ciego.
Luz en la altura, sombra en el vacío.
Brizna incendiada, brizna temblorosa
sobre el abismo.

 …¿Quién te sustenta a ti, carne alanceada,
corazón de rocío,
crucificada en los maderos altos
de tu nocturno grito?

 La mano del abismo.
¿Sobre qué alas tu voz, tu voz que ya semeja
cilicio del sonido,
lleva entre el viento oscuro de la vida
su perfume de nido,
su congoja hechizada,
su hechizado gemido?

 Las alas del abismo te sostienen,
las negras alas del abismo.
Y tu frente, ¿en qué nube
reposa, en qué tañido
de campanas de niebla, peregrinas,
sostienes tu latido?

 Sobre la lengua del abismo,
nube y campana oscura de Dios mismo.

 Cierro los ojos.
Escúchote a lo lejos. Te diviso
detrás de las colinas transparentes
que el tiempo alza en los valles del olvido,
y estás allí dormida
sobre el heno dorado de Dios mismo;
luna el pan de tu cuerpo entre las manos
de un ángel pensativo,
desencarnada y llama pura ardiendo,
guiño de sol, llama del viento peregrino
que te arrancó en su música
del flanco del abismo
y te llevó en la música a Dios mismo.


Si alguna vez

Si alguna vez quisieras hablarme, yo estaría
con mi ser aquietado más que un agua nocturna
para la ondulación de tus palabras.

Estaría en la noche sintiendo cómo el roce
de tu voz sobre el alma del silencio me nombra,
¡y yo sin saber dónde arrodillarme…!

 Vértebras de caricias reanimarán mis horas.
Palabras con sus bordes tatuados de ternura,
y entre un presagio y un temor, tú misma.

 Háblame. Mírame. Tus voces, tu mirada,
desarmarán mis párpados y mi arteria de sombras,
y en ámbitos de un hielo estupefacto,
por liturgia del fuego, mi rosa envenenada.
Será otra vez la lumbre de un corazón más joven.

(1942)

Ciega…

¡Me estremece pensar que tu pupila
girando en torno su mirada triste
ya no ve como ayer la luz tranquila
del día que se va; que ya no existe
el placer para ti de verlo todo,
desde el cielo hasta el lodo;
el iris en las flores,
el vuelo de la garza enamorada,
la acuarela viviente del paisaje,
el rubor de la luz en la alborada
con su tibia cascada de colores
temblando en las guirnaldas del boscaje…!

¡Ciega…! Una venda obscura
medrosa como un ala de vampiro
cayó sobre tus ojos,
y un suspiro
brotó como gemido de amargura
del fondo de tu almita anochecida
apenas en el alba de la vida.

Hoy me miras sin verme;
y tus claras pupilas azoradas
al fijarse distantes se parecen
a dos estrellas que perdiendo el rumbo
quedaron apagadas
en mitad de la noche.

Acaso sólo escucharás la vida
como el ligero tumbo
de las olas de mar desconocida
que vienen a morir con beso suave
de murmullos y espumas
en tu playa de brumas.

¡Ciega, mi bien, y la pesada llave
de tu prisión en manos de la suerte,
señora de la vida y de la muerte…!

Sobre el bruñido lago de la tarde,
el sol se va y en sus reflejos arde
un último destello de esperanza;
vierte su rayo en tu pupila ciega
que mira como ayer, serena y mansa.

Hay un sol que se va y otro que llega…

Óyeme desde lejos

… Y no me esperes, corazón. Olvida
la morosa costumbre del camino
que a los rosales ígneos de la noche,
con brújula de cantos nos llevaba…

 Ya escucho cómo crece
la soledad y el río,
y el páramo que llora
con aterida música de pájaros
muertos antes del alba.

 De nada le valió que sobre el trémulo
laberinto de mis venas azules
como un grito rebelde, tan solo grito,
se encendiera tu nombre.

 Rodó en la espuma el grito ensangrentado
y el viento herido se alejó llorando.

 ¡Cómo sube la niebla
por los delgados hilos de mi sangre!

 Pronto serán mis labios
una humedad remota de palabras,
y mis ojos carbonos de silencio,
y mis brazos dos llamas amarillas
que abrazaran canciones disecadas
con ceniza de olvido…

 Óyeme desde lejos;
y que mi voz se apague poco a poco,
y se disipe al fin como esa brizna
conque el humo se acaba cuando el fuego
le van tirando tierra…

 Sigue tú sola. Y si la noche es clara
y si es delgado el aire
y no lo empañan tumbas de suspiros,
ni lo humedecen las lágrimas,
ni lo impregnan aromas mortuorios,
sobre el pulido canto del sendero.
Junto a la sombra del perfil nevado
que de tu cuerpo esculpirá la luna,
florecerá otra vez mi sombra ausente.

 Y en los rosales ígneos de la noche,
con el Sur en tinieblas
y el Norte envuelto en estelaria llama
oscilará la brújula del canto
con nuevo ritmo, y se abrirá hacia el alba
para ti y mi recuerdo
la luz de un horizonte innumerable.

Destino

Cada uno cría su íntimo cuervo
en las entrañas de los ojos
así alguno que otro al final
puede contemplar el lado oculto
de las cosas

cada uno lleva pegado
a la sed inmemorial de los labios
el trémulo colibrí
de la materia alma
su río de rocío inagotable

cada uno está hecho de tierra
de agua de aire de fuego de anhelo
de estiércol
de nada

sólo entre tantos no es tan triste
nacer ni vivir
las catástrofes hacen felices
a los profetas
cada uno tiene la suya
muere en su día cada uno
más la persona-muchedumbre
lázaramente se levanta
después de cada cataclismo
cien años más joven
sin ningún artilugio alegórico

Augusto Roa Bastos en El Escorial (foto de Jacqueline Alencar, 1988)

Augusto Roa Bastos. (Asunción, Paraguay, 13 de junio de 1917 – 26 de abril de 2005). Narrador y poeta, es considerado el escritor paraguayo más importante del siglo XX y uno de los grandes novelistas de la literatura hispanoamericana. En 1989 obtiene el Premio Cervantes y, al año siguiente, la Orden Nacional del Mérito de Paraguay. Su infancia transcurre en Iturbe -pequeño pueblo culturalmente guaraní-, escenario y objeto referencial casi constante de su mundo novelístico. Participa en la guerra del Chaco entre su país y Bolivia, experiencia que aprovecha para su novela Hijo de hombre (1960), obra que abarca cien años de historia paraguaya. Es de destacar el rigor técnico con que el autor traza su relato, así como la fuerza de la prosa mestiza con que transcribe el habla regional. Opuesto al régimen dictatorial de su país, vive casi siempre en el extranjero (especialmente en Buenos Aires) y ejerce como periodista, conferenciante y profesor. Entre sus libros figuran varias colecciones de cuentos: El trueno entre las hojas (1953), El baldío (1966), Madera quemada (1967), Los pies sobre el agua (1967), Moriencia (1969) y Cuerpo presente (1971). Su obra más relevante es la novela Yo, el supremo (1974), inspirada en la vida del que fuera dictador de Paraguay entre 1814 y 1840. En ella profundiza en las raíces del español paraguayo, potenciando la creación de neologismos, deformaciones y continuos juegos tanto léxicos como sintácticos. Además de escribir varios guiones cinematográficos, otras de sus obras son El pollito de fuego (1974), Lucha hasta el alba (1979), La vigilia del almirante (1992), El fiscal (1993), Contravida (1995) y Madame Sui (1995). (fuente: Instituto Cervantes)

 




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