D. Cortés Cabán

La poesía de Elvira Alejandra Quintero, Devenir de la ausencia, Obra poética reunida 1982-2022

No existen fronteras para la poesía de Elvira Alejandra Quintero, quiere abarcarlo todo, quiere andar todos los caminos y sumergirse en lo que suscita en ella una profunda emoción, y escribe con rigor y pasión. Por eso su cosmovisión poética crece según su experiencia y conocimiento de la vida. Ha hecho de la poesía la casa donde confluyen las imágenes de su visión de mundo, es decir, de ese mundo que ha creado con un estilo muy personal y llamativo. Su obra está impregnada de evocaciones, de desgarramientos e impresiones que recogen el ambiente rural y urbano de su amada Cali, y de esa otra dimensión humana que trasciende las fronteras de su país. Es la suya una poesía que se proyecta como formando un arco luminoso para trazar las estaciones del amor y el desamor, y de memorias que van surgiendo como oleajes relampagueantes para fortalecer el paisaje de su escritura. Al trazar los rasgos estéticos y el trasfondo peculiar de los libros que componen esta antología, el poeta y crítico argentino Guillermo Eduardo Pilía nos dice:

La voz poética de Elvira Alejandra Quintero es personal e inconfundible. Es fácil reconocerla por esa singularidad entre cientos y cientos de voces con las que habla la poesía hispanoamericana de hoy. Profunda, lenta, grave, oblicua por momentos y con frecuencia llana, con sutiles pinceladas de desparpajo, de dulzura, de femineidad, de erotismo. Toda ella se desenvuelve en una atmósfera de temporalidad, casi siempre en geografías de ensueño, que intensifican su carácter universal [1].

Los comentarios que el poeta Guillermo E. Pilía ha vertido en el prólogo aclaran los motivos que unifican esta importante obra y sirven de guía para que los lectores vean cómo fueron concebidos estos textos a través del tiempo. Entre los temas señalados por el poeta argentino, el del amor se proyecta fundido en una perspectiva existencialista de la vida. Lo cual es muy cierto, pero el amor es también la experiencia gratificadora y las preocupaciones de una poeta que no tiene reparos en señalarnos las luces y sombras que surgen del amor para desembocar en la orilla de un mundo complejo y doloroso. Lejos de todo hermetismo, y con la pasión que la caracteriza, la poeta Elvira Alejandra Quintero ve el amor no solo como un cuerpo amenazado, sino como una vivencia presente en la continuidad del tiempo. Por eso el amor será siempre un sentimiento profundo que no puede ser reemplazado por otro asunto, ni podría ser borrado de las experiencias más gratas o dolorosas de la vida. En este sentido el tema amoroso ilustrará su latente realidad según su rumbo y destino, abordando así las referencias del pasado. Ninguna otra realidad podría desplazarlo. Vemos aquí no solo la imaginación que lo reclama, sino también el recuerdo que corona su manifestación. Naturalmente, la autora de estos textos sabe navegar su dimensión humana libre de todo convencionalismo social. Exploremos aquí la imagen del amor evocada en tres distintos tiempos poéticos:

                                                   15

          Debo dar por terminado este libro para dárselo a mi
amor. He querido poner en él los nombres de las cosas
que amo. También mis terrores. He querido ponerme yo
misma.
El lenguaje sin embargo no se pone de mi lado. No existe.
Hay palabras que no he podido inventar.
Y son precisamente las de ciertas mezclas de motivos
contrarios socavando cualquier anhelo de coherencia.
Precisamente ese es el punto.
El de la necesidad de ser, por ejemplo, lluvia y nada más.
Llovizna o Tormenta donde la esencia primordial de
lluvia sigue siendo, sin permitir jamás la perdición de su ser.
(p. 87)

       Con este poema la poeta concluye el libro La noche en el borrador (1998). En realidad el texto forma parte de un poema más extenso que comienza en la página 82 y cuyo título, “Promesa”, es un indicador del tema que contiene. La franqueza del lenguaje llama directamente la atención pues la realidad es más complicada de lo que parece. El poema mismo es un camino que emprendemos sin conocer el desenlace final. Al comienzo de la lectura, el imperativo del verbo deber apunta a una realidad de evocaciones que nacen de una voluntad contemplativa del amor. La lluvia evocará la imagen de la protagonista y el destino que pone a prueba las inquietudes del corazón. En esta visión la poeta ha querido enfatizar el sentido del amor como un motivo esencial del libro La noche en el borrador, y la experiencia de la vida contemplada a la altura del tiempo. El camino recorrido motiva a reflexionar sobre las cosas amadas: “Los nombres de las cosas que amo son los nombres de las cosas que anhelo”, subraya en este verso (p. 50). Sin embargo, a veces no es posible obtener aquello que se anhela. Y lo que desea el amor nunca es suficiente para comprender lo que sugiere el lenguaje encantatorio de la lluvia. Las ilusiones también tienen un punto final y hay cosas que no pueden ser recuperadas como dice el verso, “Precisamente ese es el punto”. El sentido figurado de ese “punto” nos recuerda que el amor ya no tienen razón ser. Lo que acontece ahora en el corazón está asociado a la nostalgia de la lluvia. El caer de la lluvia y la tormenta son manifestaciones de la naturaleza que comunican un estado de ánimo. La impresión de la lluvia es como el sentido de la vida que manifiesta el siguiente verso: “El de la necesidad de ser, por ejemplo, lluvia y nada más. / Llovizna o Tormenta donde la esencia primordial de / lluvia sigue siendo, sin permitir jamás la perdición de su ser”. En efecto, este contemplarse en la imagen de la lluvia sostiene la visión de esa experiencia amorosa en el tiempo.

 

                                              XXII. Desdicha

El amor es una turbia experiencia donde otra vez al fuego se
ponen a arder los recuerdos
reinventando toda la historia y preguntando por enésima
vez cómo pasó, qué quedó de la primera, de la segunda, de
la tercera infancia.
Su alma de nube llena la soledad de nuestra habitación.
Su respiración agitada conmueve nuestras fibras más hondas.
Su incapacidad de dar respuestas nos saca de quicio.
El amor  tímido y misterioso,
el amor con sus ojos de niño inquieto, caprichoso, travieso,
caminando las tardes y las noches donde una alondra vuela
soñando la huida.
El amor errante.
El amor incompleto, encandilado, absorto en su propia locura.
Yo lo llamo hierba del atardecer, brillo de nube.
Pero su amor se acobarda ante mis propuestas de abrazo, y
me mira aterrado bajo su sonrojo.
Yo lo llamo niño perverso poseído de inocencia frente al
bosque de mi cabello
allí en el lecho
allí en el fondo de la noche
cuando las pesadillas asoman sus figuras a los andenes del
insomnio.
(187)

 

De manera progresiva, tres visiones del amor se funden en el texto aquí transcrito: la que abarca los cuatro primeros versos, la que va del verso quinto al verso octavo y la que trasmiten los tres últimos versos. Lo que expreso aquí en mi lectura no tiene la intención de influenciar a otros lectores. Entiendo que un poema no siempre comunica la misma impresión. El poema nos invita a su morada si estamos dispuestos a entrar y mirar su interior. Aquí el lenguaje responde a la manifestación de los sentimientos amorosos. Queremos comprender esa experiencia amorosa que nos vincula con la protagonista. Queremos ir a su encuentro, queremos ver qué sobrevive de ese mundo. Queremos comprender cómo sale triunfante del amor cuando lo que acontece solo permite abandonarse a la soledad y a los recuerdos: “El amor es una turbia experiencia donde otra vez al fuego se / ponen a arder los recuerdos…”, dice en este verso. Los recuerdos no siempre son gratos. A veces regresan acompañados de nostalgia y silencio; llegan y levantan su propia voz, expresan lo que aún se proyecta del pasado. Y es que el amor conforta la vida pero cuando se marcha deja un sentimiento distinto. Entonces, para sobrevivir, la memoria revive los recuerdos más felices, los más caprichosos o nostálgicos. Esta realidad es la que muestra el poema. Sin embargo, aunque las experiencias descritas sean distintas a las nuestras comprendemos que al fondo de las complicaciones amorosas también hay otro sentido de la vida y otras maneras de entender el amor. Reconocemos que si al principio el amor era un recuerdo doloroso, luego adquirirá otro matiz y se convertirá en un “amor errante…absorto en su propia locura”. El final será entonces diferente: “hierba del atardecer”, “brillo de nube”, “amor cobarde que mira aterrado”, “niño perverso poseído de inocencia”. En esta sucesión de imágenes amar parece ser una experiencia interminable, y aunque lleno de imperfecciones, nadie podrá desplazar al amor.

 

                                              Naufragios

Lago Titicaca, Bolivia

Todos mis amores son naufragios
de barcos que en la plenitud alegre de la luz
hundieron sus ansias
y enloquecieron sus brújulas envenenándose de olvido.
Todo lo dejé atrás
pero como la sal de la estatua que hurga en el recuerdo
y espera del camino un rellano para su sosiego
y del peregrino una sonrisa de complicidad.
Soy la que buscas en el camino errado
en la taberna cerrada
en la calle oscura.
Soy la que se aparece en el vuelo de tu sueño
y no huye
y entonces le temes.
Pero deseas el terror de mi mirada cuando me cantas tus
canciones
y la ternura que anida en mi palabra
y socava la paz de tu escritura.

                                                                    (283)

La estructura de este poema podría ser considerada del modo siguiente: los dos primeros versos presentan el primer escenario; el tercero y el cuarto otro, y el último verso el final. Se proyectan así tres movimientos y perspectivas del amor. La autora lo ilustra con imágenes que le confieren la idea de un barco extraviado cuyas brújulas (corazones) se han detenido. Lo amoroso y profundo ha quedado atrás. La posibilidad del reencuentro se esfuma en la “estatua que hurga en el recuerdo”. Los amores náufragos, los barcos, las brújulas y la estatua de sal se han  sumergido en el tiempo. No obstante, el yo lírico repasa su inmediata realidad y halla en la poesía una forma de enfrentar la realidad. En la poesía de Elvira Alejandra Quintero el hablante poético posee una gran fortaleza. Por eso el yo se yergue para decirnos que el amor es dolor y libertad. En otras palabras, vivir es también dejarse ir en el paisaje cotidiano de los sueños: “Soy la que buscas en el camino…. / Soy la que se aparece en vuelo de tu sueño / y no huye / y entonces le temes”. ¿No es esto acaso lo que se siente al contacto del amor? ¿Qué queda del amor en la ternura de las palabras para que regrese y vuelva a empezar? Y es que para Elvira Alejandra Quintero la vida transcurre al mismo tiempo que su yo se reconoce inaccesible, más allá de las rutinas cotidianas y las crisis del amor. Conoce, sin embargo, que entre el amor y el desamor no hay mucha distancia, tampoco entre la dicha y el dolor. De ahí que la imagen de los amores náufragos trascienda la voluntad amorosa del yo para exaltar su total libertad, para enfatizar no la pérdida sino la determinación de seguir adelante mirando desafiante los caminos del amor y la vida.

 

                                                                                                                       David Cortés Cabán
Nueva York
Invierno, 2024

 

 

                                                                                           

 Elvira Alejandra Quintero (Cali, Colombia,1960). Es poeta, escritora y arquitecta, y desde 2003, profesora investigadora del Departamento de Español y Literatura de la Universidad del Cauca en Popayán, Colombia. Se graduó como doctora en Letras en la Universidad Nacional del Sur en Bahía Blanca, Argentina, y como magíster en Literaturas colombiana y latinoamericana, y como arquitecta, en la Universidad del Valle en Cali, Colombia.Ha publicado once libros de poesía. Por sus libros La noche en borrador recibió el Premio Nacional de poesía Ciudad de Chiquinquirá en 1999, La mirada de sal, el Premio de poesía Jorge Isaacs en 2004, y Ritos de pasaje el Premio Internacional de Poesía Hespérides en La Plata, Argentina en 2019. Ha recibido también otros premios y menciones, entre otros, el Premio de poesía Antonio Llanos en 1984 y el Premio Dámaso Alonso 2018 otorgado por la Academia Hispanoamericana de Buenas Letras con sede en Madrid; fue finalista en el Premio Nacional de Poesía Héctor Rojas Herazo en 1983, en el Premio Nacional de Poesía del Ministerio de Cultura de Colombia en 1999 y 2015, y en el Premio Internacional de poesía Crisóstomo Lafinur en San Luis, Argentina en 2010. Ha publicado los libros de investigación literaria El pozo de la escritura, Enunciación y narración en la novela “El pozo” de Juan Carlos Onetti, Editorial Universidad del Valle, 2009, y El motivo del viaje en la novela “¡Que viva la música!” del escritor colombiano Andrés Caicedo, Ed. Universidad del Cauca, 2014. Sus poemas han sido publicados en diversas antologías nacionales e internacionales y traducidos al francés, catalán y griego.

 

David Cortés Cabán (Arecibo, Puerto Rico, 1952). Cortés Cabán posee una Maestría en Literatura Española e Hispanoamericana de The City College (CUNY). Fue maestro en las Escuelas Primarias de Nueva York y profesor adjunto del Departamento de Lenguas Modernas de Hostos Community College of the City University of New York. Ha publicado los siguientes libros de poesía: Poemas y otros silencios (1981), Al final de las palabras (1985), Una hora antes (1991), El libro de los regresos (1999), Ritual de pájaros: antología personal (2004) e Islas (2011). Sus poemas y reseñas literarias han aparecido en revistas de Puerto Rico, Estados Unidos, Latinoamérica y España. En 2006 fue invitado al III Festival Mundial de Poesía de Venezuela, y en 2015 a la Feria Internacional del Libro de Venezuela (FILVEN), dedicada a Puerto Rico. Ha participado en los Festivales Internacionales de Poesía de Cali, Colombia (2013), de Managua, Nicaragua (2014) y de Salamanca (2019). En 2014 fue invitado a presentar “Noche de Juglaría, cinco poetas venezolanos”, en Berna y Ginebra, Suiza. Ese mismo año la Universidad de Carabobo, en Valencia, Venezuela, le otorgó la Orden Alejo Zuloaga Egusquiza en el Festival Internacional de Poesía. Reside en la ciudad de Nueva York desde 1973.

El poeta David Cortés Cabán en el Festival de Cali

 

 

[1] Guillermo Eduardo Pilía, “Lo que deviene en ausencia; Aproximación a la poesía reunida de Elvira Alejandra Quintero”, en Devenir de la ausencia: Obra poética reunida 1982-2022, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Vinciguerra, 2022, pp. 14-15.




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