«En el tiempo en que los jueces gobernaban el país, hubo allí una época de hambre. Entonces un hombre de Belén de Judá emigró a la tierra de Moab, junto con su esposa y sus dos hijos. El hombre se llamaba Elimélec, su esposa se llamaba Noemí y sus dos hijos, Majlón y Quilión, todos ellos efrateos, de Belén de Judá. Cuando llegaron a la tierra de Moab, se quedaron a vivir allí.
Pero murió Elimélec, esposo de Noemí, y ella se quedó sola con sus dos hijos. Éstos se casaron con mujeres moabitas, la una llamada Orfa y la otra Rut. Después de haber vivido allí unos diez años, murieron también Majlón y Quilión, y Noemí se quedó viuda y sin hijos…».
Así empieza el pequeño libro de Rut, la moabita que acompañó a su suegra Noemí en su periplo de vuelta hacia Belén, «la tierra de pan». La familia de Elimélec y de Noemí, empujados por el hambre, había tenido que abandonar su país para buscar pan en territorio pagano, con todo lo que ello significaba para los judíos. Ahora, Noemí se encuentra sola y en un país extraño, y decide volver a casa. Su situación no es más que la de muchos inmigrantes de hoy que buscan refugio en los países más ricos huyendo de la guerra, de la persecución religiosa o política, de las penurias económicas, o de los desastres naturales. Se nos viene a la mente el éxodo doloroso de tantos inmigrantes que llegaron y llegan a nuestro país por vía aérea o en patera buscando un futuro mejor para sus hijos. Muchos, como Rut y Noemí, han tenido que regresar a sus países de origen con las manos vacías debido a la crisis económica que azotó España y de la que aún quedan secuelas. El relato no lo menciona, pero podemos intuir que la adaptación a una cultura distinta donde se practicaba otra religión no debió resultar fácil para esta familia israelita.

Fidelidad y Fe en medio de la desolación y el exilio
Al rememorar la historia de esta mujer, no podemos eludir de ninguna manera incorporar las palabras migración, solidaridad, cariño, compasión, paciencia, lealtad. Y renuncia, ya que, en los inicios de este maravilloso relato, asistimos atónitos ante la decisión de una joven de buen parecer y repleta de sueños, de dejar a un lado a su familia de sangre, su cultura, sus paisajes, los de Moab, su tierra natal… sus dioses, y quién sabe sus platos favoritos, o la posibilidad de una gran boda. Todo ello queda aparcado ante unas promesas de futuro que no se podían palpar y nadie podía garantizarle con seguridad.
Nadie podría haber reprochado a Rut no acompañar a su suegra, dado que su esposo había muerto y ella no tenía ninguna responsabilidad para con la madre. Pero los que conocemos al Padre podemos percibir que tenía un Plan para estas dos mujeres. Y que el corazón de Rut ya había sido tocado por Él, como se denota en las palabras de ésta cuando Noemí le dice que vuelva a su casa: «No me ruegues que te deje y me aparte de ti, porque dondequieras que tú vayas, iré yo… Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios, mi Dios…». Tu Dios será mi Dios, significa la renuncia a sus dioses paganos, a sus tradiciones. La entrega es total: «Tu pueblo será mi pueblo»; no dice que será algo a medias, en parte. Había optado por estar bajo la cubierta de las alas de Dios y por ponerse al lado de los desfavorecidos.
La Palabra no lo menciona, pero seguro que tanto Rut como Orfa habían oído hablar del Dios de Israel y de todo lo que había hecho por su pueblo. Sin embargo, Orfa opta por volver a su casa y a sus dioses. Ambas habían tenido la oportunidad de poder elegir libremente, pero ya sabemos que la opción por Dios implica una elección individual. En cambio, por fe Rut deja Moab, a pesar de tener todos los factores en contra. Como Abraham que dejó Ur y fue obediente a Dios, rompió con toda su vida anterior, y volvió a recibirlo todo nuevamente, pero de otra manera. Tal como lo recibirá Rut.
El seguimiento de Rut implica decir como el apóstol Pablo: «Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación». Aceptar el Dios de Noemí significa para Rut amar al prójimo por encima del parentesco, color de piel, personalidad, cultura. Ella se anticipa a ese misericordioso samaritano que vio a un desvalido tirado en un camino y se compadeció de él, se implicó en su problema y actuó. Pareciera como si escuchara las palabras escritas en Gálatas 6.9: «No nos cansemos de hacer el bien, porque a su debido tiempo cosecharemos si no nos damos por vencidos». Pues como vemos a lo largo del camino a Belén, con paciencia tiene que consolar, aceptar y apoyar a una mujer cargada de amargura que no para de quejarse; una mujer piadosa que al enfrentarse a una tragedia reclama ante Dios. Que pasa de llamarse «Dulce» a llamarse «Amarga».
La actitud de Rut también denota que en esta familia había amor, aunque en el libro no se menciona. Y como dice el apóstol Pablo en 1Corintios 13, el amor es sufrido… es paciente… todo lo soporta…
Dos mujeres inician el camino de los migrantes, cruzando rayas que establecen las fronteras de los que se lanzan por la supervivencia sin ningún tipo de seguridad. Son viudas, sin hijos ni marido que las respalden en una época en que todas estas características no auguraban ningún beneficio. Dos ciudadanas de segunda en aquella época que les tocó vivir, tal como se consideraba a las mujeres, los extranjeros y los niños. Y para colmo, Rut era extranjera y procedía de un pueblo pagano. Pero, aunque enfadada con Dios, Noemí no se olvida de sus bondades, y regresa a la ciudad donde las últimas noticias decían que Dios se había acordado de su pueblo y ahora fluía el pan. Es una situación similar a la de muchos inmigrantes y hambrientos del mundo actual que ante las imágenes de abundancia procedentes de los países desarrollados se lanzan a la aventura arriesgando incluso la vida, pues no tienen nada que perder. La de tantos hombres y mujeres, niños y mayores esperando una puerta de entrada hacia Europa, buscando la sobrevivencia. Y no es difícil imaginar que muchos serán víctimas de trata o tráfico de personas, una lacra que alcanza cifras de escándalo, llegando al nivel del tráfico de armas.

Confiando en Dios como un niño
Pero Rut es valiente y no piensa en las dificultades, confía en Dios como un niño. Esto me lleva a pensar que muchas veces las dificultades se nos ponen en bandeja para desanimarnos, pero podemos preparar la contraofensiva repasando la vida de Jesús en los Evangelios. Y leo que en Mateo 18.3 dice: «En verdad os digo que si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos». Me dice que debo ser como un niño; vulnerable, simple, humilde, dependiente… como uno de ellos. No me habla de alguien poderoso, mayor, que no necesita de nadie para salir adelante. Él te quiere así, desprotegido, a la intemperie, con tus cargas sobre la espalda, buscando ardientemente su mano para no hundirte en las aguas profundas y oscuras. Para que Él pueda darte el reposo que necesitas, y puedas nadar incluso a contracorriente. Aun confiando, nada garantiza que el camino del creyente vaya a ser un camino de rosas. Continúan las cargas, las dificultades, los sinsabores.
Rut pudo quedarse en casa, pero ella había entendido el concepto de projimidad, de su amor y compromiso con el otro. Recoge a esa mujer mayor, la consuela sin reproches. La hace parte de su proyecto de vida. Le promete fidelidad. Para mí es un ejemplo extraordinario de amistad incondicional. Rut hace honor a su nombre: compañera. Y te imaginas ese camino aderezado con las quejas de Noemí; no es fácil caminar al lado del que sufre.
Imagino a tantas Rut que caminan por el mundo acompañando a las mujeres que se retuercen por la senda de la esclavitud de este nuestro siglo. Engañadas, amordazadas, prostituidas, violentadas, despojadas de toda la dignidad que les fue asegurada al ser creadas a imagen y semejanza de Dios, como consecuencia de la Caída del hombre. Mujeres que gimen por encontrar un rescatador, un Goel. Tenemos una deuda con ellas, presentarles a su Rescatador, aquel que las ama de tal manera que dio la vida a cambio de su liberación.
Nuestra heroína no se dejó llevar por la amargura ni se deprimió. Más bien calló y acogió a Noemí, fue su refugio en tiempo de aflicción. También es un ejemplo de relación intergeneracional, tan escaso en nuestros días. Qué bueno el tener a alguien que te escucha y te inspira confianza para poderte desahogar. Alguien que puede interceder por ti, como Cristo, aquel de quien se dice en Hebreos: «Por eso también puede salvar por completo a los que por medio de él se acercan a Dios, ya que vive siempre para interceder por ellos». El mismo Jesús rogó por sus discípulos y por aquellos que iban a creer en él. Él nos enseña a orar por nosotros y por los demás.
Rogamos por nuestros seres cercanos, pero ¿también lo hacemos por aquellos que sufren persecución, por los refugiados, por las víctimas de trata, por los niños trabajadores, los niños-soldados? En España, nuestro país, existen unas 400.000 mujeres prostituidas de las cuales el 90% son extranjeras. Más aún, en España cada día un millón y medio de hombres pagan por tener sexo con una mujer prostituida. Y yo pregunto: ¿nos importan esas cifras a los cristianos? O miramos hacia otro lado porque no nos importa lo que pasa en nuestro entorno.
La Palabra nos dice que el amor no hace mal al prójimo y que el cumplimiento de la Ley es el amor. Ver cada rostro humano como parte del multiforme rostro de Dios requiere un proceso paulatino, a medida que vamos prosiguiendo hacia la meta ansiada desde que abrimos la puerta de nuestro corazón a Jesús. Ver el rostro de Dios en los colectivos marginados, en los parados, los drogadictos, los niños huérfanos, en situación de desamparo; los presos, las minorías… Dar la cara como la dio, por ejemplo, Moisés ante Faraón, cuando tuvo que elegir entre vivir como un príncipe o deambular unos buenos años por el desierto al frente del pueblo de Israel. Qué dilema. Pero él sabía de las promesas.
Y Rut dio la cara por Noemí. La fuerte era ella porque descansaba en el Dios de Israel; sabía que incluso si todo le fuera adverso estaba respaldada. Ésa era la clave para que de ella se desprendiera el amor y la misericordia por su prójimo. Valora a la mujer mayor que está a su cargo; le demuestra un amor incondicional.

Hospitalidad para el hijo pródigo
Y así llegan a Belén. Noemí continúa con el pesimismo a flor de piel, y no pierde tiempo en hacérselo saber a sus amigas de antaño: «No me llaméis Noemí, sino llamadme Mara, porque en grande amargura me ha puesto el Todopoderoso». Pero me llama la atención el hecho de que no se avergüenza de llegar acompañada de una extranjera, una moabita, pues ya había experimentado los sabores de la inmigración. ¡Con la fama que tenían los moabitas!
¿Cómo habríamos actuado en su lugar? A veces la sociedad en la que estamos insertos nos limita, incluso a los hijos de Dios. Tememos dañar nuestra reputación y no actuamos en favor de los empobrecidos y marginados; una prostituta, por ejemplo. Nuestra memoria queda en blanco y se borran los recuerdos de Jesús relacionándose con una mujer de dudosa reputación, pobre y samaritana. O tocando a un leproso estigmatizado. O poniendo como ejemplo a los niños. Y seguimos preguntando: ¿quién es mi prójimo?
Así que destacable es la actitud de las amigas de Noemí, pues la reciben con alborozo, apostando por una convivencia pacífica, y sin juzgarla por haber vuelto con las manos vacías. Ni temen contaminarse por relacionarse con una extranjera. Hay mensajes que no necesitan palabras. Sólo basta el ejemplo, el reflejo de Cristo en nosotros.
El trabajo y la Ley
A Belén llegan dos mujeres desprovistas de todo, sin nada que aportar. Rut demuestra ser trabajadora, independiente y responsable, pues nada más llegar a la tierra de Noemí, decide buscar el sustento para las dos. Demuestra su humildad al decidir ir a espigar; no se avergüenza ni se escora ante los obstáculos. «Rut salió y comenzó a recoger espigas, en el campo, detrás de los segadores», dice en el capítulo 2. No le importó ir detrás ni recoger lo que otros dejaban caer. Lo confirman los trabajadores de Booz: » … No ha dejado de trabajar desde esta mañana que entró en el campo, hasta ahora que ha venido a descansar un rato en el cobertizo». Vemos cómo todo estaba perfectamente planificado por el Dios en el que ella había confiado. No era por casualidad que había llegado justo al campo que pertenecía a Booz, un pariente de Elimélec, su suegro.
El trato que recibe por parte de los trabajadores del campo de Booz nos muestra el cumplimiento de la Ley con respecto a los extranjeros y necesitados, y para con los trabajadores. ¿Acaso no lo mandó Dios a su pueblo escogido?: “Cuando recojas la cosecha de tu campo y olvides una gavilla, no vuelvas por ella. Déjala para el extranjero, el huérfano y la viuda. Así el Señor tu Dios bendecirá todo el trabajo de tus manos”. […] «Cuando coseches las uvas de tu viña, no repases las ramas; los racimos que queden, déjalos para el inmigrante, el huérfano y la viuda. Recuerda que fuiste esclavo en Egipto. Por eso te ordeno que actúes con justicia” (Deut. 24:19-21) NVI. Dios había diseñado los caminos que propiciaban una convivencia basada en la obediencia a sus mandamientos, donde los excluidos tenían cabida en medio de su pueblo.
Por ello, Rut, la moabita, siente esta tierra como suya y hace usufructo de ella, como obedeciendo aquellas instrucciones que Dios había dado a su pueblo por boca de Jeremías (29.5-7) al pueblo que había deportado de Jerusalén a Babilonia: «Construid casas y habitadlas; plantad huertos y comed de su fruto. Casaos y tened hijos e hijas; y casad a vuestros hijos e hijas, para que a su vez ellos os den nietos. Multiplicaos allá, y no disminuyáis. Además, buscad el bienestar de la ciudad adonde os he deportado, y pedid al Señor por ella, porque vuestro bienestar depende del bienestar de la ciudad». Porque Él sabía muy bien los planes que tenía para Rut y Noemí, planes de bienestar y no de calamidad.
Me admira esta mujer que piensa en los demás y nos ha demostrado que estaba dispuesta al sacrificio. No es alguien que cree que lo merece todo como lo expresa al decir: «¿Cómo es que te he caído tan bien a ti… siendo solo una extranjera? … aunque ni siquiera soy como una de tus siervas…» (2.10).

Rescate
Rut y Noemí no descansaron hasta conseguir un pariente más cercano que pudiese redimirlas, permitiendo que el linaje no se extinguiera. Así, muchas de nuestras hermanas luchan, se sacrifican para que sus familias tengan un futuro aquí y ahora y en el después que todo creyente ansía. En medio de este cuadro surge la iglesia, como aquel campo de Booz donde Rut empieza a bosquejar su futuro y el de Noemí. La iglesia no solamente propicia el acercamiento a Dios, sino también el acceder a un lugar de refugio, de apoyo para cubrir las necesidades de techo, de relaciones, de salud física y mental, de dignidad…
Y vuelve a su suegra con las manos llenas de toda la provisión dada por Booz. Y es en ese momento en que Noemí empieza a vislumbrar una luz en medio de la oscuridad que la había envuelto por un momento. Pudo constatar que su Dios no se había olvidado de ella ni aun en los momentos de su angustia y amargura. Cuando Rut le cuenta todo lo acontecido en los campos de Booz, empieza a pergeñar un proyecto, consciente ahora de que el Dios de Israel estaba detrás del mismo. Hay momentos en que las dificultades nos onnubilan y nuestra frágil memoria hace un paréntesis respecto a nuestra confianza en las promesas de Dios; pero él es fiel y su misericordia no tiene límites para con el hombre. Es paciente y sabe esperar. Y Noemí ya está preparada para ser uno de los instrumentos dentro de los planes de Dios; y Rut, a pesar de su juventud, demuestra sabiduría a la hora de aceptar a su suegra como consejera.
Destaco la confianza de Rut en Dios a tal punto que sigue todos los pasos del osado plan de Noemí, quien la actualiza respecto a las leyes de Israel, con el fin de asegurarle un futuro. «Haré todo lo que me has dicho» (3.5), dijo Rut y marchó a la era. Como había hecho desde que salió de Moab, elije con sabiduría la alternativa correcta hallando gracia ante los ojos de Booz, pero sobre todo ante los ojos del Dios de Israel. Y logra que Booz confirme: «Y ahora, hija mía, no tengas miedo. Haré por ti todo lo que me pidas. Todo mi pueblo sabe que eres una mujer ejemplar» (3.11). El pueblo sabía y era aval de una mujer extranjera. Su fidelidad, lealtad, bondad, la avalaban.
Encontramos a Booz emulando al Señor Jesús, aquel que no se avergonzó de nosotros, más bien dio su vida en rescate nuestro, llevando toda nuestra ignominia; el justo por los injustos. Nos devolvió la dignidad. Booz restaura el nombre de la familia; era un hombre generoso, gentil, protector de los pobres, que cumplía la Ley que Dios había dado a su pueblo, en este caso la del Levirato. Está dispuesto a convertirse en pariente redentor, después de descartar que había otro con más derecho, ya que era un hombre correcto. Rut, cuya entrega es total, se ve recompensada por el Dios de Israel que tenía grandes planes para ella, un esposo y luego un hijo, Obed, quien será el padre de Isaí, padre del rey David. Rut pasa a formar parte de la genealogía de Jesús; ¡qué privilegio! Y Obed sería «el restaurador del alma de Noemí y sustentador de su vejez». Todo había confluido para bien.

Mensaje para hoy
Rut puede ser parte de esa nube de testigos que nos animan a seguir la carrera de la fe sabiendo que Dios está en todo tiempo acompañándonos y ofreciéndonos soluciones para lo imposible, así como grandes planes de futuro para nuestras vidas. Es la recompensa para aquellos que deciden hacer Su voluntad.
Rut también es un ejemplo de desprendimiento decantándose por lo que no se ve más que por lo que se ve, pues su fe está puesta en la gracia de Dios.
Dios nos muestra que él valora y enaltece lo más pequeño, trastocando nuestros patrones humanos. Nos lo pone de ejemplo.
Y ejemplo tenemos en esta joven mujer que muestra los frutos del Espíritu generados por una persona transformada, en este caso una nueva mujer que se acurruca bajo las alas de Dios. Y obtiene su herencia eterna. Ya lo dice Jesús en las Bienaventuranzas: «Dichosos los humildes, porque recibirán la tierra como herencia».
Sigamos, pues, la estela de Rut, siendo imitadores de Cristo.

Este artículo está incluido en el libro “Ellas también cuentan» (2016), una edición cuya recaudación se destinó a «Esclavitud XXI», organización que inició su andadura en 2005, gracias a la inquietud de un grupo de personas respecto al tema de la trata y el tráfico de personas en España. El prólogo fue escrito por Eduardo Delás, pastor de la Primera Iglesia Bautista de Valencia, editor y promotor de esta iniciativa, quien contó con la aceptación de veintiuna mujeres que se comprometieron a escribir sobre mujeres de la Biblia. Mujeres que escriben sobre otras mujeres, como Lidia Rodríguez, Ester Aguilarte, Esther Martínez, María Rosa Medel, Carmen Sánchez, Sara Marcos, Lola Sánchez, Jacqueline Alencar, Silvia Villares, Carmen Arenas, Ester Martínez Vera, Sussi Mefford, Estela Maris Merlo, Beatriz Garrido, Elisa Herreros, Joana Ortega, Rosa Madrigal, Ruth Giordano, Asun Quintana, Valeria Esteban e Isabel Mª Sánchez. Escriben sobre mujeres de la Biblia, entre ellas: Agar, Sara, Lea, Las parteras, Rahab, Débora, La concubina, Ruth, Ana, la madre de Samuel; Abigail, La mujer de Proverbios, La sierva de Naamán el sirio, La reina Vasti, Esther, María, madre de Jesús; La mujer con flujo de sangre, María Magdalena y Marta, hermana de Lázaro. También en el libro nos encontramos con dos poemas/canción del nuevo disco de Eva Betoret.
Es asombroso constatar cómo Dios construye las cosas para su creación. La vida de esas mujeres de ayer planificadas para servir de ejemplo a las de hoy. Es interesante descubrir que la Biblia habla de personas reales con sus luces y sus sombras, sin tapujos, dejando al descubierto que las situaciones de ayer son las mismas que las de la actualidad. Por ejemplo, al leer el libro nos encontraremos con mujeres que han padecido la inmigración, la esclavitud, valores sociales impuestos, violencia doméstica, su utilización como «vientres de alquiler», el ser los «patitos feos», «estar a la sombra de»; y también nos encontramos a mujeres al servicio de una buena causa, que arriesgaron su vida, que vivieron a contracorriente, que defendieron su dignidad aun a costa de perder su libertad y beneficios. Mujeres sencillas pero grandes.
A través de la vida de cada una de las mujeres de la Biblia, las de este siglo XXI argumentan sobre la valía, la dignidad de esas mujeres, las restauran, y, a través de ellas, rescatan a todas a las que hoy viven encadenadas, tratadas como trapos sucios y con todos sus derechos conculcados… No quieren mirar hacia otro lado, sino adherirse a la lucha por devolverles esa valía que tienen al haber sido hechas a imagen y semejanza de Dios, por lo cual no las ven como un objeto, sino como compañeras, con una dignidad que les da la ‘imago Dei’.

Jacqueline Alencar Polanco (Cobija, Bolivia, 1961), es licenciada en Ciencias Económicas por la Universidad Federal de Mato Grosso (Brasil). Antes de venir a España, becada por la Diputación de Salamanca, trabajó en instituciones públicas en el área de planificación y proyectos de desarrollo. Desde hace varios años, junto con su esposo, se dedica a la publicación y corrección de libros de poesía y ensayo. También realiza traducciones del portugués al castellano para algunas editoriales. Es directora de la revista “Sembradoras”, desde su aparición en el año 2007 y colabora como voluntaria en Alianza Solidaria (AEE). Desde 2010 mantiene una columna dominical en el periódico Protestante Digital, además de colaboraciones esporádicas en Salamanca al Día y Tiberíades.
