Colaboraciones

Armando Romero: ‘Escribo porque las palabras están impresas en mis glóbulos rojos’. Entrevista de Petruvska Simne


Tiberíades se complace en publicar esta entrevista al poeta y escritor colombiano Armando Romero, quien será reconocido con la Medalla Fray Luis de León de Poesía Iberoamericana, durante el XXIX de Poetas Iberoamericanos, el mes de octubre venidero.

ESTÉTICA DEL MONASTERIO

Agotado de luz de vela entre los iconos
dejo mi cuerpo en una banca de madera
del pórtico del templo.
Un monje de inmensas barbas blancas,
con furia de antiguas religiones en los ojos,
me indica con gesto violento
que observe mis piernas:
una sobre otra es lo que encuentro.
Lo miro entre las luces
y las descruzo lentamente.
Abierta la mirada vuelve a su libro sagrado,
entre las manos que son huesos.
Al rato me mira de nuevo
por el otro lado de la nariz,
bizantino.
Me incorporo para ver los iconos ascetas
y me sigue con sus ojos hundidos entre pieles.
Sé que él está allá a lo alto,
sé que él está acá a lo bajo.
Yo lo sé pero él no lo sabe,
no puede saberlo.
De saberlo no estaría.
Pero sabe que yo lo sé,
de otra forma no me miraría.
Del libro, Poemas de Hagion Oros / El Monte Santo* (Caracas, 2000; Venecia, 2023; Atenas, 2025).

De niño, el poeta Armando Romero y su hermano jugaban en el patio de la casa familiar, en Cali, con las hormigas como juguetes sin tener conciencia profunda de la ola de violencia desatada entre el partido liberal y el conservador que se volvía parte de la rutina cotidiana. Una rutina que duró cerca de diez años y en la que murieron miles de ciudadanos colombianos. Con ese ejército de hormigas el niño creaba la realidad que su espíritu necesitaba.
En la adolescencia encontró en la poesía el ámbito para procesar y convertir lo vivido en novelas y poemas. Impregnó sus obras con la cadencia musical de Cali, para seguir jugando, esta vez con las palabras, exhibiendo un lenguaje propio, profundo y sentido para narrar el mundo a su manera.
“La poesía es siempre el concierto de gatos bajo la ventana de la habitación donde se escribe la versión oficial de la realidad”, lo señaló en sus memorias Charles Simic, de una manera irónica y divertida, para hacer hincapié en el trabajo constante que requiere el proceso de la escritura.
Igualmente señala Romero que necesita tiempo para que ese proceso se geste en su mente y en su imaginación, pero una vez completado ese tiempo, escribe sin pausa y con la certeza de poner todo su ser en cada línea, en cada verso, en cada historia creada.
Copio seguidamente algunas críticas sobre su obra:
Sobre el libro Un día entre las cruces el poeta Alvaro Mutis escribió: “Armando Romero ha escogido narrar, sin pretensiones desaforadas ni melodramatismos sin alcance mayor, la vida de una familia de la clase media de Cali, en el Valle del Cauca de Colombia, dándole a esa descripción la dosis justa de poesía y de verdad necesarias para que el lector las viva con la plenitud de una experiencia propia”.
Por su parte, Augusto Escobar Mesa, doctor en Estudios Ibéricos y Latinoamericanos, Universidad de Bordeaux III, Francia, señaló que “en los relatos, al igual que en la poesía y en la novela, Romero aborda la creación literaria -sin importar el género, que queda abolido por su renovado experimentalismo como un pretexto para el despliegue de lo imaginario, de lo lúdico, del juego verbal que hace ver lo virtual como real y viceversa”.
Gonzalo Rojas, poeta chileno, Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, en el prólogo del poemario A rienda suelta de Armando Romero señaló: “Hay libros que se leen una sola vez y, al cerrarlos, decimos que ya están leídos; y hay otros que se releen constantemente. Esto es lo que me ha pasado con A rienda suelta de Armando Romero, un libro que desprende destellos de luz por todas partes. En cuanto el manuscrito llegó a mis ojos, ya no pude soltarlo.
Este libro es, si se me permite decirlo, un descubrimiento que desvela la nueva América que recorre cada una de sus páginas”.
Por su parte, el poeta uruguayo Rafael Courtoisie, analiza las novelas de Romero y expresa que: “En ese importante grupo de obras surgidas durante la última parte del siglo XX y la primera del siglo XXI se ubican las tres novelas de Armando Romero. Esta trilogía se inicia con Un día entre las cruces (Bogotá, 1993), sigue con La piel por la piel (Caracas, 1997) y culmina en la apoteosis sorprendente de La rueda de Chicago.
Una trilogía bizarra y exacta que da cuenta de un escenario móvil y en perpetua mutación en la que los personajes emprenden epopeyas minimalistas que en conjunto conforman buena parte del friso de las postrimerías de la modernidad y preparan el pasaje hacia la breve postmodernidad y luego hacia la condición contemporánea que ahora Lipovesky ha dado en llamar «híper modernidad».
Armando Romero, Cali, Colombia, 1944. Poeta, narrador y crítico literario, perteneció al grupo inicial del nadaísmo, movimiento vanguardista literario de la década del 60 en Colombia. Doctorado en Pittsburgh, actualmente vive en los Estados Unidos, donde es profesor emérito de la Universidad de Cincinnati.
Ha publicado numerosos libros de poesía, narrativa y ensayo. En el 2008 recibió el título de Doctor Honoris Causa de la Universidad de Atenas, Grecia. En 2011 ganó el Premio de Novela Corta Pola de Siero (España) con su novela Cajambre (Bogotá, Valladolid, 2012. Traducida al francés, turco, italiano y danés). Su libro de poemas, Amanece aquella oscuridad, fue publicado en 2012, Sevilla, España. En 2016, se publicó en España y en Colombia su libro de poemas El color del Egeo. Su obra literaria ha sido traducida a varios idiomas. Ese mismo año 2016, la editorial l’Harmattan (París) publicó una edición bilingüe antológica de su poesía, y en 2017 se publicó en Bulgaria una antología de su obra poética. En 2018 la Editorial Difácil de España publicó una extensa antología de su poesía y la Editorial Sinopia de Venecia su libro de cuentos cortos, La radice delle bestie. En 2025 publica en Colombia su novela de historia-ficción, El vientre de todas las guerras, y en 2026 la editorial Fili d’aquilone, de Roma, publica su libro de cuentos Falso equilibrio.

– La infancia es, para cada ser humano, un territorio mítico y fantástico que se adhiere al espíritu como una segunda piel. ¿Ha quedado en usted una costumbre, un sentimiento, un sueño, una tristeza o un anhelo que lo acompaña desde que era niño?

– Toda niñez es compleja, no importan las circunstancias. La mía no se escapa de ese cuadro y está enmarcada en una época de extrema violencia política en Colombia, aunque para mi fortuna también entran en ese cuadro el amor de mis padres y mis hermanos. Creo que esto último me ayudó a superar la carga de nervios, de miedos y pánicos, que me invadían. Nada de eso se borra aunque la literatura me ha permitido canalizarlo hacia lo creativo, y allí están mi novela Un día entre las cruces para atestiguarlo, así como algunos de mis poemas que vienen de visita a esos años. Recuerdo las hormigas que me acompañaban como juguetes vivos, la presencia de mis padres y mis hermanos, como he dicho antes, y el sueño de poder viajar a nuevos territorios.

– ¿Qué es lo que recuerda de la casa de su infancia?

– No hay una sola casa de la infancia para mí sino varias, que se iban alternando de pobreza a extrema pobreza. Siempre vivíamos de alquiler. No obstante la infancia tiene la virtud de ir amalgamando en uno todos esos espacios. Siempre recuerdo los patios donde corrían las hormigas y zumbaban las avispas que eran mis juguetes, también las piedras. Un día construimos con mi hermano una casa hecha de piedras a la cual llamábamos “la rata”, porque la casa era una rata en nuestra imaginación, la cual devoraba insectos y guardaba extraños tesoros en su vientre. Nunca comprendí, a los años, por qué la llamábamos así. Quizás esta sea la razón de los elementos extraños que frecuentan mi poesía.

– ¿Quiénes eran sus padres? ¿Heredó alguna característica de su madre? ¿Sigue hasta el presente algún consejo de su padre?

– Mi padre era un empleado de la oficina de correos de Cali. Un hombre muy alegre y simple. Tal vez el ser menos agresivo que yo he conocido en mi vida. Era liberal y tal vez por ser blanco, ojizarco, se salvó de que los conservadores lo mataran dentro de la guerra civil. La violencia colombiana fue racista fundamentalmente. Mi madre era una mujer un tanto triste aunque desbordaba amor para todos. Era mucho más compleja que mi padre y muy inteligente. Yo heredé de mi padre, creo, una profunda honradez y franqueza; y de mi madre su visión del mundo, su capacidad de ver que lo de atrás puede estar adelante. Mi padre no daba consejos, era demasiado humilde para sentir que podía indicar un camino con palabras. Sin embargo, de su ser se desprendía la capacidad de ver la vida con gran humor, incluso en los momentos más difíciles. Antes de morir estaba bromeando con las enfermeras.

– ¿Ha releído algún libro que le haya especialmente gustado en su infancia?

– Si puedo alargar mi infancia hasta mi adolescencia me encuentro con “Los alimentos terrestres” de André Gide. Hace poco mi hermano descubrió esa vieja copia entre los libros de su biblioteca y me lo envió. Lo leo a poquitos, degustándolo como un manjar aliñado por el tiempo.

– ¿Ha escrito alguna vez un poema que es la respuesta a experiencias infantiles?

–  Sí, varios. Dos de ellos son fundamentales en mi obra y están en mi libro Amanece aquella oscuridad. Son La caja de huequitos y La palabra misericordia. También quiero mucho otros que están en mis libros Las combinaciones debidas y A rienda suelta. Entre ellos recuerdo uno titulado La tía Chinca.

– ¿Cómo fue su etapa de adolescente? ¿Se refugiaba en la escritura, en la lectura, en el deporte?

Lo que marcó mi etapa adolescente fue el trabajo. Muy pronto me retiré de mis estudios de bachillerato y salí a la calle a trabajar, ya fuese vendiendo libros, haciendo carpintería o como recaudador de dineros para una cooperativa de buses. Así se iba yendo mi adolescencia matizada por mi afición al ajedrez hasta que descubrí la lectura, los poetas nadaístas, y la escritura de mis primeros textos. Mi adolescencia se cierra regresando a mis estudios de bachillerato y a mi apetito devorador de libros. En esos años leía más de 5 o 6 libros por semana, prosa y poesía y ensayo, desde Diderot hasta “Esperando a Godot”.

– ¿Quién leyó sus poemas iniciales? ¿Lo alentaron a seguir?

Los poetas nadaístas en Cali: Jaime Jaramillo Escobar, quien en ese entonces se hacía llamar X-504, y Jotamario Arbeláez. Para mí fue una fortuna descubrir la existencia de estos poetas y de otros más en Cali. Sí, me animaron a escribir porque desde el principio les pareció muy bueno lo que yo estaba escribiendo, aunque era poco, y entremezclaba poemas y prosas. El nadaísmo, que no era un movimiento literario propiamente dicho, fue para mí una gran escuela, donde aprendí a manejar el borrador, algo que a muchos poetas les cuesta hacer.

– ¿Cómo fue el proceso de escritura de su primer libro? ¿Reunió los poemas que tenía escrito o escribió especialmente para ese libro en particular? ¿Fue difícil encontrar la editorial?

Mi primer libro de poemas escrito se llamó al publicarse El poeta de vidrio. Fue una selección de poemas que se fue formando al paso de los años gracias a la desaparición de otros libros que llevaban títulos como 22 revoluciones por minuto o Aullaremos hasta pronto. Sin embargo este libro fue el segundo que publiqué ya que mi libro Los móviles del sueño apareció primero gracias a que ganó un premio estatal de poesía en Venezuela. Pero sí, no fue fácil publicar el primer libro porque Álvaro Mutis quiso publicarlo en México y su intento fracasó. Afortunadamente al salir en Caracas en 1979 llevó el prólogo que Mutis había escrito y en el cual él es muy generoso con mis poemas.

– ¿Cómo vive el proceso de su escritura, toma apuntes, reescribe, anota lo que siente y piensa día a día?

Hablar de mi escritura me lleva a tres frentes de batalla: poesía, prosa y ensayo. El proceso de escritura es complejo para mí ya que tiene diferentes etapas de gestación. Necesito un tiempo largo para empezar a escribir, pero cuando lo hago no es tan largo. Mi libro A rienda suelta me llevó poco tiempo en escribirlo, y así mi novela Cajambre que pensé durante 20 años y escribí en dos meses. Si, como todo escritor cargo una libreta Moleskine para mis apuntes, que a veces son sólo una palabra, pero no llevo un diario ni escribo todos los días. En cuando a los ensayos es algo más lento, ya que en ese ejercicio entra en cierta forma mi trabajo como académico.

– ¿Reescribe constantemente o no toca lo ya escrito?

Sí, corrijo y reescribo los poemas. Hace unos pocos años decidí revisar todos mis cuentos largos, escritos entre las décadas del 60 y el 90. Yo los había abandonado pero gracias a que un amigo publicó uno de ellos en su revista y dijo algunas cosas interesantes sobre este cuento, decidí corregirlos, y así me puse a trabajar en lo que bauticé como “el taller de reparación Borges”. El resultado fue magnífico y una gran selección de ellos fue publicado en España recientemente y en Dinamarca.

Para un poeta, un escritor, un artista, es de gran importancia la experiencia de vivir en otros países ¿Cómo ha sido para usted esa experiencia? ¿Ha influenciado su escritura? ¿Lo ha cambiado de alguna manera?

Sí, fundamentalmente. El mundo de los viajes es el alimento terrestre para mi obra literaria. Desde muy joven he estado viajando y todavía lo sigo haciendo, ya con menos asiduidad pero salgo de casa varias veces al año. Viví un tiempo largo en Suramérica: Ecuador, Perú, Chile. Más tarde pasé 10 años en Venezuela, aunque durante este lapso también estuve en los Estados Unidos, en México y en Argentina. Sin embargo, fue en Grecia donde el medio ambiente influyó más en mi literatura. Primero por el idioma griego que me permitió distanciarme del inglés y no caer en el español, y así poder recuperar el sonido y la furia de mi lengua colombiana en mi infancia. Gracias a este “cuarto de corcho” escribí mi novela Un día entre las cruces. Pero la geografía, el pueblo griego, me llevaron a escribir tres libros de poemas dedicados a mi experiencia griega, lo cuales acaban de ser publicados en Grecia con el título de El color del Egeo.

– ¿Tiene algún libro que relee invariablemente a lo largo de su vida?

Sí, como muchos escritores releo a Proust pero también a Cendrars, a Durrell, entre los narradores, y entre los poetas a Borges, Vallejo, Mutis.

– ¿Cuál poeta o narrador, o historiador cree que ha definido de una manera más rotunda su Cali natal?

Creo que Jotamario Arbeláez es el poeta que mejor ha definido el mundo de Cali en su obra. De los narradores es más difícil catalogar uno porque los acercamientos son más bien parciales.

– ¿Qué libro suyo recomendaría a un lector de poesía y de narrativa?

Muy difícil para mí seleccionar uno de poesía, pero por lo pronto pienso en El color del Egeo, y en narrativa La rueda de Chicago. Debo aclarar que yo tengo fe en la calidad de mi obra en general, y mantengo la esperanza de que el amigo lector también piense así.

– ¿Por qué escribe?

Necesidad, decía Rilke. En mi caso también porque las palabras están impresas en mis glóbulos rojos.

– ¿Puede comentar que significa para usted el Premio Fray Luis León de Poesía que le han otorgado recientemente?

Fue una gran sorpresa recibir este premio, y sobre todo a nombre de Fray Luis de León, quien hacía pocos años había iluminado mis días cuando me jubilé de la universidad y hui del “mundanal ruido”. Es verdaderamente un gran honor para mí porque con Fray Luis me unen el ser académico y mi carácter rebelde en el ejercicio de la poesía, digo esto con la humildad de quien no piensa nunca llegar con sus poemas a la gloria magnífica de la poesía como él lo consiguió. Se dice que el tiempo no pasa para Fray Luis y así es la poesía.

Screenshot

LA CAJA DE HUEQUITOS

A jugar con los espacios
nos enseñó mi madre.
Ella los guardaba
en una caja de huequitos,
donde también estaban
los sueños.
Mi espacio se construía
de insectos invisibles,
y ese miedo, siempre.
El de mi hermana era
de blusas blancas.
El de mi hermano
de libros y palabras.
Por años los espacios
nos habitaron,
y si los abandonábamos,
luego aparecían
como juguetes por la casa.
Nunca se supo de los sueños
hasta que ella vino a despedirse,
y nos dijo que estaban hechos
de eso que florece,
allá adentro,
todos los días.

LA PALABRA MISERICORDIA

Ya quedó atrás en el tiempo
la palabra misericordia.
Se le fue enredando
como una telaraña,
y al final era difícil distinguirla,
allá al fondo,
casi perdida.
En nuestro mundo
muchas palabras se pierden,
pero no desaparecen por completo,
sólo dejan una vaga memoria.
Recuerdo esta palabra
cuando era pequeño.
Mi madre la usaba por las noches,
al caer el silencio,
y yo sabía que los ojos
de mi padre la escuchaban,
abiertos.

TENTATIVA DE CANTO EN EL CAMINO

“¡Oh, qué cansado estoy
de mi cobarde, vieja, tan salvaje tierra!”
Salvador Espriu

A Eugenio Montejo, in memoriam.

Nadie cantó mejor que nadie
a eso que fue de tierra
hasta llamarse patria,
ni hizo del salvaje grito
aridez de piedra,
desolada tristeza.
Nadie amó mejor que nadie
su punto y raya sobre el espacio,
la cuenta de círculos
que hacia sí convergen.
Nadie comprendió mejor que nadie
que era ilusión el sol
de buena vida en otra parte,
pájaros de salud y euforia,
ojos de bestia feliz.
Nadie me acompañó mejor que nadie
a contemplar el árbol
que florece por los hielos,
a ir por el camino
que lento nos digiere,
a palpar lo que existe
a tres pasos de su nada.
Nadie me enseñó mejor que nadie
que hay un solo aquí
que se disuelve,
aljibe que torna invisible
nuestro rostro en lo profundo.
Nadie me explicó mejor que nadie
que si del sentir se habla
se llama patria,
terruño salvaje,
grieta árida, cobarde y vieja.
Nadie cantó mejor que nadie
la felicidad que rechaza
lo que en el camino se resuelve.
Nadie lo dijo mejor que nadie
pero fue en aquel entonces,
de horas limpias y transparentes,
ya no.

EL AZUL

Cómo puede no verse
que el azul le falte el respeto
a todos los colores.
El azul se le tira a los abismos
sin importarle ser el cielo.
El azul se hace de rabia horizonte
contra los mares y sus islas.
El azul es color que dice de pasión
y lucha como los rinocerontes.
El azul pica como una flecha
de serpiente envenenada.
Yo vi el azul en una esquina,
lo vi bajarse de tus ojos,
poniéndole temor al encanto.
Por eso lo digo.

EL ÁRBOL DIGITAL

Era un hombre al que le habían enterrado su mano derecha
Pasaba sus días metido en una pieza vacía
Donde se sentaba
Los pies contra el ángulo superior de la ventana
Y su mano izquierda sosteniendo un ojo de buey
Por el cual los rinocerontes
Ensartaban su cuerno
Y hacían brillar su corteza metálica

Le había dado por ser poeta
Y se pasaba todo el tiempo hablando de la guerra
De tal manera
Que había descuidado su mano derecha
Esta creció lenta y furiosamente
Y sin que él se diera cuenta
Atravesó el mundo de lado a lado

Cuando los niños de la parte norte de Sumatra
Vieron aparecer un árbol sin hojas y sin frutos
Corrieron espantados a llamar a sus padres
Estos vinieron con sus gruesas espadas
Y cortaron el árbol de raíz
Un líquido blanco lechoso salió de la corteza tronchada

Desde ese entonces
El hombre como un poeta
Siente un dolor terrible
Agudo
En un sitio del cuerpo que no puede determinar

LA TIA CHINCA

A Antonio Zibara

Nunca hablé de mi tía Chinca por miedo a su silencio. Recuerdo esas largas oleadas de humo que venían desde la última pieza, la que daba al patio, y que eran producto de sus cigarros baratos. Ella los fumaba allí, en lo oscuro, como quien saluda al infinito. No sé cómo era su voz porque nunca me dijo una palabra de rabia ni de cariño. Tengo memoria sí de sus vestidos negros y de sus babuchas gastadas por un caminar de no sé dónde. Nadie me dijo qué hacía mi tía Chinca los domingos o si tuvo amores secretos, pasiones violentas, encuentros fortuitos. ¿Qué hacía mi tía Chinca sentada sola en el patio? Cuando pasaba a mediodía por la sala, donde toda la familia se reunía a oír las canciones de Pedro Infante, mi tía Chinca dejaba una estela de cenizas y escombros como si lentamente se estuviera deshaciendo. Pero nadie lo notaba, o ¿era yo sólo el que descifraba las manchas que dejaba en el espacio? Dicen que murió pequeñita, como una torcaza, y que con ella enterraron también su silencio.

MI INFANCIA

Yo también al desaparecer mi infancia estuve presente. Con un grueso hato de oraciones y un látigo sibiloso se cortó esa calle por donde arrastraba las piedras o buscaba escarabajos. No dijo de azules begonias ni de las otras matas en el patio, se fue como trepando por esa escalera que llevaba al abovedado. Se arrepintió de una mirada furtiva a los senos de la niña vecina y aplastó el cigarrillo contra uno de los postes del alumbrado. Mi infancia ya no estaba allí cuando vino el radiopatrulla a buscarla.

AZÚCAR EN LOS LABIOS

Desde la mujer del tendero hasta Conchita la pelirroja, y desde Jesús el zapatero
hasta Roberto que dirigía la escuela, todos, sin excepción, amanecieron con un terrón de
azúcar en la punta de los labios. Sin embargo, los únicos en enterarse de lo sucedido fueron
los que se besaron por la mañana.

DIALOGO

Dos monjes hablan en la noche.
Una voz clara, golpeante, deja que las vocales se desprendan
gota a gota.
Una voz de tierra, acechante, se escurre por entre las brumas.
Una voz salpica las paredes con salmos como lanzas.
Una voz acelera su ir de tropel confuso.
Una voz de consonantes dice su última palabra.
Una voz de susurros espera, incrédula.
Una voz hace alto, altanero, su momento.
Una voz es una pantera.
Una voz es un silencio.

DIFERENCIAS

Debe haber otra felicidad
en el gesto que acompaña
al monje tañendo la viga
de la oración.
Debe haber otra tristeza también
para el taciturno que recoge
los platos en el refectorio.
Una felicidad como agujas de lluvia.
Una tristeza como trapos al sol.

AEDO, HOY

¿Quién tan pequeño
entra en una hormiga?
El que a tu lado
se sienta
y escribe el poema.
No tiene ojos,
sólo antenas,
y muchos pies
para vacilar
por los abismos.
Carga los muebles
de la casa
como si fuesen
palabras,
y hace de la miel
una trampa.
El que escribe
el poema
es una hormiga,
negra.




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