Stuart Park

Dietrich Bonhoeffer y Jiménez Lozano, por Stuart Park

Dietrich Bonhoeffer

La fría celda, el banco,
los golpes en las puertas, en la noche,
el llanto reprimido,
el largo corredor con desconchados
en la pared, tan lisa,
el olor a higiene colectiva
de ganado de vísperas solemnes
de su roja e irrisoria muerte.
¿Por qué adustos zarzales, el amor
de un rostro nunca visto
le había arrastrado, y abatido luego?
Era Pastor de la Iglesia Luterana, pero
aunque interrogara a la Escritura,
sólo mudez. Con la noche y los chirridos
de la tarima del patíbulo:
siempre una tabla floja o leve,
y la cuerda, como un diábolo de las muchachas,
oscilaba en lo alto.
Selló la carta, hizo un hatillo
con Plutarco y los otros libros,
la inútil ropa que olía a manzana todavía
y echó a andar, decidido:
«Hacia la vida verdadera», dijo.

El poema de José Jiménez Lozano respira respeto profundo y una sensibilidad espiritual fuera de lo común. Dietrich Bonhoeffer, teólogo, escritor y pastor, murió en el campo de concentración de Flossenbürg poco antes de la liberación por parte de los Aliados en 1945. Miembro de la llamada iglesia confesante que, a diferencia de la iglesia luterana oficial, se opuso al régimen de Hitler, Bonhoeffer pagó por ello con su vida. Fue condenado por haber apoyado el intento de asesinato del führer en 1944. Justificó su participación en el complot tras poner en la balanza la muerte de un solo hombre, dijo, para salvar la vida de millones.

DIETRICH BONHOEFFER (Breslávia, Polônia, 4 de fevereiro de 1906 - Flossenbürg, Alemanha, 9 de abril de 1945)AldrianMimi, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

Después de estar internado en el campo de Buchenwald, Bonhoeffer fue trasladado a Flossenbürg. Se relata que en la mañana de su ejecución cogió un lápiz y escribió su nombre y dirección en un volumen de Plutarco que le habían regalado sus padres. Lo dejó en su celda, y fue devuelto a su familia años después. Quienes le vieron morir atestiguaron su serenidad y paz. Y así murió, desnudo y solo, confiado en la misericordia de Dios.

Llama la atención la manera en que Jiménez Lozano relata los detalles de aquella prisión, los desconchados de la pared, el olor a higiene colectiva, los chirridos de la tarima del patíbulo, la cuerda que colgaba. Refleja, también, las dudas, el silencio, la mudez del Dios invisible que le había llevado hasta allí, lo mismo que sintió el profeta Isaías, y Juan en la cárcel, y el propio Cristo en la Cruz.

He estado en Buchenwald y en Auschwitz, donde la sensación de vacío y muerte perdura. Plutarco publicó Vidas paralelas, en homenaje a prohombres griegos y romanos famosos. Bonhoeffer lo conocía bien; ninguna, sin embargo, como la de quien dijo: «Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano» (Jn. 10:28). Y echó a andar, decidido: / «Hacia la vida verdadera», dijo.

De sus sentimientos, y la lucha de la fe que conoció en la cárcel, tenemos constancia en un poema que viene a completar lo esbozado por Jiménez Lozano, un testimonio de integridad ante el infortunio y confianza en medio del terror:

¿QUIÉN SOY? 

¿Quién soy? Me dicen a menudo
que salgo de mi celda,
sereno, risueño y seguro,
como un noble de su palacio.

¿Quién soy? Me dicen a menudo–,
cuando hablo con mis carceleros,
libre, amistosa y francamente,
como si mandara yo.

¿Quién soy? Me dicen también
que soporto los días de infortunio
con impasibilidad, sonrisa y orgullo,
como alguien acostumbrado a vencer.

¿Soy realmente lo que otros dicen de mí?
¿O bien sólo soy lo que yo mismo sé de mí?
¿Intranquilo, ansioso, enfermo,
cual pajarillo enjaulado,
aspirando con dificultad la vida,
como si me oprimieran la garganta,
hambriento de colores, de flores, de cantos de aves,
sediento de buenas palabras y de cercanía humana,
temblando de cólera ante la arbitrariedad y el menor agravio,
agitado por la espera de grandes cosas,
impotente y temeroso por los amigos en la infinita lejanía,
cansado y vacío para orar, pensar y crear,
agotado y dispuesto a despedirme de todo?
¿Quién soy? ¿Éste o aquel?
¿Seré hoy éste, mañana otro?
¿Seré los dos a la vez? ¿Ante los hombres, un hipócrita
y ante mí mismo, un despreciable y quejumbroso débil?
¿O tal vez lo que aún queda en mí se asemeja al ejército derrotado
que se retira en desorden sin la victoria que se creía segura?

¿Quién soy? Las preguntas solitarias se burlan de mí.
Sea quien sea, Tú me conoces, tuyo soy, ¡oh, Dios!

Dietrich Bonhoeffer
1944.

Stuart Park en Tordesillas (foto de Jacqueline Alencar)

Stuart Park (Preston, condado de Lancashire, Inglaterra 1946) es licenciado en Filología Románica por la Universidad de Cambridge y doctor por la Temple University de Philadelphia. Autor de varios libros sobre hermenéutica y narrativa bíblica. Su más reciente publicación es El viaje a Oxford que nunca tuvo lugar. Un diálogo tranquilo y casero en torno a la Biblia, escrito con José Jiménez Lozano (Confluencias). Reside en Valladolid desde1976.

 

 

 

Imagen de cabecera: Tomasz Kmita-Skarsgård, CC BY-SA 4.0 <https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0>, via Wikimedia Commons




Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*
*