Cuando vi La Odisea de Christopher Nolan, era imposible que no estuviese prejuiciada, dada la diversidad de opiniones contrapuestas que había consumido: favorables algunas, la mayoría negativas. Pero bastaron escasos minutos, la envolvente atmósfera y el sonido atronador que estremecía la sala para ver algo que no había leído ni escuchado en ninguna crítica. Una revelación concedida de repente, una epifanía de los dioses perdidos; solo hizo falta ese destello, un instante, y por arte de magia todo encajó: desde la negrura de Helena hasta los grises del Mediterráneo, o la supuesta Atenea mestiza y deslucida, o las armaduras entre ridículas y heroicas, el caballo encallado, cual ballena que busca morir. Todo se articuló en una obra cinematográfica que no puede interpretarse como un remake de la Odisea de Homero, menos aún como un film histórico o la reinterpretación herética de la gran obra que funda la cultura occidental. Y, sin embargo, por los torcidos caminos del arte, algo de eso también hay. Así como Picasso, cuando funda el cubismo, en 1907, con Las señoritas de Avignon, da cuenta de un mundo que se descuadra, que sale de sí mismo para mirarse con otros ojos y descomponerse en facetas geométricas, así, este film nos trae el testimonio de nuestro decadente mundo.

Si no tomamos en cuenta que la propia Odisea es un arquetipo, perderemos el horizonte; y, curiosamente, la Odisea nos evoca la pérdida del horizonte. La Ilíada es el poema épico, intervenido de mitos y leyendas, que relata mucho más que un acontecimiento bélico arcaico. La Odisea, por su parte, se fue gestando como producto de aquella guerra, configurando el arquetipo del día después de la guerra: el darse cuenta del fin de una era —en aquel entonces el final de la Edad de Bronce—, el difícil retorno (nostos) a una aparente normalidad que ya no existía, el encuentro con monstruos internos y externos, el regreso después de la devastación y la dificultad de encontrar el camino; un arquetipo que contiene otros arquetipos como una matrioska, como la fractalidad que anida en la materia profunda. El hombre que regresa y nadie lo reconoce, ni siquiera él a sí mismo, la pérdida del anclaje, el derrumbe de los grandes monumentos, la caída de los dioses… Es decir, el arquetipo del fin de un mundo y el intento de reconstrucción valiéndose de los fragmentos de la memoria individual y colectiva. Aglaia Berlutti afirma en una reseña sobre este film: «un relato que ya era viejo antes del cristianismo. Que ya era mágico incluso antes que la literatura adoptara la magia como vehículo de expresión metafórico», esta es la aguda percepción de la numinosidad del arquetipo.
La gesta de Troya se dio, al parecer, en los siglos XII y XIII a. C. Con ella finalizaba la Edad de Bronce en la cuenca oriental del Mediterráneo, allí donde se habían forjado grandes civilizaciones. Aquel esplendor se vino abajo, dando paso a una era de oscuridad y olvido; la noche del mundo avanzaba. No obstante, la memoria a través de los rapsodas o aedos que cantaron aquella gesta, aquel derrumbe, sostuvo los restos que persistían. La palabra era el hilo manifiesto para suturar heridas. Sin embargo, es claro que durante 400 años los rapsodas irían tejiendo con nuevos hilos, agregarían u omitirían elementos; la memoria y el olvido harían su arduo trabajo de tejer y destejer. El canto acompañaría a esta civilización perdida entre Caribdis y Escila, hasta que Homero y los homéridas, 400 años después, le dieran forma escrita al canto, y así reconformar la columna vertebral de Occidente con su médula de poiesis, es decir, de creación. Homero, o aquel que llamamos Homero, recoge estos cantos y los lleva a su tiempo, los moldea y prepara el renacimiento de la nueva grandeza griega, el rescate de los dioses.
Así como Cervantes crea el arquetipo del Quijote, Homero introduce un mar efervescente de arquetipos. La Odisea, entonces, adquiere el carácter excepcionalmente encantador que nos ha unido como civilización, conformando el alma occidental que tantos ocasos y amaneceres ha vivido.
Volvamos a Nolan: no estamos en el final de la Edad de Bronce, pero no hace falta mucha perspicacia para ver o intuir que estamos en el final de una época. Ya la posmodernidad nos habla del derrumbe de estructuras rígidas que antes daban soporte y certezas (dioses, creencias, formas de organización, ideologías), de la amalgama de visiones y la translocación de los valores… Pero como la humanidad es una y sigue teniendo inconsciente individual y colectivo —para sorpresa de muchos—, el arquetipo de la Odisea o los arquetipos en ella contenidos son constelados en nuestra decadencia. El arte sucede, como dijo el pintor Whistler; el inconsciente es dinámico, como diría Freud; los arquetipos están vivos y expuestos al cambio, recordando a Jung. Los pueblos del mar están en nuestras orillas; ya en el siglo XIX sentamos a la belleza en las rodillas, la encontramos amarga y la injuriamos, como dijo Rimbaud: «Un soir, j’ai assis la Beauté sur mes genoux. — Et je l’ai trouvée amère. — Et je l’ai injuriée». No nos puede extrañar que ahora nuestra belleza —la Helena por la que zarparon mil barcos— sea oscura y esté herida; es la belleza que buscaba Psique descendiendo al inframundo, la belleza mutilada de la Venus de Milo. Asimismo, nuestros héroes remiendan sus armaduras con lo que pueden; ya los mares son tenebrosos y las naves que los surcan, precarias construcciones donde todo se mezcla, ya sea de manera luminosa o sombría. Los dioses huyeron ante nuestra desidia. La sabiduría ha sido decapitada y en su lugar se rinde honor a las vacías opiniones de las redes sociales; . los resplandecientes guerreros mutan en frágiles doncellas sacrificables, que el rapsoda sea rapero es casi una obviedad, que los pueblos que Occidente ha ignorado, o peor, ha conquistado, retornen como retorna todo lo reprimido y que, sin embargo, subsista en el fondo la música arcaica de los griegos, su escala pentatónica, el sonido místico de la flauta. Nuestra Troya cayó, y solo alcanzamos a ver de lejos, con temor, la mano de Poseidón mientras nos hundimos.
Nolan recurre a la incorporación de la tradición cristiana, ajena a los antiguos griegos; un fantasma recorre el Mediterráneo: el de la culpa y la redención. Odiseo ya ni siquiera es el Ulises confuso de Joyce; ahora es un personaje devastado, perseguido por sus fantasmas, que hace introspección, confiesa sus culpas y pecados, recibe el castigo, se entrega a la furia salada del mar y se redime. Eso no pertenece al imaginario griego; más bien son hilachas de cristianismo que también nos ha ofrecido la mano, como lo haría Jesús a Pedro para caminar sobre el mar, en las postrimerías de aquel mundo judeorromano que también se derrumbaba. Asumir la culpa y la concepción del pecado, ajeno a la visión antigua, fue entonces la nueva posibilidad de rehacer el mundo.
De tal manera que en este film veo el retrato contemporáneo de la Odisea, no como actualización de la obra magna homérica, ni de la gesta histórica o legendaria, sino el arquetipo encallado en el imaginario colectivo, como aquel caballo, pesado y repleto de heces y orina, constelando el arquetipo de la humanidad que se sabe náufraga, finalizando una etapa y tratando de hurgar en sus orillas para rescatar lo rescatable, acabar con lo acabable, para que después de la devastación amanezca otra manera de ser civilizado y que aún no conocemos. Curiosamente, Nolan apela al imaginario cristiano de la redención a través de la familia y el amor, previo reconocimiento de la culpa y deseo de reparación.

Pérez-Reverte habla, como otros, del final de Occidente; es una metáfora, sin duda, pero lo sentimos con la orfandad de una Calipso hipotímica o con el desespero de un titán herido y ciego. Renacen fantasías colectivas de fin de mundo: invasión extraterrestre, conspiración de la élite, terremotos provocados, invasiones de apátridas que darían al traste con la civilización, pandemias, megasismos planetarios que hundirían países y harían brotar nuevos territorios: más claro, imposible…
En uno de los últimos párrafos, el Odiseo encarnado por Matt Damon lo dice, a manera de sacramento ante el confesionario de Penélope: su civilización se hundió por la avidez, por la hybris; entonces, no queda otra salida que zarpar a intentar construir nuevos sentidos, nuevos reinos, nuevos soberanos. Curiosamente, este tipo de fantasía colectiva insiste en invocar el mar. Recordemos otro final de una época, signado por el diluvio y el arca de Noé. Al fin y al cabo, somos seres venidos del mar y, en un sentido estricto, somos los temidos pueblos del mar que destruyen y crean civilizaciones.
La fuerza del arquetipo que muestra Nolan ilumina las sombras de su obra fílmica y la convierte en un reflejo del fin de los idealismos, de las últimas utopías de nuestra época: la gran promesa de ser felices al despojarnos de los dioses.
Recordando a Borges, la Odisea nos conecta con la idea de que vivimos en el destierro y nuestro verdadero hogar está en el pasado o en el cielo, nunca en casa. El navegante solo busca las altas corrientes saladas. Y Nolan logra que estemos allí, parados en la barcaza, al lado de un Odiseo deconstruido, culpabilizado y sin ángel, que atravesó el mar amarrado a un pedazo de madera, entregado a la voluntad de los dioses y buscando redención.
Ana María Hurtado
18/8/2026
Ana María Hurtado. Nació en Caracas. Poeta, ensayista y médico psiquiatra egresada de la Universidad Central de Venezuela. Sus textos han sido publicado en diversas páginas, blogs y revistas literarias, entre otros: revista interdisciplinaria Trópico absoluto, RANLE (Academia norteamericana de la Lengua), Revista Poesía (Universidad de Carabobo), Vallejo and Company, Círculo de poesía, La antorcha magacin, Agulha, revista de cultura brasilera, Atlas Lírico de Hispanoamérica, Poémame,Liberoamérica: portal iberoamericano de arte y literatura, Prodavinci y El papel literario.
Ha participado en diversas antologías, entre ellas:
Diario poético de los tiempos adversos (Ccs 2019), Poesía en voz alta (Ccs2019), Una lectura por la vida y por la libertad (Ccs 2019), Pasajeras. Antología del cautiverio (Ccs 2020) El vuelo y la claridad (Ccs 2020) Hacedoras (Ccs 2021) El dulce ron que las embraga, Poetas actuales de Canarias y Venezuela (Canarias, 2022), Mujeres del mundo uníos (Santiago de Chile, 2023) En la desnudez de la luz (Santiago de Chile, 2023) Poemas en bicicleta -Autores grandes para pequeños lectores- (Ccs,2024) En compañía de los ríos subterráneos: Ensayos sobre la obra de Ida Gramcko (Chile, 2025), Antología bilingüe Resistir, la luz de la poesía contra el caos del mundo (París, 2025). Conferencias americanas -Autores de los Estados Unidos por escritores venezolanos (CVA.Ccs, 2025).
Colaboradora de la Revista de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (RANLE)
Premio de narrativa Julio Garmendia (Dirección de cultura de la UCV, 1984).
Invitada al Encuentro de poetas argentinas y venezolanas, organizado por la editorial argentina Vuelo de Quimera, en 2022, al Encuentro Anasyrma , organizado por la editorial chilena LP5 Editora, a las VII jornadas de poesía de Valladolid, Dos orillas y al Salón de la Poesía de la FIL de Guadalajara, ambos en el 2024.
Poemarios publicados:
La fiesta de los náufragos (Editorial Diosa Blanca. Caracas, 2015).
El beso del arcángel, en coautoría con el poeta colombiano Leonardo Torres (Oscar Todtmann Editores. Caracas, 2018).
El árbol que en ella muere (Editorial Diosa Blanca. Caracas, 2023)
La única inocencia (Editorial Diosa Blanca. Caracas, 2023).
El Reino (Editorial Salto Mortal, Guadalajara, 2024)
