Tiberíades recupera este comentario escrito por Plutarco Bonilla, miembro del Consejo Asesor de Tiberíades, a modo de presentación del libro “Las Biblias castellanas del exilio”, del español Enrique Fernández y Fernandez (Miami: Editorial Caribe, 1976; 190 págs.)
Las Biblias castellanas del exilio
(Presentación)
No son pocos los nombres de españoles que, lejos de la patria por un exilio que les fue impuesto, han dado lustre a la tierra que los vio nacer, al brillar como luminarias en el vasto mundo de las letras o de la ciencia.
No es solo historia reciente. Noticias tenemos de la incidencia de este fenómeno en épocas ya muy lejanas. Aunque dentro de la misma Península Ibérica, ¿no fue acaso un ilustre exiliado el Cid Campeador? Y tan ilustre, que en él la historia y la leyenda parecen abrazarse.
Hace cuatro siglos, vientos frescos corrían retozones por las campiñas de Europa. Las ciudades y las aldeas no se libraron de su influencia, las más de las veces perturbadora. Pero la reacción no se hizo esperar. Aparece en muchos puntos de la geografía europea (¡y también de la americana!) el Santo Oficio de la Inquisición. ¿Su meta? Poner fin a aquella brisa que amenazaba con convertirse en vendaval.
Y así, en España, muchos que habían abrazado con entusiasmo las doctrinas reformadas se vieron forzados a tomar el camino del exilio. Los nombres de muchos han quedado en el anonimato. Los de otros, pronto fueron olvidados. Pero hubo entre ellos algunos que eran gente estudiosa, y que habían puesto al servicio de la nueva causa su erudición y su pluma. No fueron siempre atajos escondidos aquellos por los que anduvieron estos personajes. Todo lo contrario. Algunos dieron lustre y nombradía a la patria lejana transitando por los caminos augustos de Oxford y Cambridge, donde ejercieron funciones docentes.
Sin embargo, bastó que un eminente polígrafo como Menéndez Pelayo los catalogara entre los heterodoxos –manera más refinada de decir herejes– para que los historiadores de las letras españolas no los tomaran en cuenta, aunque reconocieran a otros cuya significación cultural fue, con mucho, inferior.
Esto, no obstante, es históricamente explicable. Lo imperdonable es que quienes se consideran a sí mismos como herederos espirituales de la Reforma, también se hayan dejado llevar por la corriente y ni siquiera tengan conciencia de la riqueza casi sin parangón que en tal herencia se nos ha legado.
Ubicada, como lo expresa su autor, en el contexto cronológico que se inicia simbólicamente con la inauguración del Segundo Concilio Vaticano, esta obra (que en sus orígenes fue tesis doctoral presentada en la Universidad de Pennsylvania) tiene doble mérito: se constituye, por una parte, en clarinada de atención, para que quienes se dedican al menester de las letras castellanas vuelvan sus ojos a un aspecto abandonado de una época gloriosa, y redescubran el inmenso aporte que a la cultura hispánica brindaron algunos de esos exiliados españoles.
Pero, además, Las Biblias castellanas del exilio tiene un significado particular para los cristianos hijos de la Reforma. En efecto, excepción hecha de la denominada Biblia de Ferrara, el siglo XVI fue el siglo de los traductores españoles reformados. Con ellos –contemplados a cuatro siglos de distancia–, se inicia una época que está dando su fruto más preciado en nuestros días: la entrega de la Biblia al pueblo, en la lengua del pueblo.
Ahora, cuando el espíritu polémico y los sambenitos de “heterodoxos” ya han perdido (o están en proceso de perder) la importancia que un día tuvieron, es agradable y provechoso echar una mirada retrospectiva y contemplar la historia de nuestra tradición en el cuadro más amplio de la cultura. El afán evangelizador que movió a aquellos adalides de la fe les impulsó a poner todo su ingenio y lo más selecto del saber de su época al servicio de Dios y del pueblo del que habían sido arrancados. Por ello, la labor que realizaron les sigue todavía.
De la obra de esos hombres hablan con elocuencia las páginas que siguen. En ellas, en prosa sencilla y directa, de agradable lectura, el Dr. Fernández nos lleva de la mano, cuatro siglos atrás, para atisbar los sinsabores y las alegrías de quienes nos dieron la Biblia en nuestro propio idioma. Y, al hacerlo, pone a nuestra disposición el valioso material escondido en las fuentes que constituyen el secreto de este capítulo de la historia y la razón de ser de este libro.
Plutarco Bonilla A.
Universidad de Costa Rica
1976

Plutarco Bonilla nació en 1935 en la isla de Gran Canaria. En 1955 viajó a Costa Rica, a estudiar en el Seminario Bíblico Latinoamericano. Desde entonces radica en ese país, del que también es ciudadano. Estudió, además, en la Universidad de Costa Rica, en el Seminario Teológico de Princeton y en las Universidades de Atenas y la Complutense de Madrid. Ha sido profesor en diversas instituciones y consultor de traducciones en Sociedades Bíblicas Unidas (SBU). Ha publicado dos libros y muchos artículos sobre diversos temas. En 1993 se jubiló de la Universidad de Costa Rica y en el 2001, de SBU. Vive en la ciudad de Tres Ríos, Costa Rica, con su esposa, Esperanza Ríos, y con su hijo menor. Es miembro del Consejo Asesor de Tiberíades.
