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Alejandro Banda: “Nolan Vean: ‘La Odisea’ (2026)”

 

Hay reflexiones que atraviesan la carne, como una lanza, como una flecha, o como una espada. Distintas maneras de como un recuerdo regresa para llevarnos a comprender demasiado tarde los errores cometidos buscando el acierto. Es cuando nos volvemos capaces de observar el tropiezo del ingenio, aquel efecto tardío en el estadio del espejo. En mi caso, que tengo una cicatriz parecida a la de Odiseo, me comprometí con una ninfa a desarrollar un poquito más mis quejas después de hablar mal de “Dune” (2021) y de “El etermalauta” (2025) y de “Frankenstein” de Guillermo del Toro, la peor película del 2025, sin abandonar el tono crónico y sarcástico de quien no teme a batirse a duelo con toda celeridad hacia lo anacrónico de un cine que ya no convence. Asistí al estreno de “La Odisea” en pantalla grande en Zaragoza el 17 de julio. No hablaré mal de la actuación de Anne J. Hathaway. ¡No, señores! La actriz estadounidense estuvo impecable como Penélope, dando realce a su mejor libreto. Porque no es culpa de ella, sino de Nolan y su equipo, que la reina de Ítaca no envejeciera en veinte años. En el racconto antes de la partida de Ulises, la vemos igual que en el presente de la ficción narrativa esperando a su esposo aferrada al telar junto a un sobreprotegido Telémaco bastante crecido. Eso ocurre cuando estamos preocupados de muchos detalles y se olvidan algunos, sobre todo con tantas analepsis a través de inducidos recuerdos somnolientos bajo los efectos de la flor de loto al que estaba sometido nuestro querido Ulises. Porque en esto de las narraciones no lineales Christopher Nolan se maneja muy bien, recordemos su “Interestelar” (2014) o la somnolienta “Origen” (2010), con esos lentos planos cansadores sobre miradas que no terminan de expresarse.

Lo mejor de esta película de “La Odisea” es la forma en que está contada. Fue un acierto hacer recordar a Ulises a través de la voz oracular de Calipso, de forma casi hipnótica, sumando a los espectadores por el mismo trance narrativo. En algunos casos imaginar la comparativa entre las películas vistas y las propias lecturas de literatura clásica griega. El efecto se torna un vaivén que involucra al espectador con el testimonio de un Odiseo que es perpetrador y a la vez testigo imposible, un ser humano que presenció tanta violencia que terminó devastado, un héroe que debe reponerse a través del olvido para cicatrizar sus heridas y comenzar a escarbar en los hechos, entre los muertos y bajo las cenizas de Troya, una ruina que se irá perpetuando a lo largo de la Historia de la Humanidad para convertirse en ruinación. Pese a esto como materia prima, Matt Damon interpretando a Odiseo, no logró estar a la altura de su talentoso Mr. Ripley.

Tampoco criticaré la insipiente y casi forzosa participación de Zendaya, quien personificando a una drogadicta pudo ser la mejor actriz de la historia con las dos primeras entregas de “Euphoria”, pero como diosa acá no tuvo cómo ni dónde, limitada solo a la intermitencia de una sombra vestida de claro. Si le faltaron solo los ojos azules de “Dune” para ser idéntica a Chani, domadora de gusanos gigantes. Son esos errores que se pagan caro como la nula presencia o aparición de Aquiles. Ni siquiera pudimos ver la armadura de Héctor, domador de caballos, o algún otro vestigio del final de la guerra, alguna reminiscencia a los mitos que acunan esta historia llena de héroes, dioses y semidioses. La mayor deficiencia de toda la película fue haber olvidado el valor de los símbolos. Y eso deja entrever una falta de lectura en el equipo de guionistas, porque es sabido que los cantos de Homero le dedican cientos de versos a describir, por ejemplo, las figuras e imágenes en los escudos de los guerreros, de donde se desprenden a la vez otros largos relatos míticos. Por eso, Nolan, si aúnas ambas epopeyas en un mismo film debes tomar en cuenta incluso el carácter especial de cada arma, de cada dios griego protector o enemigo, porque en sus grafías están también los dioses del Olimpo con sus posesiones y singularidades que replican aspectos de la tierra. Cae la cabeza de Atenea, es cierto, pero volviendo a la incidencia dramática, a su dinámica y a la actuación, la que cae es su cabeza en esta película, porque no aporta salvo el nombre o la marca. Mejor volvamos a los aciertos, porque narrar la historia del caballo desde dentro también es valioso, así como corregir la muerte de Menelao en manos de Aquiles, deformación que dejó en la memoria de las nuevas generaciones la versión de “Troya” con Brad Pitt como Aquiles. Efectivamente Menelao vuelve con Helena a casa, a su reino, la mujer más bella de la tierra, hija de Leda y un cisne (Zeus) y viven en Esparta. Narrar las vicisitudes que debieron soportar los guerreros al interior del caballo fue un aporte que suma a la veracidad de la estratagema, aunque luego de eso la apertura de las puertas de Troya sea la escena más débil y menos lograda en la película, porque solo dos guardias cuidan lo alto del muro principal. Acá Nolan no fue capaz de generar desde los recuerdos del aqueo la sensación de inexpugnabilidad que les causaba la inmensa muralla de la ciudad fortificada, por eso el espectador no se aflige con los derrumbes tras el fuego. Quiso tensionar la escena reiterando el detalle del engranaje sin mostrarnos por completo y en virtud el detalle de la inmensidad de las puertas. Recordemos por favor el imaginario de la muralla que separa en Juego de Tronos a los humanos de los caminantes blancos. La sensación de fortaleza era auténtica. Es cuando valoras ciertos esfuerzos y luego te defraudas con los cascos troyanos que parecen sacados de las fuerzas de elite del Imperio de la “Guerra de las Galaxias” mal mezclados con las máscaras de “La guerra del fuego” blanqueadas con barro. Si menciono lo del vestuario, primero, yo le habría dado ropa al cíclope para cubrir su cuerpo poco texturizado, una especie de Gollum gigante pero menos cabezón y aun más calvo. Este Polifemo de Nolan parece más bien un ser anfibio, lo que sería correcto con un padre dominador de los océanos. ¡Pero desnudo debiera mostrar sus partes! De lo contrario parece un eunuco gigante que no asusta a nadie salvo para pedir un biberón de dos toneladas. Acá Ulises no le habla, ni le dice un nombre falso, tampoco se vanagloria del ardid con que ganó la guerra, pero el hybris o el exceso sí aparece cuando salen los sobrevivientes de la cueva y Ulises lanza una flecha al único ojo ya cegado en señal de castigo y menosprecio, algo que nos recuerda los tiros a la cara perpetrados por la policía chilena durante las protestas desde la Dictadura a la fecha. Esto, Poseidón, no lo perdona, ni en el libro y tampoco en este film taquillero. Odiseo no reconoce la falta ni muestra arrepentimiento, al igual que Claudio Crespo en Chile, el carabinero que cegó a Gustavo Gatica.

De las peleas del film no hablaré porque son bastante mediocres. Valen mucho más las de Jackie Chan, de quien vi en el cine de Barrancas de San Antonio “Las armas de Dios” varias veces, comiendo helados y chocolates que me regalaban mis tíos que tenían la confitería “El Roxi” justo al lado. No hay peleas tan burdas como la primera parte de “Dune” que fue para ruborizarse al ver al Aquaman de Momoa luchando como Bud Spencer en la película “Pie grande” para tratar de salir de un túnel plástico. Acá se nota demasiado que Nolan haya querido hacer esta película con peleas tipo Disney y sin escenas gore para que sea útil en los colegios o la vean las nuevas generaciones. Lo cual es bueno y lo mejor de esta entrega. El problema es que no la verán tampoco con mucho agrado porque carece de sangre o de cortes de espadas que parezcan reales. Las nuevas generaciones saben más que nosotros del cuerpo, y lamentablemente las autolesiones en la juventud van en aumento, sin control. Si es para enfrentarse a eso y darle solo valor al referente de la historia me parece completamente acertado y podría marcar una nueva tendencia, pero Nolan se priva además de los desnudos. Cero piel, como si los seres humanos no supieran ni pudieran ya reproducirse. Todo muy opuesto a lo que nos dejó acostumbrados la saga de los Stark, por ejemplo, recuerden la Boda sangrienta o esas escenas memorables en casas de remolienda, notables momentos que nos hacen reconocer una época tan despiadada como la actual, donde los excesos y la falta de pudor siguen existiendo, con soldados invasores que hoy violan y matan en territorio palestino. Entonces, respecto a la clasificación por edades, sí, es una película para todo espectador, aunque no sé cuánto puede afectar a un infante ver al cíclope deforme comer cráneos y escupir cascos.

Otro antecedente que llamó mi atención es el asunto de los efectos especiales. Vi la película en la mejor pantalla, recomendada por el propio Nolan, de esas que son escasas en el mundo, y sentí que ni la realidad virtual ni la IA han vuelto a Ítaca. Y que el tributo análogo no estuvo a la altura de la epopeya. Conozco el valor de filmar con celuloide y trabajar con material análogo, pero acá por lo visto se quedaron hipnotizados por la flor de loto, es decir, los efectos especiales de esta película te hacen pensar que en diez o veinte años la tecnología no avanzó. Son mejores los efectos de las tres primeras versiones originales del Jedi. Acá con Nolan los cuerpos salen volando segundos después de ser golpeados por un muñeco menos flexible que La Pequeña gigante de Royal de Luxe. El monstruo o los picorocos con cabezas de morenas más bien parecen un préstamo digital a la película “A Quiet Place”, porque no se entiende qué son esos brazos extendidos que coinciden con la misma piel del cíclope. Sin embargo, y dando un giro sobre esto, muy por el contrario, las escenas de navegación en el mar son de las mejores logradas en las últimas décadas. Damon y alguno de sus hombres seguramente cogió un resfriado. Y si después me dicen que todo fue filmado dentro de una piscina: ¡Bravo!

Sin ir más allá en estos detalles superficiales, como lo mal que le quedó la corona a Telémaco en su fotograma final de púber, flaco y amoroso, diría Lemebel, sobreactuando la idea de un niño que aún adolece, y sin dedicarme a criticar los pocos drones invertidos en mostrar las ciudades, batallas, archipiélagos e islas; quizás porque estos directores se aburren de andar tanto en helicóptero; no lo sé, pero eché de menos esas grandes batallas de “Corazón valiente” (1995, Braveheart) de Mel Gibson, con el mismo Gibson haciendo de Wallace y cortaba brazos junto al clan y por doquier. Quizás ya no sea necesaria tanta violencia con toda la violencia circulando desde nuestras estructuras de poder. No obstante, si de acción se trata también, dejar la herida para la imaginación debe tener un tratamiento previo mejor trabajado, como ocurre con los movimientos en la danza clásica o el ballet. ¡No más dobles ni relleno con extras! ¡Más ballet y artes marciales mixtas! Batallas y combates que pueden contener más arte y una mezcla con lo mejor de “Kill Bill” de Tarantino y de “300”.

Pero, lejos de todo esto que tiene que ver con gusto sobre lo bueno y lo bonito, quisiera mencionar quizás lo más interesante de esta versión de “La Odisea”, y es algo que tiene que ver con el fondo y no con la forma. Se trata de la profunda reflexión que proyecta el sujeto protagonista (aunque la actuación sea plana, tanto como la del joven Peter Parker, perdón, la de Holland interpretando a Telémaco). Y es que reflexiones profundas no las hay en esta película, principalmente porque los personajes mujeres no aparecen en esta superproducción. Ellas prácticamente no tienen voz, ni versos como piezas esenciales de la acción dramática. El director Christopher Nolan y la producción general no les da tiempo para hablar a las mujeres ni les brinda los fotogramas que merecen, salvo por Penélope (recuerden a la actriz de “Interestelar”) quien curiosamente es sumisa a Odiseo y como tantas mujeres decide esperar a su pareja y no tener otro amor. ¿Habría esperado el Rey de Ítaca veinte años a su mujer?

¿Y qué hay de Casandra? ¿Por qué nada se dice de quien fue secuestrada por Agamenón y llevada a la fuerza como su “amante”? ¿Por qué nada sabemos del mismo Agamenón?, ¿qué tan despiadado imaginas que fue? Los defensores del cine de Nolan dirán que Casandra pertenece a la Ilíada y no a la Odisea, y aunque está bien construido el Rey de Micenas, porque la versión de Homero a través de las voces de Menelao y otros sujetos poéticos (como el Rey de Pilos, Néstor) así lo narran en la Odisea original: Agamenón fue asesinado tras el banquete por su propia esposa, Clitemnestra, que también lo esperaba. ¿Qué hay de esas voces poéticas que no son escuchadas? ¿y qué valor le damos a eso que critican de los hombres? ¿Podría Calipso también recordar y narrar su propia versión? Al menos, Circe sí tiene voz, felizmente es una excepción a la regla, un gesto revelador de la película que no se presenta de la misma manera en la Odisea original, donde Circe se deja seducir por el héroe y lo alimenta por un año. En esta versión cinematográfica, en cambio, ella está acostumbrada a ser violentada por los soldados, obligada a darles sexo y comida, por lo que se ha vuelto una sobreviviente que los envenena y transforma en animales. O sea, una hechicera o una mujer obligada a defenderse, ¿víctima o victimaria? Y en la película somos testigos de cuando enrostra a Ulises y le expone aquel modo abusivo, violento y constante que impone el modelo patriarcal con su fuerza bruta opresora. Acá, a diferencia de la Odisea original, no hay antídoto para el brebaje de Circe ni Hermes le entrega una advertencia al héroe, pero sí en ambas versiones ella les aconseja el camino a seguir o la manera de buscarlo. Hay canales por tanto que no contemplamos. Él dudará del bienestar que proveen los dioses; él recordará a Atenea o a la imagen de una muchacha asesinada por su propio bando en Troya. Y esa es la misma mirada que Nolan y Damon se proponen decir con los gestos en off del actor que baja las escaleras dudando de su hazaña y de la victoria. Pareciera decirnos: “Encontré la forma de entrar y abrir la puerta de la gran ciudad, pero solo para destruirla”. Pese a esto, la secuencia siguiente de fotogramas no está a la altura, porque la siguiente escena es terrible, lo peor de la película, cuando se abren las puertas de la ciudad y aparece un hombre-monolito, como un espantapájaros del futuro, plástico, tieso, un eco de Batman, un Agamenón que no es de este planeta, una mezcla de Robocop, Megatron y Darth Vader. Hablo de la escena, acotada y estrecha, que debió ser el momento magistral. Pero no los dejaré con eso, los mejores momentos y la mejor elección del reparto, con la actuación más vigorosa, es la de la mexicana-keniana Lupita Nyong’o Buyu en su papel de Helena, porque con los pocos segundos que le dio Nolan, expresó más que las casi tres horas que dura la película.

Vamos a lo serio. El sentimiento de culpa en Odiseo no lo lleva necesariamente a una evolución moral, lo mismo sucede con la especie humana, poco hemos aprendido, piensen en cuántas ciudades han sido destruidas por las guerras desde aquellos años (siglo XII a. c.) hasta el presente. Sin embargo, su introspección lo acerca a lo imprevisible de la aventura tras ofender las buenas costumbres, y por eso se ve obligado a cuestionar su propia hazaña. No podría ser de otra manera, sería una inconsecuencia para una película que se apropia de la literatura de la Humanidad y con ello del relato de una parte de la historia de occidente.  Nolan estuvo en lo correcto al dejarnos esa reflexión, para de alguna forma mínima recordarnos lo que sigue pasando en Gaza y los niños que perdieron la vida. Por tanto, el Odiseo de Nolan, si quiere funcionar como un personaje que refleje la mejor versión de nosotros, esa imagen de homo sapiens que nos gusta sostener, tiene que reflexionar y hacerse cargo de algo, por eso vemos el lado más terrenal del héroe. Pero esto no es mérito de Nolan, es una tendencia en el cine actual para seducirnos, para que volvamos a creer y gastemos nuestro dinero en reflexiones baratas que nos hagan suspirar en la butaca. Pasó con el “Guasón”, con “Pingüino”, y antes, de manera magistral con “Watchmen: Los vigilantes” y también con “The Boys”. El problema es que en la vida real quienes nos oprimen no sienten arrepentimiento alguno. Seguramente Chile volverá a votar por la ultraderecha en menos de una generación más, porque en el mundo impera la ignorancia y el olvido. Las pantallas y sus agujas hipodérmicas son nuestra flor de loto actual. Por eso, hasta ahora, ninguna reflexión será más profunda que las ya proyectadas por Homero, o la Universidad Homero, o los muchos Homeros, hasta el de Borges en el cuento “El inmortal”.

Pese a todo vean la película, en serio. Lo de “Nolan vean” solamente fue una broma atractiva, ya saben que me gusta jugar con el lenguaje y los títulos pesados. Hay que verla porque de vez en vez es bueno recordar por qué los dioses nos castigan tanto.

 

Alejandro Banda (Valparaíso, Chile, 1976). Profesor, investigador y poeta. Doctor en Literatura Hispanoamericana Contemporánea. Profesor de Castellano, Licenciado en Lengua y Literatura Hispánica por la PUCV. Actualmente en la Universidad de Playa Ancha investiga sobre el imaginario urbano de Valparaíso en la poesía de postdictadura, y como profesor agregado en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, imparte a través del ILCL las asignaturas “Didáctica de la escritura creativa” y el paralelo “Construcción del conocimiento literario”. Estuvo a cargo del proyecto de investigación “Estudio de las antologías de poesía de Valparaíso (1968-2018)” (Fondo del libro y la lectura, MINCAP). www.antologias.cl

   Es miembro de la SOCHEL, SECH y acaba de ser seleccionado como parte del Comité Asesor de las Academias Explora 2026.

   En 2011 funda el grupo artístico y musical FUSIÓN OCURRO, donde unen música y poesía junto a Franz Fonfach, Felipe Pérez e Iván Araia. Destacan sus declamaciones y performance.

   Como autor ha publicado los poemarios: Felice (1998), Ocurro (2000), Poemas para separarse (2003), Bajo Mar (2006) y Puerta al fuego (e-book 2023; impreso 2026). Obtuvo el 1er Lugar “Juegos Poéticos de Primavera”, Sociedad de Escritores de Valparaíso (2004), con el poema “Piedad distinto de olvido” y 1er Lugar en “Valparaíso en 100 palabras” (Editorial Plagio, 2017) con el texto “El reloj de mi padre”. Obtuvo las Becas de creación del Fondo Nacional del Libro y la Lectura en 2014 y 2015, en poesía y narrativa.

   Actualmente realiza gira por Italia y España, lanzando su libro Puerta al fuego: Poemas inconstitucionales, en Torino (junio), Salamanca (julio) y ahora en Cantabria.

Imagen de cabecera: Foto de Felix Mooneeram en Unsplash



One thought on “Alejandro Banda: “Nolan Vean: ‘La Odisea’ (2026)””

  • Nino Velasco 27/07/2026 at 12:01 am

    destaco: «Odiseo no reconoce la falta ni muestra arrepentimiento, al igual que Claudio Crespo en Chile, el carabinero que cegó a Gustavo Gatica.»
    y te cuento que también fui a ver las películas de Jackie Chan al Cine Moderno de Barrancas. seguro que cruzamos miradas al fin de la película.

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