Poemas de

Antonio Deltoro: ‘Los paisajes hundidos’ y otros poemas. I Encuentro de Poetas Iberoamericanos (sede México)

 

Tiberíades se complace en difundir una muestra de los versos escritos por este poeta mexicano fallecido este año. La selección ha sido hecha por Francisco José Cruz

Los paisajes hundidos

Me introduzco con astuta pericia en la imagen honesta y desarmada,
sonrío y doy los buenos días, me conmuevo.
Soy como todos, alguien al que domesticaron generaciones enteras:
la cuchara que reposa sobre el mantel a cuadros.
No soy ni un águila, ni un tigre, ni un coralillo,
aunque a veces salto fuera de lo humano.
Entre escarabajos y gallinas, hombres y piedras me he buscado,
en la frontera de la calle y la maleza,
del vidrio de botella con la arena,
de la rata de ciudad con la de campo.
Ignoro a qué orden pertenezco.
Busco en el asfalto el cielo y oigo por debajo de la acera
el impotente crecimiento de la hierba, el agua perdida
en oscuras acequias, las voces mordidas por las ratas,
los temblores que harán surgir los paisajes hundidos.
Por la noche, en el constante penduleo del insomnio,
acompaño a los perros en su viaje quimérico hacia el lobo,
y con ellos me encuentro entre la luna y el hombre.

 

De mañana

Hay peces solitarios que necesitan
mucho espacio para vivir,
un alrededor vacío
por el cual desplazarse.

No son carniceros
como el tiburón
que se mueve buscando.

Comedores de peces invisibles
o de plantas pequeñísimas,
su apetito es la inmensidad
del océano,
el azul despoblado.

Nadan en profundidades oscuras
o en aguas claras pero difíciles;
pasan de unas a otras;
no conocen las tardes.

Así quisiera vivir,
lejos de tardes preocupadas
y de ceño fruncido:
las tardes son dagas
de puntas oscuras
y de filos naranjas.

Por la tarde sabré de los demás,
leeré la prensa matutina,
recibiré llamadas telefónicas:
vivir en esas horas estrechas
es poblarse:
las mañanas son animales
o divinas, las tardes, humanas.

Pensaré y creceré
camino del crepúsculo:
Adán se fue del paraíso,
cruzó el umbral del mediodía:
mordió la manzana de la tarde.

 

Playa

Los zopilotes que planean a lo largo de la costa
buscando en la maleza la carroña
y los pelícanos y gaviotas que vuelan encima de las aguas
tienen vuelos hermanos, no están separados jamás, pero se ignoran.
A ambas clases de pájaros, terrestres y marinos,
les es indiferente la zona amarilla
donde habita el cangrejo, frontera de dos reinos.
A los peces les es indiferente el vuelo de las aves pescadoras
(para ellos apenas unas sombras).
Al trío de caballos famélicos que vi por la mañana
no les importa ni el sonido blanco del mar
ni las alas oscuras y atentas a la futura carroña.
Aún me sentiría dentro de esta naturaleza indiferente y cruel,
menos que una costumbre, si no estuvieras a mi lado,
si no me contagiara tu alegría al entrar a las olas.
Las olas que liman a la roca y hacen a la arena más fina
son todo el altamar a los pies de tu risa
y aunque a ti también la naturaleza te ignora,
tú le das, como me das a mí, gracia y fragilidad, le quitas eternidad,
tu risa es un velero que añade a la belleza de la espuma
una blancura comprensiva y humana.

 

A un eucalipto

Hablan mal del eucalipto
porque se chupa la humedad,
tiene raíces extendidas,
es alto,
peligroso,
y con su madera
no se pueden hacer vigas
ni muebles
confiables,
su corteza tiene el tono solemne
de la piel del camello
y la tristeza de alguien ventoso y longevo.
Aun hecho pedazos
qué respeto le tengo,
cuánta añoranza
y seriedad
y reverencia
me produce ahora que ya no está.
Sus rodajas dispersas por el pasto
llevan dibujos:
una bahía, un círculo, una gaviota, un escudo
(arderán en la chimenea
con la misma violencia
que en Australia),
sus olores, frutos del hacha y de la sierra,
difieren del olor del eucalipto erguido,
son más dulces e intensos
pero se irán diluyendo.
En cambio, donde todo era
penumbra y cochinillas
un hachazo de luz definitiva
ha cortado de tajo
la luz de ayer,
la luz al sesgo
colada por las ramas.

Conversación

    a José del Val

Nos reunimos a limpiar el lenguaje,
a acicalarnos,
como nuestros abuelos
los primates
se reunían en las ramas
a librarse de liendres y de piojos,
a fraternizar y a curar sus heridas.

Comenzamos a espulgarnos,
a ejercitar la precisión
con tal manía
que nos quedamos lampiños
y nos tuvimos que bajar de los árboles.

Por cada zona desnuda, una palabra,
algo de aire que libra
la distancia engendrada
por la falta de pelo,
una prenda cubriendo una carencia,
un vocablo que suple contactos,
pulgares colectivos.

Conversamos para acercarnos a los otros,
y si hablamos con Dios,
lo hacemos desde la orfandad del pelo,
en el exilio de las ramas
y los saltos;
siempre a su sombra,
sin embargo.

 

A un vaso

Querido vaso
que me esperas
predestinado
a la cerveza
y al agua;
cercano
al manantial,
vigoroso,
honesto
como el martillo,
tan a la mano
de la mano,
tan adaptado
a la palma y los dedos.

No te empolvarás
en la costumbre;
no dejará de ser
un privilegio
llevarte,
lejos del charco
a los labios,
libre de tierra,

querido vaso
que me esperas,
transparente,
cóncavo y limpio,
hospitalario y cilíndrico,
en la confianza de la mesa.

 

Libélulas

Como las flores, pero con alas,
insomnes, esdrújulas,
aéreas, acuáticas,
¿qué comen?, ¿de qué viven?

No del néctar:
pese a su gracia diminuta
son águilas más eficaces que las águilas,
águilas de cuatro alas.

Incansables
atrapan abejas, moscas, mosquitos,
mariposas…

Otean en el vuelo
con su cabeza
de innumerables ojos
los 360 grados de la caza.

Los pájaros y las mantis
son sus enemigos,
pero su vuelo imprevisible
y su visión esférica
las hace presas raras y difíciles.

Desde linfas, carniceras,
el estanque es su paraíso,
coto, cuna, tumba y oasis.

Nunca tocan el suelo,
nunca pliegan las alas:

solo terrestres
en las ramas más finas,
acechan, siempre dispuestas,
tras sus colores inocentes,
voraces y concentradas.

A nuestros ojos,
indiferentes a su ferocidad,
son solo helicópteros de juguete
o haditas de colores:
la contraparte festiva
de los insectos negros que nos pican.

 

Vocación por el suelo

Va pasando mi tiempo
con los zapatos sucios;
en su trascurso
a trancas y barrancas,
me he ido encariñando
con el suelo,
imprevisible y necesario;

a fuerza de caídas
y fracturas,
se me ha vuelto fraterno.

Mis recreos son versos
dictados por los suelos
polvosos de la infancia,
en donde las pelotas
rodaban por el pasto
de un campo imaginario,
con sus gradas y todo.

Mis recuerdos son versos
que evocan esos suelos
con su polvo y su lodo
y no el césped pulido
de un campo imaginario,
muy parecido al cielo.

Con los zapatos sucios,
por amor y destino,
he caminado todo el tiempo.

Mi devoción
es el suelo que damos por sentado,
servicial, casi anónimo,
pero también sus exabruptos,
sus sismos y sus grietas.

Quisiera, una vez más,
agradecerle al suelo
el ponerme de pie
entre las cosas:

en mis zapatos hay huellas
de amistad con las piedras
y en mis brazos y piernas,
cicatrices y costras.

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Antonio Deltoro (Ciudad de México, 1947-2023) fue coordinador cultural de la Casa del Poeta Ramón López Velarde y tutor de poesía en la Fundación para las Letras Mexicanas. Toda su obra poética está contenida entre los volúmenes Poesía reunida 1979-2014 (2015) y Rumiantes y fieras (2017). También publicó el libro de ensayos Favores recibidos (2012) y la colección de aforismos Por ahora (2018). En 2014 recibió en Serbia el Premio Internacional de Literatura «Novi Sad».

 




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