En primer lugar, agradezco a la organización del II Encuentro de Poetas Iberoamericanos (sede México) por invitarme a participar en este homenaje a dos de mis maestros: Laureano Albán y Julieta Dobles. He dedicado más de una década a estudiar la poesía de Albán, porque estoy convencido, no solo como su discípulo y adepto de la perspectiva trascendentalista, sino también como académico, de que la suya es una de las dos obras cumbres que Costa Rica le ha dado a nuestra poesía nacional, latinoamericana y universal en lengua española. La otra es Eunice Odio, pero en otro espacio me referiré a ella.
Tal y como lo afirmo en su más reciente antología, la poesía de Albán abarca múltiples temas: desde lo cotidiano y trascendental, lo concreto y lo metafísico, lo humano y lo numinoso, lo íntimo y lo social, lo primigenio y lo futuro, los oxímoros y el Uno, los silencios y las voces, lo fugaz y lo eterno, hasta la desolación y el amor; todo junto en un ordenamiento estético del cosmos; todo, transparencia a transparencia, creado y entregado con lo azul ‒símbolo redundante en esta amplia obra‒, la ensoñación poética, el ludismo, la revelación, la complicidad con el lector, con el ser humano (Campos, 2023).
Quiero compartir dos líneas interpretativas que he trabajado sobre la poesía albaniana y que considero calzan perfectamente con este encuentro que hoy inauguramos: me refiero a su idea de hispanidad y poesía cuántica. Para ello, nos remito a Infinita memoria de América (El Descubrimiento, Amerindia, Sefarad y al-Ándalus, 1492 / 1991). Este macropoemario compila en 1991 Geografía invisible de América (1982), El viaje interminable (1983), Todas las piedras del muro (1988) y Érase una vez al-Ándalus. Ubico este conjunto en la etapa de madurez de la producción poética de Albán[1]. Juntos conforman un único homenaje poético e histórico, editado para la conmemoración del V Centenario del Descubrimiento de América. Infinita memoria de América no pretende ser un mero instrumento historiográfico, pese a los recursos de verosimilitud utilizados (nombres de personajes, ubicaciones temporal-espaciales, evocación de fuentes bibliográficas históricas o literarias). En él se observa la convergencia de cantos testimoniales históricos desde múltiples perspectivas y referentes (Rodríguez, 2006), entre ellos los culturales, donde la palabra poética funde lo lírico y lo épico (Fornoff y McClintock, 1995), para, como dice Megged:
contemplar y transcribir todo el prisma de la hispanidad. Al judío [que] buscó junto al Muro del Templo de Jerusalén, en donde simbólicamente se concentra toda su historia. Al musulmán en la Andalucía en donde tuvo reinos, principados y creó uno de los más imponentes tesoros arquitectónicos. Al indígena de América en sus códices, cantares y arqueología. El español que se hizo al mar para llegar a través de él a todos los confines. (Megged, 1991, p. 11)
Con base en las herencias de estos cuatro grupos culturales, se representa y construye en Infinita memoria de América una idea de hispanidad, que no es, como en el sentido tradicional, unívoca referencia a lo español imperial, lingüístico y católico. A esto más bien debe llamarse hispanismo, según los fenómenos socioculturales e históricos, hispanizantes, ocurridos a finales del siglo XIX y durante las primeras décadas del XX. Por su parte, la idea de hispanidad propuesta en este macropoemario albaniano supera las concepciones historiográficas, raciales, psicológicas, geográficas, nacionalistas, políticas, dogmáticas, entre otras; por eso, ha de comprendérsela como un viaje histórico, estético, intuitivo, religioso, existencial y revelador. Rescatando sus antiguas herencias, el sujeto lírico albaniano exalta la metáfora del viaje: el vivir humano en cuanto valor y creación, incalculables según leyes naturales o científicas. La hispanidad, en cuanto viaje, es la metáfora de la consciencia y la autognosis. De ahí que Infinita memoria de América evoque tiempos y espacios hispánicos en el cronotopo del lector y del V Centenario; nos embarque en travesías por la cuenca hispánica de lo sagrado.
Para demostrar esta convergencia, leamos “En la orilla encendida”, el tercer poema del canto décimo de El viaje interminable, el cual tiene como epígrafe: “…muy bien hechos, de muy hermosos cuerpos y muy buenas caras… Ellos, todos a una mano, son de buena estatura de grandeza, y buenos gestos… y levantaban las manos al cielo y después a veces nos llamaban que fuésemos a tierra” (Albán, 1991, p. 128). Esta cita del viernes 12 de octubre del Diario de navegación de Cristóbal Colón anuncia, por un lado, el encuentro de poemarios, herencias-voces culturales (indoamericanas, hispano-musulmanas, hispano-judías e hispano-cristianas) y moradas vitales (América, al-Ándalus, Sefarad y España) que confluyen no solo en 1492, sino también en Infinita memoria de América; y, por otro lado, el gesto de entregarse a una vivencia de lo sagrado. Dice el poema:
Que fue la aurora la que puso juntas
la gota de rocío y la de sangre
al temblar bajo un bosque de memorias.
Que fue en la playa donde el tiempo tuvo
que desaparecer,
retirar su pavor, su azul desgaste
de cada cosa o nombre,
y convertirse en muerta pedrería
que la ola arrastró
hacia la oscuridad,
borrándola del aire.
Para dejar libre, en las manos
del hombre que llegaba,
puro y nuevo el azar.
Del hombre que esperaba
cegado por el palio
del alba deslumbrante
que confirmaba el día y sus distancias.
Que fue la cita en donde cesó el tiempo
para que se cumpliera la alborada:
aztecas coronados
por el rayo o el pájaro.
Y castellanos, cantos de acero,
ojos como murallas que bogaron,
lengua hecha vastedad, acostumbrados
a las manchas sin rostro de la sangre,
que ya seca no es llama,
ya no es sangre, ni es sombra.
Apaches que habitaban
los llanos del relámpago[2].
Sioux que con los montes
confundían sus sombras.
Araks tras el silencio
que el hielo guarda y salva[3].
Toltecas que en la piedra
escondieron las huellas
de antiguas lejanías.
Y vascos con la fuerza de lo ignoto
en su niebla y palabras.
Navarros en el vértice
de días innumerables.
Extremeños de dura luz,
como si la ceniza los llamara.
Tlaxcaltecas reunidos
bajo los blancos pájaros
que alzaban como armas.
Mayas que se llevaron
sus templos transparentes.
Andaluces que eran
la antigua encrucijada
de sangre sabia y canto
en la memoria mágica.
Canarios que los límites
de lo incierto guardaban.
Chorotegas que fueron
habitantes de ausencias,
en la estrecha cintura de la savia
que ceñían los mares[4].
Pipiles como errante
arquitectura leve
de la tierra que pasa[5].
Huetares de ceniza
que cubría sus bosques y sus valles
de minerales pálidos[6].
Y gallegos que fueron
de la niebla a la niebla,
como el brazo dorado
de los amaneceres.
Incas que edificaron
jaulas para el relámpago,
el cóndor y la nieve,
que la tierra ordenaron
en sumisos espejos,
y dieron una nueva
geografía numeraria
a las más altas rocas
donde enmudece el aire.
Y asturianos de humedad indecisa,
de ondulantes mañanas
donde la fruta es llama de ebriedad.
Aragoneses
que entre la arcilla crearon
ríos para la savia jardinera.
Y murcianos rodeando de semillas
su mar encadenado.
Leoneses con la altiva
endecha de sus ojos.
Aymarás [sic] habituados
al sicú [sic] y su sonora lejanía[7].
Guaraníes reunidos
en la música ignota de la lengua.
Catalanes exactos
como su sombra.
Caribes incendiarios
armados por la espina de la brisa.
Guanajos de las islas del olvido[8].
Araucanos guiados
por los ojos del trueno.
Y valencianos de mediterránea
urdimbre, casi mar.
Y chibchas gobernados
por la paz y su fiel sabiduría.
Ya todos reunidos
entre el azar y el mar
de la primera playa,
confundiéndose al fondo
de la muerte o del beso,
heridos, torturados, enlazados,
entre el sonido que creaba el tiempo
al surgir nuevamente de las cosas
y dejarlas temblando
bajo su nacimiento,
rodeados por el anillo inmaterial que el alba,
azul, oro, distancias,
extiende alrededor
de la creación del mundo.
(Albán, 1991, pp. 128-131)

Como ven, sobre el cronotopo del Encuentro, ahora llamado “orilla encendida”, llegó a nacer, como en una “cita” con el “tiempo”, el ser hispánico total. A todos aquellos “pueblos alborales”, ancestrales, que viajaron en el heteroglósico ser hispano-cristiano se vienen a suman en el Encuentro de 1492 tantos pueblos indoamericanos. Como en “Los pueblos alborales”, tercer poema del canto segundo de El viaje interminable, el sujeto lírico reutiliza la estructura sintáctica similar a la de “Vientos del pueblo me llevan”, de Miguel Hernández, para enumerar pormenorizadamente el retrato de esos “mundos que se juntan”. Especifica por igual rasgos físicos, éticos, costumbres y usos particulares de sus culturas. Retrata las voces que dialogarán y se materializarán en el ser hispánico, sus realidades y su mundo el cual, desde el Encuentro, citando a Todorov (1998, p. 134), “es mestizo, tanto en los hechos como en las formas de hablar de éstos”. El ser hispánico se totaliza, por tanto, en un ser multicultural, sincrético. De ahí que el sujeto lírico, en las enumeraciones de los “pueblos”, represente a un ser hispánico, cuyas voces culturales se unen en una dialéctica simbólica, mítica, religiosa, lingüística y cultural para demostrar que no puede ser otro más que, como dijera de nuevo Todorov, “la suma de todas las influencias sucesivas que ha recibido” (1998, p. 191). Esta imagen sincrética del ser hispánico coincidiría con la visión hispanoamericanista de Rubén Darío, Juan Valera, Rafael Altamira; nacionalista de Américo Castro, Isidro de Gomá, Ramón de Basterra, José María Pemán; americanista de Osvaldo Lira, Gustavo Kosling, Guillermo de Torre, Luis Barahona; o abierta, conciliatorio y colaborativa de Julián Marías y Carlos Fuentes sobre el mestizaje (Campos, 2015a, 2015b).
Así pues, el sujeto lírico, en cuanto ser hispánico, reconoce en sí mismo esas otras voces y las descubre en su calidad de sujetos culturales. No sobrevalora algunas ni pretende enunciar la subordinación de unos al poder de otros, como ocurrió objetivamente en el Encuentro de 1492. Si bien “En la orilla encendida” no menciona a todos los “pueblos” posibles que conforman la hispanidad desde sus cuatro macrodirecciones (ver figura 1), ni aborda con la misma proporción, profundidad o regularidad cada herencia cultural, sí brinda una representación metonímica significativa, que he representado gráficamente con este paradójico cubo de trece caras (el cual no puedo explicar ahora, pero en mi nuevo libro quedará claro[9]), pues así veo yo cómo el sujeto lírico albaniano construye un inconsciente colectivo, simbólico, mítico, religioso, cultural, artístico, literario, étnico, lingüístico y científico característico de un ser que descubre a sus voces otras siempre en sí mismo. De esta manera, el sujeto lírico ejecuta cuanto defendió Urbain Chauveeton en el siglo XVI: “conocemos al otro por medio de nosotros, pero también a nosotros mismos por medio del otro” (como se cita en Todorov, 1998, p. 254).
Al mismo tiempo, el sujeto lírico lanza una crítica y cuestiona las categorías de civilización y barbarie, metrópoli y colonia pues, al presentar a cada uno de estos “pueblos alborales” del ser hispánico, propone que cada una de sus voces es una referencia, un centro ‒al estilo borgeano‒ de la hispanidad, un omphalos de la experiencia cósmica; en cualquier centro de la hispanidad se encuentran contenidos los otros centros. En consecuencia, el sujeto lírico destituye y relativiza la idea de logocentrismo.
Dado que “En la orilla encendida” e Infinita memoria de América, en el contexto sincrónico del V Centenario (visualícenlo en la flecha vertical de la figura 1), se (re)actualizan el pasado inmediato (finales del siglo XX), el pasado cercano (desde 1492 hasta 1992) y el pasado lejano (desde “los pueblos alborales” hasta 1492 cuando termina de perfilarse el ser hispánico), propongo considerar como cuántica esta poesía.

El novelista y crítico literario español José Carlos Rodrigo Breto, también discípulo de Albán, explica que en la poesía cuántica el pasado y el futuro son tan reales y presentes como el presente mismo. La noción clásica de espacio-tiempo es dinamitada, de modo que se reconcibe como un espaciotiempo en que las cosas no ocurren, sino que son y, por consiguiente, en la contingencia y casualidad se abre un abanico de diferentes planos temporales simultáneos ‒las trece caras del paradójico cubo de la figura 1‒. En este espaciotiempo, puede encontrarse un vórtice capaz de comunicar una línea temporal, conectar un mundo con otro; se crea así una conjunción cuántica de tiempos: un pasapresenturo, es decir, un sistema temporal total que alterna presente, pasado y futuro. En esta visión cuántica, el espaciotiempo aglutina toda la temporalidad: “diferentes momentos y siglos mezclados en el mismo plano” (2017c, §9).
Si se aplican estos principios teóricos a Infinita memoria de América, podría afirmarse que, en el espaciotiempo de la palabra poética albaniana, las cuatro moradas vitales del ser hispánico (y dentro de estas trece, tantas más) son los many worlds cuánticos que acontecen [se entrelazan] a la vez” (Rodrigo Breto, 2017c, §6); ellas coexisten en el pasapresenturo de la memoria hispánica (re)actualizada, presentalizada si se puede decir, en el instante cuántico de la enunciación poética[10]. Todo Infinita memoria de América se convierte en un cronotopo de cronotopos: una “orilla encendida” en donde dialogan todos los cuatro (trece) espacios y múltiples planos temporales simultáneos: el pasado lejano, el pasado hispano-cristiano, el pasado indoamericano, el pasado hispano-judío, el pasado hispano-musulmán, el pasado cercano, el pasado inmediato, el presente del sujeto lírico, el presente (re)actualizado de la persona lectora (hispánica o no), el futuro del ser hispánico… El vórtice que permite esta comunicación, conexión, unión o diálogo está dado, justamente, por las diferentes vivencias cotidianas de lo sagrado, que tampoco analizaré aquí, pero que examino pormenorizadamente en mis estudios de la poesía de Albán (Campos, 2019, 2020a, 2020b). Estas vivencias de lo sagrado, por ser intrínsecamente trascendentales, son el elemento aglutinador, el agujero de gusano, que conecta las cuatro (trece) moradas vitales y temporalidades en el espaciotiempo de la palabra poética: en el plano enunciativo, en el macroespejo-memoria que es Infinita memoria de América, donde son simultáneamente las cuatro (trece) voces que representan y construyen al ser hispánico.
La poesía cuántica de Infinita memoria de América, por tanto, no pretende un estancamiento en el (multi)pasado que evoca, porque este no es un monolito. Su intención es inducir a que el ser hispánico se acepte como es, con sus cuatro (trece) legados culturales, y se asuma en su diversidad y heteroglosia. En el V Centenario, este macropoemario permite que cada una de las cuatro (trece) voces de la hispanidad hable, y no que se hable por ellas. Cada una se dice en un espacio textual relativamente (a)simétrico en cada uno de los cuatro poemarios; en este sentido, es significativo el trabajo cuantitativo y cualitativo del sujeto lírico por tratar de (des)equilibrar la cuádruple (terciodécupla) memoria hispánica, a pesar de que “all articulations of memory are not equal; powerful social, political, and psychic forces articulate themselves in every act of remembrance”[11] como dice Rothberg (2009, p. 16). La memoria multidireccional del ser hispánico no es una memoria pasiva y terrestre que sufre desgastes. Es una memoria integradora, no dislocadora. Ella implica un diálogo presente, no un desconocimiento histórico. La infinita memoria hispánica, como acto del recuerdo.
En suma, la hispanidad, según Infinita memoria de América, es el viaje interminable del ser hispano-cristiano, el indoamericano, el hispano-judío, el hispano-musulmanes y sus cuatro (trece), múltiples antepasados en su búsqueda del conocimiento de sí, el cosmos y su misterio. Por ello, “En la orilla encendida” termina de definir y presentar al ser hispánico en toda su complejidad y sincretismo de voces interculturales. Este “viaje”, como empresa simbólica, implica que tales “pueblos alborales” se hayan enrumbado por una geografía física y psíquica sobre “los navíos del tiempo”, para fundar y ofrecer una identidad, donde todas sus voces son antecedentes y condición que posibilitan el diálogo de la hispanidad. Como dice Castro: “En ese combate entre el ayer y el mañana yace la posibilidad de crearse alguna vez un hoy, un hoy de paz fecunda, no simplemente aplastante” (1966, p. 39). Hacia ese hoy, y no hacia una visión de mundo colonizadora, se dirigen tanto la idea de hispanidad y de poesía cuántica de Infinita memoria de América.
Martes 03 de septiembre de 2024
Sala Joaquín Gutiérrez
Facultad de Letras
Universidad de Costa Rica
Referencias bibliográficas
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Rothberg, M. (2009). Multidirectional memory. Stanford University Press.
Todorov, T. (1998). La conquista de América. El problema del otro. Siglo XXI.
Laureano Albán (Santa Cruz de Turrialba, 1942-Moravia, 2022) es una de las voces poéticas costarricenses reconocidas nacional e internacionalmente. Cofundador del Grupo de Poetas Turrialbeños, del Círculo de Poetas Costarricenses; coautor del Manifiesto trascendentalista (1977); promotor literario y editor, profesor, diplomático, miembro de número de la Academia Costarricense de la Lengua.
Es autor de 29 poemarios: Poemas en cruz (1961), Este hombre (1966), Las voces (1970), Solamérica (1972), Chile de pie en la sangre (1974), Vocear la luz (1977), Sonetos laborales (1977), Sonetos cotidianos (1978), Herencia del otoño (1980), La voz amenazada (1981), Salmos para que no venga la guerra (1983), Geografía invisible de América (1982), El viaje interminable (1983), Autorretrato y transfiguraciones (1983), Aunque es de noche (1983), Biografías del terror (1986), Todas las piedras del muro (1988), Suma de claridades (1989), Érase una vez al-Ándalus (1991), Infinita memoria de América (1991), Los nocturnos de Julieta (1993), Enciclopedia de maravillas (tomos I, II y III, 1995), El libro de los sabios que nunca han existido (2004), El peor de los pecados (2006), Ciento diez pensamientos y un poema para Camila (2007), Enciclopedia de maravillas (tomo IV, 2010), Eros aeternus (2010), Trece nocturnos para desnudarte (2015) y 55 asombros de Sol (2019).
Mereció premios prestigiosos como el Adonáis (1979), el Nacional de Poesía Aquileo J. Echeverria (1980 y 1993), el de Cultura Hispánica (1981), el Hispanoamericano de Literatura Juan Ramón Jiménez (1982), el Único de la VII Bienal de Poesía de León (1983), el X Premio Internacional de Poesía Religiosa de Burgos (1983), el Walt Whitman (1986), el Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística (1989) y el máximo reconocimiento cultural y literario otorgado en Costa Rica: el premio Magón.
Su poesía es una de las más significativas en la historia literaria de la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI de Costa Rica, América Latina y el mundo. Esto ha llevado a que sus poemas se hayan publicado en Costa Rica, Portugal, España, Italia, Jerusalén, Alemania, Francia y Estados Unidos; fueran traducidos al inglés, italiano, francés, alemán y hebreo; y antologados en múltiples compilaciones.
Ronald Campos López (San José, 1984- ) es doctor en Español: Lingüística, Literatura y Comunicación por la Universidad de Valladolid. Es profesor catedrático e investigador en la Escuela de Filología, Lingüística y Literatura de la Universidad de Costa Rica. Como hispanista, se ha dedicado al estudio de la poesía costarricense, latinoamericana y española; de ahí sus publicaciones en revistas y monográficos nacionales e internacionales. Como poeta, ha trazado una carrera literaria con sus doce poemarios, entre ellos, Depravación de la luz (2020) y Cantos a Dylan (Versos homoparentales) (2023). Su producción aborda numerosas temáticas y es una de las primeras en poetizar abiertamente la homosexualidad y el homoerotismo en la poesía de su país.

Notas
[1] “En este período, Albán logra la precisión y complejidad expresivas y la amplitud temática que lo llevan a concebir los poemarios que le valieron los máximos reconocimientos y el prestigio en el ámbito nacional e internacional.” (Campos, 2023, p. 15)
[2] Los apaches habitan al este de Arizona, Nuevo México, regiones de Texas y las Grandes Llanuras; así como en el norte de los estados mexicanos de Sonora y Chihuahua.
[3] Grupo indígena chileno.
[4] Grupo mesoamericano que habita en Honduras y las costas del Pacífico en Nicaragua y Costa Rica.
[5] Habitan la zona occidental y central de El Salvador.
[6] Nación indígena que vivió en el centro de Costa Rica desde el siglo IX hasta el XVI.
[7] Las poblaciones aimaras se extienden desde la meseta del lago Titicaca hasta el oeste de Bolivia, sur de Perú y norte de Chile y Argentina.
[8] Habitaron islas caribeñas entre Cuba y Honduras.
[9] Para 2025, la Editorial de la Universidad de Costa Rica publicará el último de mis estudios sobre la poesía de Albán: El cubo de la hispanidad: poesía de Laureano Albán. En este se desarrollan e ilustran de forma amplia las dos ideas que se presentan en esta comunicación. Por el momento, puede verse el artículo de Campos (2016).
[10] Hablar del “instante cuántico de la enunciación poética” lleva a pensar si la poesía trascendentalista o toda la poesía es cuántica a fin de cuentas, por tratarse de una epifanía que lleva al lector a una superposición y trascendencia de tiempos subjetivos y enunciativos en el texto.
[11] Traducción mía: “todas las articulaciones de la memoria no son iguales; poderosas fuerzas sociales, políticas y psíquicas se articulan en cada acto de recuerdo”.
