En 1996 una de las revistas académicas más respetadas del mundo anglosajón llamada Social Text aceptó un artículo falso titulado «Transgressing the Boundaries: Toward a Transformative Hermeneutics of Quantum Gravity», cuyo autor era un físico teórico de la Universidad de Nueva York llamado Alan Sokal. Dicho artículo era una parodia deliberada del estilo posmodernista, repleta de jerga técnicista y declaraciones políticas, pero sin contenido científico real. En su artículo, Sokal fingió argumentar que la realidad física, incluyendo la gravedad, era un constructo social. El propósito de Sokal fue revelar que las opiniones, por más ridículas que sean, son aceptadas en las academias, no tanto por su rigor y objetividad, sino en la medida en que coincidan con las preconcepciones ideológicas y políticas de las universidades.
Este escándalo fue llamado el asunto Sokal, cuyo efecto fue revelar que las academias universitarias, especialmente las facultades de humanidades y ciencias sociales, padecen de un prejuicio ideológico de querer ver la racionalidad y la objetividad científica como herramientas de dominación del hombre blanco occidental.
Naturalmente, por razones de supervivencia, la respuesta de las academias no se hizo esperar. Acusaron a Sokal de utilizar una estrategia que permite a los científicos “mantener su autoridad y poder en la sociedad”, desviando el tema de la crítica de la ciencia, a la crítica de los científicos.
Si bien es verdad que el conocimiento científico tiene contextos culturales, los detractores de Sokal cometieron el error de convertir ese diagnóstico parcial en una ontología general que declara que no existen verdades objetivas, sino que todo está determinado por el poder, ignorando que la falibilidad de la observación o del observador no cambia el hecho de que lo que se está observando está asentado en una realidad objetiva.
Un ejemplo ilustrativo de este tipo de falsa generalización es un artículo titulado “Guerras de la ciencia, imposturas intelectuales y estudios de la ciencia”, publicado por la Revista Española de Investigaciones Sociológicas, escrito por Rubén Blanco. Dicho artículo pretende refutar el experimento de Sokal a través de la explicación del contexto en el que surgió. Sin embargo, el problema de fondo que recorre este artículo es que nunca enfrenta directamente los argumentos de Sokal. Ni siquiera los cita. Simplemente los rodea mediante desplazamientos, generalizaciones y explicaciones de motivos que caen en las descalificaciones personales, pues acusa a Alan Sokal de no comprender los “estudios culturales de la tecnociencia” (Blanco 144), pero jamás indica en qué se equivoca o por qué no los entiende. También incurre en una falacia de hombre de paja al decir que “Sokal se constituye como autoridad universal del conocimiento humano, tanto en el campo de las ciencias naturales como en el de las ciencias sociales y humanidades” (Blanco 144). Sin embargo, lo anterior es una conclusión falsa a la que llega Blanco, pues en realidad Sokal jamás hace semejante declaración ni se asume como tal.
No obstante, más allá de la falta de argumentos y descalificaciones personales, es importante reconocer que estos prejuicios, a pesar de haber sido expuestos como falencias, se han hecho carne y han colonizado las aulas y las academias. Ya no sorprende a nadie escuchar en los púlpitos de las universidades—tanto en América como en Europa y Oceanía—a algunos profesores decir que “la objetividad es blanca”, convencidos de que están en lo correcto y, no sólo eso, también afirmando lo anterior como una realidad científica.
Estas incoherencias y mentiras históricas, que antes pudieron ser consideradas ridículas, se vuelven tanto más visibles como peligrosas en la medida en que ciertos autores con tanta influencia, como Sandra Harding, quien compara la mecánica clásica con un “manual de violación”[1], o Luce Irigaray, quien afirma que la fórmula E = mc² es una “ecuación sexuada”[2], o Jean-Paul Sartre, quien aseguró que “matar a un europeo es matar dos pájaros de un tiro” (Sartre, 1965, 12), gradualmente convierten sus declaraciones en verdades dominantes en las universidades occidentales. Sin embargo, en la actualidad estos prejuicios no sólo siguen vigentes, sino que se han transformado en dogmas, en donde el pensamiento objetivo ha sido desplazado por el compromiso político.
De la manera como han pasado a formar parte de las academias de humanidades y ciencias sociales, estos dogmas han sido considerados por la crítica literaria como disciplina y técnica, en mayor o menor medida vinculados al dominio de la metodología y los marcos teóricos para el análisis de obras literarias. Las consecuencias de tal colonización intelectual desde el ámbito de la literatura se manifiestan en que, al estudiar una obra literaria en particular, la mayoría de estudiantes y críticos literarios piensan automáticamente en Michel Foucault, Judith Butler, Edward Said, Pierre Bourdieu o Jacques Derrida como referentes analíticos incuestionables. Consecuentemente, sus teorías y aplicaciones de análisis sobre la literatura son ahora dogmas institucionalizados y, como todo dogma, se reproducen solos después de haber sido inoculados. El costo de que estas ideas sobre cómo estudiar la literatura dominen completamente los programas universitarios, las revistas académicas y los congresos de filología, ha sido que el enfoque del estudio verdaderamente literario haya quedado relegado a una simple curiosidad de la historia de la crítica literaria o, peor todavía, a su desaparición por considerársele “reaccionario”.
Desde el punto de vista más inmediato se puede advertir que existe un atajo mental que en la psicología han llamado “heurística de la disponibilidad”. Es, pues, un fenómeno esencialmente cognitivo, descrito por Daniel Kahneman y Amos Tversky, que considera que los seres humanos recordamos algo con más facilidad cuando creemos que ese algo es más importante de lo que realmente es.
Según sus propios postulados, este sesgo tiene lugar gracias a dos factores que son la frecuencia y la probabilidad (Tversky & Kahneman, 1973, 208). La heurística de la disponibilidad, por tanto, se nos presenta como un decidido diagnóstico de los actuales departamentos de literatura, puesto que estas metodologías posmodernas no sólo son modas intelectuales pasajeras. En realidad, estos marcos teóricos se han vuelto cognitivamente automáticos y permanentes, ya que, justamente, gracias a la frecuencia con la que se repite en los cursos de literatura las palabras “opresión”, “interseccionalidad”, “género”, “raza”, “patriarcado”, “descolonización”, “identidad”, “deconstrucción”, “neoliberalismo”, el estudiante o el crítico inmediatamente las relaciona con la literatura, resultando, lamentablemente, en que no exista en su mente ninguna otra forma de entender la literatura más que dentro de los límites de estas teorías. Se revela también así que, a través de la frecuencia con la que estos enfoques aparecen en papers, seminarios, debates y disertaciones, se convierten entonces en el lenguaje dominante de legitimación crítica y a sus artífices en autoridades canónicas de los estudios literarios.
Esta conquista intelectual por parte de la irracionalidad posmoderna amerita cuestionarse con seriedad. La primera pregunta que surge es ¿cómo lograron estos enfoques legitimarse como canon? Al constatar que en el horizonte mental de la mayoría de estudiantes y críticos de la literatura han desaparecido nombres como William K. Wimsatt, Monroe C. Beardsley, Allen Tate, William Empson, René Wellek, Cleanth Brooks, John Crowe Ramson, I. A. Richards o el propio T. S. Eliot, de modo tal que hoy sería difícil explicar en un curso de teoría literaria cualquiera quiénes fueron estos críticos y por qué la recuperación de sus ideas es imprescindible para el beneficio mismo del arte literario, nos damos cuenta que la propia academia universitaria recompensa otros lenguajes y considera el estudio de estos pensadores como algo “ya superado” o incluso inútil, como si la crítica literaria fuese una ciencia perfectible cuyas autoridades más inmediatas y actuales fuesen el epítome de la objetividad. Pero ésta sería una respuesta tardía. Debemos, por tanto, ir hacia los orígenes de esta hegemonía cultural.
La siguiente cita de Antonio Gramsci debe, por cierto, valer como una precisa respuesta, además de ser una directiva educadora respecto a los propósitos explícitamente políticos que tienen las academias hoy en día:
La aparición de la escuela unitaria representa el inicio de las nuevas relaciones entre trabajo intelectual y trabajo industrial, y no sólo para la escuela, sino para toda la vida social. El principio unitario se reflejará, por tanto, en todos los organismos de cultura, transformándolos y dándoles un nuevo contenido. (Gramsci, 1967, 148-149)
Fuera de los círculos intelectuales, el declive del marxismo como ideología capaz de persuadir a millones de personas en Occidente comenzó entre finales de los años sesenta y los ochenta. El marxismo siguió siendo absolutamente influyente en las universidades, pero gradualmente lo fue menos entre la población a medida que su calidad de vida mejoraba a través de políticas de mercado libre. Sin embargo, el marxismo no desapareció. La fascinación de sus ideas consiguió mantener su presencia en los departamentos universitarios de humanidades y ciencias sociales. Que el marxismo cultural tenga hoy una absoluta capacidad de control sobre las academias de humanidades y ciencias sociales es cosa que no puede refutarse. Esa preponderancia se explica porque el marxismo, en la práctica, siempre ha terminado en dictaduras asesinas que únicamente obtienen defensa a partir del idealismo de los propios académicos e intelectuales de Occidente; sin embargo, para los individuos que no pertenecen a la esfera intelectual y académica, la revolución socialista dejó de ser atractiva. La teoría de la hegemonía de Gramsci, por tanto, planteó que, a diferencia del marxismo ortodoxo que afirmaba el control político a través del poder sobre la estructura económica, también se consigue a través del control sobre instituciones culturales como la escuela, la prensa y las universidades.
El objetivo político del marxismo detrás de colonizar la academia es lograr una transformación radical y permanente de la sociedad civil y las instituciones democráticas occidentales, utilizando a las universidades como mecanismo de subversión dentro del propio sistema. Este mecanismo de difusión, al principio, no trató de suprimir ideas diferentes, sino que trató de organizar y utilizar los preceptos marxistas en la cultura y, en este caso, en el pretendido análisis de la literatura. Su difusión no necesitó militancia activa. Fue estructural. Los profesores formados en los sesenta y ochenta fueron los que tomaron decisiones de contratación y crearon círculos de investigación. Asimismo, la jerga teórica y los enfoques de estudio de la literatura (poscoloniales, feministas, queer) han creado sus propios espacios (revistas especializadas, asignaturas, incluso licenciaturas y posgrados).
Una academia libre estaría dispuesta a incluir los enfoques posmodernos dentro de los programas de estudio literarios. En cambio, la academia actual no necesita excluir activamente a los detractores y críticos de su enfoque hegemónico. Su reacción ante ellos está basada simplemente en negarles existencia dentro de las aulas, en no darles lugar dentro de los programas de estudio. Eligen como afirmación general una rudeza de regimiento de teorías que tienen en común la idea de que la verdad no es otra cosa que una construcción de poder y la razón es un instrumento histórico de opresión. Es, por lo tanto, un mérito de las teorías de la deconstrucción y del resto de los enfoques populares de la posmodernidad el tener el control de las narrativas, no a través de la fuerza, sino del control de las instituciones que forman el pensamiento. Vale la pena recordar que antes de la hegemonía del pensamiento posmoderno en las universidades, el socialismo argumentaba que la única vía de llegar al poder tenía que ser a través de la revolución armada. Fue, efectivamente, a la inversa. Las universidades se convirtieron en el campo de batalla decisivo para su hegemonía porque son los espacios que forman a las demás generaciones. Ocupar los espacios institucionales en donde se determina qué es conocimiento legítimo y que no lo es, fue decisivo para que el marxismo moldeara posteriormente las instituciones políticas, las empresas, el vocabulario y hasta la forma de entender la literatura.
La doctrina posmoderna que domina hoy los estudios literarios, la cual Harold Bloom llamó la “Escuela del Resentimiento”[3]—y no pudo estar más acertado—, es antiestética e ideológica además, en un sentido específico, porque si se quisiera indicar el sentido general aproximado que le da a la literatura como objeto de estudio, la misma sería más llevada a hablar de política antes que de estética, lo cual es una involución antes que una evolución en los estudios del arte. A ello se le agrega que las academias de humanidades y ciencias sociales han reemplazado la razón por una nueva clase de fe y una ortodoxia que tiene a sus propios herejes. Cualquier intento de cuestionar dichas ideas es una prueba de disidencia. Cada vez es más común enterarse de linchamientos mediáticos, destituciones, hostigamiento e incluso amenazas y agresiones físicas hacia estudiantes y profesores que se atreven a expresar posturas opuestas al pensamiento dominante en instituciones académicas. Existe, por tanto, un mecanismo de disciplina intelectual que funciona a través del miedo a ser expuesto como “intolerante”, “racista” o simplemente estúpido. De esta manera, las universidades se han convertido en los espacios más tóxicos para intercambiar ideas y construir el diálogo racional.
Otra consecuencia de esta concepción totalitaria y a la vez contradictoria de los estudios literarios es el ataque contra la definición misma de literatura. Por un lado, desde la visión marxista hasta la foucaultiana, se plantea que la literatura está determinada por instituciones de poder y, por ello, es un reflejo del mismo. Por otro lado, desde la posición de Lyotard hasta Terry Eagleton, la literatura no cuenta con una definición fija. Este tipo de concepciones acarrean contradicciones que nunca obtienen respuestas. En primer lugar, si toda afirmación de verdad, incluyendo la literatura, está determinada por una institución de poder, esta misma idea expone el intento de ejercer poder sobre cómo interpretar la verdad y, por lo tanto, sobre la literatura. En segundo lugar, si la literatura no puede contar con una definición clara, entonces cualquier cosa podría ser considerada como literatura y, justo por ese abismo de ambigüedad, la literatura no existiría. Esto conllevaría a anular los estudios literarios dado que no habría un objeto literario al cual analizar.
Esta Escuela del Resentimiento niega la existencia de la autonomía de la obra de arte, ignora la experiencia estética, desprecia la crítica inmanente y carece de un juicio crítico de la razón porque considera la razón kantiana como “producto de un sujeto definido como racional y autónomo” (Amorós, 1991, 101). Naturalmente que, una vez que se ha asumido esta actitud hacia la obra literaria, las academias terminan en el error del puro relativismo y convierten el análisis formal en una posición conservadora que resulta incómoda, no por falta de rigor analítico, sino porque lo interpretan como una desviación moral a ignorar.
No siendo, sin embargo, éste el lugar apropiado para profundizar en cada una de las características de los estudios literarios que actualmente se enseñan en las universidades, puesto que las mismas presupondrían un debate mucho más extenso, necesitamos volver al punto del cual se había partido para cuestionarnos lo siguiente: ¿qué pierde la literatura al ser estudiada exclusivamente bajo las metodologías hegemónicas de la posmodernidad? La respuesta inmediata y más lacónica sería que la literatura ha perdido su naturaleza artística. Al encontrarnos frente a este hecho, la pérdida del carácter artístico de la literatura se debe considerar como el resultado de tres factores.
El primero, que es esencial para comprender la gravedad del mismo, es justamente la pérdida de las categorías estéticas. En su aspecto más externo, una categoría estética es un principio organizador de la experiencia del arte que integra su forma y su contenido. A tal respecto podría formularse aquí que, cuando la literatura deja de ser un objeto de análisis que puede estudiarse con criterios estéticos, pasa a convertirse en un campo de análisis de poder, un espacio en donde supuestamente las estructuras de opresión se reproducen a través del lenguaje. Sabiendo esto, con mayor razón se debe, pues, admitir que existe una heurística de la disponibilidad en donde las categorías estéticas como “bello”, “feo”, “sublime”, “absurdo”, “siniestro”, “trágico”, “cómico” o “grotesco”, se reemplazan por términos político-ideológicos como “patriarcado”, “androcentrismo”, “performatividad”, “alienación” o “colonialismo”. Al surgir este reemplazo de las categorías estéticas por términos ajenos a la literatura y el arte, las relaciones de la literatura con la crítica se invierten y su análisis se vuelve inestable, pues el criterio de estudio cambió de las categorías estéticas a categorías políticas. La proclamación de la presunta importancia de la examinación crítica de las condiciones sociales en las que se produce la obra literaria se da, precisamente, en detrimento mismo de la obra como objeto estético.
Así como la desaparición de las categorías estéticas se puede considerar decisiva como factor de la pérdida del carácter artístico de la literatura, también lo sería la desaparición de su humanidad. Es bien visible la importancia de este factor en lo relativo a la concepción que referentes marxistas como Lukács o Eagleton tienen sobre la causa eficiente de la literatura, ya que para ellos son las fuerzas materiales y el contexto de la época los que condicionan el contenido y la forma de la obra literaria. Para ellos no existe un autor que escriba la obra desde su individualidad y talento. Para ser más preciso, los dos comparten la afirmación de que el autor es tanto más talentoso y libre en la medida en que funciona como un mediador que transforma las contradicciones subyacentes de la sociedad—y es consciente de ellas— para convertirlas en una obra de arte. Sin embargo, es fácil darse cuenta que caen en una contradicción, puesto que, si el autor está condicionado por su realidad material, entonces no debería ser del todo activo. Si el autor es completamente fiel al registro de las fuerzas vivas de la historia y la lucha de clases de su momento, entonces esa misma fidelidad es lo que determina su pasividad. Es decir, según esta concepción marxista de la causa eficiente de la literatura, el autor tiene que ser lo suficientemente receptivo a su contexto para ser verdaderamente un autor talentoso.
A este nivel, una vez más, esta visión marxista de la literatura se remite al lenguaje. Roland Barthes llegó a afirmar que no eran los hombres los que hablaban, sino el lenguaje el que hablaba a través de ellos, modelándolos y sometiéndolos a la dictadura de la lengua. “Pero la lengua, como la ejecución de todo lenguaje, no es ni reaccionaria ni progresista, es simplemente fascista, ya que el fascismo no consiste en impedir decir, sino en obligar a decir” (Barthes, 1993, 120). Se sigue de esto que, a pesar de que ya no son las fuerzas vivas de la historia, sino el lenguaje el que moldea la literatura, el autor, en su individualidad y talento, también queda eliminado. De esta manera desaparece la humanidad de la literatura, pues se niega la singularidad del autor, se reduce su talento a su capacidad de registrar las supuestas contradicciones subyacentes de la realidad y, al mismo tiempo, la literatura deja de ser una creación para ser considerada una producción. Por lo tanto, la complejidad anárquica del proceso de creación de la literatura se desplaza por un método que trata de encuadrarlo como una fórmula o receta destinada a la repetición: la de someter la calidad literaria a la pretendida identificación de las tensiones de la época.
Debe, sin embargo, verse claro que, en esto, hay sólo un resultado al querer reducir la causa eficiente de la literatura a un simple efecto del lenguaje o de las fuerzas vivas de la historia. El resultado de esa reducción es la captura de su libertad, tanto creativa como crítica. Esa exigencia de un registro de las condiciones históricas se vuelve una jaula ideológica que conlleva, no sólo a querer etiquetar dicha exigencia como criterio de calidad, sino también coaccionan el análisis para centrarlo en el contexto y no en la obra misma.
La literatura es mucho más que palabras de una lengua y es algo que trasciende su contexto y su época. En este punto, por ende, la calidad de una obra literaria no está determinada por intereses ideológicos, ni por su pretendida fidelidad con su contexto, ni tampoco en su utilidad política o social. Para existir, la obra literaria no necesita nada más que su propia autonomía. La exigencia posmoderna, en la irracionalidad que le es propia, determina que la literatura tiene que adaptarse a los intereses ideológicos que proclaman histéricamente desde las academias, cuando en realidad es el talento natural del ser humano el que le da la regla al arte literario.
Tal como se ha explicado anteriormente, la exigencia por parte de la academia para que la literatura se adapte a sus preconcepciones ideológicas conlleva, finalmente, al último factor que ha generado la pérdida del carácter artístico de la literatura. Este último factor es la pérdida de su finalidad como arte. Se entra así en una discusión sumamente difícil, justamente porque requiere explicar cuál es el fin de la literatura como obra de arte y no otra cosa.
Para comenzar, además de la consideración ontológica de la literatura, también por razones de carácter teórico, resulta esencial reivindicar su libertad, dado que la experiencia y el placer estéticos se logran sin ningún interés de por medio. Es en la contemplación y reflexión de la obra literaria que nos damos cuenta de la libertad que le es inherente. Sin embargo, en la actualidad las academias en donde se pretende estudiar la literatura tratan de subordinar su valor a una finalidad política, moral o social. De la misma manera, es ya algo totalmente generalizado reducir el valor literario a la importancia de su contenido. Por lo tanto, en cada aula, paper, libro de investigación, ponencia o debate se encuentra y confluye la instrumentalización de la literatura para un fin generalmente político o ideológico.
Y, puesto que todo lo que está fuera de la obra, antes como después de su creación, es sólo algo externo a la propia experiencia estética, no debería ser considerado como un criterio de valor estético. No obstante, queriendo esclarecer ese algo externo a la experiencia estética, las academias afirman que, si la lectura de una obra se vuelve un análisis inmanente, conllevaría a empobrecer la literatura, porque se le despojaría del contenido o de las interpretaciones posibles que puedan desprenderse de ese contenido. En el fondo, como se ha mencionado, actúa un interés ideológico en querer utilizar la literatura para confirmar preconcepciones políticas. No es la utilidad (moral, ideológica, social, política, filosófica o científica) lo que determina el fin de la obra literaria como arte, sino a la inversa. Es la falta de utilidad, en su sentido más amplio, lo que determina su finalidad como obra artística.
Referencias:
Amorós, Celia (1991). Hacia una crítica de la razón patriarcal. Barcelona: Anthropos.
Barthes, Roland (1993). El placer del texto seguido por Lección inaugural de la cátedra de semiología lingüística del Collège de France pronunciada el 7 de enero de 1977. Madrid: Siglo XXI.
Beardsley, Monroe C. (1981). Aesthetics. Problems in the Philosophy of Criticism. Indianapolis: Hackett.
Blanco, Rubén (2001). “Guerras de la ciencia, imposturas intelectuales y estudios de la ciencia”, Reis: Revista Española de Investigaciones Sociológicas. 94, pp. 129-152.
Bloom, Harold (1995). El canon occidental: La escuela y los libros de todas las épocas. Barcelona: Anagrama.
Brooks, Cleanth (1947). “The Language of Paradox” from The Well Wrought Urn: Studies in the Structure of Poetry. New York: Harcourt, Brace and Company.
Eagleton, Terry (1988). Una introducción a la teoría literaria. México: Fondo de Cultura Económica.
Eliot, T. S. (1959). The Use of Poetry & The Use of Criticism. Studies in the Relation of Criticism to Poetry in England. London: Faber and Faber.
Empson, William (1949). Seven types of ambiguity. A study of its effects in English verse, London: Chatto and Windus.
Foucault, Michel (1999). “¿Qué es un autor?”, en Entre filosofía y literatura. Obras esenciales, Volumen 1. Barcelona: Paidós.
Gramsci, Antonio (1967). La formación de los intelectuales. México: Grijalbo.
Harding, Sandra (1996). Ciencia y feminismo. Madrid: Ediciones Morata.
Irigaray, Luce (1994). Thinking the Difference: For a Peaceful Revolution. New York: Routledge.
Kant, Immanuel (2022). Crítica del juicio. Madrid: Tecnos.
Lukács, Georg (1966). La novela histórica. México: Era.
Lyotard, Jean-François (1987). La condición posmoderna. Madrid: Cátedra.
Marx, Karl & Engels, Friedrich (2014). La ideología alemana. Madrid: Akal.
Sartre, Jean-Paul (1965). “Prefacio” en Los condenados de la Tierra. Frantz Fanon. México: Fondo de Cultura Económica.
Sokal, Alan & Bricmont, Jean (2022). Imposturas intelectuales. Barcelona: Paidós.
Tversky, Amos & Kahneman, Daniel (1973). “Availability: A Heuristic for Judging Frequency and Probability”, Cognitive Psychology. 5, pp. 207-232.
___________ (1974). “Judgment under Uncertainty: Heuristics and Biases”, Science. 185, pp. 1124-1131.
Wellek, R. & Warren, A. (1949). Theory of literature. New York: Harcourt, Brace and Company.
Wimsatt, W. K. & Beardsley, M. C. (1946). “The Intentional Fallacy”, The Sewanee Review. 54, pp. 468-488.
Notas
[1] Cfr. Sandra Harding (1996). Ciencia y feminismo. Madrid: Ediciones Morata.
[2] Cfr. Luce Irigaray (1994). Thinking the Difference: For a Peaceful Revolution. New York: Routledge.
[3] Harold Bloom (1995). El canon occidental: La escuela y los libros de todas las épocas. Barcelona: Anagrama.

Santiago Said. Es crítico literario y escritor. Es autor de Catábasis. Narraciones de horror y abyección (Par Tres Editores 2022) y Relatos de amor miasmático (Par Tres Editores 2023). Actualmente cursa un posgrado en Victoria University of Wellington, en Nueva Zelanda.
