Poemas de

Sor Juana Inés de la Cruz: “Hombres necios que acusáis…” y otros poemas. I Encuentro de Poetas Iberoamericanos (sede México)

 

Tiberíades se congratula de publicar estos diez poemas seleccionados por el poeta Alfredo Pérez Alencart, además de los dos bocetos inéditos y la pintura definitiva realizada por Miguel Elías, la misma que saldrá como portada de la antología del I Encuentro de Poetas Iberoamericanos (sede México), a celebrarse del 25 al 29 de septiembre venidero. Sor Juana es, junto con Elsa Cross, la poeta homenajeada.


Hombres necios que acusáis

Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis:

si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si la incitáis al mal?

Combatís su resistencia
y luego, con gravedad,
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.

Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco
el niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.

Queréis, con presunción necia,
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Thais,
y en la posesión, Lucrecia.

¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo,
y siente que no esté claro?

Con el favor y desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.

Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.

¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata, ofende,
y la que es fácil, enfada?

Mas, entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejaos en hora buena.

Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.

¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada,
o el que ruega de caído?

¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga:
la que peca por la paga,
o el que paga por pecar?

Pues ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.

Dejad de solicitar,
y después, con más razón,
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.

Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.

 

Detente, sombra de mi bien esquivo…

Detente, sombra de mi bien esquivo,
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.

Si al imán de tus gracias atractivo
sirve mi pecho de obediente acero,
¿para qué me enamoras lisonjero,
si has de burlarme luego fugitivo?

Mas blasonar no puedes satisfecho
de que triunfa de mí tu tiranía;
que aunque dejas burlado el lazo estrecho

que tu forma fantástica ceñía,
poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía.


Amor empieza por desasosiego…

Amor empieza por desasosiego,
solicitud, ardores y desvelos;
crece con riesgos, lances y recelos;
susténtase de llantos y de ruego.

Doctrínanle tibiezas y despego,
conserva el ser entre engañosos velos,
hasta que con agravios o con celos
apaga con sus lágrimas su fuego.

Su principio, su medio y fin es éste:
¿pues por qué, Alcino, sientes el desvío
de Celia, que otro tiempo bien te quiso?

¿Qué razón hay de que dolor te cueste?
Pues no te engañó amor, Alcino mío,
sino que llegó el término preciso.

Amante dulce del alma

Amante dulce del alma,
bien soberano a que aspiro,
tú que sabes las ofensas
castigar a beneficios;

divino imán en que adoro:
hoy que tan propicio os miro,
que me mimáis la osadía
de poder llamaros mío:

hoy que en unión amorosa
pareció a vuestro cariño
que si no estabais en mí
era poco estar conmigo;

hoy que para examinar
el afecto con que os sirvo
al corazón en persona
habéis entrado vos mismo,

pregunto: ¿es amor o celos
tan cuidadoso escrutinio?
Que quien lo registra todo
da de sospechar indicios.

Mas ¡ay, bárbara ignorante,
y qué de errores he dicho,
como si el estorbo humano
obstara al lince divino!

Para ver los corazones
no es menester asistirlos,
que para vos son patentes
las entrañas del abismo.

Con una intuición presente
tenéis en vuestro registro
el infinito pasado
hasta el presente finito.

Luego no necesitabais
para ver el pecho mío,
si lo estáis mirando sabio,
entrar a mirarlo fino.

Luego es amor, no celos,
lo que en vos miro.

Con el dolor de la mortal herida…

Con el dolor de la mortal herida,
de un agravio de amor me lamentaba,
y por ver si la muerte se llegaba
procuraba que fuese más crecida.

Toda en el mal el alma divertida,
pena por pena su dolor sumaba,
y en cada circunstancia ponderaba
que sobraban mil muertes a una vida.

Y cuando, al golpe de uno y otro tiro
rendido el corazón, daba penoso
señas de dar el último suspiro,

No sé con qué destino prodigioso
volví a mi acuerdo y dije: qué me admiro?
Quién en amor ha sido más dichoso?

 

¿En perseguirme, mundo, qué interesas?

¿En perseguirme, mundo, qué interesas?
¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?

Yo no estimo tesoros ni riquezas,
y así, siempre me causa más contento
poner riquezas en mi entendimiento
que no mi entendimiento en las riquezas.

Yo no estimo hermosura que vencida
es despojo civil de las edades
ni riqueza me agrada fementida,

teniendo por mejor en mis verdades
consumir vanidades de la vida
que consumir la vida en vanidades.


Este amoroso tormento

    Este amoroso tormento
que en mi corazón se ve,
se que lo siento y no sé
la causa porque lo siento

    Siento una grave agonía
por lograr un devaneo,
que empieza como deseo
y para en melancolía.

    y cuando con más terneza
mi infeliz estado lloro
sé que estoy triste e ignoro
la causa de mi tristeza.

    Siento un anhelo tirano
por la ocasión a que aspiro,
y cuando cerca la miro
yo misma aparto la mano.

    Porque si acaso se ofrece,
después de tanto desvelo
la desazona el recelo
o el susto la desvanece.

    Y si alguna vez sin susto
consigo tal posesión
(cualquiera) leve ocasión
me malogra todo el gusto.

    Siento mal del mismo bien
con receloso temor
y me obliga el mismo amor
tal vez a mostrar desdén.


Rosa divina, que en gentil cultura

Rosa divina, que en gentil cultura
Eres con tu fragante sutileza
Magisterio purpúreo en la belleza,
Enseñanza nevada a la hermosura.

Amago de la humana arquitectura,
Ejemplo de la vana gentileza,
En cuyo ser unió naturaleza
La cuna alegre y triste sepultura.

¡Cuán altiva en tu pompa, presumida
soberbia, el riesgo de morir desdeñas,
y luego desmayada y encogida.

De tu caduco ser das mustias señas!
Con que con docta muerte y necia vida,
Viviendo engañas y muriendo enseñas.

Al que ingrato me deja, busco amante

Al que ingrato me deja, busco amante;
al que amante me sigue, dejo ingrata;
constante adoro a quien mi amor maltrata;
maltrato a quien mi amor busca constante.

Al que trato de amor, hallo diamante,
y soy diamante al que de amor me trata;
triunfante quiero ver al que me mata,
y mato al que me quiere ver triunfante.

Si a éste pago, padece mi deseo;
si ruego a aquél, mi pundonor enojo:
de entrambos modos infeliz me veo.

Pero yo, por mejor partido, escojo
de quien no quiero, ser violento empleo,
que, de quien no me quiere, vil despojo.


Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba

Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,
como en tu rostro y en tus acciones vía
que con palabras no te persuadía,
que el corazón me vieses deseaba;

y Amor, que mis intentos ayudaba,
venció lo que imposible parecía,
pues entre el llanto que el dolor vertía,
el corazón deshecho destilaba.

Baste ya de rigores, mi bien, baste,
no te atormenten más celos tiranos,
ni el vil recelo tu quietud contraste

con sombras necias, con indicios vanos:
pues ya en líquido humor viste y tocaste
mi corazón deshecho entre tus manos.

Retrato de Sor Juana, de Miguel Elías

Juana Inés de la Cruz, Sor. San Miguel de Nepantla (México), 12.XI.1648 – Ciudad de México (México), 17.IV.1695. Religiosa, jerónima (OSH), escritora, poetisa, erudita, bibliófila, compositora.
Juana de Asbaje y Ramírez de Santillana (sor Juana Inés de la Cruz) fue hija de Isabel Ramírez de Santillana (fallecida en 1688), criolla, y del capitán español Pedro Manuel de Asbaje (fallecido en 1669), quienes tuvieron otras dos hijas, María y Josefa María. Su madre se unió posteriormente a Diego Ruiz Lozano. Su fecha de nacimiento aún se discute, puesto que, a pesar del acta de bautismo de una niña del mismo nombre en 1648, el padre Diego Calleja, quien realizó la primera aproximación biográfica de la monja (Fama y obras póstumas), ofrece como fecha 1651. El hecho de ser hija natural, frecuente en la época, no parece haberle supuesto un serio problema, e incluso afirma la fuerte personalidad de las mujeres de la familia. Su propia madre, a la muerte de su abuelo, continuó llevando la hacienda, a pesar de ser analfabeta, así como una de sus tías. Octavio Paz señala que la sociedad novohispana era bastante permisiva en las relaciones ilícitas.
La mayoría de los datos relativos a su infancia nos los ofrece ella misma en su Respuesta a sor Filotea. Destacaba en ella su obsesión por el saber, como demuestra el hecho de convencer, con tres años, a la maestra de una de sus hermanas para que la enseñara a leer. En 1656, tras la muerte de su abuelo, se trasladó a casa de su tía María —hermana de su madre— y de Juan de la Mata. Hacia 1664 entró al servicio de la virreina recién llegada (29 de junio), Leonor Carreto, marquesa de Mancera. Aprendió en escasas lecciones Latín con Martín de Olivas (a quien dedicó su poema, “Máquinas primas de su ingenio agudo”), gracias a su confesor —Núñez de Miranda—, quien también la indujo a entrar en religión en 1667 en las carmelitas descalzas de San José, aunque, por una grave enfermedad y el rigor de la Orden, profesó en el convento de Santa Paula o San Jerónimo. En su Respuesta indicaba: “Entréme religiosa porque para la total negación que tenía al matrimonio, era lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir”. Entre el abandono de las carmelitas y la elección de las jerónimas, regresó a la Corte unos meses. Fue en ese momento cuando tuvo lugar la anécdota que relató el marqués de Mancera y que recoge Calleja (Fama y obras póstumas): el virrey reunió en 1668 a los cuarenta hombres más sabios de Nueva España para que la examinaran y dictaminaran si su sabiduría era adquirida o natural “y atestigua el señor Marqués […] que a la manera que un galeón real […] se defendería de pocas chalupas, que le embistieran, así se desembarazaba Juana Inés de las preguntas”.
En estos años fue clave la presencia del padre Núñez —confesor a su vez de los virreyes— quien animó a Juana Inés a entrar religiosa e incluso corrió con los gastos de la fiesta de su profesión (24 de febrero de 1669). Pedro Velázquez de la Cadena proporcionó la dote y narra González Obregón (Méjico Viejo) que “recibió el velo de manos del canónigo Don Antonio de Cárdenas y Salazar”. Una buena parte de la crítica insiste en la vida relajada de los conventos. Josefina Muriel, en su estudio de la vida conventual femenina, indica que la celda tenía a menudo dos pisos con una cocina y una sala. Para su cuidado se les permitía tener esclavas, como lo indica un documento en el que sor Juana vendió a una hermana su esclava mulata, Juana de San José, entregada por su madre (1669). El provincial franciscano fray Mateo de Herrera quiso limitar el número de sirvientas en los conventos y fracasó al oponerse las monjas, que llegaron a acudir a la Real Audiencia.

 

Imagen de cabecera: Bocetos de Miguel Elías




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