Poemas de

José Natarén: Casta de Cumas

 

Oscuros iban en la soledad de la noche, a través de la sombra
Virgilio

Castaño Andrea no tenía mesura ni color ni dibujo,
Envidioso y colérico era
Domenico Veneciano ilustre pintor
fue estropeado por este malévolo.
Giorgio Vasari

Frente a la puerta de la estancia antigua
la loca de la casa de piedra y espejos con vista al abismo
contempla lo que permanece:
La Sibila Cumana de Andrea del Castagno, parricida.
Observa la reproducción del fresco
desafía la devastación del muro
verdinegro memorial de ruina.

La joven profetisa
de verde vestidura, estola carmesí
y palla de la rueca de las parcas
sostiene el libro con la mano izquierda.
Con índice de fuego señala lo celeste
desde el principio y hasta el final del tiempo
como el sabio de la Escuela de Atenas
como el mago del mazo de cartas
la maga apunta como pinta
para aquellos que escuchan
sibilas y sirenas por igual.

Ella conduce hacia el rey en penumbra
cuando las aves vuelven
del jardín de la doncella negra
con la rama del árbol
áureo como el alba en la memoria del mago
de Mantua a quien los césares
adeudan la valía de la sangre.
Entre vivos y muertos, entre ángeles y ancianos anda.

***

Cuando la luz penetra la ceguera
se palpa el rostro
no se reconoce, atónita de sí
secos surcos donde antes era
la sonrisa de la rosa.

Desde la grieta en la que aguarda
la muerte la repudia.
Endemoniada o histérica
según el siglo en que se mire, antigua
como la lengua
la muchacha marchita canta a quienes
rasguen el velo y escuchen
hasta que la visión del fuego y lo nefasto
se imponga al poderío terrenal
a los últimos reyes de la ciudad doliente.

Más allá de las puertas del sueño
el tiempo vuelve todo anhelo horror y frío:
solamente lo fugitivo permanece y dura.

***

Cuidado en el sendero de la sabiduría
cuidado con el dios, perverso por principio.
Concede la videncia o la locura
si la vasija no resiste el fuego
que él escancia y aniquila.

Cuando habla con cien voces a la vez
desquicia a los mejores, se complace
con sus máscaras rotas
y juega con culpables e inocentes
que aman -y odian- como las sibilas.

Ese dios desconoce la cordura
agónico se anuncia con la risa del idiota
chilla y bufa y se retuerce o se enquista
en catatonia, ciego, sordo y mudo
echa a andar al mundo hacia el desastre.
La escena se repite cada noche
desde hace nueve siglos
(el delirio dura siete horas y quince días).

***

El eco de sibila se desdobla
en la mudez del aire
plegaria estéril de luz
resuena entre las puertas del oído:
“Las hormigas horaden
labios y muslos piquen
pájaros las piernas del mancebo
oficien el festín en vientres vírgenes.
Los ángeles enfermos, de rodillas,
las manos de las santas mordisqueen
y en odre viejo sangre y vino beban.

Que el incendio gozoso
venga y desgarre el lecho de los niños
alto fruto del árbol del presagio
como puño de cólera descienda
herido por la espada.

Relámpago en el bosque de espejismos
a los yertos y justos, a los castos humille
y sus hijas celebren el sepelio
del padre y la madre y el hijo del hombre.
Solo ceniza en silencio persista
solo sea la sombra de bellos cuerpos
de vuelta a la boca del abismo.
Nadie exista
no más”.

***

Furioso fulgor de soles en celo
se desparrama y arrastra a los durmientes.
Ya nadie detendrá el curso del tropel de la venganza
sobre la arena hostil del vértigo.

Este es el tiempo del astro escarlata
dolor de alumbramiento
tiñe la túnica de la Sibila:
las puertas se marcan con sangre y con plomo
la frente de las muertas con saña
sin nombre en las fosas, desaparecen
muchas más que los granos de sal
incontables estrellas dominan
los cuatro costados de la tierra
y todos los poderes, siervos
simulan en silencio.

***

La visión persiste
vuelta victoria de la voluntad:
la anciana se deleita con el fin del mundo
la niña con la muerte de la madre
del cielo y de la tierra, de todos los vivientes.

Al fondo de la imagen
la virgen sierpe siempre aguarda
de pie desde el principio del poema.
Al centro de la sangre
desnuda, oscura, real.

Aletea o camina sobre la piel del mar
mientras espesa negrura recubre a lo lejos
el cuerpo siempre hermoso de sus hijos.
Permanece
como astuta estatua en vela
por la sonora decapitación
del alba.

***

Sea tu condena, Amada, el cautiverio
en la caverna.
Al centro de la sangre perseveres
rosa roja en la noche de los ciegos
antigua como la lengua y el terror
trueno de cólera que te resguarda.

¿Cuándo te elevarás
del sitio de la sombra,
cuándo tu desnudez
redimirá al anciano de los días?

¿Para qué escribir mientras al mundo
se revelan los dioses enemigos
con sangre negra y turbia,
del Tártaro, tristeza?

¿Qué holocausto ofrendar a la mujer
que recorre esta página, si el deseo
noche y día es la muerte?

José Natarén por Pascual Borzelli

JOSÉ NATARÉN Promotor cultural y secretario técnico del Instituto Tuxtleco de Arte y Cultura del Ayuntamiento de Tuxtla Gutiérrez. Trabajó en proyectos de investigación de carácter literario y filosófico. Conduce programas de rock desde 2006 y desde 2017 en la Radio de la UNICACH. Poemas suyos han sido publicados en New York Poetry Review, Círculo de poesía y revista de literatura La Otra, así como en las antologías Universo poético de Chiapas (CONECULTA. 2017) y Hacia un azul imposible (UNAM, Embajada del Reino de Marruecos). Ha publicado ensayos, artículos y notas sobre poetas mexicanos en diarios de circulación local y nacional, así como en las revistas latinoamericanas: Taller Ígitur, Altazor, Carátula, Letralia y Contrapunto, Revista de la Universidad de Alcalá.




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