Alfonso Chase

Alfonso Chase: ‘Dios’ y otros poemas

Dios

El Dios del presidente Bush no es mi dios.

La Biblia de los devotos siervos del Pentágono
no significa nada para mí.

El cristianismo, como bazuca, es sólo una bengala
contra los muros del cielo.

La poesía es el arma de los justos
y la palabra el rostro único de la justicia.

Nada que no haya mirado antes el ojo de mi Dios
o sufrido la carne bendita de mi prójimo.

Pascua

Tiembla la tierra. Tiembla la pompa
cárdena del mundo. Uñoso el grito sube
en húmeda montura. Todo se tambalea
como si el Arquero disparara su fidelidad
contra la insomne espiral de lo perfecto.
Tiembla la tierra. Satanás entre su chusma
Afila, hirviente, el frenesí de sus armas.
Tiembla. Llueve. La flor petrificada
se hunde en el aceite ritual. Brusca
entre el barullo de los grillos.
Pascua! Pascua! Pascua!, grita
entre los guanacastes el ave suntuosa.
Aleluya! Aleluya! Aleluya!
Ha resucitado el Aguafiestas.
Satanás regresa a los infiernos.

El poeta y narrador Alfonso Chase

Profeta entre los suyos

No creo que los profetas necesiten de otra tierra
para mostrar la verdad de su palabra. El poeta
es un profeta entre las cosas vivas: las calles,
las pedradas, los escupitajos de los adversarios,
la ternura viva de los amigos. Somos profetas
viviendo entre las cosas nuestras. Descendemos
por el lomo de la patria, por el corazón de lo que amamos,
por la hiel de lo que odiamos. Yo siempre vivo
entre lo mío. Lo que escogí lo quiero
por propia decisión. Lo amo porque conozco
la exacta medida de su gloria y de su oprobio.
Digo mis palabras para que las entiendan, o las amen,
pero también para que caigan sobre la piel dormida
de los otros. Somos alguna vez la voz del pueblo.
Nuestra propia voz temblando por encarnar una sílaba,
un retazo de pensamiento ajeno, la energía que salta viva
de algún músculo. Los poetas son profetas de la piedra,
del barro, de la fruta viva entre los dientes, del humillo
que se alza de las calles después de una llovizna.
Yo vivo entre mi tierra ardiendo. Me plantaron bajo este cielo
como un árbol. Mis hojas, mis tallos, la floración
de mis palabras y el fruto final de mis esfuerzos
son para todos: amigos y adversarios, minerales o vivos.
El profeta no necesita de otra tierra: la propia
lo salva del silencio oscuro de su casa.

El yoyo eléctrico

Este niño, con su yoyo eléctrico alumbra al mundo.
No tiene idea de la luz que despide
en la noche terrible del gentío.
Es débil, espigado, y los ojos le brillan
en delicadas brasas. Arriba y abajo
sostiene las alas de la noche
y las gentes, sin detenerse, no acuden
a escuchar el canto de su luz.
Terrible y exquisita la mano
impulsa el hilo, como si en el mundo
de ciegos el pequeño muchacho fuera el Rey.
Acumula la luz, la desperdiga,
y en el chasquido de luces, las estrellas,
cansadas de brillar en las galaxias,
se irisan en sus manos. El niño, indiferente
a la luz que hace brotar de entre la noche,
se pierde por alguna callejuela, dejando
chispas a su paso, como sin un relámpago de Dios
quedara perdido entre los charcos.

Aparecido

Amo la extraña capacidad
de sostener al Ojo de Dios sobre tu pecho.
Amo también el poder compartir
el pan sobre mi mesa
y esas imágenes
en donde anidan tus sueños infantiles.

Amo la extraña sensación de tu rostro
y tu cuerpo definiendo estructuras,
que puede mirar con ojos propios
mientras yo te observo, desnudo
y hermoso como un joven dios
saliendo maduro de las aguas.

Amo la exacta tristeza de tus ojos
observando en la lejanía a las montañas,
buscando un nombre, una sustancia
que dé forma a todas las transformaciones.

Yo, que siempre fui de la noche,
amo la marcha desorbitada del sol
sobre los llanos y caminos.

Éfeso

Aquí, en el jardín abigarrado
de plantas y hierbajos: hojas
enormes y pequeñas flores
ahogadas en el esplendor ínfimo
de su belleza increada.
En el jardín, ahíto de todo esplendor,
solo la tumba de la Inmaculada,
despejada de todo rigor de estética,
vacío en la nada concreta de la tierra
y delimitada por escasas piedras.
De aquí, hacia el arriba,
para acariciar festivamente los rizos
de las nubes, se alzó el cuerpo,
levitando suavemente sobre un aire
cargado de fragancias.
Una historia tonta, me dices.
Una tradición que permanece:
la vida misma
temblando en sus enveses, observo.
Todo se solucionaría con un beso furtivo.
Una solución
de la carne para una respuesta escolástica.
Miro hacia el cielo. Miramos. Pero
la tierra nos retrae hacia su espacio concreto.
Tradición no es traición,
te digo. El valor de cualquier palabra
se estrella contra la hermenéutica del beso.

Éfeso, marzo, 2009

Balada de las madres de alquiler

Cedemos al vientre para que nazca la vida.
Diez mil dólares exactos: contrato a nueve meses,
óvulo y espermatozoide, sin amor o soplo celestial,
darán su fruto acostumbrado.
Nada detiene el deseo del dinero. Ni la calma
que sobreviene al parto por este hijo no deseado,
ni el latido del cuerpo ajeno que ya nunca veremos,
ni el hilo umbilical que alguien tirará, sin ternura,
en la aséptica perfección del hospital.
El mundo es una madre de alquiler. El universo
es un infierno celestial, como el cuerpo que ofrecemos
para hacer felices a otros, que ni siquiera amamos.
El amor no existe. La oscuridad del lenguaje del cuerpo
no nos compete. Somos las madres de alquiler:
diez mil dólares exactos. Un contrato: óvulo
y espermatozoide, en exacta conjunción,
desatan sus luces en lo profundo del vientre.
La humanidad avanza, a tientas
sobre la oscura caverna del dinero
y con toda la vacuidad del universo en este oficio
de alquilar el cuerpo y liquidar al alma.
Y, sin embargo: EN DIOS CONFIAMOS.

Hablo de lo que no se dice

Siempre fui el marimbero, el boxeador,
el titiritero, el mendigo.
Nunca supe la línea perfecta
entre la razón y la duda. Pecados cometí
en la soledad de mi sangre. Crímenes
contra la sombra, gritos sobre el aire.
Siempre fui el equilibrista
hasta que me di de culo contra el suelo.
No pude subir a tiempo al espectáculo.
Me cesaron. Desde entonces escribo con palabras
sucias, contaminadas de cantina, de sombras,
de madrugadas abandonadas en el quicio
de alguna iglesia solitaria. Siempre fui
eso que me tocaba ser : el equilibrista
temblando ante la cuerda, el domador
adentro de las fauces. Estuve en la escuela
y nunca aprendí nada, cuando no fuera
el color de las montañas, el nombre exacto
de esos ríos que no veré nunca. Se acabó la fiesta.
Y sigo golpeando a la piñata, los ojos vendados,
alentado sólo por el gozo de algunos amigos imprevistos.



Tiberíades tiene el privilegio de publicar una mínima muestra del destacado poeta y narrador Alfonso Chase (Cartago, Costa Rica, 1944), uno de los más notables poetas latinoamericanos de hoy. Y lo hacemos a modo de homenaje y admiración, en vida, como deberían ser todos los reconocimientos, salvo que medien décadas o centurias respecto a la marcha del homenajeado. Chase trabajó en Universidad Nacional (Heredia, Costa Rica), en cuya fundación participó activamente, y se jubiló como profesor catedrático en el 2006. Además, ha sido profesor en universidades de Estados Unidos, México, Cuba, Venezuela y Guatemala. También ha ejercido como miembro del jurado de los principales premios literarios del continente americano. Sus poemas y relatos han sido traducidos al inglés, francés, alemán, portugués, polaco, ucraniano, croata, ruso y griego moderno, entre otros, e incluidos en numerosas antologías. Ha recibido, entre otros, los siguientes galardones: Premio Nacional de Cultura (1999); Premio Nacional Aquileo J. Echeverría en las ramas de poesía (1967 y 1995); cuento (1975); novela (1968 y 1995); ensayo (1997); Premio García Monge de Periodismo Cultural (1986) y Premio Carmen Lyra de Literatura Juvenil (1978). Ha publicado más de treinta obras en los géneros de poesía, cuento, novela y ensayo, y ha incursionado en el campo de las artes visuales, con exposiciones dentro del país y fuera de este. Sus libros en poesía son, entre otros: Los reinos de mi mundo (1966), Árbol del tiempo (1967), Cuerpos (1972), El libro de la patria (1975), Los pies sobre la tierra (1978), El tigre luminoso (1983), Entre el ojo y la noche (1991) o Jardines de asfalto (1995).

Yolanda Oreamuno posando con Alfonso Chase


One thought on “Alfonso Chase: ‘Dios’ y otros poemas”

  • Ronald Bonilla 12/03/2021 at 8:00 pm

    maravillosa poesía, un ejemplo por su diversa labor literaria y artística y por sus compilaciones.

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