José Alfredo Pérez Alencar

Apuntes de Alfonso Ortega Carmona: EL TORO EN LA CULTURA DEL HOMBRE, aportados por José Alfredo Pérez Alencar

He transcrito uno de los atesorados textos que conservo del humanista, retórico, helenista, del erudito (afirmaciones desde la consciente entidad que debe preludiar a estos calificativos) Alfonso Ortega Carmona. Un ensayo elaborado en aras de emitir el discurso inicial en una festividad, pero cuya esencia estuvo presente con anterioridad en un debate del Parlamento europeo; una intervención con la que, el sabio, defendió su postura (en varios idiomas, pues también era políglota) con su característica templanza e incluso, dejó impresionados a integrantes de la “oposición”.

Las siguientes líneas son válidas para taurinos y detractores, en definitiva, para cualquiera que valore el conocimiento; cuando los fundamentos se construyen a partir de hechos históricos, son difícilmente refutables.

Me disculpo por la falta de atrevimiento en la transcripción de apuntes en el envés de las hojas, notas a pie de página y glosas realizadas a mano por el autor, por el Maestro quien alguna vez también fue discípulo, entre otros, de Martin Heidegger.

Como colofón, destacar que también era poeta (en algunos pasajes del texto son palmarios matices de la faceta lírica) logrando la premiación internacional en un certamen de Poesía en latín.

Mi agradecimiento a la revista Tiberíades y concretamente a su director, al poeta Juan Carlos Martín Cobano, por la publicación.

Los cuadros pertenecen a los destacados pintores Miguel Elías (España) y Luis Cabrera (Cuba), quienes también conocieron a Alfonso Ortega.

José Alfredo Pérez Alencar

Dibujo de Miguel Elías

“EL TORO EN LA CULTURA DEL HOMBRE

La Coruña, 17 de diciembre 1988

A cualquiera, que no sea español, sorprende sobremanera, que no haya casi ciudad de población numerosa en España, en la que año tras año, de primavera a otoño, la Fiesta Mayor de su Patrono o de la advocación más venerada de la Virgen, Madre de Dios, no tenga su punto culminante de exterior convocatoria festiva a las cinco en punto de la tarde en una corrida de toros.

La veneración cristiana de los Santos, el culto del cielo – presente siempre hasta en una Capilla obligada del mismo Ruedo, a la derecha de la puerta Grande del Paseíllo (en la que se está en Capilla), y ese otro culto de sacrificio de toros han hecho tal maridaje y unión en el pueblo español, que no parece sino que tal abrazo enraizara en el modo de ser apasionado y tierno, directo y paradójico de España. Uno y otro culto son expresivo signo de vigorosa cultura, emergiendo con incoercible y pujante fuerza de la entraña popular que busca trascenderse a si misma, en el templo o el ruedo.

Por tal razón, aunque hablar de toros en España, y sobre todo hoy en la Coruña, que aquí celebra el Cuarenta Aniversario de su Peña Taurina, parezca cosa absolutamente comprensible y legítima, acaso no lo sea tanto que yo me presente ante Ustedes, gracias a la invitación del Sr. Mariñas, con la pretensión de hablar no de ganaderías y toreros clásicos, de caídas o de afeites, de glorias y escándalos, sino acerca del

TORO EN LA CULTURA (HOMBRE) HUMANA

Pero, ¿acaso son compatibles o pueden maridarse el concepto de cultura y esas impresionantes criaturas de cortijos y dehesas? – Y, sin embargo, en ningún país, como en España, cabe hallar mayor legitimidad y justeza la unión de esas dos palabras, toros y cultura, en su realidad y concepto.

Ya Estrabón, el geógrafo griego del siglo I de nuestra Era, para hacer entender a sus lectores la figura y contorno físico de España, no halló otra representación más viva y relevante que describirla de esta manera

España es como la piel de un toro,
cuyo cuello la une a las Galias (Francia),

dando con ello adecuada respuesta a otro geógrafo griego del siglo VI antes de Cristo, Piteas, fundador de Marsella, el primero en descubrir que toda la tierra ibérica era cuasi isla, Península, sin acertar en su figura imaginable.

Realmente parece como si, desde la tierra toda que pisamos, de un modo o de otro estuviésemos los españoles destinados a tener algo que ver o que hacer con el toro. Destino histórico es que la única Península del Mediterráneo, imaginable en la piel de un toro desollado, haya sido también la que, con magnífica y no protestada fidelidad, si prescindimos de los pasados menosprecios de algunos enciclopedistas del siglo XVIII, incapaces de entender la cultura real del pueblo, y de exagerados sentimentalismos de última hora, ha convertido a este animal de incomparable estampa en protagonista de la más importante y dramática fiesta hoy en el mundo existente.

– Pero, ¿qué tiene todo ello que ver con la cultura? La pregunta nos obliga a clarificar este concepto, para ver en qué medida se podría arrimar también el toro a la cultura, especialmente cuando algunas iniciativas, como la del parlamentario europeo, hijo de Gran Bretaña, Ventrell, ha pretendido descalificar sin más nuestra Fiesta, y a quien tuve oportunidad de oponer argumentos refutativos en el Debate del Parlamento de Europa en Estrasburgo al que fui invitado por su Presidente actual Henry Plumb.

Digamos por lo pronto que este vocablo, cultura, no ha nacido en la ciudad, sino en el campo, en el cortijo, en el mismo terreno del toro. Brotó esta palabra en el lenguaje humano como expresión de una experiencia campesina. –Cultura, dijeron por vez primera los romanos, es el cultivo, el trabajo del campo, el cuido de la tierra, de la planta, del árbol y del animal que sustentan y acompañan al hombre de por vida.

Cuando al escritor latino, a Cicerón, se le ocurrió trasladar este vocablo de la tierra para indicar otras actividades del espíritu, como es la Filosofía, y dijo de ésta que es cultura, cultivo del alma y la inteligencia a la búsqueda de una explicación racional del mundo y de la existencia del hombre, abrió una brecha de sentidos, en los que ya hasta nuestros días se puede hablar sin reserva alguna de cultura en todas las manifestaciones de la vida humana. No hay palabra hoy, junto con Democracia, tan usada por todos.

En su sentido más general hoy es justo entender como cultura, aceptando las aportaciones de sociólogos y antropólogos, la compleja universalidad de manifestaciones que adquiere y ejerce el hombre como miembro de una sociedad. Entre ellas ocupan rango eminente las creencias, el conocimiento y la ciencia, el derecho, la moral, las costumbres y las fiestas, el arte y demás aptitudes hechas realidad concreta, que configuran, que crean la identidad y unidad de los grupos humanos. En este horizonte podemos decir que cada pueblo tiene su propia cultura, porque la inmensa riqueza del espíritu humano se revela de distinta manera en el tiempo y en el espacio de la vida en cada lugar concreto.

En la cultura los pueblos fortalecen su común pertenencia, se prolongan a sí mismo como algo solidario en el torrente de los siglos. Y esta cultura no es sólo fruto de la indigencia, de la necesidad del hombre por afirmar su existencia por medio de instituciones aseguradoras, sino que se proyecta, como arte, religión y pensamiento, en los mismos seres y objetos con los que también cuenta en su propio desarrollo y progreso.

Todo este precioso conjunto de creaciones sociales comunica un rostro común, o al menos una atmósfera notable, a determinadas comunidades vinculadas por la misma lengua y modos de sentir e instalarse en el mundo.

Entre los múltiples seres y animales, especialmente insertados en el espacio vital del hombre, hay uno que se cruzó decisivamente en su camino, y que muy pronto ocupó su imaginación creadora, aun más allá de las materiales ventajas y utilidades que como animal le dispensaba: el toro, el animal más denso y apretado de potencia vital, como su nombre significa. Tan poderosos y de alzada vitalidad que, hasta un mito griego, lo hizo signo del zodíaco (Tauro), para que tampoco en el estrellado cielo faltaran los toros.

Donde ciertamente no faltaron fue en la Europa del Paleolítico. Su presencia era útil al hombre -como objeto de caza principalmente. Pero pronto sintió este hombre necesidad de captarlo también en el más bello y más antiguo documento que de sus manos brotar podía: en la pintura. Este documento lo plasmó el hombre 15.000 años antes de Cristo en la Cueva de Lascaux, junto al río Vézère (Sur de Francia), en la llamada “Sala de los toros” por los cuatro allí pintados, denominada también “Capilla Sixtina de la Prehistoria”. Tempranamente se incorporaba el toro a la cultura. La imaginación del hombre cultivaba en su mente y fijaba en las oscuras paredes rocosas de una caverna fiero animal – objeto de su astuta captura- y, que por su fuerza de torbellino al asalto, era la realidad de un poder sometido a su razón dominadora.

Pero, ¿por qué el hombre, en esa caverna descubierta el 12 de septiembre de 1940, ya en la aurora del despertar de la humanidad, sintió necesidad de pintar a ese animal precisamente, entre otros más domesticables y vinculados a su vida?

Es claro que el recuerdo de la caza y del sometimiento del animal -del toro- prendido de su representación pictórica en la caverna, era primeramente un canto heroico a la pasada hazaña del hombre. Pero esa representación, como cultura -que es el arte- era además un símbolo magnífico, sin el cual no existe arte verdadero.

Aquel animal era para él, sobre todo, la personificación de la fuerza física, de un vivo aluvión de enormes energías, que al ser plasmado en la pared derramaba simbólicamente al hombre, que lo había vencido, el poderío domado por su astucia y talento. Así el espíritu humano alzaba al alto rango de la cultura un acontecimiento, que engendraba en su conciencia la firme convicción de que su misma fuerza genésica -creante- y física era enorme, como aquella del toro derribado y, por gracia del pincel o del dedo, levantado en el color para encanto de los ojos y un largo goce de recuerdos.

Esta experiencia real y simbólica del hombre prehistórico no ha cesado jamás en la Historia humana.

No es posible señalar aquí, ni siquiera en sus líneas generales, lo que esto significa en la cultura, en la compleja aparición del toro junto al hombre. El propósito de esta reflexión es tan sólo sugerir, en breve espacio de tiempo, que cuando hablamos de toros, no sólo estamos pensando en lo que en sí es la Fiesta Nacional, sino en la hondura de su misma realidad y significación simbólica, que hasta ahora, como fenómeno cultural, no ha tenido una seria reflexión en el marco de nuestras Universidades, curiosamente ni como capítulo importante en la Historia de la civilización humana.

La presencia del toro -del bos primigenius– extendido en el pleistoceno (período glacial o cuaternario, 50.000 a.d.Cr.?) por Europa, Asia y Norte de África, gozó de largos espacios con bosques y montes de vida tranquila, en los que el hombre una y otra vez se encontró ante esta fiera bellísima.

De manera especial ocurrió esto cuando los Sumerios se instalan en la Baja Mesopotamia, entre el Tigris y el Eufrates, huyendo de la sequía y del hambre que asolaba el Asia Central por los cambios de clima producidos en el último período glacial. Estos hombres de cara y cabeza afeitada, de ojos vivísimos y nariz puntiaguda, quedaron asombrados ante la imponente aparición de aquel animal, con sables relucientes en su cabeza, con lomo brillante y espantable mugido que pacía en las hierbas saladas del Delta fluvial. Y mientras otros pueblos, maravillados del león o del tigre toman a estos felinos en diversos lugares de la tierra como símbolos de fortaleza, los sumerios, con inevitable obsesión, reconocen al toro -y lo mismo harán más tarde babilonios y asirios- como al prototipo de la fuerza. En sus relieves arquitectónicos se ve desfilar a toros feroces, que poco a poco se van humanizando asociados a influencias benéficas con un dios lunar, señor de la energía procreadora. Por ello los escultores representan al toro recostado, con cabeza humana y manchas estrelladas sobre su cuerpo que recuerdan el firmamento; como encarnación de la fuerza, símbolo del dios lunar de Ur, según vemos en las dos esculturas del año 2500 a.d.Cr., hoy en el Museo del Louvre de París.

Esta divinización sumeria originó el otro simbolismo de los cuernos para expresar la divinidad y la santidad. Todos los grandes personajes de Sumer, Babilonia y Asiria se revisten de cuernos, conservando los restantes detalles de la figura humana, como alusión a las fuerzas sobrenaturales, y aun en los altares mesopotámicos aparecen cinco pares de cuernos como símbolo de la suma santidad, según vemos en los conservados en el Museo de Berlín; y los mismos sacerdotes, en las grandes ceremonias religiosas, llevan tiaras sobre su cabeza provistas de cuernos (cf. Pijoán, Historia del Arte, II 40).

Si alguno ha visitado el Museo Británico, habrá admirado los toritos de cobre, descubiertos por Hall y Woolley, plasmados con el mismo brío con que hoy aparecen en nuestros ruedos, y que probablemente estaban en el friso del templo suburbano sumerios de Al-Ubaid (Pijoán II,55). Sobre el pórtico de ese mismo templo, en el techo monumental, se alzaban cuatro impresionantes toros, símbolos del poder divino, y cántico a las energías generadores de las tierras regadas por los dos grandes ríos. Y templo y toritos fueron construidos y esculpidos tres mil quinientos años a.d.Cr.

Entre las joyas de oro encontradas en la tumba de la reina sumeria (2500 a.d.Cr.), hoy en el Museo Británico, se encuentran cabezas de becerro y de toro, hechas de hormigón recubierto de oro y lapislázuli.

Aun al arte de la música llegó la fascinante imaginería del toro. Precisamente en una inscripción contemporánea a la reina Subad se habla de un rey que regalaba a un templo un arpa decorada con una cabeza de toro, en lo que se quería sugerir una relación entre el mugido y el sonido. Las arpas con cabezas de toro darían el bajo, las exornadas con cabeza de vaca el contralto y las de becerro el tenor. El Museo Británico conserva una de estas arpas procedentes del ajuar funerario de la reina Subad (Pijoán II 96, lámina VII).

Sobre las huellas de los Sumerios, los reyes asirios, que conocemos por el Antiguo Testamento, edifican un magnífico palacio con imponentes toros alados a la entrada de un patio real (hoy en el Museo de la Universidad de Pensilvania, Filadelfia). Pero a todos ellos supera el palacio de Senaquerib, el palacio sin rival, con toros alados y dos pares de cuernos, que con su figura colosal a la puerta del palacio de Nínive – de los que pueden verse magníficos ejemplares en los Museos del Louvre, Británico y el Instituto Oriental de Chicago -simbolizaban la fuerza irresistible, la potencia generadora, como aquellos toros del delta del Eufrates, feroces como los de las bocas del Guadalquivir y del Ródano, cuyas venas y tendones se exageran en las esculturas aquellas para hacer más sensible ese enérgico mecanismo de vivo poderío, y que a veces toman pezuñas de león, el único animal con que los asirios habrían deseado medir la ingénita bravura. Por esto mismo los reyes asirios aparecen en múltiples relieves con tiaras de cuernos.

Ciertamente que estas representaciones culturales, símbolos de energías de la vida, no pueden compararse a la nueva fuerza espiritual y trascedente, que alienta la representación del toro en Egipto. De las más antiguas culturas, con relaciones entre Asia y África, Egipto es la más profunda, la que dio sentido de superación material a toda la existencia humana. La gran monumentalidad de sus Pirámides sólo cabe en la monumental soledad de sus desiertos. Pero hay otro monumento de espiritualidad alzado por Egipto en el símbolo del toro. En el toro Apis vio este pueblo la representación del dios Nilo como dios de la fecundidad. Como encarnación del dios Osiris hijo, que da fuerza para la vida y el más allá, significa ahora el toro algo más importante. Porque a partir de este momento de la cultura humana, el toro, el animal útil y fuerte, va a convertirse en la ofrenda más digna que puede hacerse a la divinidad. El hombre no encuentra desde entonces, y para largos siglos, otra víctima más preciosa para honrar a sus dioses que el sacrificio de toros ante la puerta de los templos.

Como en la más importante búsqueda sagrada se recorre Egipto para hallar un toro que tenga nada menos que 29 características diferentes, y que sea digno para el sacrificio de ser sumergido en el Nilo y recibir luego sepultura como si fuese un rey. Y hasta la diosa Athor, símbolo de la fecundidad, tiene sobre su cabeza la luna sostenida por dos cuernos a uno y otro lado.

El toro, descubierto por Egipto como animal sumo para el sacrificio, lo recoge el pueblo judío, que en su templo de Jerusalén verterá ininterrumpida corriente de toros sacrificados en honor del Dios del Antiguo Testamento.

Texto mecanografiado y sus notas

 

Esta vinculación del toro a la religiosidad, en calidad de preciosa y poderosa energía destruida en los sacrificios para el honor de Dios, se convierte en una forma del culto en todas las culturas del Mediterráneo. Con el sacrificio de un toro de cinco años se da cuenta del primer acto de culto al dios supremo de los griegos en el Poema más antiguo de la Literatura europea (Ilíada II 402-404), del siglo VIII a.d.Cr. Igual que, por esta asociación entre el sacrificio que pudo preceder a la entrada del sacerdote Zacarías al templo de Jerusalén, y entre la ofrenda del incienso, con lo que comienza el Evangelio de San Lucas, la antigua simbología e iconografía representó a este Evangelista en la figura de un toro, como se ve tantas veces en nuestras iglesias.

Bastaría recordar en este contexto del toro y la cultura del culto a Dios, que Hierón II, rey de Siracusa en Sicilia edifica el 241 a.d.Cr. un gran altar de 180 metros de largo y 23 de ancho, al que cada año subían por una rampa, para ser sacrificados, 450 toros, según Diodoro de Sicilia, para dar gracias a los dioses por la instauración de la Democracia. Hasta las monedas logró penetrar el toro. Ya que hemos mencionado Sicilia, en una de sus ciudades, en Gela, por ejemplo, el rey Gelón que muere en el 478 a.d.Cr. hace acuñar una moneda, un tetradracma en honor de su esposa Damarete, moneda que se llama Damaráteis, en la que se representa la cabeza de un toro con cuernos y rostro o cara humana.

Pero hay un aspecto mucho más interesante y vinculado ya más directamente con la cultura del toro. Se trata del enfrentamiento a este animal con fines lúdicos, de diversión, en la que el hombre ha de medir su agilidad y astucia burlando con su razón la potencia agresiva de sus astas feroces. La patria de esta nueva manifestación cultural fue la isla de Creta. En su palacio de Knosos, construido en el siglo XV a.d.Cr. se puede ver aún el fresco pintado en una pared de la sala del ala oriental, en la que hay representadas diversas fases del juego cretense con los toros. Se puede apreciar cómo un hombre ha dado un salto sobre la cara del toro, se encuentra ya en voltereta sobre el centro del mismo, mientras dos figuras femeninas ocupan, con los brazos extendidos, cabeza y final del toro que alarga con ímpetu su cuerpo en tremenda acometida.

Es indudable que los peligros de este salto eran enormes y debieron despertar el entusiasmo de los graderíos. Y cabe pensar asimismo que en esta isla no faltaría la auténtica corrida de toros, de lo que puede ser también una reminiscencia de la lucha del rey Teseo contra el Minotauro, hombre con cabeza de toro, encerrado en el famoso laberinto, donde se nutría de carne humana: es decir, el recuerdo mitológico de la lucha del hombre con el toro.

Probablemente es en esta isla griega donde el toro y sus mitos florecieron con mayor pujanza. Entre los objetos de culto se ha conservado, por ejemplo, un vaso en forma de cabeza de toro astado, de 15 centímetros de altura, en el pequeño Palacio de Knosos: es un vaso para hacer libaciones, el líquido, vino o aceite, se echaba dentro por una abertura practicada en la cabeza y que se derramaba por la boca. La pieza está hecha de esteatita negra (mineral verdoso y blanco), con los ojos de cristal de roca, decorado con jaspe y conchas marinas; el lado izquierdo de la cabeza y los cuernos de madera, revestidos de oro, han sido reconstruidos según el modelo de un vaso semejante procedente de Micenas. Este objeto precioso es del año 1600 a.d.Cr.

Y no es extraño que los motivos del toro hayan gozado de tanta fuerza y rica variedad en la isla. Aquí, nada menos, pone la literatura mítica el final del Rapto de Europa, la princesa fenicia, llevada a lomos de un toro por el mar a esta isla, donde celebró su boda con el Padre de los Dioses, Zeus. El hermano de Europa, Cadmo fue quien dio nombre a todo nuestro continente gritando el nombre de su hermana al buscarla desesperado. Y en esa isla, dio ella a luz al rey Minos. El toro terminó en el altísimo honor de ser colocado por el dios como uno de los signos del Zodíaco, Tauro.

No es posible en este corto espacio señalar siquiera la extensa envergadura del toro en la escultura. Hasta en la literatura del piropo sirvió él para encomiar los ojos de una mujer: ojos de toro, se dijo de la mujer de ojos grandes y hermosos.

Pero algo es claro. El toro, su cría y sus relaciones culturales con el hombre no van a desaparecer en los pueblos del Mediterráneo. De manera especial en España.

La tradición del sacrificio religioso del toro de toda la Antigüedad, unida al aspecto lúdico y dramático de Creta, ha experimentado una genial transformación en España desde el siglo XVIII, en el que este anterior ejercicio de nobles a caballo se echa a tierra para iniciar una Fiesta, que ha generado la excepcional arquitectura biológica del animal, la osadía y arte del hombre, los exquisitos panoramas de la Música trágica, como Carmen de Bizet, la pintura de Goya y Picasso, la obra de grandes escultores, y poesía de Lorca y Miguel Hernández, por recordar sólo algunos ejemplos.

La antigua ceremonia sacrificial se convirtió así en otra ceremonia de mutua vecindad con la muerte entre el hombre y el toro que, por exigencia de la española comprensión hacia la valentía, recibe en la corrida la oportunidad de la autodefensa y hasta de acabar entre sus cuernos con la vida del torero, de este, nuevo Teseo ibérico.

Con el noble gesto de hispánico pundonor, el torero queda preso en unas reglas y arte precisas, que limitan su acción ante la fuerza originaria del toro. El hombre al principio desarmado, con sola la capa, ha de esforzarse en dominar al toro primero por medio de pases artísticos; en huidizos y en repentinos instantes ha de fundirse con el toro en figuras de unidad homogénea, en una escultura minotáurica, como forma artística de suprema gracia, comparable a un ballet clásico entre hombre y mujer. El antiguo sacrificio sacral del toro se ensancha ahora para esta especie de nuevo sacrificador en una prueba de aguante, que eleva, por medio de valentía, a una obra de arte la suprema virtud de nervios ante la perspectiva de la misma muerte. Si el hombre fracasa, por miedo ante los cuernos, se le desprecia como cobarde o es hombre muerto. Y aun con empleo de astucia, arte y valentía acecha la muerte, como hemos visto con Paquirri y el Yiyo.

En cierta prensa española y, sobre todo, en la extranjera, se afirma con cierta facilidad la crueldad de este espectáculo, como si el toro fuese una criatura sencillamente sometida a sadismo y tormento. ¿Qué clase de crueldad es esta?

Si con ello se quiere dar a entender el adelantamiento de la destrucción de vida animal, debemos recordar que ningún bovino en la tierra, acaso con excepción de la vaca sagrada en el India, tiene una posibilidad de sobrevivir; todos sirven a la nutrición del hombre y todos, a su tiempo, terminan en el matadero, el buey y la vaca y el toro. Al servicio del hombre, funciona aún el buey como animal de trabajo, como obrero paciente, en muchas regiones de la tierra, y la vaca como paridora automática por inseminación artificial o productora de leche, hasta que al fin acaban en la ensangrentada y pegajosa atmósfera de los mataderos, presos de pánico psíquico, en una muerte súbita, en muchos países eléctricamente tecnificada, electrocutados.

Al toro de lidia, en cambio, se le ofrece una oportunidad única, aunque no sea en el sentido de una supervivencia natural. No queda entregado a una prematura muerte sin defensa. Puede defenderse, muere en libre despliegue de su voluntad de lucha, en un éxtasis de agresión, que le dispensa a su primitivo instinto de fuerza una suma satisfacción y que apenas le permite darse cuenta de sus heridas en el paroxismo combativo. Aunque no se le concede oportunidad de supervivencia, se le ofrece apurar sus energías vitales, sacarlas totalmente a vida, primero en los cinco años de espléndida existencia, en la libertad de la dehesa y del cortijo, y luego en los veinte minutos de su lucha suprema en el más dramático encuentro con el hombre.

No puedo detenerme ahora en analizar lo que el hombre, con su técnica moderna, ha hecho en Europa y América con los demás animales, a los que cría histéricos y encarcelados en granjas, establos y porquerizas, sometidos a los más indecibles sufrimientos para su vida. Cualquiera de ellos sentiría envidia por su hermano, el toro de lidia. Pero quienes tan farisaicamente critican esta muerte del toro, en nombre de indignaciones morales compasivas, deberían someter su reflexión a un más serio y profundo planteamiento cultural del tema discutido.

Lo cierto es que, en el destino del toro y de la fiesta que él crea, la mente humana -la hispana sobre todo- ha descubierto unos panoramas de arte de interpretación del misterio del mundo y del mismo hombre, que no se habrían hecho patentes sin la muerte del toro en ese drama heroico. Por ser arte su muerte, no se extinguirá su drama en la fiesta de un pueblo. Porque el arte es vida, aun a costa de la misma vida, y la vida del arte no cesa.

Como fenómeno de cultura, la reflexión humana y antropológica tiene aquí una larga tarea. Grandes momentos de la autocomprensión del hombre han sido revelados en la dimensión natural y destino del toro, tal como la costumbre cultural española ha fijado. Es lo que pretende la CÁTEDRA DE TAUROLOGÍA creada en Salamanca por la Universidad Pontificia y la Diputación de Salamanca. Como perla de ese precioso collar por analizar y valorar, me gustaría concluir con el recuerdo de aquella imagen que de sí mismo nos dejó el poeta Miguel Hernández, precisamente en trágico y hermoso destino de un toro de lidia:

Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado
y por varón en la ingle como un fruto.

Como el toro lo encuentra diminuto
todo mi corazón atormentado,
y del rostro del beso enamorado
como el toro a tu amor se lo disputo.

Como el toro me crezco en el castigo,
la lengua en corazón tengo bañada
y llevo al cuello un vendaval sonoro.

Como el toro te sigo y te persigo,
y dejas mi deseo en una espada,
como el toro burlado, como el toro.

Alfonso Ortega Carmona”.

Foto de Daniel Mordzinski

 

Imagen de cabecera, composición que combina foto de Alfonso Ortega y José Alfredo Pérez Alencar con cuadro de Luis Cabrera




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