Colaboraciones

Carmen Ruiz Barrionuevo: ‘Escribir es un reto y también un placer’. Entrevista de Petruvska Simne

La reconocida catedrática de Literatura Hispanomericana de la Universidad de Salamanca acaba de recibir un reconocimiento a su trayectoria en el marco del XXIX Encuentro de Poetas Iberoamericanos


HAKKARMEL

He ahí el nombre de lo sagrado y lo difícil
de la sequía y lo fecundo
es mejor pronunciarlo sin intérpretes
y dejarlo que fluya
Ella ensalma su trova
su escritura refleja el porvenir
no hay mal de ojo que alcance
el cuerpo de su música
en el patio las ramas se han llenado
inventando palabras voladoras
Las palabras se juntan, se distancian y dicen
las palabras que pesan, las que flotan, aquellas con fragancia
todas son como el día que está hecho de amores y dolores
las palabras de antes, tan viejas,
casi ninguna es nueva
pero con ellas surge lo de ahora, se producen la entraña y el albur
hay palabras de agujas, de novias y collares, hay palabras de agua
y frases que se embrujan y se empozan,
jaguares que preguntan
zureos en el desierto, pasiones en la nieve, el párrafo con alma
anunciación de besos a escondidas del Tártaro,
aromáticas voces
gargantas de Castilla, la ceguera de árboles en palabras que trinan
cuerdas, flautas, siringas, los verbos ruiseñores en ilirias tonadas
las palabras se aman, se repelen, se persignan y duelen
se descubren algunas que jamás han estado al lado de las otras
y renacen las artes encantadas,
Japón, Alejandría y el Ave Fénix
Celia Cruz y el azúcar, Imagine y John Lennon,
Central Park y John Lennon.
Hay Baquero y vaquero,
Cortázar y cortezas,
Scorza, invisible y Garabombo
Arpa, David y honda; superstición y lentes: Spinoza
Y hay voces que recorren palabras continentes, espíritus que buscan
para mostrar las órficas hermanas del sentir

Milpa de los ancestros esperando garúas
reseca los maizales esa ausencia de cuervos
ella está dibujando amarillos de sueño
con sus ojos de yesca
Sobre ella su cabeza como el Monte Carmelo
jamás brotará turbia el agua de sus sueños
Está de infancia ahora en esta hora
ahí en el camuflaje de los gallos
los caracoles engañando huevos
las brasas atizadas en un fogón de piedras
las sombras de guayabas picoteadas
un mediodía para inventar poemas
en la hondura del aire con sus canarios tímidos
que es donde ella se afana cantándole a los árboles
para que acepten nidos.
En el jardín de al lado
ella convence al sol con sus palabras
para que no evapore las fragancias
fragancias de duraznos y huipiles
de bailes orillados en la iglesia
de las palmas benditas a la trova
esa trova de espíritu antiquísimo
y en todo el sur de tierra y de lenguaje
y en todo el territorio de pupitres
es su voz lo que amamos

Poema de José Pulido, dedicado a Carmen Ruiz Barrionuevo.

 

Si hay algo que caracteriza y hace única a Carmen Ruiz Barrionuevo, es la elegancia y la claridad con la que establece su opinión en los análisis y ensayos que escribe sobre literatura. Su trabajo es como un juego entre pensamiento y verbo, entre imágenes y percepción del libro que está estudiando, que está descubriendo en profundidad, un juego de inteligencia y percepción que sirve para mostrar el trasfondo más íntimo y significativo de un texto literario. Y todo lo que define a un autor.
Carmen no solo interpreta textos y define el significado y el contexto histórico de una obra literaria. Es consciente de que las palabras no son solo un medio de comunicación, sino que deben revelar pasión. Como lo dijo limpiamente Jorge Luis Borges en una de sus conferencias en Harvard, cuando comentó lo que sintió, siendo un niño, al oír a su padre leer un poema de Keats. Borges revela que en ese momento entendió que “el lenguaje, no era solo un medio para la comunicación, sino que también podía ser una pasión y un placer: cuando tuve esa revelación, no creo que comprendiera las palabras, pero sentí que algo me sucedía. Y no solo afectaba a mi inteligencia, sino que a todo mi ser, a mi carne y a mi sangre”.
Además, Carmen Ruiz de Barrionuevo tuvo que enfrentar prejuicios, retar a quienes pregonaban que eran de baja o poca calidad los logros literarios de los escritores y poetas en América Latina.
Logró con tesón y perseverancia crear las cátedras dedicadas al estudio de escritores venezolanos, chilenos y dominicanos, trabajo que además la consagró como la primera catedrática de Literatura Hispanoamericana en los ochocientos años de la Universidad de Salamanca.
La primera de esas cátedras fue la del poeta venezolano José Antonio Ramos Sucre, que se inició en el año 1993, dedicada la literatura venezolana. La segunda se une al máster de Chile, cátedra que comenzó en 2009 auspiciada por la Embajada chilena en Madrid. Y la tercera cátedra dedicada a la República Dominicana, que lleva el nombre del crítico y filólogo dominicano Pedro Henríquez Ureña.
Su labor se extiende fuera de las aulas de clase ya que son más de doscientos los análisis y ensayos que ha escrito sobre libros y autores sin contar las horas que ha dedicado a la coordinación de congresos, de jornadas o simposios, conferencias y actividades extraacadémicas. Sin olvidad el apoyo que le ha otorgado a esas escritoras pioneras que han permanecido en las sombras durante décadas.
Carmen Ruiz Barrionuevo siempre está trabajando, escribiendo algún ensayo, un prólogo, un análisis, cálidamente cerca de la gente, observando, captando lo que sucede. Aquí transcribo algunos párrafos que sobre ella y su trabajo han escrito quienes la conocen y admiran.
Se siente en cada palabra que elige, en cada frase que crea la admiración que siente el escritor venezolano José Balza por el trabajo de Carmen Ruiz Barrionuevo cuando explica: “No hay duda de que, al escribir, en Barrionuevo predominan las virtudes de lo que podríamos considerar como un tono académico: exactitud, perfección, sobriedad. Sus frases y párrafos poseen un asombroso deslizamiento, plenos de lógica y lucidez. Rehúye todo malabarismo expresivo o conceptual. Elige un punto magnético en el texto a estudiar y decide cercarlo desde diversos ángulos.
Barrionuevo es, para mí y para todos, creo, una encarnación de la ciudad dorada y exigente, Salamanca, centro de la escritura, la reflexión y la belleza, cuya carne rocosa se alimenta de un río dulce, cuyo esplendor baja del cielo. Sin ella, la ciudad (y su sangre: la inteligencia) estaría incompleta”.
Por su parte el escritor Gabriel Jiménez Emán señaló: “Apenas evoca uno la figura de Carmen Ruiz acude a nosotros la imagen de la nobleza literaria, de una persona que ha entregado lo mejor de su ser intelectual a revisar buena parte de la producción literaria de nuestro continente, con una devoción que va acompañada siempre de lucidez. Esta mujer, dotada de una diligencia y de un entusiasmo contagiosos, ha hecho valer en España el legado literario de un buen número de narradores, poetas, ensayistas y pensadores nuestros, consiguiendo abrir espacios para una vasta reflexión”.
El poeta hondureño José Antonio Funes se refirió de ella de esta manera: “Me extendería mucho si escribiera sobre los valiosos aportes de Carmen Ruiz-Barrionuevo al estudio de la literatura hispanoamericana, sus magníficos estudios sobre la obra de José Martí, Rubén Darío, Julio Herrera y Reissig y Gastón Baquero, entre otros. En todos ellos sale a relucir no solo la profundidad crítica, el estudio acucioso, el arsenal intelectual que respalda sus argumentos, sino también el amor y la pasión que despierta en ella la cultura literaria de nuestro subcontinente. Digno es también mencionar el importante papel que la Profesora Ruiz-Barrionuevo desempeñó en su colaboración con el Premio Iberoamericano de Poesía Reina Sofía, y donde siempre hubo una elección muy atinada de los galardonados. Gracias a la mediación de ella, la ciudad de Salamanca recibió a grandes escritores hispanoamericanos, entre ellos Álvaro Mutis, Sergio Ramírez, Carlos Fuentes, Mario Benedetti y Mario Vargas Llosa. Asimismo, Carmen ha tenido una gran proyección cultural en la ciudad, colaborando con publicaciones de libros y organizando encuentros de escritores y recitales de poesía en colaboración con el poeta Alfredo Pérez Alencart”.
En el editorial de la revista Entreletras, volumen 2, número 8, edición homenaje a la catedrática Carmen Ruiz Barrionuevo la definieron como “importante pionera del renacer de los estudios de la literatura hispanoamericana en España y en Europa.
Desde su trabajo docente e investigativo en las Universidades de la Laguna y de Salamanca, no solo desplegó su carrera de analista de la literatura de esta región del mundo, sino que abrió cauces claves para que otros investigadores tornaran su mirada hacia la creación literaria hispanoamericana”.

A. P. Alencart, Baquero y Ruiz Barrionuevo, en Salamanca

Carmen Ruiz Barrionuevo, Burgos, 1947. Docente e investigadora española. Catedrática de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Salamanca (Usal, 1989 -2018), dirigió el Máster en Literatura Española e Hispanoamericana. Fundadora y directora de la Cátedra de Literatura Venezolana José Antonio Ramos Sucre (1993-2018). Vicepresidenta del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana (IILI, Pittsburgh University). Ejerció en la Universidad de La Laguna, en las Islas Canarias (1978-1988), directiva del Instituto Hispánico de Canarias (Puerto de la Cruz). Es premio María de Maeztu de la Usal a la excelencia investigadora (2008). Miembro correspondiente de la Academia Venezolana de la Lengua (2022). Directora de Guaraguao, Revista de Cultura Latinoamericana (2019-2021). Es autora de más de doscientos trabajos publicados en revistas y volúmenes especializados, entre ellos: El “Paradiso” de Lezama Lima (1980), La mitificación poética de Julio Herrera y Reissig (1991), En un domingo de mucha luz. Cultura, historia y literatura españolas en la obra de José Martí (1995), La modernidad literaria en España e Hispanoamérica (1995), Rubén Darío (2002), Asedios a la escritura de José Lezama Lima (2008). Ha realizado ediciones críticas de Rubén Darío, Antología (1992); Gonzalo Rojas, Cinco visiones (1992); José Joaquín Fernández de Lizardi, El Periquillo Sarniento (1997); Álvaro Mutis, Summa de Maqroll el Gaviero. Poesía, 1948- 1997 (1997); José Balza, Percusión (2000); prólogo a Ednodio Quintero, Combates, (2009) así como a la edición francesa, Le Combat & autres nouvelles, traducido por el Taller de Traducción Hispánica de la Universidad de Lyon (Lyon 2010). Ha coordinado el volumen Literatura Hispanoamericana vista desde España, en Revista Iberoamericana (1992). Presidió el XXXIII Congreso del IILI en 2000 cuyas actas están publicadas en la Universidad de Salamanca bajo el título La literatura iberoamericana en el 2000. Balances, perspectivas y prospectivas (2003). Últimamente ha publicado la edición y el prólogo a Fina García Marruz, ¿De qué, silencio, eres tú silencio?, XX Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2011) y con Ioannis Antzus Ramos, Catalina García García-Herreros y Carlos Rivas Polo, Voces y escrituras de Venezuela. Encuentros de escritores venezolanos, Cátedra José Antonio Ramos Sucre, Universidad de Salamanca (1995-2010), Caracas, CENAL, 2011.

Alencart, Moro, Fernandez Labrador y Ruiz Barrionuevo

– ¿Recuerda los juegos de su infancia, las amigas, los lugares?

– Mi infancia transcurrió en Burgos, donde nací en 1947. Eran los años de la posguerra después de la cruenta Guerra Civil que había finalizado ocho años atrás. Fueron años felices y también oscuros, difíciles. Recuerdo vivamente cómo con seis o siete años recorría el patio del colegio, entre árboles y jardines, y los juegos en los que participaba, que eran los habituales de la época, el corro, el escondite, la comba, el balón prisionero, la tanga (rayuela), o las cristaleras hechas con papel de plata y escondidas en la tierra. Aquella fue una época gris bajo la dictadura franquista, centrada en los poderes de la Iglesia y el mando militar. Las sospechas y la inquietud eran habituales, pero sobre todo se palpaba el miedo de hablar y expresar opiniones políticas diferentes. En Burgos existía uno de los mayores penales franquistas. Como es sabido, en la España de esos años se padecía un aislamiento general y un ambiente opresivo, incluso con carencias notables en el plano de la vida diaria, la medicina y el ámbito de la cultura. Un autor como Valle Inclán era sospechoso, como Neruda y tantos otros del presente y del pasado, por lo que se ejercía una censura previa de cualquier publicación. La lectura de muchas obras fundamentales no era permitida; llegaban, sin embargo, si se tenía la fortuna de tener una librería que desafiaba la prohibición, y traía las ediciones mexicanas, o las de editorial Losada en Buenos Aires.
La primera educación la recibí en un colegio de monjas cercano a casa, la formación era básica, controladora. A los 11 años pude pasar a un instituto de educación pública. Aunque hoy parezca irreal, el instituto de la ciudad de Burgos, el famoso, ya en aquellos tiempos, Cardenal López de Mendoza, uno de los mejores de España, solo estaba destinado a los varones, las chicas no podíamos acceder a los estudios porque no se permitía la coeducación. Pero siguiendo el empuje de los tiempos construyeron un edificio anexo en el patio, con aulas para las niñas. Así pude entrar en el instituto. Esta época fue muy feliz en el plano personal y educativo, con buenos profesores y buenas compañeras.  También lo fue el resto del bachillerato en el instituto femenino Lucía de Medrano de Salamanca.

– ¿Quiénes eran sus padres?

– Toda mi familia procede de Andalucía por generaciones que se pierden en el tiempo, mi padre de Jerez de la Frontera, mi madre de Málaga, ambos se asentaron en Burgos, hacia 1946, ya que mi padre consiguió por oposición una cátedra de profesor de instituto de Enseñanza Media. Pero estos datos tan escuetos contienen algunas otras connotaciones, incluso dolorosas. Mis padres pasaron la guerra en Jerez, y en los años subsiguientes, después de terminada la contienda, mi padre se planteó hacer oposiciones a profesor de instituto, única manera de conseguir una estabilidad económica. Estuvo en Algeciras, Madrid y La Palma, en las Islas Canarias, y al fin consiguió una plaza estable en Burgos. Esta es la historia que siempre nos contaron a los cinco hermanos, sin embargo, a la muerte de mis padres, después que restablecimos la relación con los primos de Jerez, supimos la verdadera razón de la salida de mi padre de Andalucía: había sido denunciado como “rojo”, desafecto al régimen establecido, por un miembro cercano de su familia y no tuvo más remedio que salir de su tierra. Mis padres se fueron a la tumba con su secreto y los hijos, nacidos castellanos, supimos décadas después el porqué del abandono de su tierra andaluza. Hasta hace unos pocos años, nunca pensé de qué modo mi familia había sido víctima de la Guerra Civil y de la violencia de la posguerra.
Como digo, mis padres eran andaluces y vivían en un contexto castellano en el que visibles diferencias se hacían notar por el tono y la pronunciación respecto a los burgaleses, poco acostumbrados a otras modulaciones del español, por lo que les despertaba alguna perplejidad. Eran sonidos y palabras algo desacostumbradas que manejábamos en casa y que se habían incorporado al acerbo familiar. Eso nos distinguía, aunque yo siempre me he sentido orgullosa de ese origen que propiciaba otras costumbres y otras experiencias. Mi padre, Juan Ruiz Peña, era buen lector y escribía verso y prosa, tenía una buena biblioteca en la que yo leí autores españoles y latinoamericanos. Promovía actos culturales tanto en Burgos como posteriormente en Salamanca, algunos de los mejores escritores de la época los conocí entonces, pues visitaron las dos ciudades: Gerardo Diego, Dámaso Alonso, Luis Felipe Vivanco, Luis Rosales, Camilo José Cela, Ramón de Garciasol, Luis Jiménez Martos, Carlos Murciano, Ángel García López, entre otros que recuerdo. Mi madre era ama de casa como la mayoría de las mujeres de esa época, de las que no se esperaba una dedicación al trabajo fuera de casa y de los hijos. Sin embargo, ella comentaba que, de no haber muerto su padre cuando ella era muy niña, hubiera estudiado para maestra. Por eso siempre alentó los estudios de sus hijos. Es sabido que el franquismo supuso un retroceso en la educación de las mujeres.

– ¿Heredó el nombre de su madre o de su abuela?

– En mi familia paterna y materna era costumbre repetir los nombres. En mi caso heredé el nombre de mi abuela materna y de mi madre, aunque he sabido que, mi madre, a su nacimiento, no tenía reservado ese nombre, pues venía al mundo después de una niña fallecida; entonces, ante el desánimo de mi abuela, que no quería volver a repetir el nombre de la niña muerta, creo que era Asunción, alguien la convenció para que le pusiera su nombre de Carmen. Así se conformaron curiosas recurrencias, mi abuela se llamaba Carmen Ruiz Arrabal y mi madre Carmen Barrionuevo Ruiz.

– ¿Qué es lo que más recuerda de su padre?

– Recuerdo a mi padre leyendo y escribiendo prosa y verso, y también, por su trabajo de profesor de Lengua y Literatura de Instituto, se veía obligado a realizar otras muchas lecturas. Esa era la vida habitual en la casa. Por ese ejemplo me sentí impulsada muy pronto a leer los titulares de pocos periódicos que se publicaban entonces, entre ellos el Diario de Burgos y el ABC. Pero lo que más me gustaba era, en mis primeros años, pasear con mis padres por algunos lugares de Burgos, llenos de árboles, como el paseo por la orilla del río Arlanzón desde el puente de San Pablo hasta el Paseo de la Isla, también ir al Espolón, los juegos y las meriendas entre los árboles de Fuentes Blancas, la subida al Castillo, y también las visitas a la Catedral. En algunas ocasiones podíamos ir mis hermanos y yo a lugares más lejanos, como las Huelgas y la Cartuja, también poblados de árboles en los que podíamos columpiarnos, y entrar en los recintos solitarios que convertíamos en lugares de admirable contemplación y de inevitables juegos. Siempre he asociado el campo con Burgos y sus árboles, a pesar del frío intenso, buscábamos hojas, flores y violetas silvestres. En Salamanca, a la que llegué con la adolescencia, ya no fue lo mismo. Se fracturó el encanto de esos años infantiles.

– ¿Qué libros leyó en sus primeros años? 

– Aparte de los periódicos, empecé a leer muchos tebeos, hoy se diría comics, que mi padre compraba para mis hermanos y para mí. No había muchas posibilidades de lectura para los niños en aquella época. Pulgarcito, TBO, el Capitán Trueno, El Jabato, y otros títulos similares, muchos editados por la Editorial Bruguera de Barcelona, eran esperados con impaciencia cada domingo de esos años infantiles. Casi al tiempo empecé a leer sobre todo clásicos españoles, como Garcilaso de la Vega, Lope de Vega, Góngora, Quevedo, los varios títulos de Celia de Elena Fortún y de Antoñita la Fantástica de Borita Casas, y muchos cuentos populares e internacionales de la Editorial Calleja. A continuación, seguí con las novelas, como las de Ramón J. Sender, que mi padre recibía expresamente enviadas por el autor exiliado, y algunos latinoamericanos, cosa no frecuente entonces, pero él tenía los libros de Rómulo Gallegos, y estos y La vorágine de Rivera me fascinaron.

– ¿Cómo fue su etapa de adolescente? ¿Se refugiaba en la escritura, en la lectura, o en otras actividades?

– Nuestras posibilidades de ocio eran muy limitadas, no había televisión, escuchábamos canciones en la radio, sobre todo los discos dedicados, repetidos cada día una y otra vez; tampoco había muchas posibilidades de practicar deporte. En esos años, aparte de ver algunas películas de las permitidas para menores, me gustaba sobre todo la lectura, tanto en la vida en Burgos como en Salamanca en la que cursé los últimos años de la enseñanza secundaria y la universidad. La vida en esta última ciudad era más respirable al final de la década de los 60, quizá porque era una ciudad universitaria, y también porque el franquismo empezaba su decadencia. Las manifestaciones eran frecuentes y cada año se interrumpían las clases por las protestas de los estudiantes. Descubrir los rincones de Salamanca en esos años fue un juego admirable y un placer, aunque en esos años eché mucho de menos las largas caminatas entre los árboles que solo eran posibles en Burgos.

– ¿Cómo se interesó por la Filología?

– La época del franquismo, en la que viví, no daba muchas opciones a las mujeres, de hecho, si mi familia se hubiera quedado en Burgos la única opción era hacer una carrera de tres años de Magisterio, que entonces no era universitaria, y ejercer de maestra de primaria. No había universidad en Burgos en esa época. Mi padre consiguió un traslado a Salamanca con esa intención, que sus cinco hijos tuvieran la posibilidad de estudiar en una universidad. Una mujer en aquella época no tenía abiertas todas las puertas, aunque aparentemente no existían impedimentos; pero cursar Filosofía y Letras era la carrera con menos trabas para las mujeres, podíamos ejercer de profesoras en igualdad con los hombres. Por otro lado, aparte del realismo en la elección, una carrera de Letras era lo que más me gustaba dadas mis condiciones. Tengo que recordar que fueron esos años pioneros para las mujeres que empezaron a llenar las aulas, tanto, que, a veces, los profesores varones aceptaban a regañadientes la presencia de tantas chicas en las aulas, porque según ellos estaban destinadas a las labores más acordes con su sexo. Recuerdo la beligerancia agresiva y machista de ciertos profesores en la carrera universitaria que estudié en Salamanca, y que hoy día nadie hubiera aguantado. Hemos cambiado mucho en eso, por fortuna. Hoy día las mujeres pueden acceder a todos los estudios y no se pone en duda su capacidad.

– ¿A su familia, a sus amigos les extrañó, les sorprendió esa decisión de estudiar filología? pues no es una de las disciplinas más estudiadas en las universidades.

– Como acabo de decir, hay que tener en cuenta el tiempo en que viví, aparte de que existían menos estudios y posibilidades de trabajo en general, las mujeres no tenían todos los campos abiertos y era normal que nos inclináramos por estudios de Letras en esa época. A nadie extrañaba una decisión así, además eran estudios de Filosofía y Letras que incluían una variedad de asignaturas de humanidades. Entonces no existía la denominación de Filología que vino bastante después. Por tanto, a nadie le extrañó, era algo habitual en un tiempo en el que lo normal era que las niñas dejaran los estudios para casarse o para ayudar en la familia.

– ¿Cómo fueron esos inicios cuando se encargó de tres cátedras para estudiar escritores venezolanos, chilenos y dominicanos? Vale decir que era la única catedrática de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Salamanca con esa responsabilidad.

– Me incorporé a la Universidad de Salamanca por segunda vez, esta vez como profesora, el curso 1988-1989, había pasado diez años en la Universidad de La Laguna, en la isla de Tenerife, en la que reforcé mucho mi inclinación latinoamericanista, pues existía un mayor interés por esa literatura y una importante biblioteca. A mi vuelta a la Universidad de Salamanca no había estudios de literatura latinoamericana, ni siquiera una biblioteca con los volúmenes de las obras esenciales, así que tuve que emprender la organización de esos estudios, que en ese momento padecían la postergación frente a la literatura española. Pude percibir que se consideraba que leer y estudiar autores latinoamericanos era algo muy limitado, de baja calidad, poco digno de estudio filológico y hasta poco serio. Desde mi llegada hasta 1995 fueron años muy duros y difíciles, por la poca ayuda y la escasa comprensión del entorno. Con todo, hacia esa última fecha ya teníamos una biblioteca y empezaba a caminar con soltura la Cátedra Ramos Sucre de Literatura Venezolana, también habían llegado los primeros estudiantes venezolanos como Juan Carlos Méndez Guédez y Juan Carlos Chirinos. Ello ayudó mucho a la larga, aunque como digo, incluso el comienzo de la Cátedra no fue fácil, era algo desconocido, casi impensable, y no se entendía el porqué de esa actividad. Luego vino la Cátedra Chilena, que, como ya tenía el camino andado, fue aceptada con mayor disposición, también gracias al buen hacer de Carlos Franz, entonces agregado cultural en la Embajada de Chile en Madrid, y años después la Cátedra Pedro Henríquez Ureña, que en realidad estuvo en manos de Eva Guerrero, que había realizado bajo mi dirección una tesis sobre el pensador dominicano.

– ¿Qué encontró en alguna de esas cátedras que todavía la asombra?

– Encontré más incentivos y motivos de satisfacción en la Cátedra Ramos Sucre, fueron muchos años con gran cercanía a muchos autores venezolanos que vinieron, impartieron clases o leyeron su obra. Fue casi increíble que continuara tantos años, incluso con el acceso de Chávez al poder. Me resultó insólito el encuentro con José Balza en Brown University en el congreso que se dedicó a la literatura venezolana en 1991. Me asombró la diligencia y el interés. Luego, conocer a tantos autores en Salamanca. Desde su fundación en 1993 el listado de autores es largo, porque no solo vinieron profesores, también se realizaron Encuentros de Escritores Venezolanos anuales hasta mi jubilación en 2018. Solo algunos ejemplos, en el primero participaron José Balza, Luis Britto García, Rubi Guerra, Juan Carlos Méndez Guédez y Slavko Zupcic en el otoño de 1995. El tercer Encuentro nos permitió conocer en persona y obra a Rafael Cadenas, Eugenio Montejo, Lázaro Álvarez y Juan Carlos Chirinos. Otros sucesivos a Elisa Lerner, Silda Cordoliani, Carlos Noguera e Israel Centeno; Ana Enriqueta Terán, María Clara Salas y Edda Armas. La lista es muy larga y tiene una amplia representación de la literatura de Venezuela.

– Además de su trabajo como catedrática en Salamanca, también ha coordinado congresos, jornadas, simposios, actividades extraacadémicas ¿Cómo siente que ha sido el impacto de ese trabajo fuera del recinto universitario?

– En efecto, he realizado muchas actividades de forma continuada y mi currículum es amplio en mi materia. Creo que poca gente tiene interés hoy día por las humanidades en general, se valoran más las ciencias experimentales. Aunque la literatura es la más afortunada, se publican muchos libros de ensayo y de ficción. Sin embargo, en estos días se ha hecho evidente, mediante el Informe Pisa, que los jóvenes rechazan la lectura de textos amplios que no llegan ni a comprender y son más proclives a la cultura visual de las pantallas. En cuanto al impacto social de este trabajo creo que no es ni siquiera mediano, no creo que el público en general lo valore, aunque se hable del prestigio que ofrece pertenecer a una Universidad.

– Sus investigaciones se han plasmado en alrededor de 200 ensayos y análisis publicados en revistas y volúmenes especializados, ¿Qué es lo que llama su atención cuando comienza a leer a un escritor o un poeta?

– Me llama la atención su escritura en primer lugar, me cuesta leer obras mal escritas, ello me produce rechazo, aunque a menudo me he sentido obligada a leerlas. Siempre he creído que el cuidado de la escritura es fundamental, si no existe una buena escritura no hay escritor ni hay poeta. Con una escritura cuidada se hace una personalidad y se construye la obra de los autores.

 – ¿Qué valora más: el lenguaje, el ritmo, el tema o cómo se aborda?

– Todos los elementos tienen su importancia. Como acabo de decir, una obra mal escrita me resulta difícil de leer, y eso que, dada mi profesión de profesora que ha dirigido como tutora tesis doctorales, he tenido que leer muchos textos deficientes y hasta balbuceantes, pero siempre he sido muy clara, algo mal escrito no lleva a ningún lado en cualquier publicación. He dirigido 48 tesis doctorales de las cuales 27 son de estudiantes latinoamericanos y siempre he insistido a mis doctorandos acerca de la importancia de escribir bien. Todos sabían que un texto mal escrito no tendría mi aprobación. Es evidente que la prosa también tiene un ritmo y que hay que encontrarlo en cualquier obra que estemos realizando, breve o larga. Es algo que vieron bien los escritores del modernismo, y en primer lugar Rubén Darío. Fueron ellos los que rompieron con el descuido decimonónico en la prosa y plantearon la importancia del ritmo. Nosotros somos herederos de esa reforma modernista y es algo con plena vigencia en el español de este siglo XXI, a tantas décadas de distancia.  Claro que el tema es también importante y cómo se plantea o se explica. Hay que exponer las ideas y sistematizarlas, ordenándolas po r prioridades, con un desarrollo y una explicación, y esas ideas deben ir a la par con un lenguaje que lo exprese.

 -Ha leído tanto a autores españoles como iberoamericanos ¿Cuál es a su juicio el hilo que los une?

– Creo que la lengua es un instrumento que nos une, aunque es verdad que cada país, y cada zona, tiene sus señas de identidad. Por la lengua nos entendemos los habitantes de lugares tan distintos en dos continentes, la lengua es conducto también de unas señas identitarias, aunque no sea algo invasivo. Por eso hoy día se habla de literatura escrita en español, creo que es una buena perspectiva, españoles y latinoamericanos han infundido su personalidad a este vehículo de comunicación que es la lengua, que es común y es diferente. También la lengua es vehículo de costumbres, creencias o historias compartidas que proceden de un pasado lejano, y cada país o cada zona aporta otro acento, otra perspectiva, otro imaginario de la lengua común que se plasma en la escritura. Por eso es tan importante escribir bien. La buena escritura es un objetivo difícil, pero también atractivo. Eso se da a ambos lados del océano, surgen buenos escritores en todas las zonas, sin exclusividad, otra cosa es que las editoriales marquen las pautas de la visibilidad y tengan la facultad de imponer el criterio económico en las actividades comerciales.

– ¿Investiga primero la vida de un autor o lee su obra antes de elaborar un análisis, o un ensayo?

– Leo la obra primero, siempre la obra es lo fundamental, es verdad que al empezar a leerla viene la curiosidad, interesan los datos del autor. Incluso al hacer una reseña de algún libro, leo la obra en cuestión y luego reviso los datos. Hoy no sucede como antaño, que nos teníamos que limitar a las solapas de los libros, ahora internet nos facilita mucho más, breves reseñas, otros trabajos, incluso las polémicas en las que el autor ha participado. De ese modo tenemos una percepción de su biografía y de la obra realizada.

– ¿Siente que en este momento histórico los buenos lectores son una especie en extinción?

– Veo que cuesta mucho leer, y no digo ya escribir, a salvo de los escritores que lo han tomado como oficio, pero es verdad que, para el ciudadano normal, leer, y también escribir, son cosas que cuestan, que se sienten lejanas. Además, cada vez más prevalece la cultura de la imagen, del cine, de los vídeos, que resultan mucho más atractivos que la lectura y la escritura, para las que hay que hacer mayor esfuerzo mental. Y sin embargo la mayor parte de cultura se vehicula en la lengua, todavía, y sobre todo en los libros.

– ¿Tiene algún libro que relee siempre?

– Me gusta volver a los clásicos del Siglo de Oro, a Antonio Machado, algunos poemas de los autores del 27, a los latinoamericanos del Boom y, sobre todo, al cubano José Lezama Lima que descubrí en los primeros años de mi dedicación a esta literatura y que supuso para mí una sorpresa y una celebración. Y desde luego, al Quijote, leer algún capítulo suelto, repensarlo, es un gran placer. Cervantes siempre está próximo a todo y a todos.

– ¿Puede comentar qué significa para usted el reconocimiento que le harán en este Encuentro?

– Creo que es una buena manera de celebrar las casi cuatro décadas que he estado ligada a estas actividades, desde las lejanas tardes de la Universidad Pontificia, en la que, entre otros varios poetas, se homenajeó a Gastón Baquero, a estas más institucionalizadas por el Ayuntamiento de la ciudad. Las actividades que ha organizado Alfredo Pérez Alencart en estos años han sido, además, una fiesta para la ciudad y los amantes de la literatura y, sobre todo, para la exaltación de la poesía que es la primera de las artes literarias. Entre ellos me cuento y celebro el esfuerzo que ha realizado con el apoyo de las autoridades de cada momento.

– ¿Por qué escribe?

– Me gusta escribir ensayo, sobre todo el ensayo crítico y valorativo. Escribir es un reto y también un placer. Cada texto tiene una estructura y una vida, hallarla y organizarla es el objetivo del que escribe, tanto en prosa como en verso. Dentro de esa afición, me siento inclinada a escribir textos de diferente extensión, más largos, más cortos, a veces con un número de palabras limitado, exigido por la persona o la institución que los sugiere o encarga, o que una misma se impone. No es igual una reseña que un prólogo, o que un ensayo acerca de un tema, libro o época. Todo tiene reglas diferentes, y ajustarse a esos condicionamientos cuesta esfuerzo, pero también el placer de haber ganado el desafío de la página.

Con el poeta colombiano Juan Mares

LA POETA COMO LECTORA: CULTURA Y MUNDO EXTERIOR EN LA OBRA DE FINA GARCÍA MARRUZ

Carmen Ruiz Barrionuevo

La lectura fue para Fina García Marruz (La Habana, 1923-2022) una de sus dedicaciones más habituales. Nació como necesidad en sus primeros años y durante toda su vida fue siempre una gran lectora. En su juventud y madurez, tanto su obra en solitario como la que realizó en colaboración con Cintio Vitier, tuvo siempre como apoyo y como soporte esencial la lectura: desde los artículos y ensayos publicados en Orígenes en la década de 1940-1950, con cinco contribuciones que incluyen reseñas, notas y el clarificador ensayo “Lo exterior en la poesía”, que publica en 1947, pasando por los títulos que da a la luz con Cintio Vitier, dedicados fundamentalmente a literatura cubana y a la figura de José Martí, y luego sus estudios en solitario que se publican desde la década de 1980 a 2008, entre ellos: Hablar de la poesía (1986); La familia de Orígenes (1997); El libro de Job (2000); Darío, Martí y lo germinal americano (2001); Quevedo (2003); Ensayos (2003) y Estudios Delmontinos  (2008).
A esta enumeración se unen sus trabajos dispersos elaborados desde 1944 a 2003 que sobre todo tratan de autores cubanos, como Manuel Justo Rubalcava, Juana Borrero, Dulce María Loynaz, Alicia Alonso, José Lezama Lima, Ángel Gaztelu, Gastón Baquero, Samuel Feijóo, pero también nombres de otras latitudes como Sor Juana Inés de la Cruz, María Zambrano y Julio Cortázar. A estos nombres se añade la figura de Gabriel García Márquez de la que se ocupa en el que puede considerarse el último artículo que publicó “En torno a un cuento y una novela de García Márquez” en 2003. Es evidente que, tanto estos trabajos como sus estudios, tan imprescindibles, acerca de Martí, entrañan una intensa capacidad de lectura. Sus investigaciones martianas se extienden desde 1952 en que publica “José Martí”, en la revista Lyceum de La Habana, para posteriormente abordar en los años sucesivos otros títulos de la obra martiana, los Diarios, los Versos, La Edad de Oro y Amistad funesta. Es de destacar la investigación que encierran otros estudios decisivos sobre la obra de José Martí, como las series de Temas Martianos: tercera serie, (La Habana: Centro de Estudios Martianos, 1995); o Darío, Martí y lo germinal americano, (La Habana: Ediciones Unión, 2001). A lo cual se une de nuevo la colaboración con Cintio Vitier y la de Emilio de Armas en títulos tan decisivos como Temas Martianos (La Habana: Biblioteca Nacional José Martí, 1969). José Martí: Obras completas: edición crítica, a cargo de Cintio Vitier, Fina García Marruz y Emilio de Armas, (La Habana: Centro de Estudios martianos, Casa de las Américas, 1983) y Poesía completa: edición crítica, a cargo de Cintio Vitier, Fina García Marruz y Emilio de Armas, (La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1985).
Se puede constatar que para Fina García Marruz ser lectora y sentir la necesidad de leer constituyó el centro de su vida, leer como vinculación al conocimiento, a la vida y a la sociedad. Y su obra como poeta se puede entender en esta dimensión y también puede explicarse como un acto de lectura. Sin tratar de acentuar la postura feminista, pues la poeta nunca se manifestó como tal, hay que leer su obra poética teniendo en cuenta que el sujeto lector es una mujer para la que aprender fue el objetivo primordial en su vida, una actitud que puede interpretarse también como una suave pero decidida transgresión. Porque, si bien es cierto que nació en un contexto en el que no le fue negada la cultura, sino que se le estimuló, la poeta siempre creyó, para ella y para todas las personas, en el crecimiento personal que se experimenta a través de la lectura, un proceso que llegaría a conformar en su obra poética, y por tanto en su escritura, una definitoria lectura del mundo.
La lectura es un proceso mental que constituye un hábito de comunicación mediante el cual se captan las diversas informaciones que llegan a plasmarse en conocimientos. Este proceso se entendía connatural, especialmente a los varones desde épocas remotas y no era valorado en las mujeres, aunque la lectura entre ellas se fue afianzando con el paso del tiempo y desde los siglos XVI y XVII, con mayor empuje y poder, frente al habitual sujeto lector que era por definición masculino. En realidad, en nuestras sociedades, durante muchos siglos, no todas las mujeres tenían acceso a la lectura ni tampoco se les permitían leer todos los libros, piénsese en las monjas de los conventos a las que les era indispensable el permiso de su director espiritual. Eran las mujeres de las clases sociales altas las que tenían mayores facilidades para ingresar en el mundo de la lectura, y para ellas tener una pequeña colección de libros llegó a constituir una distinción y un privilegio. En cambio, los libros eran inaccesibles para las mujeres de clase baja, así como tampoco se estimulaba en ellas la lectura, e incluso existía una tácita prohibición social que las llevaba a alejarse de los libros como instrumentos subversivos que impulsaban la liberación del sometimiento familiar al convertirlas en ilustradas, y no favorecer los matrimonios ni el trabajo en el hogar. En el siglo XX la educación de la mujer entra en una dinámica distinta, sobre todo por su incorporación al mercado laboral con ocasión de las guerras mundiales. Con todo, la lectura en la mujer está siempre condicionada por las políticas educativas y el despliegue de los aspectos culturales y económicos de cada nación.
De esta manera la lectura y su consecuencia derivada y lógica, la escritura, fueron actos transgresores en las mujeres dentro de la civilización occidental. Advertencias y alarmas de las fuerzas sociales llegaron a adoptar muchas veces, en el mismo contexto, la forma de prohibición. Porque “la mujer que lee conquista no solo un espacio de libertad al que solo ella tiene acceso, sino que consigue al mismo tiempo un sentimiento de autoestima que la hace independiente. Por otra parte, ella se forja su propia visión del mundo, una imagen que no necesariamente coincide con la que le han transmitido sus ascendientes y la tradición, ni tampoco con la del hombre” indica Stefan Bollmann en un libro de expresivo título Las mujeres que leen son peligrosas. Y es que este hábito de lectura contribuyó, junto a la cultura, al tambaleamiento de la tutela patriarcal. La lectura llevó a las mujeres a la escritura y de ella surge la plasmación de su mirada sobre el mundo, para luego establecer una interpretación de ese entorno, un reconocimiento y también la elaboración de libros en los que aparece esa realidad exterior que solo se puede interpretar desde esa mirada de un sujeto femenino. En la misma línea Asunción Bernárdez expresa que “La lectura no es sólo una puerta hacia el interior, hacia la construcción de la individualidad, sino ese ejercicio paradójico que nos catapulta a través de la imaginación a la realidad, a la acción y a la participación en el mundo que está más allá de los muros del espacio físico que son los hogares. La lectura es desarrollo individual, pero en la Modernidad es también vínculo de construcción de «comunidades hermenéuticas»”, o lo que es lo mismo, comunidades de participación en las ideas que articulan prácticas sociales. Por eso la lectura fue considerada un acto peligroso, y por eso se fomentó la sustracción de ese ejercicio de libertad en las mujeres.

Publicado en Incubadora, 5 de septiembre de 2023. Puede leerse la continuación de este ensayo en https://incubadora.com/2023/09/05/carmen-ruiz-barrionuevo-la-poeta-como-lectora-cultura-y-mundo-exterior-en-la-obra-de-fina-garcia-marruz/

Con Luis Alberto de Cuenca, Octavio Paz y Jaime Siles
Con Rafael Cadenas

Imagen de cabecera: Carmen Ruiz Barrionuevo. Foto de Jacqueline Alencar.




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