CUATRO MUJERES Y UN LIBRO
En mi antigua casa de la infancia se tenía la certeza de que no había libros en ochenta kilómetros a la redonda. Decían que el único libro conocido estaba viviendo en un pueblo llamado Güigüe, cuyo nombre parecía el cantar de los diminutos sapitos que abundan en nuestras vegetaciones: “Güigüe, Güigüe”. A mi mamá le molestaba que hiciera bromas con eso porque ella tenía unas amigas muy queridas allá. En esa época mi madre era joven todavía y eso significaba que sus amigas también derrochaban juventud, aunque a mí la gente de treinta años me parecía vieja. O en camino de envejecer.
Por ejemplo, su modo de vestirse no se parecía mucho a la manera en que se vestían las muchachas que hacían pandilla amistosa con mi hermana. Las amigas de mi madre y mi madre misma, se ponían vestidos hechos por ellas mismas, la mayoría de las veces de una tela brillante que se pegaba a sus cuerpos como una piel de sirena.
Cuando digo mi madre, en realidad quiero decir la madre de nosotros tres: mi hermana Mercedes, mi hermano Arnaldo y yo. Mi hermano Arnaldo se llamaba en esos años Orlando, pero cuando nos sacaron la cédula de identidad, mamá se dio cuenta de que en los papeles de presentación del niño le habían cambiado el nombre. Ella quería que se llamara Orlando y los funcionarios le pusieron Arnaldo. Mi hermano, por lo tanto, tiene un nombre oficial.
Bueno: las amigas de generación de mi madre eran jóvenes según ellas, pero yo las veía de otro modo, aunque me parecían muy bonitas. Pero entendía que todas se parecían de algún modo a Antonia del Carmen Peregrino Álvarez, mejor conocida como Toña La Negra, a Carmen Delia Dipiní, a Olga Guillot. Quiero decir que se vestían como esas cantantes. Y bailaban las canciones que ellas cantaban.
En fin: obligatoriamente, mi mamá y sus amigas tendrían en común algunas costumbres, gustos o actividades. Me extrañaba pensar eso porque mi madre casi nunca salía de la cocina. A veces se paseaba por los cuartos, quitaba las sábanas y se iba al lavadero. Que vaya con bien. Llenaba el aire de burbujas.
Aunque yo no sabía nada de nada, lo que significa que era ignorante hasta decir basta, sospechaba que aquello de que solo había un libro en todo aquel territorio equivalía a un acto de imaginación, de invención casi sobrenatural. Como quien dice “han visto, a veces, un encanto en los ríos, no se sabe si es hembra o varón pero tiene puesta una ropa muy bonita como de arco iris y si te acercas te muerde” y cosas así.
Pero yo estaba antojado de leer ese libro, de conocer esas páginas. Porque en la radio escuché muchas veces las historias que los locutores decían “Esto que hemos contado no es de la vida real, es un relato que sacamos de un libro escrito por Emilio Salgari” y así sucesivamente.
Mamá les envió un recado a sus amigas con un autobusero que viajaba todos los días a Güigüe. Les hizo llegar la noticia de que iríamos a visitarlas para ver si ellas sabían algo sobre el fulano libro. Un mes después mamá me sorprendió cuando dijo “vamos a la Errecé”. La Errecé era el terminal por donde pasaban los autobuses que iban hacia Caracas y otros lugares del territorio nacional. Los buses tenían unas siglas: ARC, que la gente terminó convirtiendo en “La Errecé”.
Salimos un sábado en la mañana hacia Güigüe. Cuando llegamos, después de quedarnos dormidos casi dos horas, nos bajamos en las orillas de una plaza. Estaba un hombre con un carrito azul portando mala ortografía y vendiendo chicha. Mamá: cómprame una chicha, le dije y ella me mandó para el carajo. Mi mamá, que casi no conocía nada del mundo, se dirigió con firmeza hacia una calle. Era evidente que ya había estado ahí. Aporreó con la aldaba la madera agrietada de un portón colonial y enseguida salieron dos mujeres haciendo bulla y abrazando a mi madre. Todas tenían culos de avispa. Después aquellas damas volaron hacia mí. Me besaron con besos que olían a clavos de especia y a canela.
Eran unas mujeres negras muy hermosas y muy finas, de cinturitas estrechas, de grandes nalgas y piernas macizas pero largas. Hablaban de manera graciosa. “Por fin usté te viniste a Büibüe”. Decían así: Büibüe. Y al día jueves lo llamaban fueves.
Nos hicieron entrar a la casa. Tenía un patio enorme, con muchos árboles y plantas. Nísperos, coño. Me encantan los nísperos. Perdón por la grosería, padre. La brisa fresca se llevaba un huracancito de polvo por un corredor largo y entraba a una cocina al final del patio que en realidad constituía un fogón para cocinarle a una multitud. Quizás, mujeres esclavas haciendo comida para un ejército. Las ollas eran enormes. Pensé que en su interior se escondían personajes como Aladino y vainas así. En esa casa no había ni un solo hombre. Ni siquiera en fotos. Allá, en el fondo del solar, un gallo se pegaba a la cerca como si le temiera a las gallinas. Metimos los pies debajo de una larga y sólida mesa y desayunamos queso recién hecho, carne desmechada, huevos fritos, arepas, cachapas y cochino frito. Había de todo en aquella mesa. Y luego pusieron una jarra de avena fría y otra de jugo de guayaba también muy frío. Porque tenían una nevera enorme que funcionaba con querosén.
Cuando ellas comenzaron a beber café y a fumar cigarrillos York que extraían de un enorme fajo, me puse a curiosear el patio, donde había pavos reales, guineos, pollitos, morrocoyes y patos. Hablaban tan festivamente que escuché lo que decían sobre el asunto.
-Él quiere leer un libro y nos dijeron que el único está residenciado en este pueblo- expresaba mamá.
-Eso es muy así, y nosotra somo la dueña y señora del libro, aunque nunca hemo podido quitárselo a Marcolina La Reina que ya usté aguaitó hace año luz.
Por allá, en uno de los cuartos, se escuchó el grito:
-¡A mi espalda no le hablen!
Las mujeres se pusieron de pie y avanzaron hacia el lugar de donde había salido la voz. Yo me quedé cerca de los pavos reales, aunque ellos también parecían impresionados. Marcolina La Reina. Me imaginaba que iba a presenciar la aparición de una mujer ataviada con capa y corona, encaramada en un trono. El cuarto no tenía puerta sino una cortina hecha con lágrimas de San Pedro. La cortina se movió susurrante desde abajo -pensé en una serpiente de cascabel- y apareció una mujer que se arrastraba nadando en tierra y cuando estuvo en medio del corredor se pudo apreciar que tenía las piernas pegadas, unidas, como si la carne de los muslos se hubiese derretido. Ella levantó la cabeza y parecía una fiera de cabellera alborotada y ojos negros, pero su boca, de dientes agudos y blanquísimos, sonreía. Saludó a mamá con aprecio y yo quise esconderme.
-Traigan a ese bichito -dijo. Mi mamá me hizo señas para que me acercara. Yo sentía un temor, una desazón. El camisón de la mujer se subía con la brisa y se le veían las piernas fundidas, y el viento parecía dispuesto a revelar lo demás. Las dos hermanas la levantaron y la acostaron boca arriba en un sofá atiborrado de almohadas. Mi mamá le dijo que no se veían desde hacía como tres años. Y ella le respondió que era verdad. “Es que yo nunca salgo” agregó. Después se quedó analizándome y me preguntó como si no hubiese nadie más allí:
-¿Por qué quieres mi libro?
-No lo quiero para mí, sino para leerlo.
-Es lo mismo. Si lo lees te quedas con él.
-Yo lo devuelvo.
-Así lo devuelvas no será el mismo libro porque habrás tenido una relación con él.
-Yo nunca he leído un libro y por eso no sé qué pasará cuando lo lea.
La mujer le dijo algo a sus hermanas en un idioma que no entendí:
-Se lo otorgo ipso facto. El retorno es responsabilidad de ambas.
Una de las dos entró a la habitación después de hacer sonar la cortina. Y cuando salió apareció con un libro entre las manos, como si estuviera haciendo una arepa con él o una cachapa. Un rezo.
La mujer del sofá dijo, antes de cerrar los ojos y quedarse dormida como muerta:
-Es un libro sin igual. Y está escrito en toscano del año 1300. Si llegas a entenderlo podremos conversar cosas interesantes y profundas.
El libro se llamaba La divina comedia.
Cuando regresamos en el autobús de la tarde, mi madre se veía muy satisfecha y agradecida. Ella cargaba el ejemplar entre sus piernas y a mí me dio la bolsa llena de conservas de coco, de bocadillos de guayaba y de jaleas de mango que nos habían regalado sus amigas de Büibüe. Yo creía que lo justo era que ella cargara estas cosas y me diera el libro para intentar el inicio de la ansiada lectura. Pero sólo al llegar a casa pude tenerlo conmigo. Después de lavarme las manos y prometerle que iba a cuidarlo con mi vida.
Empecé a leer de inmediato:
Nel mezzo del cammin di nostra vita/mi ritrovai per una selva oscura/
che’ la diritta via era smarrita.
Y dije “la puta que lo parió” porque a solas era de lo más vulgar y grosero. Entendía algunas palabras que se parecían al español, pero aquel palabrerío se asemejaba a una lengua imposible de usar según mi escaso criterio. No podría contarle a nadie de qué se trataban los libros si todos eran así. Tenía que leerlo y entenderlo. En el pueblo había una fuente de soda y cafetería propiedad de una familia italiana. Fui hasta allá sin el libro porque mamá no dejaba que lo sacara de la casa. Vittorio, el menor de los hermanos, era quien despachaba los helados y las merengadas y por eso le tenía confianza. Le expliqué “tengo un libro llamado La divina comedia y no sé cómo se lee”. Vittorio sonrió desvinculado de todo, como si eso no le importara mucho. Pero dijo algo que fue como un milagro:
-El padre Salvatore tiene La divina comedia en español ¿por qué no se la pides prestada?
Me quedé abismado porque todos habían dicho que no había ni un libro por esos lares. Aunque después me di cuenta de que cuando la gente dice “todos” se refiere a unos pocos. Como cuando los políticos dicen “el pueblo opina que tal cosa y tal otra”.
El padre Salvatore era un hombre santo muy difícil de tratar, pero seguramente no iba a decirme que no. Eso era lo que yo creía. Pero cuando lo busqué en la casa parroquial, la señora que le hacía la comida y le arreglaba los bártulos me explicó que el padre Salvatore se había ido a la capital de la república y al escuchar lo que yo quería me dijo que jamás había visto un libro que no fuera la biblia en esa casa.
Cuando le conté a mi mamá lo ocurrido, me dijo “Una de dos: o lees el libro como está escrito o escribes tu propio libro si quieres tener uno”.
Agarré dos cuadernos, tres lápices y un sacapuntas.

ESCRIBIR DE LA VIDA
Ahí estaba con la cara hacia el cuaderno como si me viera en un pozo, en un río de agua oscura. Tenía que escribir mi propio libro para tener uno. No se trataba de ir a comprar un libro sino de tener uno con mi nombre en la tapa. Si alguien quisiera llevárselo no podría demostrar que le pertenece. Ese es el punto. Pero ¿de qué iba a escribir? Siempre escuché que lo más sensato era pedir consejos a las personas de larga existencia. Por eso me fui detrás del primer anciano que se me atravesó: el señor Ezequiel, quien caminaba poco a poco porque tenía una pierna que era una lástima de pura llaga. Lo alcancé y de una vez le solté mi necesidad:
-Quiero escribir un libro ¿de qué escribo?
El señor Ezequiel era analfabeta pero muy sabio. Me miró un momento y antes de responder cualquier pregunta dijo lo que todos decían:
-¿Eres el gafito? ¿el hijo de la negra?
Después que le respondí martillando el aire con la cabeza, habló sin mucha prisa, pero a continuación se alejó como si algo de mi aspecto le hubiese causado cierto miedo.
-Debes escribir de la vida…
Ya me imaginaba que estaba obligado a necear con gente y con historias, pero no sabía qué cosa era concretamente escribir de la vida.
Corrí hasta alcanzarlo, aunque había avanzado muy poco. Era como una madre de caracol.
-¿Qué es la vida? ¿por dónde empiezo?
Estaba ligeramente fastidiado y sé que le dolía la pierna. Tenía el ruedo del pantalón subido y la carne parecía una berenjena, brillaba hinchada y morada, violeta: a punto de reventarse.
-Busca a Santa: ella es una mujer de la vida…-dijo y siguió su camino.
Me gustaba la señora Santa. Era una señora más joven que mi mamá, apenas un poco más joven. Y tenía cosas bonitas. No sé. Era una persona sin hijos, pero podría dar teta a muchos niños de habérselo propuesto. Pecaba de saltarina y bonita. Cuando se sentaba recogía la falda de su vestido para asustar el calor. Como era vecina nuestra la visité al mediodía de un lunes en su olorosa soledad.
-Pasa, hijo ¿Qué quieres?- preguntó mirándome y luego se dedicó íntimamente a pintarse las uñas de los pies tan preciosa ella como un almanaque. Estaba sentada en un banco de madera debajo de un caimito en un lado del patio. No había jardín ni nada y uno se daba cuenta de que ella no necesitaba jardín porque su casa florecía en adornos tales como muchos pollitos corriendo por todas partes, unos rosales descuidados pegados a la empalizada, cargados de rosas que estaban muy buenas para un altar o para un velorio.
Me dediqué a verla mientras se pintaba las uñas, aunque más que todo me quedaba hipnotizado con sus piernas y como se inclinaba mucho también veía sus senos que se balanceaban de un modo tan bonito. Parecía imposible que el cuerpo humano tuviera ese tipo de bellezas. Y pensaba que las lechosas colgaban de esa manera, pero sin gracia y jamás inspiraban deseos de rezar. Pero ella, con su cadena de oro y su medallón podía ser la suplencia de una iglesia, qué cosas se me ocurrían en mi cabeza. No sé por qué mi corazón sentía escalofríos. Fue como si me parieran por segunda vez.
Antes de sentirme peor le conté rápidamente lo del libro.
-Ah…ya escuché que quieres escribir un libro- comentó.
Después, mirándome directamente a los ojos dijo:
-¿Qué tengo yo qué ver con tu libro?
-Es que me dijeron que debo escribir de la vida y que usted es una mujer de la vida…le vengo a preguntar cómo se escribe de la vida.
-Cuando hablan de que soy una mujer de la vida quieren decir que soy una mujer de la calle…que trabajo en la calle.
-Mi mamá entonces es una mujer de la vida, porque ella sale para el mercado y cuando trabaja en las casas ajenas lavando ropa o cocinando se queda todo el día…
-No, hijo: tu mamá es una señora de su casa. De la calle quiere decir que me puedo quedar durmiendo donde quiera con una persona y me pagan por eso.
-Yo duermo con mi hermanito y no me pagan.
La señora Santa, se quedó como en el aire. Pensó un rato tan largo que sentí deseos de irme, apenado, porque me parecía que estaba diciendo “ya terminamos”. Entonces largó la carcajada y comentó:
-Mira, negro (nadie dejaba de decirme negro) después te explico la cuestión, pero lo que debes hacer es leer unos libros para que te des cuenta de que puedes escribir de todo, que eso es la vida. Puedes decir cosas verdaderas y también puedes inventar. Tengo dos libros que te regalaré. No te los prestaré: te los regalaré para que no leas apurado.
Entró a su casa y sentí olores tan únicos. Esa mujer era un ser humano distinto. Cuando salió me entregó dos libros. Uno tenía en la portada este título: “El hombre invisible” y el otro decía: “Doña Bárbara”.
Antes de que me fuera, la señora Santa me acarició la cara y me aconsejó:
-Nunca dejes de escribir de amor en tus libros. El amor es lo más necesario que hay.
-¿Qué es el amor?- pregunté.
-Cuando quieres a una persona mucho. Por ejemplo. También puedes querer a un lugar o a una manera de trabajar…pero lo más sabroso es querer a una persona y que te quieran…después te explico. Ahora debes irte a tu casa porque me voy a echar un baño.
Le di las gracias y traté de pensar en eso: no sé si podré decir a las personas que se vayan de mi casa cuando esté a punto de bañarme. Pero lo haré. Es una magnífica sensación.

ESCRIBIR DEL AMOR
Cuando leí los dos libros que me regaló la señora Santa: Doña Bárbara y El hombre invisible, me sentí más avanzado, pero seguía dudando porque deseaba entender La Divina Comedia y a la vez quería escribir mi propio libro, uno que me dejara satisfecho. También pensaba en aquello del amor que me había dicho la señora Santa. Un tiempo después supe que no era tan santa, pero fue una de las mujeres más esplendorosas y sabias que conocí.
Me gustaba una muchacha que vivía en nuestra cuadra. No era tan mayor: me llevaba dos años. Los había contado. Pero ella solo miraba hacia adelante. Yo trataba de hacer piruetas en una bicicleta y tanto afán valeroso no le importaba. En cambio, se dedicaba a mirar cuando Martín, un muchacho muy (pero muy) pretencioso, que vivía también por ahí, pasaba montado en un caballo. El caballo hacía todo lo que Martín le decía y casi que saludaba a la muchacha. Ella se llamaba Melania. Y parecía un dulce, un postre. Cuando se sentaba pensativa era como un helado de mantecado adornado con fresas y cosas así.
Una bicicleta era más moderna que un caballo, pero ella se quedaba abismada viendo al tal Martín. Yo me caía y se me raspaban las rodillas y nada de nada. Nuestro Señor Jesús había logrado mejor suerte con sus rodillas raspadas y llagadas. El amor tiene sus bemoles. Pensé que si fuera el hombre invisible podría acercarme hasta ella y besarle un cachete, pero eso sería algo pecaminoso, hasta ilegal. Un delito. Tampoco sería decente llegar como el hombre invisible y darle un tortazo a Martín y tumbarlo del caballo.
A todas estas, mi mamá había mejorado enormemente la avena fría con helados de gaseosa roja para los almuerzos y como yo estaba tan distraído con lo de mi escritura, quien se beneficiaba más era mi hermano. Él se bebía casi toda la avena porque yo, como buen escritor, me la pasaba distraído, aunque todavía no había escrito ni una sola línea en mi cuaderno. Son las dudas, me dije.
¿Estaba enamorado de Melania? Creo que sí. No podía pensar en otra cosa. Hasta se me había olvidado mi pasión por entender alguna vez la Divina Comedia. Y debía hacerlo antes de tener que devolver el libro a su dueña. Pero para leerla y entenderla debía escribir un libro mío. No sé por qué había decidido eso, pero tenía que hacerlo. Esa decisión no impedía que de vez en cuando leyera unas líneas de lo que el Dante escribió. En italiano. No sé por qué al Dante se le ocurrió escribir en italiano.
Decidí que pondría a Melania en mi libro, con ese mismo nombre. Haría que me amara. Haría que Martín fuera un ridículo y que hasta su caballo lo dejara quedar mal. Los caballos saben. Entendí pronto que con la escritura podía cambiar el mundo a mi antojo. Entonces comencé a escribir:
“Era domingo por la mañana. Algunas mujeres salían hacia la misa. Los hombres se inventaban oficios para no ir. Yo estaba vestido de limpio en la puerta de mi casa, como si me dispusiera a visitar la iglesia. Entonces apareció Melania y se detuvo cerca de mí. Traté de no mirarla mucho. Ella se acercó más y preguntó sin ninguna timidez: ¿Quieres ir conmigo a la misa?. Estuve a punto de negarme, para que sufriera, pero respondí casi atragantado: vamos. Y mi corazón sonaba y sonaba como si estuviera rodando por encima de una plancha de zinc, como las que aguantan los aguaceros y el solazo en mi casa”.
Cuando leí ese primer escrito pensé que escribir del amor debería formar parte de la cosa, pero con más conocimientos.
-Tengo que saber más del amor…-crují exigente.
Y acto seguido, me fui a preguntarle algo de todo eso a mi mamá y a mi hermana mayor. A sabiendas de que iba a ser una conversación muy difícil. Ellas se la pasaban oyendo las novelas en la radio y esas novelas hablaban del amor. Y yo no entendía nada porque a veces decían cosas muy fuertes. Comentaban así y asao: “Ojalá que metan presa a la bicha esa que le quitó el novio a la pobre muchacha”.
La verdad es que no tuve valor para preguntarle a mi mamá “¿qué cosa hago para saber de amor y poder escribir?” porque intuí que me iba a responder de un modo definitorio como por ejemplo mandarme al carajo viejo. Ella decía mucho eso:
-Anda a joder a otro al carajo viejo…
Uno no sabía dónde quedaba el carajo viejo y eso formaba parte de la gracia que tenía cuando te enviaban a un sitio que nunca ibas a encontrar. Pero mi hermana estaba canturreando, cosiendo una blusa y sé que tal estado de ánimo era una especie de víspera que anunciaba los paseos del domingo. En esos paseos iba con su mejor amiga y ella y su mejor amiga veían a unos muchachos quienes, entre ellos, eran también mejores amigos. Si eso no es amor ¿qué más podría serlo?
-Mana…¿Cómo hago para escribir de amor?- pregunté en la voz más íntima y discreta que pude poner.
Mercedita me observó un instante. Luego de suspirar repetidas veces dijo:
-Tienes que enamorarte, pero muchacho no es gente grande…
Después gritó a todo leco:
-¡Mamá! ¡El negro está diciendo que va a escribir vulgaridades!
Eso hizo que mamá se acercara y yo le explicara mi petición. Regañó a mi hermana por exagerada y por incomprensiva.
Luego me dijo acertadamente:
-Escribe de tus cosas, de lo que hace la gente de tu edad, de lo que te divierte. Cada quién escribe de lo que más conoce, me imagino.
Una magnífica idea. Me fui a mi cuarto o mejor dicho: al cuarto que compartíamos mi hermano y yo. Él estaba haciendo un papagayo con papel de periódico. Le dije que ese papel es muy pesado y no vuela con el viento. Hay que comprar un papel más delgado.
-Si quieres comprar vas a la quincalla. Yo tengo un bolívar- le dije. Agarró el bolívar y se fue muy contento. Me quedé solo pensando en qué es lo que más conozco, qué cosas sé de mí y de mis amigos. La cabeza comenzó a dolerme mientras pensaba y pensaba.
-Voy a la escuela…
-Todos somos muy brutos con las matemáticas…
-Me gusta Melania y a ella le gusta Martín.
-Los mangos me dan diarrea.
-Quisiera ser jugador de grandes ligas cuando crezca.
-Pero como me agarró la tuberculosis es muy difícil…no digo que sea imposible, pero siempre se fijan en esos detalles.

José Pulido (Villa de Cura, estado Aragua, 1945). Poeta, narrador y periodista venezolano. Fue asistente del director de la revista BCVCultural, del Banco Central de Venezuela, desde 1998 hasta su jubilación. Recibió el Premio Municipal de Poesía Distrito Libertador, 2000, por el poemario Los Poseídos. Fue Sub-Director de El Diario Católico (1975), jefe de redacción del diario Última Hora (1978), jefe de redacción de la revista Imagen (1994) y asesor de prensa del Museo de Arte Contemporáneo Sofía Imber (1996). Director de las páginas de arte de El Universal (1996-98), El Diario de Caracas (1991-1995) y El Nacional (1981-1988). Miembro fundador de los suplementos culturales Bajo Palabra (Diario de Caracas) y El otro cuerpo (Suplemento del Ateneo de Caracas, encartado en El Nacional). Ha publicado los poemarios Esto (1972), Paralelo lelo (1972), Los poseídos (2000), Peregrino de vidriera (2001) y Duermevela. (2004). En narrativa ha publicado Pelo Blanco, Una mazurkita en La Mayor (novella, Premio Otero Silva, 1989), Vuelve al lugar que se te ha señalado (cuentos), Los Mágicos (novela, 1999), La canción del ciempiés (novela, 2004), La sal de la tierra (entrevistas, 2004), El bululú de las Ninfas (Novela, 2007), Dudamel, la sinfonía del barrio en los Libros de El Nacional 2011, El requetemuerto (novela, 2012), Los héroes son villanos tímidos (cuentos, 2013), entre otros. Sus poemas están publicados en diversas antologías de América Latina, España e Italia. En la actualidad reside en Génova.
Imagen de cabecera: Muchacho leyendo, de Sir Joshua Reynolds

One thought on “Solamente quería escribir una novela”
Hector Chavez 17/01/2022 at 9:18 pm
Increíble, realmente gocé la lectura, muy bueno, gracias por compartir