Colaboraciones

Isbel Hernández Monteagudo: ‘Para un ciego parecido a la invocación’, comentario sobre Poemas para una Amazona, de Alfredo Pérez Alencart

 

«No envejezco porque tengo a la mujer que amé de joven»: pienso  en la vejez que aún no haya vivido, a la par de otros como el sabio rey Salomón y como su amada reina de Saba, que si leemos versos de alguien siempre tan enamorado de la vida y sus pacientes húmedos de mucha vida también, seguramente rozamos con el habla populis, lírica, subjetiva, estética, y otras ricas emociones que acompañan a esta, en alumbramientos otros y nuevos, acerca de lo que hacéis hoy vuestros cuerpos y vuestras almas en sí mismos, cómo se mueven, cómo piensan, cómo se valoran y resignifican, y cómo ante nosotros mismos los bardos lectores de esas almas viejas van cambiando y elevándose en su propia luz, forma y color.

Para mí hoy una tántrica experiencia de las tantas que tiene un individuo desde esos miles de años alrededor del maestro sol, imagen de la vida que es fuego, chimenea, humus, ardor, palabra, hueco vibrante dentro de la esfera que es la emoción, de la cual habla Borges.

Pero en este momento que leo austeramente páginas simbólicas del libro ”POEMAS PARA UNA AMAZONA», en pleno siglo XXI, más bien me personalizo en su contexto real, arma de doble filo que es el aquí y el ahora y mi presente, no sólo el del autor, no sólo el que escribió este verso que ya viene escrito para ese estado de su mano a mi cerebro, mi sangre toda y corporeidad que es su mano en el presente, la mano menos tímida del nunca y del contexto de un paisano, en territorio de todo verso que se lea, escrito por él¡

Experiencia única, sabiendo que, además, ambos somos poetas, no de los poetas que creen los prejuicios eróticos y heréticos de Jerusalén en otras partes del mundo no judío, o lo griego y romano erótico que también influyó verbalmente hacia el Cantar de los cantares y el Eclesiastés, mi libro preferido de la Biblia.

Y como somos ambos, más bien poetas acostumbrados a su origen de ciegos poetas, ya constantes dentro de la búsqueda desprejuiciada, y dentro de la crítica literaria más abierta y holística, pasamos por este mundo de lecturas contemporáneas y universales contentándonos con la expansión de la tierra desde su reino más aullante: La Poesía.

Por eso el poeta peruano-salmantino Alfredo Pérez Alencart, quien metafísicamente me acerca a su última realidad. POEMAS PARA UNA AMAZONA, es el aullante de Gingsberg en mis oídos, su gran salvación, con su poema más limpio, su plegaria y su horror también. Y así, «no envejezco porque tengo al poeta que amé de joven», sus manos místicas, su voz.

Y lo considero más aullante aún que el profeta Natan a Salomón, a quien llamó «Jeddidías» amado del Señor. Hijo de Betsabé e hijo legítimo de David, el rey de Israel, y de la Casa de David, el salmista.

Lo pienso en la selva con su taparrabos lleno de flores y miradas junto a su madre Betsabé. Y siempre con sus concubinas poderosas. Féminas de su presente. Lo pienso en el ardor de mi llanto. Alfredo ha sido mi maestro durante esas vacaciones de 2024. Allá lejos de Cuba y España, allá en Puerto Maldonado y en el hotel de su familia donde escribió este libro. Donde saludaba al sol cada mañana. Los atardeceres no salmantinos y bien urgentes de cielos cercanos al amor. Lejos de la academia acostumbrada en Salamanca en meses anteriores, y cerca de las visiones y maestranzas del ilustrador Gino Cecarelli, en no pocas alusiones diría yo erótico chamánicas. Bien amazónicas y de pueblo selvático al desnudo de su verbo.

Alfredo ama el torso femenino de la amazonia peruana, verdaderamente trascendente desde los ancestros. Los torsos femeninos y alineaciones de la belleza que solo han visto los ojos del viento y los ojos del poeta, en esos tiempos, verdes, y bien fragantes de la natura.

Portada del libro con pintura de Gino Ceccarelli

POEMAS PARA UNA AMAZONA está escrito con ese flujo natural de un café mañanero y los jugos exóticos de su tierra. Yo lo veía sonreír en sus fotos y contarlo en la entrevista que le pidieron, además de algún que otro viaje que tuvo a Bolivia. Estaba muy contento con la gestación de su libro. A veces conversábamos entre poetas los dos. Él se llevaría algo de mí y de Cuba también al compartirme su obra. Yo feliz de mi maestro místico. De su sudor derramado dentro de Perú, algún tiempo para escribir estas páginas, luego también de vérsele trabajar la tierra con sus hermanos: al menos eso parecía. Y de besar a su mamá Rosa Alencart. También el recuerdo de su padre en Puerto Maldonado, que tan feliz le hizo. Viéndose el poeta de la selva salvaje, perdido otra vez en el alma de su hijo.

Y a esa su amazona eterna, a ese primer amor le escribe: ”Tú estuviste en el Genesis/ de las consumaciones/ jovencita,// fragante flor/ polinizada al principio.…”.  Y en otro texto añade, entre física y metafísicamente: “La Resurrección que te ofrezco/ se alimenta de respuestas; de sangre que fulgura, de paciencia/ que no decrece, de nerviosos/ follajes ululantes de la selva… preparándolo para la fogosa/ soberanía de la Resurrección”.

Y pienso que no sólo es de los bardos el aroma de la selva, sino viene acompañado del milagro sensorial del aroma de mujer. El espíritu de la hembra experimentado por Salomón y sus amantes robustas como una amazona. No sólo de los bardos es la fertilidad de esa semilla, sino de los bardos que cantan al vino, al goce y al placer de estar vivo. De vivir desde lo virgen e intocado del hombre… Su asombro permanente ante una mujer. No lo fatiga y lo hace cantar.

Por eso el Alfredo bardo no le teme a la hermosura toda, sino a la selva incongruente del olvido. Yo le vi con su cerveza disfrutar de unas danzas locas, allí en las danzas de su pueblo autóctono. Yo lo he visto en POEMAS PARA UNA AMAZONA como un hombre salvado y agradecido.

Su ofrenda mistérica es recibir la abundancia serena y clara del placer, y toda la belleza trascendente, y toda la bonanza y la grandeza de la creación de Dios, que es la luz de sí mismo, y de su obra.

Así leo y así recordaré al maestro místico, como UN CIEGO PARECIDO A LA INVOCACIÓN.

***

Isbel Hernández Monteagudo, Licenciada en Comunicación Social, poeta y editora. Compone y canta música folklórica. Tiene publicado un poemario sobre la condición humana, en poesía, Luz, deleite cometido, por la editorial Sed de Belleza en 2015. Tiene publicado por la editorial Oxeda de México el poemario cosmogónico, místico y folklórico, Invierno en el dique de las almas. En espera de publicación están los poemarios, Noche de Páramos, Santiago de Chile, por la editora de Cultura viva comunitaria, y EL CORDERO QUE TRAEN SUS PECHOS por la editorial La orilla oscura, en México. Obtuvo la Beca Nacional de creación Literaria Sigifredo Álvarez Conesa 2011. El premio a la excelencia literaria en el Campeonato mundial de poesía de Rumanía, 2022. Obtuvo el premio colateral de creación creativa Taller de creación Libre, Escribanía Dollz y Cartas de amor 2023. Ha participado en ferias internacionales del libro de Cuba. Ha publicado en varias revistas de prestigio literario como Crear en Salamanca, Tiberiades, Cardenal, Hiedra, La raíz invertida, Taller Igitur, y en diversas antologías como Madre Tierra Palestina y en la antología la del primer encuentro de poetas Iberoamericanos en México dirigido por Carmen Nozal. Miembro fundador del taller La estrella en Germen dirigido por el reconocido poeta Sergio García Zamora. Invitada en representación de Cuba al Primer encuentro de poetas Iberoamericanos en Ciudad México 2023 dedicado a las poetas Elsa.Cross y Sor Juana Inés de la Cruz. Ha sido en 2023 invitada a la presentación oficial de su libro Invierno en el dique de las almas, por la Editorial Mexicana OXEDA, en la universidad de Amecameca y a la Jornada de poesía de Otoño que organiza esta editorial en el Palacio de la UNAM.

La poeta cubana Isbel Hernandez

Imagen de cabecera: A. P. Alencart en el Campus Unamuno de la Universidad de Salamanca




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