Convocado por el Diario de Burgos, este premio se consolida en su segunda edición, pues la calidad del libro ganador así lo certifica. También deja constancia que la joven poesía española va volviendo a los cauces de la excelencia (lejos del ruido y el humo de tantos versos carentes de poesía), además de adentrarse en las fuentes de lo perdurable. En este caso, el joven Juan Gallego Benot entrelaza un cántico erótico-amoroso con las raíces de lo divino que ha abrevado en el manadero de la Biblia, de la cual cita pasajes en las portadillas de las diversas secciones de su destacable poemario. Así lo hace, sin vergüenza, porque como buen lector sabe que los grandes poetas han tenido como referencia al Libro de los Libros. Les copiamos algunas de sus citas:
Tú eres sacerdote eterno
según el rito de Melquisedec.
SALMO 109
Padre mío, si es posible, aparta de mí este cáliz;
pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.
MATEO 26:39
Grábate en el corazón estas palabras que hoy te mando;
y las repetirás a tus hijos; y hablarás de ellas cuando estés en tu casa
y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes.
DEUTERONOMIO 6: 6-7
Y Jonatán hizo jurar a David otra vez a causa de su amor por él,
pues le amaba como a sí mismo.
1 SAMUEL 20:17
Tiberíades agradece al Grupo Promecal por el envío del poemario publicado por Hiperión y por permitirnos difundir algunas muestras del mismo.

ORACIÓN EN EL HUERTO
XIX
Pasó por la ribera
la cara de dios
ensortijada.
No quiero la limpieza
sino el barro,
no busco la redentora
verdad; la luz
que me acompaña desnuda al cielo.
¿Han pasado por aquí?
Está la flor despierta,
la fuente rebosa de sentido,
el mirlo que se inclina
conoce la virtud
y la recibe.
¿Recibiré, yo también,
el llanto inmaculado
de este sitio?
Mi amor está dispuesto
en tus orillas.

XX
El alcaudón que vigila no conoce
mi alta mira y yo, Señor, apenas vuelo
al recorrer el viejo monasterio en tu palabra.
Al norte, la alqueva,
llana longitud que mira al cielo. Al sur,
descerrojado, el monte y la columbre.
Más allá está la siberia, con su blancor parduzco
y su guadaña. La casa, con su candor de hoguera,
su mano servicial y su vulgar destemple, aguarda,
la cena ya servida, y sueña, águila real, con tu llegada.
Gracias, Señor, por este mar tan rico de montañas;
Señor, tú que viniste a desnudar de ramos estas sierras
y a vestir de olivo y plata las más amargas yemas de sus flores.
He servido fiel tu cicatriz, por fuerza de dolor y de tiniebla
y llamo, en este ocaso trino de mi espera,
a tu juvenil figura por mis muslos. Si quieres escuchar
los llantos de mi herida, enciende mi rubor y espolea mi carne,
en este risco gris estoy gritando
a lomos de un caudal y entre dos ríos.
Ya viene la hora de marchar: ceñido está el temblor
y el caminar es lento. Te espero hacia las lindes,
pero tú te me alejas.
Así el sol que invernante cubre
mi sien y mi verdad de flores nuevas.

XXIII
Es la virtud de un cambio en la espesura,
ayer, tan pleno de su cuerpo; cómo al clavar
la hebra ansiada en su molicie el limpio trueno
augura la posibilidad efímera de no asistir a esta edad.
Aquel fue glorioso afán de primavera
y hoy duerme auxiliado por el viento;
ceniza de urdimbre, flor antigua
tornada en calcio, alimento futuro
para otras manos. Habrá de llover,
hoy, en el paseo. Se conjuntarán,
como fieras, sus antiguas formas,
recibirán lo que fue prometido hace mil años.
¿He de limpiar tu nombre de la tierra
con la aguda militancia del desbrozo?
La luz está como un ladrón atormentando
la mentira de tu calor eterno.

XXVIII
Ahora que conozco el mar y todo
—también su latido antiguo incontestable—
y cómo viene el viento; el ruido que hace
el agua. Y cómo clara se acerca
al cuerpo infantil de la arena.
Así el campo mudando cada año,
cada día una color renovada,
las cañas desperezándose,
el vientre hendido del ciervo
sembrando a su rozar la vida de
más vida.
Ahora, dios, conozco el despertar;
pero no sé cómo era la carne
en el tiempo virginal de tu hermosura.
No recuerdo nada. Y ahora sólo el mar
y yo perdido. Voy a este lugar antiguo
del que nada me es familiar; la herencia
habrá de guiarme por la llanura estival de mi memoria.
¿Aprenderá mi estirpe
este nuevo caminar sonoro?

Yo quiero alcanzar la cristalina fuente,
el verde pasto prometido. Mi amor
llevará mis manos hasta el oscuro
bosque —ya sin sonidos—.
Su piel tal vez haya olvidado
el tacto efímero que prendió ciudades,
la infeliz separación
de su verdad y de mi nombre…
Sé la verdad entre mi miedo:
su candor sabrá decir el canto de las cosas
y aprenderé de nuevo a ver crecer todas las flores.
Pero pronto estaré solo, aun un momento,
perdido, sólo en el bosque aquel;
y no quedará la múltiple angostura
de miel y párpado,
de seda revestida en mis prisiones.
Cuando me liberes de mí, en ese instante,
al desnudarlo todo, al provocar
el grito intransferible,
¿qué hará mi amor? ¿Sabrá ascender
por la temida escala hasta mi olvido?
Este subir tan lento, su presencia
alejándose, como un niño, como un árbol,
entre la música anciana que callará
cuando más la necesite;
y estos días, que quedarán
invisibles
cuando me olvide de todas las palabras.
Y así, esperar, en tus umbrales,
a la vuelta de mi amor, mirando al cielo,
vuestras sombras apenas discerniendo
entre la limpia ausencia de los árboles.

Juan Gallego Benot (Sevilla, 1997). Joven investigador en Retórica y Literatura mística en la Universidad Autónoma de Madrid, donde ha cursado el Máster en Estudios Artísticos y Literarios. Graduado en Relaciones Internacionales y Literatura inglesa por la Universidad de Reading, Inglaterra. Ha sido editor de una antología de poetas jóvenes relacionados con la Universidad de Reading y coordinador de un festival de poesía en esa misma ciudad. También formó parte de la compañía de teatro «La Troupe» y trabajó como corrector y lector editorial en las editoriales Renacimiento, Almuzara y Plaza & Janés.
