Colaboraciones

Claudia Osorio: “Escribo porque hay cosas que quiero contar, otras que quiero entender y muchas que todavía me sorprenden”. Una entrevista de Petruvska Simne


Tiberiades se complace en publicar esta entrevista realizada aun una poeta invitada al XXIX Encuentro de Poetas Iberoamericanos de Salamanca

EL DIVÁN

Este es el diván del paroxismo,
este es el lugar,
el sitio de tus temores.

Este es el diván
donde abres tus secretos,
aquí te escucho.

Aquí liberas tus deseos,
este es el diván del paroxismo,
la llave a tu ansiedad.

Claudia Osorio, del libro
Los poemas del diván

 

Claudia Osorio comenzó a escribir poesía de manera natural, como si ese hecho estuviera escrito en su ADN, en cada célula de su cuerpo. Estudió Ciencias de la Educación para utilizar el conocimiento como una experiencia transformadora en el ser humano mientras que con la poesía muestra una perspectiva nueva y única del mundo que nos rodea.

Robert Graves, en su libro La Diosa Blanca, escribió: “La verdadera práctica poética exige una mente tan milagrosamente afinada e iluminada que puede transformar las palabras, por medio de una serie de más que coincidencias, en una entidad viviente, en un poema que puede actuar por sí solo (durante siglos después de la muerte del autor, tal vez) afectando a los lectores con su magia almacenada”.

Los poemas del diván y Noche callada son los títulos de los dos primeros poemarios de Claudia Osorio, y sobre ellos le explicó al poeta Alejandro Cortés González, en una entrevista que “Después de Noche callada, he sentido la necesidad de explorar territorios distintos, aunque siempre desde la fidelidad a la voz poética que me acompaña. Si Los poemas del diván fueron catarsis y desahogo, y Noche callada contemplación y silencio, ahora mis nuevos escritos buscan dialogar con la memoria y con la finitud. Estoy trabajando en poemas que giran en torno a la pérdida de seres queridos, a ese misterio que nos iguala y nos recuerda la fragilidad de la vida”.
El poeta Ernesto González Barnert señala que la obra de Claudia Osorio “se articula en torno a ejes temáticos recurrentes, entre los que destacan la resiliencia, el amor en sus dimensiones familiar y de pareja, y una marcada preocupación por lo social. Estos motivos no solo configuran una exploración de su experiencia personal, sino que también trascienden lo individual para reflejar las vivencias y conflictos de la vida cotidiana de distintas personas. Así, su poesía se convierte en un testimonio sensible de las múltiples facetas de la existencia humana”.

Claudia Osorio, Villahermosa, Tabasco, México, 1972. Estudió la licenciatura en Ciencias de la Educación en la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco. Maestra en Administración de Instituciones Educativas por la IEU Universidad. Doctora en Educación por la Universidad Maya de Chiapas. Actualmente trabaja como Coordinadora administrativa de la Dirección de Difusión Cultural, en la UJAT.
Ha sido organizadora de diferentes eventos culturales como Ferias de libro, entrega de premios y reconocimientos a grandes personajes, tanto del ámbito cultural, político, deportivo y empresarial. Ha sido docente de las licenciaturas de Administración, Mercadotecnia y del Taller de Lectura y redacción. Gestora Cultural.
Ha publicado: Carlos Pellicer Cámara. Poeta y Educador. Los poemas del diván (Summa, Perú, 2024), Noche callada (Summa, Perú, 2025), Donde no estás (Summa, Perú 2025), es parte de la antología de poesía latinoamericana Inventar la vida (Ujat. México 2025). Es miembro de la organización del Festival Internacional Primavera Poética.

– ¿Quiénes eran sus amigas de niña? ¿Conserva alguna de esas amistades?

– Sí, he tenido la fortuna de conservar verdaderas amistades a lo largo de mi vida. Algunas de ellas me han acompañado por más de cuarenta años; prácticamente hemos crecido juntas, hemos pasado por distintas etapas de la vida y nuestra relación sigue siendo muy cercana.
Para mí la amistad es algo muy importante. Valoro muchísimo la lealtad, el acompañamiento y esa capacidad de estar presentes tanto en los buenos momentos como en los difíciles. Mis amigas han sido un gran apoyo en mi vida y por eso también soy muy protectora con ellas: las quiero y las defiendo.
La amistad incluso aparece en mi poesía. He escrito un poema dedicado a mi mejor amiga y también tengo otros textos que hablan de ese tema, porque es un sentimiento que ocupa un lugar muy especial en mi vida.
Creo que conservar una amistad durante tantos años es un verdadero privilegio. Al final, esas personas dejan de ser solamente amigas y se convierten en parte de tu historia, de tu memoria y, de alguna manera, también de tu familia.

– ¿Qué es lo que recuerda de la casa de su infancia? ¿Cómo celebraban las fiestas familiares?

– Cuando pienso en mi infancia, en realidad recuerdo dos momentos muy claros.
El primero fue cuando vivíamos fuera de Villahermosa. En esa época, las vacaciones significaban venir a visitar a los abuelos y encontrarnos con toda la familia. Esperábamos esos días con mucha ilusión porque eran días de convivencia, de alegría y de estar juntos.
Después regresamos a vivir a Villahermosa y esa cercanía con la familia se volvió parte de nuestra vida cotidiana. Lo bonito es que la costumbre de reunirnos nunca se perdió. La familia ha crecido con los años, han llegado nuevas generaciones, pero hasta la fecha seguimos buscando momentos para reencontrarnos.
Somos una familia muy alegre. Nos gusta reunirnos, conversar, reírnos y celebrar. Creo que hemos sabido conservar algo que tiene muchísimo valor para mí: nuestra unión.
Cuando miro hacia atrás, me percato que muchos de mis mejores recuerdos de infancia no están relacionados con un lugar en particular, sino con esa sensación de estar rodeada de mi familia.

– ¿Quiénes son sus padres? ¿Qué aprendió de su madre? ¿Qué consejo sigue de su padre?

– Mis padres, Roberto y Teté, han sido mi mejor ejemplo de vida. De ellos he aprendido que, aun en medio de las adversidades, siempre podemos salir adelante con fortaleza, disciplina y tenacidad.
Mi madre me ha enseñado, sobre todo, a ser resiliente. Siempre he contado con su apoyo incondicional y, es también mi mejor amiga. Saber que está ahí, acompañándome, ha sido una de las grandes certezas de mi vida.
De mi padre he aprendido la tenacidad. A mis hermanos y a mí nos ha enseñado, con su ejemplo, el valor del trabajo honesto, el respeto a los demás y la disciplina. Son principios que han marcado nuestra manera de vivir.
Y, sobre todo, doy gracias a Dios por tenerlos todavía en mi vida. Poder compartir con ellos, escucharlos y aprender de su sapiencia es algo que valoro profundamente.

 

– ¿Recuerda algún libro que leyó cuando era niña?

– Sí. Recuerdo especialmente algunos clásicos que llegaron a mis manos durante esos años, como Mujercitas, Hombrecitos, Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn.
Creo que fue precisamente con esos libros cuando descubrí que sí me gustaba leer. Me atrapaban las historias, los personajes y la posibilidad de entrar, a través de las páginas, en mundos y vidas completamente distintos a los míos.
No podría decir que fui una lectora precoz ni de esas niñas que siempre tenían un libro entre las manos, pero esas lecturas despertaron algo en mí. Poco a poco fui descubriendo el placer de leer y, con el paso del tiempo, los libros ocuparon un lugar cada vez más trascendental en mi cotidianidad, hasta convertirse en algo indispensable.

– ¿Cómo fue su etapa de adolescente? ¿Se refugiaba en la escritura, en la lectura o en otras actividades?

– De adolescente tampoco era una gran lectora. Mi verdadera fascinación en aquellos años era la música.
Me encantaba descubrir canciones, aprenderme las letras y encontrar en ellas emociones con las que podía identificarme. Creo que la música fue uno de mis primeros refugios y, de alguna manera, también mi primer acercamiento a la poesía, aunque entonces yo no lo pensara así.
Una canción puede quedarse asociada para siempre a una persona, a un momento o a una etapa de nuestra vida. Todavía hoy me sucede: escucho determinada canción y de inmediato regreso a algún lugar de mi memoria.
La lectura y la escritura llegaron con mayor fuerza después, pero creo que esa fascinación por las palabras, el ritmo y las emociones ya estaba presente en la música.

– ¿Alguien la motivó a estudiar Ciencias de la Educación? ¿Cómo eligió esa licenciatura?

– No podría decir que hubo una sola persona que me motivara a estudiar Ciencias de la Educación. Fue más bien una elección que se fue dando de manera natural, porque siempre me ha gustado aprender, compartir lo que sé y estar cerca de los procesos de formación de otras personas.
Con el tiempo descubrí que había elegido una carrera que tenía mucho que ver conmigo. La educación no solo me permitió desarrollarme como profesional, también me dio la oportunidad de acompañar a otros, despertar inquietudes y seguir aprendiendo todos los días.
Creo que enseñar tiene mucho de compartir. Y quizá por eso, años después, encontré también una conexión muy natural entre la educación, la literatura y la promoción cultural: en las tres existe la posibilidad de acercar a alguien a una idea, a un libro o a una experiencia que puede cambiar su manera de mirar el mundo.

– ¿Cómo fue el proceso de escritura de su primer libro? ¿Reunió los poemas que tenía escritos o escribió especialmente para ese libro? ¿Fue difícil encontrar la editorial?

– El proceso de mi primer libro fue muy emocionante, pero al mismo tiempo estuvo lleno de incertidumbre. Ya tenía varios poemas escritos, que son la mayoría de los que al final integraron el libro, aunque durante el proceso también escribí e incorporé otros.
Por una parte, estaba la ilusión de ver por primera vez mis poemas reunidos en un libro; por otro, aparecía inevitablemente la duda de si iban a conmover, si alguien se sentiría identificado con ellos o si lograrían transmitir lo que yo quería decir.
Además, sentí algo muy particular: estaba exponiendo mis sentimientos. Hasta ese momento, muchos de esos textos pertenecían a un espacio muy íntimo y personal, y publicarlos significaba aceptar que aquello que había sido solo mío dejaría de ser privado y comenzaría a tener su propia vida en manos de los lectores.
En mi caso, la llegada a la editorial se dio de una manera muy afortunada. Tengo el privilegio de contar con la amistad del poeta y editor peruano Harold Alva, quien me hizo la propuesta de publicar el libro en su editorial, SUMMA. Eso hizo que el proceso fuera también muy especial, porque había confianza y una sensibilidad compartida alrededor de la poesía.
Con el tiempo entendí que justamente ahí está una de las cosas más hermosas de publicar: escribes desde algo profundamente propio y, de pronto, alguien encuentra en tus palabras una emoción que también le pertenece.
Por eso siempre digo que, si alguno de mis poemas logra tocar tu corazón, entonces creo que voy por buen camino.

– ¿Escribe en cualquier momento en papeles o libretas, o se sienta frente a su computadora a trabajar un poema determinado?

– Siempre estoy escribiendo. Soy de las que lleva una libreta en la bolsa y también tengo cuadernos repartidos por la casa, porque nunca sé en qué momento puede aparecer una frase, una idea o una imagen que quiera guardar. Y si no tengo nada a la mano, recurro al celular.
Muchas veces todo empieza, con unas cuantas palabras que anoto casi sin pensar. Después regreso a ellas, las releo y veo si ahí hay un poema esperando.
Me gusta esa parte del proceso, porque nunca sé de dónde va a surgir algo que termine convirtiéndose en un texto. A veces nace de una conversación, una canción, un recuerdo o simplemente de algo que observé y se quedó conmigo.

– ¿Reescribe constantemente o no toca lo ya escrito?

– Sí, reescribo constantemente.
Puedo releer un poema muchas veces y siempre encuentro algo que quiero cambiar: una palabra, un ritmo, una imagen o incluso un silencio.
Lo reviso hasta que siento que ya llegó a su mejor versión, o al menos a la mejor definición que puedo darle en ese momento. Creo que escribir también es saber volver sobre lo escrito y escucharlo de otra manera.

– Como promotora cultural se ha destacado al estimular la presencia de diferentes actores del quehacer cultural. ¿Cuáles han sido los retos que ha tenido que afrontar en ese camino de hacer posible que la literatura esté al alcance de todos los públicos?

– Como promotora cultural se enfrentan muchos retos, porque no siempre es fácil lograr que las personas se acerquen a la lectura.
A mí me gusta mucho promoverla, tanto en mis alumnos como entre la gente cercana. Creo que leer puede abrir muchas puertas, no solamente académicas, sino también personales.
Uno de los mayores retos es despertar el interés y quitar esa idea de que leer es una obligación. Me gusta pensar que cada persona puede encontrar ese libro, ese autor o ese texto que le haga clic y cambie su relación con la lectura.
Para mí, promover la cultura también tiene que ver con eso: acercar, compartir, generar curiosidad y crear espacios donde las personas puedan encontrarse con los libros y descubrirlos a su manera.

– ¿Qué libro le regalaría a alguien que quisiera conocer Tabasco?

– Le regalaría Colores en el mar y otros poemas, el primer libro de Carlos Pellicer Cámara.
Es una obra muy especial porque desde ahí ya se percibe esa relación tan intensa de Pellicer con el paisaje, el agua, el mar y con la naturaleza. En sus poemas aparecen ecos de Tabasco y también de Campeche, y esa manera tan suya de convertir el paisaje en emoción y en poesía.
Creo que es una muy buena puerta de entrada para conocer la obra de Pellicer, y una parte de nuestra identidad. Tabasco está profundamente ligado al agua, la vegetación, a la luz y a esa exuberancia que él supo mirar y transformar en palabras.
Por eso elegiría ese libro: porque a veces una tierra se conoce mejor a través de la sensibilidad de uno de sus grandes poetas.

– ¿Qué libro suyo de poesía recomendaría a un lector de narrativa?

– Es difícil elegir uno porque todos mis libros me gustan mucho y cada uno surgió en un momento especial de mi vida. De alguna manera, cada libro guarda una parte de quien yo era cuando lo escribí.
Pero creo que recomendaría Donde no estás. Es especial para mí porque siento que con él cierro algunos círculos de vida. Hay recuerdos, emociones y experiencias que necesitaban encontrar su lugar en la escritura y que, al convertirse en poemas, también me permitieron mirarlas de otra manera.
Quizá por eso pienso que puede resultar interesante para un lector de narrativa: aunque está escrito desde la poesía, hay un recorrido, una memoria y una historia personal que va apareciendo entre un poema y otro.
Donde no estás representa para mí no solamente un libro, sino también el cierre de algunos ciclos y, al mismo tiempo, la posibilidad de comenzar otros.

– ¿Tiene algún libro que relee buscando respuestas?

– Más que un solo libro, tengo la particularidad de volver constantemente a ciertos autores.
Me gustan mucho los poemas de Luis García Montero y regreso a ellos con mucha frecuencia. Algunas veces lo hago buscando inspiración y otras porque encuentro en sus versos algo que me ayuda a mirar de otra manera lo que vivo o pienso.
También me transmiten mucho grandes poetas como Raúl Zurita, Elvira Hernández y Alejandra Pizarnik. Son voces distintas, y justamente por eso disfruto regresar a ellos y descubrir otras formas de concebir el hecho poético.
Creo que cada autor nos acompaña de una manera diferente. A veces uno vuelve para buscar una respuesta y termina encontrando una nueva pregunta, una imagen o apenas una frase que se queda dando vueltas. Esa es una de las cosas que más disfruto de releer poesía.

– ¿Le gusta leer sus poemas en los recitales de poesía, oír a otros poetas, enfrentarse con el público?

– Sí, disfruto mucho los recitales.
Siempre hay un poco de nervios, porque una cosa es escribir un poema en la intimidad y otra muy distinta decirlo frente a otras personas. Pero también ocurre algo mágico.
Cuando leo un poema en voz alta descubro cosas que quizá no había notado mientras lo escribía. El ritmo cambia, los silencios se sienten distintos y también puedo percibir la reacción del público.
Y me gusta mucho escuchar a otros poetas. Siempre aprendes algo. Cada uno tiene su propia voz y su manera particular de contemplar el mundo.
Creo que los recitales también tienen algo de encuentro: durante unos minutos, quienes escribimos y quienes escuchan compartimos una misma emoción.

– ¿Por qué escribe?

Porque trato de explicarme a mí misma y porque hay cosas que me resulta más fácil entender cuando las escribo.
A veces escribo a partir de un recuerdo, otras de una emoción, de una persona, de algo que vi o de una frase que apareció de repente. No siempre sé desde el principio qué quiero decir; muchas veces lo descubro mientras estoy en ese proceso creativo.
Creo que la poesía me permite guardar momentos, hablar de lo que me importa y también transformar un poco la realidad.
Hay algo que me sigue pareciendo maravilloso: puedes escribir un poema desde una experiencia completamente personal y después alguien lo lee y te dice: “Eso también me pasó a mí”.  Ahí entiendes que la poesía puede unir experiencias que parecían completamente individuales.
Creo que por eso continúo escribiendo: porque hay cosas que quiero contar, otras que quiero entender y muchas que todavía me sorprenden.

 

 

POEMAS

 

SIN NOMBRE, PERO CIERTO

Este sentimiento
no se deja encerrar, en una palabra.
Es fuego lento en el pecho
y brisa helada en la espalda.
Una sombra que tiembla bajo el sol
sin saber si esconderse
o rendirse a la luz.
Nace donde el alma se curva,
donde uno no quiere mirar.
Late, sin hacer ruido,
pero está —
y cuando está, lo ocupa todo.
Es mirar con los ojos cerrados,
sentir como si el tacto fuera memoria,
una ausencia con peso de presencia,
una voz que nunca habla
pero no deja de estar.
A veces es alas,
a veces es lodo.
Te eleva,
pero con los pies atados.
No pregunta.
Se instala.
Como una raíz
que brota en el centro del pecho
y no se arranca
sin dejar cicatriz.
Puede doler.
Puede salvar.
Es la calma rota
y la tormenta que acaricia.
No lo nombro,

pero me nombra.
Lo callo,
pero me grita por dentro.
Camina conmigo,
aunque a veces quisiera dejarlo atrás.
Y sí —
aunque me rompa,
también es amor.

ENTRE EL SÍ Y EL QUIZÁ

Lo que sentimos ahora
no tiene bordes.
No se deja encerrar en un verbo,
ni en la boca de nadie.
Es una chispa en la piel
que no se atreve a ser incendio,
pero arde.
Es una mirada suspendida,
a medio camino entre la duda
y la confesión.
Un roce que no ocurrió,
pero aún nos quema.
Es deseo con miedo,
esperanza que no se atreve a crecer,
una ternura temblorosa
vestida de distancia.
Un latido que no sabe si quedarse,
pero tampoco quiere huir.

¿Es esto el principio de algo?
¿O solo un eco del final?
¿Una señal o el silencio disfrazado?
Nadie lo sabe. Y eso también es amor:
no saber, pero sentir igual.
Esto que nos pasa
no necesita nombre.
Late sin permiso, nos habita sin forma.
Y aunque no sepamos qué hacer con ello,
ya nos cambió.
Ya es.

LA SILUETA DE LO QUE FUIMOS

Nuestro amor ya no es amor,
se ha extraviado en las grietas del tiempo,
como agua que escurre entre los dedos,
como un fuego dormido bajo cenizas.
Ya no chispea la noche entre nosotros,
no hay miel en los gestos,
ni luz en la mirada.
Todo se ha vuelto un reloj sin manecillas,
dos almas varadas en la misma nada.
Los abrazos ya no abrigan la tormenta,
los besos no saben a regreso ni calor,
y por más que escarbamos en el recuerdo,
hallamos solo sombras y desamor.
Nuestro amor ya no es amor,
es una estatua erosionada por el viento,

un puente que alguna vez fue firme
y hoy cuelga roto sobre el silencio.
Aunque compartimos días y tejados,
sabemos que algo se fue sin adiós.
Solo queda la silueta de lo que fuimos,
un suspiro en ruinas, sin voz.
Nuestro amor ya no es amor,
pero deja una lección que no olvido:
hubo un tiempo en que ardimos sin miedo,
por eso, aunque duela, lo bendigo.

SÁBANAS SIN TESTIGOS

Lo que pasa después de los besos
es un silencio que arde sin llamas,
el aire se espesa,
como si los cuerpos aún hablaran
con la piel que no quiere despedirse.
Tus ojos me interrogan en susurros,
como si detrás de esa caricia
se desvistiera el miedo al abismo.
Lo que pasa después de los besos
es un cruce entre vértigo y destino,
la certeza de haber abierto un umbral
que ya no acepta regreso.
Después de los besos,
todo es fuego de lo irrepetible:
el temblor que aún vibra en la sangre,

el roce que tiembla en la memoria,
la promesa no dicha que late en la espalda.
A veces es inicio,
otras, un adiós sin reloj,
pero siempre deja una estela,
como vino oscuro sobre sábanas blancas.
Porque lo sabemos,
aunque lo callemos:
después de los besos,
la piel recuerda
lo que el tiempo jamás podrá borrar.

REFUGIO EN LA NOCHE

En esta noche,
la luna desliza susurros
como dedos fríos sobre el pensamiento.
El reloj, guardián del silencio,
deja caer los minutos
como gotas en un estanque quieto.
Mis ideas navegan sin brújula,
veleros perdidos en mares dormidos.
El sueño se disuelve entre sombras,
como un río que ha olvidado su cauce.
Me quedo suspendida en este instante,
prisionera de un tiempo sin orillas,

descifrando constelaciones internas,
intentando traducir
lo que en mí se agita sin nombre.
Y entonces comprendo:
el insomnio no es castigo,
es abrigo secreto,
es la cueva donde el alma
se escucha con más claridad.

                  Poemas del libro Donde no estás (Summa 2025)




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