Ana Russo

Tres poemarios de A. P. Alencart (Cartografía de las Revelaciones, Cristo del Alma y Prontuario de Infinito)

Tiberíades agradece Ana Russo, destacada poeta y ensayista argentina residente en Rosario, por permitirnos publicar estos ensayos sobre tres poemarios de contenido cristiano cuyo autor es Alfredo Pérez Alencart. Los mismos fueron escritos entre 2011 y 2012 y aparecieron en la Revista Internacional de Poesía, publicación digital que dirigió el poeta Guillermo Ibáñez, fallecido el año pasado. Son comentarios valiosos que merecen darse a conocer, pues no resulta fácil acceder a ellos, ahora que se ha extinguido la revista.

Portada de Cartografía de las revelaciones, con pintura de Miguel Elías

CARTOGRAFÍA DE LAS REVELACIONES

Editorial Verbum / Trilce Ediciones, 2011


Abordar esta Cartografía… es, sin duda, que se nos está ofreciendo acompañar en viaje al autor, y no a cualquier viaje, sino al de las revelaciones que componen la obra.  Y quien habla de revelaciones alude a lo que asoma y asombra y sale del silencio para que lo sagrado sea dicho. Pero lo sagrado no es solamente Dios como en el poema “De lo siempre Amado”; es el poeta y su palabra, la exquisitez de estar “alquimiándola en el sistema solar del éxtasis…” (…) “en la relojería de Enigmas / Misterios / Milagros / mordedura del Hacedor a precio de rescate soltando perdón…” 

Es tan hondo el sentido de lo Trascendente como pendular yendo hacia lo más inhóspito de lo decadente. Es por ello que, en ese movimiento de su poesía, Alfredo Pérez Alencart va desde la consumación eucarística hasta la decrepitud de las formas y convenciones que lo exasperan “(Abre tu boca/la Vida está en la LLAGA/ lejos de los prelados/lejos del óbolo /a las estatuas…)”, invitación a la celebración de la Vida verdadera que se le ha revelado y la profunda fe en la Sagrada Llaga de Jesús, protectora y vibrante todavía para los creyentes. Pero, atención: sólo eso, la luz viva del Cristo y su encuentro en la común unión con su Espíritu, no en todos los escenarios proclives al status quo de lo institucional, que queda a años luz de la sabiduría del místico: “el siempre Amado en el horizonte impar de esta Babel”, pone el acento en la más ambiciosa de las cartografías, el camino hacia el encuentro del misterio total, como lo hace Santa Teresa de Ávila en Las Moradas Interiores, quien viaja también hacia su íntima revelación, aquella que fuera como San Juan de la Cruz, emblemas de la Orden del Carmelo en España, y que viniera a América para convencernos de que “Vivo sin vivir en mí,/y de tal manera espero,/que muero porque no muero.”… es retomada por Pérez Alencart para decirle… “aléjate de las aves de rapiña…” (…) “No más inquisiciones”.

Debo reconocer que este poema es de una fuerza entregada y transparente, tal vez porque como él, la vida de la santa-poeta y su fe es todo lo contrario a la intemperie. Es la revelación palpable de la teología más pura y más trascendente. Así también en este primer grupo de poemas, toma a Fray Luis de León, citando de su “Oda XVII – “En una esperanza que salió vana”, el verso: “Guardad vuestro destierro, que ya el suelo no puede dar contento al alma mía”, lo que finiquita el recorrido de este primer tramo confirmando la conclusión de las sorpresas, y no digo asombro sino sorpresas, por lo inesperado del abordaje, pues también citando a Álvaro Mutis, dice: “¡Ay desterrado! Aquí terminan todas tus sorpresas”, y pareciera que el trayecto ha concluido.

Sin duda, al leer la solapa del libro, encontramos el dolor de estos caminos. Reconocido en Castilla y León por Andrés Quintanilla Buey, Presidente de la Academia Castellana y Leones de la Poesía, quien dice que el poeta “forma parte de un milagro por la alta calidad de su obra. Desde el otro lado del mar nos llegó para nuestra fortuna…”, o bien de Max Alhau, que es Premio “Antonin Artaud” y crítico de la Nouvelle Revue Française y otras publicaciones de ese nivel, quien aludiendo al autor destaca: “…nos llega como un testimonio de lo sagrado y aún tiende a sacralizar lo profano…”; o cuando Antonio Colinas -Premio Nacional de Poesía en España- nos asegura que el poeta “es palabra a contracorriente” y que “arriesga en la forma y arriesga en el contenido”. Finalmente, Ricardo González Vigil -Catedrático de la Universidad Católica del Perú-  nos pone en el costado aquél que Fray Luis de León y Álvaro Mutis nos ubicaran: “En el Perú no goza del reconocimiento que se merece como uno de los poetas más personales y admirables de los últimos lustros”.

Vientos contrapuestos. Hay miradas de quienes pueden adolorar y palidecer el trabajo exquisito, hondo y de potente tenor de poetas como Pérez Alencart, quien hace de su experiencia una obra con la alta calidad de estos textos. Animado, pausado, con la contemplación a mano y un oficio puesto en la sangre como un don no gratuito, arriesga -como ya lo dijéramos- en el “Poema Final” a rematar su recorrido con los siguientes versos: “Al silencio mayor voy quitándole musgo/y así no hay más grito, ni ruido, ni coplas / resbalando sus uñas o acuchillando luces. / Tierna hogaza de regocijo, tan alta mudez / abejeando en mi sangre su paz sin espinas”.

En el primer capítulo de la obra, da en llamar a Santa Teresa de Ávila por su verdadero nombre, Teresa de Cepeda y Ahumada; a San Juan de la Cruz lo cita de igual modo, en “Comunión con Juan de Yepes”, y también lo nombra como “El juglar de Fontiveros”, sitio donde nació el santo poeta. “…aunque es de noche en Ávila, / guardo como sol de mediodía / este abrazo con mi hermano mayor”. Es luz lo que evoca en medio de las oscuridades a las que los poetas han sido arrojados tantas veces, pero Pérez Alencart sabe donde fulgura el espíritu del éxtasis que alumbra la vida interior.
Es destacable también el poema titulado  “Despidiendo a Westphalen”,  en homenaje al preeminente poeta nacido en Lima en 1933, en el que vuelve a invocar a Teresa y a Juan que acompañen con “…estremecidos candiles para el retiro nocturno de Emilio…”.

Pérez Alencart gusta de vocablos fuertes existentes y de los que é,l a modo de neologismos, incorpora. Ejemplo: “alquimiándola”, como dijimos al comienzo, para definir trasmutación y transformación, es aquello que cambia, pero fundamentalmente evoluciona, la mezcla hallada que hace que sus poemas sean una constante búsqueda de trasmutar la realidad como cuando dice: “nos toca cortar la noche en rodajas” (a propósito de José Hierro, in memoriam), poeta perteneciente a la Generación del Medio Siglo, nacido en 1922. En rodajas va cortando para seccionar, revisar, comprobar, sentimientos y aflicciones, compartir con su colega “de inmensidad a inmensidad” esa poesía que los alimenta e informarle que su muerte ha dejado sus “gargantas heladas”. Enorme reconocimiento que se le pueda hacer a quien comparte el oficio y se lo respeta. Sigue siendo pasión y encendida palabra también en los siguientes capítulos, como en  “Los rumbos del viento”, en el que en el poema titulado “Cuatro”, con acento coloquial y casi narrativo, abandonando el imponente discurso previo, dice “De niño vi cómo el viento hacía volar a Marilyn Monroe./ Ella asomaba desde la hoja de un calendario que el viento / había arrancado del desvencijado taller / donde arreglaban la moto Honda chacarera de mi padre (…) Todavía   hoy me froto los ojos y ella aparece ondeando clarísima sobre el aire” (…) “Voy creciendo / pero sigo esperando aquel mismo viento”.

 De “Otro cuaderno para Jaqueline” elijo el poema “Mujer de Ojos extremos”, precedido por una cita “En tus ojos/ relumbra la noche / de la primera / vez.”. El poeta pide a esa mujer angelical, en una imploración flamígera: “cuídame hasta la última edad, diluvia en mi fisiología, relaciónate, relígate, ora conmigo ahora y en la hora del gozo, del llanto de la exacta realidad, creando a fondo la comunión carnal y los vientos favorables del espíritu…”, y nuevamente esa alquimia que va sacralizando todo acto humano inunda el texto, pues entre el vértigo y la contemplación, está el poeta y su estado de re-unión.  El capítulo “En días como estos”, Alencart va dejando el rastro de el tiempo actual, de esta contemporaneidad que nos agobia, es un cronista que plasma la desolación, la guerra, los trofeos inexplicables, y en el poema “Un coche bomba explotó el mismo instante que Hasan Kufi se estaba casando”, aparece ese historiador-poeta que desde el título semejante al titular de un diario, nos pone en aviso de lo que vendrá. Poema de la terribilidad del hombre contra el hombre, del desmadre, de la desesperación.  Allí Bagdad, el Tigris, la Mesopotamia, Irak, la boda y la muerte, todo junto, atraviesa al poeta, es agónico, insuperable. Concluye la devastación diciendo: “Se está calcificando el odio y de plomo parecen los cielos / con su ventisca de lágrimas”.

Así arribamos al capítulo “Los puntos cardinales”, que son “sus” puntos cardinales, vale decir, su marcha, su cartografía, ese mapa destinal que lo llevó a pisar, a heredar, a elegir y a adoptar, distintas regiones tanto de América Latina como de Europa.  Entonces, la confesión de la patria, y cuál patria cuando se es un poco de cada una. Revisemos: Primera: la patria de la lengua y de la “leche verde que va nutriendo el goce tras comer y dormir…”, y a modo de definirse, dice: “Soy un peruano con muchas patrias: por eso nunca me ha lacerado la soledad / ni me hace lagrimear el humo / del desarraigo (…) Soy un peruano / pasen hasta mi corazón y vean (…) Mi Perú es mío y sólo lo comparto / con quienes hallan en mi voz su tremenda / identidad mestiza / por los cuatro costados…”. O la Segunda Patria, cuando ido a España siente que es “el fruto de tantas resurrecciones”, y agrega: “Este es el suelo / donde daré el paso final un día de invierno…”. Así entre el origen y el lugar elegido para ser feliz, el hombre va delineando la travesía; se es de un sitio al que va “poniendo esparadrapos a su nostalgia”, pero se anida en su “unigénito (…) gestado en esta morada levantada / más arriba del olvido”. Brasil, Tercera Patria, la de sus ancestros, sede del mestizaje caliente y emigrante, el poeta hace percutir  en el lector con su comienzo desde la negación: “No quiero verte (…) sino sentirte mientras palpo tanta tierra tuya bien caliente, aún temprano (…) Yo no deseo verte, Brasil: deseo que hiervas en mis labios sin bagunçar / y me derrames tu polen sin cacarejo (…) tú no eres mi Patria ni mi Tierra Prometida (…) por ti no tengo que cantar / con una máscara sucia / ni disfrazarme de acreano o cearense / de habla atrapalhada. (…) Tú, / Brasil / eres algo mío / que sigue creciendo / en los relámpagos de mi infancia”. Cuarta Patria: Bolivia, es la tierra de las fraternidades y donde elige mujer para desposar y, en un acto “a viva voce”, asegura: “¡Aquí mi sangre más allá de los mapas! (…) ¡Aquí hundo mi voz paridora de fraternidades!”.  Quinta Patria. La elegida a la que define como “…brisa respirada lejos del álgebra del fracaso/ y de las bengalas malditas…” (…), Venezuela, / ¡préstame un poco de tus muertos / y deja que los frote adentro de mi corazón”. Sexta Patria: Portugal, patria de poetas amados: “Dónde estás Florbela?, se pregunta por la precursora del movimiento feminista nacida en Vila Viçosa el 8 de diciembre de 1894 y que elige suicidarse el mismo día de su cumpleaños, en 1930: “No hay tiempo adverso para esta visita / iluminando cada día vacío…”. A ella se suma Albano Martins, nacido en Fundão en 1930 y el grande António Salvado, nacido en Castelo Branco en 1936.  A todos ellos les dice que: “No es breve el Amor que queda / cuando explota la Verdad que la multitud olvida / vagando locamente sin sentir / ni corregir sus sueños”. Portugal tierra de poetas del “linaje con rotunda dulzura”, y se dice a sí mismo, respecto de António Salvado: “hijo mayor que le llegó de América”. Séptima Patria, Ecuador.  Vértigo, color, brillo, Esmeraldas y Otavalo. Ciudad con más inserción indigenista la segunda, mientras que la primera está impregnada de furiosa sensualidad, donde “marimbeando” se unen África y América, como si la danza expulsara aquellas pesadas esclavitudes que dieron origen a la negritud poética. La homenajea con una estrofa que clarifica la elección de este último punto cardinal de su viaje: “Mi poesía es oración enroscada a los congéneres empobrecidos, mi poesía heredó una semilla que pertenece a las migraciones del mar…”.

Alfredo Pérez Alencart: una vibración, una plegaria, un voto al espíritu divino, al éxtasis, al hombre simple y a la veneración de la palabra “poiesis”.

Portada de Cristo del Alma, con pintura de Miguel Elías

 

CRISTO DEL ALMA

(Editorial Verbum, Madrid, 2009)

El autor es, Alfredo Pérez Alencart, peruano y español, poeta, profesor de Derecho del Trabajo de la Universidad de Salamanca, columnista en diferentes medios de comunicación, miembro de la Academia Castellana y Leonesa de la Poesía. Al intentar hacer un acercamiento a Cristo del Alma se nos hace imprescindible ir de lleno al último tramo denominado “Addenda”, que según la Real Academia Española significa “apéndice”, pero que en realidad su incorporación es algo así como un instructivo de lectura, un trazo para que el lector siga y se complete el abundamiento sobre el tema desarrollado.

En este caso el autor anota debajo (Comentarios e impresiones), dándole a las voces que discurren sobre su obra la importantísima responsabilidad de opinar sobre ese Cristo que dejó entrar en su vida y el que es creación pura de un Dios tri y unipersonal aludido en una Trinidad que va desglosando amorosamente, pero también con una pasión exquisita. Este apartado del libro está sostenido por voces de una autoridad en la materia, dignas de ser citadas. A los capítulos denominados 1° En el Nombre del Hijo, 2° En el Nombre del Padre y 3° En el Nombre del Espíritu, que explícitamente discurren sobre las Tres Personas de la Divinidad y un solo Dios Verdadero, les corresponden en la “Addenda” sus iguales, de los cuales son responsables: en el primero Alfonso Ortega Carmona, filólogo de Friburgo de Brisgovia (Alemania); en el segundo, Antonio Salvado, poeta de Castelo Branco (Portugal); en el tercero Timoteo Glasscock, teólogo inglés residente en Salamanca. Intervienen en comentarios de “Ocupación del Reino”, Juan Simarro Fernández, filósofo (Madrid), y sobre “Adverando la partencia”, Luis Guillermo Alonso, teólogo y poeta (Valladolid).

Aquí deseamos detenernos para hacer hincapié en el poema absolutamente revolucionario, ese poema en que el Cristo del alma escapa de los “… lábaros bordados en triunfal oropel de vencedores…”, sino que “Echo en falta otro Dios, débil y tierno, de carne vulnerable con heridas, de alma con heridas, de espíritu con vértigo. / Y más valen sus llagas que el granito del ara, dios y templo”. Tal vez en este poema en que se precisa a toda costa ese Dios de humildad constante, ese Dios hecho hombre para alegría de los hombres, porque nos es ni más ni menos que el Dios de lo cotidiano, de lo que vive y reina en cada despertar del ser humano, en cada lucha, en todas las miserias, entre los deseos y las ambiciones, entre los muertos de las guerras; ese Dios que es como queremos que sea, nuestro hermano, ni tan alto ni tan lejano en el cielo sino sobre nuestra sangre y carne con su propia sangre y carne, haciéndonos recapacitar en el desapego y en la vida sencilla. Este poema que, en otro verso, hace referencia directa al título del capítulo “Adverando la partencia” de Pérez Alencart, el cual ya vamos a abordar, Alonso le responde uniendo voces que hablan sobre esa testificación de la partida, ese aval, esa confirmación, diciendo “¡Dónde está la partida que lo avala?/ ¡En qué está la estridencia de ese grito? Tú preguntas, Alfredo. Yo aún espero. /Y estamos indagando. Y sabemos.” No hay partida, porque Cristo está entre los hombres, su espíritu es materia pura de estos poemas, pero además quien responde espera esa segunda venida del Cristo, y estoy hablando de Alonso, un jesuita, hombre de humildad y entrega. También habla de un libro “… que 3 lo edita el fuego/ y se devora /y hace de quien lo coma antorcha viva / ese fuego que enciende otros fuegos…”.

Cierra el libro el “Poema final” del propio Pérez Alencart, manuscrito, titulado “Poema Final”. que cito: “Dicen que llovía fuego del cielo / pero eso es no decir la verdad. / Llovía fuego del hombre herido, agoniza clamando cristiandad.” El fuego remite también al Espíritu Santo que inspira al hombre y lo convida a que otros también compartan su hálito de vida espiritual, pero asimismo a ese otro fuego literal en el que el Cristo volverá y levantará a los justos y se deshará de los impiadosos. Como remate una cruz sobre una tarima, un caligrama, un poema o cruz hecha de palabras, o bien un nuevo hombre de pie sobre la tierra que invita a entrar a su Reino, que en el cuerpo del poema está escrito con minúscula, como pequeño es el hombre sin Dios. Dice: “Mi voz es de Cristo, grande libertador. Nuevo cielo y tierra nueva por la fuerza de su amor. Entren todos a vivir en su justa revolución. La sangre sigue brotando por la colina de las calaveras. Ocupo el reino, centímetro a centímetro / sin coágulo alguno / sin intermediarios”. Hasta esta instancia es el andamiaje por donde va estructurada la obra.

En cuanto a lo escrito por el autor, además de haber ya anticipado los capítulos y sua títulos, debemos de destacar algunas particularidades referentes al minucioso trabajo del poeta. En primer término, debemos decir que este libro no podría haber sido escrito sin ser misionero de la palabra de Cristo; pero aún más, sin poner en práctica esa palabra, es decir, transformarla en acción, que es donde ella encuentra la fuerza con que fue impartida. Por ello, al misionar, se lo puede leer a Pérez Alencart diciendo “…No hay que olvidar el hombre es lo sagrado, según mandato del propio Jesús, pues forma parte de los dos mandamientos centrales para todo cristiano. El amar a Dios sobre todas las cosas, y el amar al prójimo como a uno mismo. Por lo tanto, sagrada misión es proteger al hombre, especialmente al más indefenso, al postergado o excluido, al sufriente, al injustamente tratado…” (Tomado de una entrevista concedida a Jacqueline Alencart).

En lo que él anuncia como “Inscripción”, que sería lo que usualmente denominamos prólogo, el autor comienza su introito diciendo: “Sólo un poeta-profeta como Jesús pudo hacer girar más rápido la rueda de la historia hasta cambiar el mundo desde su divina sensibilidad: “Todavía un poco, y no me veréis; y de nuevo un poco, y me veréis”. Jesús del linaje del poeta David, fue el referente máximo de Pablo de Tarso, quien en su p primer viaje misionero a Europa, en el areópago de Atenas, hablaba de dios y de su cercanía con aquellos que transmiten la voz de lo sagrado…” y luego “Estando con Cristo, a Dios tengo por prójimo…”. Cierra esta introducción citando a Vallejo (el poeta laico más bíblico que conozco), dice: “Cualquiera que sea la causa que tenga que defender ante Dios más allá de la muerte, tengo un defensor: Dios”.

“En el Nombre del Hijo”, es abiertamente rogatorio, más no entendiéndose como la imploración de un hombre de fe al objeto de su fe, sino impetratorio desde lo imperativo. Por ello, cada prosa poética comienza con un verbo en tal tiempo convirtiéndose todo el texto en un mandato, como quien dice por tu mirada en mí, desesperadamente. Tales mandatos están expresados así: Descorázame, Adviérteme, Señoréate, Desclávate, Respóndeme, Rebélate, Enmiélame, Compréndeme, Ayúdame; entre otros. Exigencia de un creyente que reaviva su fe sabiendo que el Hijo escucha atentamente. Ejemplo: “Descorázame el corazón hasta degollar el lagrimeo de mi redonda pureza que no levanta en vilo al mundo ni apacigua barbaries con su temblor descuartizado, con su mortal maestría para estar en duelo a media asta, yendo y viniendo de miserias más largas que el infierno, recibiendo directas pedradas en apariencia incurables: palabras de piedra no quiero mientras cuelgo mi vida en la tuya, en tu eternidad que debiera ser el centro, en el rebaño que a veces olvida la historia de tu voz haciéndose lengua, amor sin tregua como todo misterio que es milicia para rehilar células sin brújula, altares de lo completamente muerto o reliquias en gestación desbautizando al siguiente inmaduro para el vuelo”.

Portada de la edición brasileña de Cristo del Alma, traducida por Cláudio Aguiar y con pintura de Miguel Elías

Estamos en presencia de un lenguaje poético que asume con fuerza lo terrenal y lo celestial, se centra en medio del drama de una crucifixión que en la actualidad es “un duelo a media asta…”, y no alcanza el sacrificio de la cruz para que el hombre deje su actitud inmisericorde. Así, con una luz inapagable, Pérez Alencart va construyendo este capítulo en que el Hijo tiene el esplendor de la sangre humildemente ofrendada y ostensiblemente desechada: “Ábreme tu silencio para recogerte la sangre resistente y cantar un salmo desconocido por el mísero pesebre que sigue abrigando tu larga misión a la intemperie…”.

“En el Nombre del Padre”, es la voz del Hijo quien clama al Padre, diciéndose de sí mismo: “… He renacido desembalsamado de una entraña milagrosa que me sobrevive: lo mío es mirada antigua, llave solar sin sepultura, pliegue del universo que tú me donaste. Lo mío es existir en la espesura del Dios de mi corazón.” O bien: “…Extremo las bienvenidas al que Es en mí hasta siempre o hasta que concluya el mandato del alto reino que nos vuelve eternos: quedo al alcance de su jurisdicción y munificencia”. Estos textos son trozos de luz que van de la creencia a la creación, de la fe al impacto de poner en práctica la única ley dejada por Cristo, el amor: “…Amemos no por temor; amemos sin repintar los gestos; amemos lejos de opíparos manteles; amemos a los que llegan y a los que parten; amemos al fogonazo del relámpago; amemos sin engañar al Cristo que lloró por Lázaro hasta converger en nosotros”.  Pero la voz de ellos es como un concierto a “dos voces”, por momentos habla el poeta, por momentos habla el propio Cristo, y en esa unión sin unión, intrínsecamente fusionados, íntimamente adheridos, surge el poema como revelación del mundo espiritual de Pérez Alencart, pero también como esa otra voz profunda que habla por encima de su poesía o, mejor dicho, por debajo, desde lo más hondo de su forma, sobrepasando cualquier especulación literaria, la auténtica y entrañable palabra como “la escondida fuente donde podré saciar mi sed”.

“En el Nombre del Espíritu Santo”, el misionero, su palabra, su camino, su obra, aparecen inspiradas por el Santo Espíritu. Él está en cada acto del día, acompaña, aconseja, restaura con fuerza para seguir en el camino elegido: “Soplo compañero, la alborada se desborda en los hambrientos, en los niños que se avecinan por zonas peligrosas, en los pies sin zapatos… No en bonanzas narcóticas de quienes exhiben su desenfreno, ciegos de vista y encallecidos de corazón, compartiendo sólo el amé de os versículos cual si fueran lupanares de hipocresía (…) Oh espíritu compañero, te obedezco sin campanas ni sahumerios por ende, llevo vituallas a sidarios y leprosorios, allí lejos del tumulto que también te desconoce.” Cierra este capítulo diciendo: “Dios tengo aunque la estación parezca inútil para la siembra”.

Básicamente un libro para que quien quiera deba tomar el sayo –siempre y cuando se denomine cristiano–, porque es un llamado de alerta para los tiempos y para el tiempo humano que, por finito, no debe quedar improductivo. Las guerras perfeccionadas, la narcotización, el egoísmo, lo individual primario y la soledad tan singular que transitamos, se vierten a diario y se normaliza en la reiteración de lo colectivo. Escrito como una revelación, una promesa, un asentimiento, estos textos dejan de tener la impronta de obligatoriedad del cristiano cuyo rasgo por momentos lo convierte en un hipócrita, sino que va mucho más allá. Sentir en Cristo es tratar de enamorarnos de Él, sentirlo en su aceptación, seguirlo en su convicción y aceptar sus invitaciones que vale más no dejar pasar de largo, sino experimentarlo de modo tridimensional, cuerpo, mente y espíritu, que es Hijo, Padre y Espíritu Santo.

Un poemario que apunta a devolverle al cristiano su ethos, y al hombre su posibilidad de creador.

Alencart e Hidalgo Bachs presentado Prontuario en una radio salmantina

 

PRONTUARIO DE INFINITO – ABRÉGÉ D’INFINI

(Traducción de Bernadette Hidalgo Bachs.
Editorial Verbum – Trilce Ediciones, Madrid, 2012)

“Dejen fuera cualquier doliente desmesura”. De la introducción que el autor hace y que denomina Inscripción, no puedo dejar de transcribir el primer párrafo que da sentido a este libro, pero igualmente a todo el corpus de su fecunda obra. Cito: “Un verso puede ser sagrada mediación para acceder al tiempo que descarna. Y otro para erigir el testimonio de otra vida. Súmense los versos como mensaje de bienvenida a un infinito que está al descubierto en cualquier esquina, donde Cristo es la imagen central, o en la torre incandescente del cosmos, donde el Creador tiene su feudo enorme”.

El libro está compuesto por siete cantos, como los llama su autor, teniendo en cuenta que al inicio nos habla de “Parábolas /salmos de la vigilia…” y, considerando esto sumado a la introducción, ya tenemos el hilo conductor por donde el poeta camina para religar oficio con creencia. Cada poema es un salmo cantado y celebrado. Ese Cristo de las esquinas, que puede encontrarse a cada momento, que nos habla y nos acompaña, es el que Pérez Alencart invoca con un claro propósito de involucrar el cielo en la tierra, el prójimo en el corazón, la paz entre los hombres como salmo infinito y necesario, la acción de dar, la intimidad del misterio, en fin, la teología volcada a la corriente de los días, esos que “el tiempo descarna”, consciencia de la finitud, sostenimiento desde la fe, y aún más: la relación dialógica con ese Cristo interno, la meditación y el coloquio, que sólo puede encontrarse en el silencio de la contemplación activa. Cito a su traductora Bernardette Hidalgo Bachs, quien también hace un pormenorizado estudio de la obra a propósito del rescate de lo sagrado en la actualidad: “Despertó mucho su interés abordar las huellas de lo sagrado en la época contemporánea, planteando la cuestión de la expresión actual de lo sagrado, de cómo se reformula lo sagrado, si existen reinvenciones de lo sagrado, si se puede detectar la emergencia de nuevos campos de lo sagrado, y por último si se puede hablar de una refundación de lo sagrado, o de un proceso de sacralización de ciertos ámbitos de lo profano”. Hidalgo Bachs va relacionando a la poesía de Pérez Alencart con la filosofía y lo místico. En el abordaje de esta poética de lo sagrado hay versos de una intensidad tocante: “Giras tu cabeza de Crucificado y la pasión no muere. (…) Hay que celebrarlo todo, / olerlo todo al interior del cáliz o del misterio gozoso / que echa chispas sobre la manzana. Te hospedas al fondo (…)”, y continúa hablándole al Cristo: “Ebrio de lo humano vas hacia lo divino. / lo invocas para compartir la realidad y el sueño. /La estallante rebeldía de la carne / queriendo estar ya en la ingrávida pradera del Espíritu” (…) se lee en el poema “Por Extensiones Vírgenes”.

En el segundo canto, además de reconocerlo en la pertenencia a un lugar divino y a un permanente religar al hombre con lo sagrado –tanto al lobo como al cordero-, Pérez Alencart habla de la dolorida humanidad del Cristo, que es el único modo de comprender misericordiosamente las lastimaduras de la vida humana: “Clamas por tu orfandad. Clamas contra látigos agresivos, / fraternizando con los perseguidos, abrazándoles, / compartiéndoles la realidad que hay en los milagros. / Nada te desmide. / Criatura de nombre hermosamente pronunciado”. Se lee en el poema “Te estremeces por el lobo y el cordero”. Darse fue la misión del Hijo y por ello, un acto de ofrenda que conlleva esencialmente una plenitud en el sacrificio. “(…) Detrás del semblante del martirio queda la gratitud. / Detrás el cauce, el deslumbramiento. Ascendiste tu humanidad / Después del Grito, después del Eco. / ¿Cómo renacer sin glaciares en la sangre?”.

Este final que es el gran misterio de la cruz, sobreviene a aquellos llamamientos de Jesús y que Pérez Alencart renueva con paráfrasis: “Vengan –dice– y dejen fuera las angustias, / los dividendos, las usuras; dejen fuera toda entrega / que no abra vuestro Centro; dejen fuera cualquier doliente desmesura?”, leemos en el poema “Donde vuela un corazón”. Imágenes, metáforas en las que caben el misterio de la encarnación de Cristo, agonías, muerte y resurrección. Todo ese prontuario, esa reseña de lo destinal que Cristo deja entre las manos y las conciencias de los hombres el sentido de eternidad y de infinito. El amor como bandera de salvación, lo sempiterno como búsqueda, lo sacro como renovación permanente. La alegre convicción motivadora de un Cristo que ora puede ser de una mansedumbre entregada, ora puede convertirse en un soldado que enseña su bandera blanca, “para que en la noche turbadora se firme alguna tregua, / algún paréntesis al derroche de contiendas”.

El Cristocentrismo evidente que trasmite este libro hace que Aquel –destino y desafío de amor– sea toda cifra, toda esperanza, todo amanecer para que el carácter unitivo permita al hombre llegar a la divinidad. Y esto lo ha escrito el poeta Alfredo Pérez Alencart.

Alencart en la Sala de la Palabra, durante la presentación de Cristo del Alma (2009)

Ana Russo, poeta nacida en la ciudad de Rosario. Ella es autora de los poemarios ‘Entre el deseo y el goce’ (2000), ‘Argentinitos Off (2012)’ y’ Claves y Entramados (2012)’, además de otros como ‘Animal de lluvia’; ‘Calendario Azteca’; ‘Fuego de sudestada’ o, también, ‘Con ciencia de estado’. En 1980 obtuvo el Gran Premio de la Asociación Argentina de Escritores (sección Mendoza), y entre 1984 y 1989 tuvo a su cargo la coordinación del suplemento cultural del diario La Capital de Rosario. Destacable fue su colaboración, a través de ensayos y reseñas, en las páginas de la Revista Internacional de Poesía, que en su ciudad dirigió el poeta Guillermo Ibáñez. Textos suyos han sido publicados en buen número de antologías argentinas o mexicanas. Su último libro es “El juego del Tangram / Il gioco del Tangram”, de Ana Russo (HDJ, Colección Poesía, 2019. Edición bilingüe, traducción de Anahí Zendrón).

Ana Russo

(Imagen de cabecera: A. P. Alencart con sus tres libros comentados por Ana Russo. Foto de José Alfredo Pérez, 2020)

 



One thought on “Tres poemarios de A. P. Alencart (Cartografía de las Revelaciones, Cristo del Alma y Prontuario de Infinito)”

  • Angel San Juan Marciel 15/11/2020 at 7:53 pm

    Amigo Alfredo una vez agradezco tu extraordinario humanismo recordando las miserias existentes de una buena parte de la población del mundo frente a la indiferencia de los poderosos y de los políticos. Enhorabuena por la publicación y el mensaje.Con un fuerte abrazo para ti y para Jacqueline.Angel San Juan Marciel

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