Enrique Sánchez Hernani

‘Alfredo Pérez Alencart y su poesía amazónica’

 

Tiberíades agradece al poeta y periodista peruano Enrique Sánchez Hernani por permitirnos reproducir el comentario que hizo en la reciente Feria Internacional del Libro de Lima, en torno a ‘Selva que cabes en el tamaño de mi corazón’, la poesía amazónica reunida de Alfredo Pérez Alencart.

Nacido en Puerto Maldonado, Alfredo Pérez Alencart ha hecho una fructífera carrera literaria en España y desde allí ha expandido su radio de acción lírico hasta otros países y continentes, con muy buena recepción. Al Perú, donde con cierta periodicidad regresa, ha traído ya varios libros suyos que resulta insoslayable comentar. Eso ocurre ahora con Selva que cabes en el tamaño de mi corazón (LANCOM ediciones, Lima, 2022), que por su inmenso resonar, por la reunión pródiga de poemas de distintas etapas en una presentación antológica, como una gran luna llena, es una presencia poética que deberá añadirse a la historia en verso de la tradición poética peruana, en muy buen lugar.

Este volumen, cuyo tema central es la tierra amazónica que lo cobijó en sus primeros años de vida, agrupa poemas suyos de distintos libros anteriores y se ha se construido en no pocas páginas: 246, para ser más exactos. Los poemas tienen diversos registros, una buena variedad de tonos, algunos escritos desde la confesión, otros desde el afecto, pero también con la lírica pura, la historia, los diálogos con múltiples personajes, y aun utilizando el registro de la prosa poética y el reclamo ecologista. Es decir, es un libro de vasto registro, ordenado y conjugado en un tomo que conversa consigo mismo, y en unidad estilística, con la Amazonia.

Como todos conocen, la dilatada residencia de Alfredo en España no ha hecho huir en él los recuerdos y la evocación del gran paraje verde que lo vio nacer: la selva nutricia adyacente a Puerto Maldonado. Como se nota en este libro, la visión de ese paraje feraz e inacabable ante la visión, ha aparecido con regularidad en toda su obra, y que ahora, como un homenaje reunido, figura ahora aquí, en un solo volumen, como una muestra de ese ser peruano esencial que siempre lo ha habitado.

Alencart y Eduardo Salhuana, congresista por Madre de Dios con su equipo, ante el stand de Lacom

Como no puede ser de otra manera, en estos poemas el vate se adentra en soliloquios no solo con el río Amarumayo de su floresta añorada, con el cual abre su libro, sino con otros parajes, personas y estaciones de la selva de su niñez. En ese abrirse hacia la memoria, no solo acuden imágenes de la geografía natural de la selva, sino que también reflexiones sobre el paso del tiempo, de la vida y de las circunstancias que hoy, lamentablemente, deterioran uno de los pocos parajes limpios del planeta, como es la Amazonia, con actividades ilegales y atentatorias contra la vida.

Ante la constatación de tan alarmantes cambios, en el poeta surge el reclamo para que, por ejemplo, le devuelvan su selva a don Luis Sanihue, cuya vida, y seguro la de sus semejantes, dependía de una sabia interrelación con la naturaleza, que hoy se encuentra transformada por diversas actividades ajenas a su estado natural. La vida que el poeta alaba en su poesía, en este libro, está sujeta a un orden antiguo, donde cada elemento de la selva cumplía una función y formaba parte del gran árbol de la existencia.

Esa memoria que el poeta lanza a la página en blanco para construir su poesía viene llena no solo de la propia selva, tal como decíamos, sino de varios personajes, como su madre, su padre, su segunda madre, su familia, los colonos, los balseros, migrantes brasileños como don Pedro de Alencar, el abuelo Alfredo, las hermanas, los parientes, y muchos otros. Y esto no ocurre porque la poesía aquí reunida sea solo un álbum familiar de retribuciones afectuosas a un linaje extenso, con los roles que estos cumplieron en la formación del entonces joven aprendiz de poeta, sino porque en esos territorios, por tradición, la familia es el centro de irradiación de la vida, aún en la diáspora, y el poeta sigue reconociendo y rindiendo tributo a esa conformación tutelar, tan antigua como el tiempo.

Cómo no va a estar Alfredo enternecido por la memoria de la selva, si —tal como lo comparte en uno de sus poemas— :  “Aquí Alfredo Pérez Alencart pedía una naranja y recibía misterios; pedía besos de doncellas y recibía el esplendor de los ocasos, lácteas iridiscencias, solemnes visiones”. Tal parece, entonces, que la selva de su infancia le marcó el despertar de su personalidad poética, llenándolo de imágenes que más tarde, con la madurez literaria, él sabría aprovechar líricamente.

A. P. Alencart con su editor Aldo Gutiérrez y su amigo Pachala Salhuana

Por eso mismo, y tal vez a la manera de Heráclito, al poeta, el discurrir del río se le asemeja al fluir del tiempo, cuando dice: “Viajar por el río —surcando el poderío de sus aguas— también resulta un intento por remontar el Tiempo y encender la memoria de lo que nunca vimos, pero intuimos y sentimos inmanente”. Ese surcar las aguas de los ríos que lo acompañaron en su despertar vital lo ha hecho viajar espiritualmente por estancias líricas que únicamente se pudieron resolver figurando en estos poemas, por la similitud de las funciones que cumplían, el río en su materialidad fluvial y el pensar poético en la escritura proveniente del espíritu.

No es casual, entonces, que, en otro de sus poemas, diga “De la selva surgen / horizontes de fascinación”. Nada más certero. La lujuriosa y espléndida conformación de la naturaleza selvática es lo más cercano a la visión del paraíso, por lo menos en su versión cristiana, de la cual nuestro poeta es muy próximo, como lo ha dejado sentado en otros libros suyos, como ‘Barro del Paraíso’, que aquí aprovecho para recordar y recomendar, por su altísimo registro poético.

Finalmente, haremos un hincapié necesario para señalar que es muy bueno para nuestra selva el que un poeta con los vínculos literarias que Alfredo tiene con el mundo académico y entre los lectores, hable de la selva peruana como de un lugar que hay que conservar y defender, todo dentro de un registro lírico. Porque voces así son necesarias para impedir ahora mismo que ciertas voluntades malévolas insistan en depredar nuestra naturaleza. Al defenderla, el poeta no solo participa de una antigua mitología animista de esa región, sino del sentido mismo de conservación de la vida.

Solo nos resta darle las gracias a Alfredo por su poesía, y desearle que este libro alcance todos los lectores que se merece y que, en ese camino, despierte las voluntades necesarias para salvar la vida en ese verde maravilloso y esencial para el planeta.

 

Enrique Sánchez Hernani (Lima, 1953) integró la denominada Generación del 75. Fundó, junto a otros jóvenes poetas, el grupo La Sagrada Familia en 1977. Tuvo una intensa actividad poética y fue editor de fanzines literarios. Ha hecho carrera como periodista en destacados medios escritos peruanos como La República, El Comercio, Expreso, El Peruano y Página Libre, entre otros. Ha publicado ensayos, crítica literaria, columnas sobre música del Caribe, crónicas y reportajes. Lleva publicados doce libros de poemas. Los más recientes son las antologías de su obra: Catálogo del maestro de obras (Lima, 2017), Taller de maestranza (Bogotá, 2018) y El estruendo de las cosas (Nueva York-Salem, 2018). Además, ha publicado un libro con sus crónicas y perfiles literarios: La manía de escribir (Lima, 2017).  Sus poemas han sido recogidos en una treintena de antologías nacionales e internacionales y en revistas especializadas de América Latina y los Estados Unidos. Recibió el Premio Luces del diario El Comercio, de Lima, al Mejor Libro de Poesía del año 2011, por ‘Quise decir adiós’. Es coordinador nacional para el Perú del Movimiento Poético Mundial.

Enrique Sánchez Hernani, A. P. Alencart y Ricardo Virhuez, durante la presentación celebrada en la Feria de Lima

Imagen de cabecera: Alfredo Pérez Alencart junto al río Madre de Dios




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