Colaboraciones

Juan Lebrun: ‘El Reino’ de Ana María Hurtado: Una crítica transcrita

El Reino (2024) de Ana María Hurtado:
Una crítica transcrita

Hoy me compete improvisar críticamente en torno a El Reino de Ana María Hurtado. Exponer sus sinuosidades, sus recovecos, sus nociones de cielo. Ella nació en Caracas, es médico psiquiatra y poeta. Publicó los poemarios​​ La fiesta de los náufragos​​ (Editorial Diosa Blanca, Caracas, 2015);​​ El beso del arcángel, en coautoría con el poeta colombiano Leonardo Torres (Oscar Todtmann Editores, Caracas, 2018);​​ El árbol que en ella muere​​ (Editorial Diosa Blanca, Caracas, 2023);​​ La única inocencia​​ (Editorial Diosa Blanca,​​ Caracas, 2023) y el presente libro, con la Editorial Salto Mortal, Guadalajara en 2024. Un libro que, entre otras cosas, nos recuerda la potencia creadora, más en la capacidad de lectura y crítica imaginativa de un texto rehecho que de una creación desde cero. Esto es importantísimo porque nos lleva al Borges y al Macedonio Fernández de Piglia en su ejercicio de lector/escritor, y nos enseña que el poeta no es solo poeta de sí mismo sino también de todas las voces que lo pueblan.
De esta manera, el libro avanza en la recreación del cosmos bíblico en una forma mucho más personal de poesía. Además, en el estilo, hay un manejo prodigioso de las imágenes y de cómo traer estos relatos, estas fábulas viejas a la contemporaneidad, cómo leerlas sincrónicamente.
Cuando abrí el libro por primera vez, me encontré con unas páginas negras.[1] Eso me llevó directamente al taller de Reynaldo Jiménez, poeta peruano-argentino, con quien hablé de Galaxias de Haroldo de Campos, y su vínculo con el deseo de Mallarmé por escribir con letra blanca sobre fondo negro, como si las palabras fueran constelaciones. Esto va haciendo un juego de elaboración en un corpus sólido, con una forma de hilar que nos lleva a la búsqueda de un orden cósmico. Este se divide en cinco partes.

Anunciaciones

En la primera parte, “viene El Reino a mi ventana”, “su camino es un arco” “escribe su nombre oblicuo / cada día una letra / un silencio”. A Ana, el Reino le llega en caminos arqueados, sinuosos. Es el propio silencio creador el que permite la hechura de estos artefactos textuales.
A lo largo de toda esta primera parte, existe una contención que llamo infinitiva-infinita, se relaciona tanto con el tiempo verbal impersonal casi no durativo, porque, temáticamente, el Dios de Ana María se está infinitando constantemente, es un Dios que no es ajeno a su creación, o que, incluso cuando se esconde, permite la creación del poema. Así nos dice el poema Prescindir: “refugiarnos bajo la nada / Entonces aparecería Él”. Esta forma de encontrar en el vacío de uno mismo (en el del hambre también) la unidad con el ser supremo es una clara referencia al misticismo.
Luego, aunque parezca contradictorio, habla de la cabeza de Dios como agonizante. ¿Nos sugiere que está implicado en el sufrimiento humano? Claudicar ante el Reino, prescindir. Baja del Reino de la altura. Cuando yo conversé con Rojas Guardia por primera vez, hablamos de la enfermedad y la diabetes. Él explicaba que muchas personas, al manifestar el sufrimiento humano como prueba de la inexistencia de Dios, no se daban cuenta de que realmente esta inexistencia se debía a un momento en que Dios podía hacerse ausente. Era su forma de explicar la enfermedad.
Más adelante, en Deus absconditus (Dios escondido, un texto mucho más esperanzador), nos dice que, en el Dios que descansa, hay algo por crear: “algo anida en el temblor de las hojas”, “la redención aletea en secreto”. De alguna manera, esto nos enseña que la alegría está implícita, elidida, nunca ausente. Y luego, la voz poética nos plantea que es en la infancia donde ocurren las preguntas imposibles: “¿está la palabra en el fondo del mar o el fondo del mar en la palabra”? Una pregunta muy difícil y compleja; si atendemos a la filosofía del lenguaje en Wittgenstein, diríamos que el fondo del mar estaría en la palabra, pero si atendemos a otras posturas, hablaríamos de la palabra en el fondo del mar. El problema está en tocar ese fondo, en si realmente está dentro de nuestro límite humano llegar a él, incluso con la palabra que se extiende, que se expande, y nos impreca acerca de quiénes somos, que nos devuelve un rostro más diluido en el agua.
Continúa: “con la infancia nace el juego interminable de las palabras y las cosas”. Esto me recuerda a Amor y Terror de las palabras del profesor Briceño Guerrero, libro donde él se desdobla en un tal Jonuel Brigue, juego de palabras con su nombre. Con esta síntesis nominal, con este fenómeno de pseudonimia, nos va narrando la relación que él ha tenido con el lenguaje. Nos habla incluso de esos momentos en que nada más los sonidos eran pronunciados por su boca, y en que los juegos de palabra configuraron también un abismo. La autora nos dice que “en esos primeros juegos estamos más cerca de un paraíso recién creado (…) o tal vez, nos hallamos más cerca del día de la tribulación”.
El siguiente poema va de lo pequeño, del niño, de la infancia a lo minúsculo. La voz está exiliada. Se alimentó “de raíces, pequeñas cápsulas silvestres”, comenzó a “reptar en el desierto”. Fue despertando poco a poco, “con miedo a tanta luz”. Nos recuerda a la luz cegadora de Reverón: ella es nombrada por el mundo, porque esos caminos la ayudaron a saber quién es, cuál es su grano de sal para este Reino. De alguna forma, la vida bacteriana, la vida minúscula porque no podemos captar con nuestros órganos oculares, que se esconde entre la vastedad del moho y los pequeños reinos. En esas mínimas fracciones de mundo, Ana María encuentra el Reino, y es una lección encontrarlo allí, porque es un ejercicio de atención y observación que no es específica del ojo ni del microscopio necesariamente (no es la visión analítica). Parece ser más bien la escucha (como buena poeta) y otros sentidos, los que la hacen entender que, en lo más pequeño, está todo el universo.
Anunciaciones, pues, nos viene a reescribir toda la primera parte del Nuevo Testamento, en que a María le fue anunciada la venida de Jesús. Pero, en el caso de Ana María, la forma del Reino es el territorio del poema.

Las señales

La segunda es una parte en que la reflexión en torno al metalenguaje y los mecanismos de escritura se dan de forma más explícita. Es muy interesante cómo empieza, porque es concibiendo a la vida como un solo día: “no tendré más día que este / -me dije- / el mismo de la infancia / aguardando en umbrales”. “Pisé una grama que aún no renace / a la espera de la próxima vara del lirio / en el jardín”. Esa vara del lirio es la misma espera del Reino. “El día se extiende / desde los latidos del corazón de mi madre / hasta la última galaxia que muere entre los desperdicios cósmicos”. Así el día se extiende hasta convertirse en la vida. El Ulysses de Joyce sucede todo durante un solo día. Luego, Ana nos dirá que el día se hace suyo y que “este día me abraza / mientras algo duele”.
La apertura del dolor, ya en esta parte del poemario, continúa con el poema Los cuarenta días que habla de los masáis, un pueblo en Kania meridional y Tanzania, donde se habla maa, una lengua nilótica. Son descritos como pastores sin tierra que lloran ante los vanos poderes. En este caso, se critica la avaricia, el poder, la ambición, versus la propuesta del día de la infancia de lo eterno, ese reino de Dios en que quizás vivía Reverón o en que el Ulises de Joyce transcurrió lejos, en Dublín. La voz, al final, quiere comer la palabra como pan. En el Taller Blanco, Montejo nos habla no con el hambre por la palabra, sino más bien con su propia artesanía. Hay algo interesante: en la sinergia de conceptos, en los tropos distintos entre una Biblia alzada y un Montejo niño lleno de harina, quien aprendió de la sabiduría de los oficios a darle forma a su escritura, hay la valoración por la humildad, que nuestra poeta traza a lo largo del libro.
La escritura en la arena ya es una clara referencia a esta manera de potenciar la literatura, de apropiarse, como diría Jesús Montoya, de otra literatura hasta tal punto en que es posible convertirla en la de uno. Primeramente, porque empieza con un epígrafe de Borges que dice: “De Cristo sabemos que escribió una sola vez algunas palabras / que la arena se encargó de borrar”. Y este es quizá uno de los poemas más narrativos del libro. Nos cuenta cómo Dios escribía palabras sobre la arena, y detonaba creaciones, figuras, formas. Llega a un punto de inflexión donde Él deja de escribir y comienza a hablarle con “unas palabras / que surgían con la misma potencia de aquellas figuras de la arena”. Parecía hablar en diversas lenguas, porque había palabras que no cabían en el oído de la voz. Con su manto, cubrió la desnudez. Al final, “la brisa de la tarde había desdibujado su escritura”, como si la fuerza de la escritura fuera tan efímera como la del habla, que también se va con el aire. Este es quizás uno de los momentos más hermosos del libro. Y nos cabe la pregunta de si realmente Ana María se sentía escribiendo sobre la arena al hacer este libro; si realmente, al reescribir el Nuevo Testamento, mucho más íntimamente, no se sentía como si el viento pudiera llevarse las palabras. Se supone que ya es un poemario, y que escribir sobre lo rayado o sobre borraduras o quizás hablar, sean procesos de creación que nutrieron este libro.
Continuemos un poco más allá, en La transfiguración, donde aparecen las tres T: Torii (puerta de los santuarios sintoístas en China), Tau (la última de las veintidós letras del alfabeto hebreo) y Tabor (monte donde ocurrió la matanza de los hermanos de Gedeón). Ella utiliza toda esta simbología bíblica para hablar de la tragedia de Hiroshima. Por eso, aparece el Torii.
En El prójimo, la voz se encontró a un miserable desconocido, y, de repente, con sorpresa se dio cuenta de que estaba el Padre ahí en él.

La Consumación

En esta parte, ocurre un cambio de voz. Aparece en masculino, y es una voz perdida que va tropezando piedras y descendiendo a los humanos. Probablemente sea Dios, quien se va hacia el abismo. En la caída, las alas van naciendo del cuerpo mientras el camino desciende. En Getsemaní, la última oración que realizó Jesús en un monte antes de empezar su pasión de tres días, la voz parece estar en tono de queja, sufriente; le dice al Padre que ni siquiera ha apartado los cálices de él. Aquí hay una imagen bella: “solo el hijo del hombre no tiene dónde reposar su cabeza”.
En Eli eli, Jesús está adelantándose al sufrimiento que va a vivir. Entre las imágenes bíblicas, aparece la de los periódicos también, recurso que más adelante será más intenso en el libro: la juntura entre imágenes bíblicas e imágenes contemporáneas, en las que puede estar María en el cine o Jesús pisando periódicos. Me pareció muy importante porque nos invita a la recreación de un texto que sabemos muy manido, muy clásico, con un territorio delimitado, pero, en este caso, se expande.
En El huerto, se desafía a la muerte. Se plantea que toda muerte es el origen de más vida, e incluso, siendo un poemario dentro de lo cristiano, se plantea el nacimiento de nuevos dioses con la muerte de los viejos. “¿Dónde está oh muerte tu aguijón?” Se desafía a la Parca, porque la voz sabe que del fruto podrido se nutre el nuevo árbol.
En Los tres días de obscuridad, hay un enaltecimiento de las mujeres. Se nos habla de cómo Jesús pasó tres días viendo negro, porque las mujeres lo vendaron, le taparon las torturas, los sufrimientos de todo, lo protegieron. Estos tres días de obscuridad, a pesar de que el título nos remite a algo que más bien podría hablarnos de la caída espiritual, cuando habla de obscuridad, habla de una oscuridad física que, paradójicamente, genera la luminosidad dentro. Es otra operación de un místico hacer esto, otra manera de hallar, en los opuestos, la presencia de Dios.

Los signos de los tiempos

En la cuarta parte, aparecen ya más imágenes de la contemporaneidad. Se habla de los caminos espirituales como cosas impronunciables. Y aquí cabe la pregunta: ¿impronunciables porque no caben en la boca; porque la mente no los puede abarcar; porque, con la experiencia mística, la afasia nos lleva a perdernos en lo incontrolable que puede ser la propia palabra; o porque son tantos los caminos? Simplemente me parece sugerente.
Luego aparece la figura de una virgen prudente, muy difícil de anticipar. La voz solo reconoce el insomnio al amanecer, cuando ya ha pasado, porque estuvo esperando que la presencia la colmara. La antigua costumbre de despertar sin haber dormido, de seguir a la espera del novio.
El manejo del erotismo, a lo largo de todo el poemario, es como si cubriera con un velo parte de lo que nos quiere enseñar o como si no fuera a propósito, sino más bien accidental, donde el mismo cuerpo no la deja terminar de decir, lo que evita que todo lo oculto sea nombrado, que todos los misteriosos caminos (formas de Dios), sean dichos totalmente. Entonces, el eros, que en la tradición mística, va íntimamente imbricado con el propio éxtasis, con la experiencia, aparece a lo largo de todo el poemario, nos permea de textiles, aromas, sabores, climas y visiones. Muchas veces, la operación poética de ir seleccionando qué cosas decir, qué cosas contar y qué no es erotismo. El mango aparece como una luz divina. Algo tan simple asombra a quien lo ve, lo hace vivir una experiencia suficientemente mística. “el Reino se parece a un inocente que se esconde de los soberanos de la tierra”.
Los réprobos presenta imágenes interesantes. “El pan de cada día / es alguna recién nacida desnudez / antes de la caída / escucho océano, corazón y oscuridad innombrable”. Este poema es interesante porque cuestiona al santo de Patmos, ya que “quien se arranca el brazo, el ojo o el corazón / para acceder al Reino /
sabe leer los signos de los tiempos…” Y este libro es eso: es la lectura o el intento por leer los signos de los tiempos, a través de la vida. Normalmente dentro de la tradición cristiana ortodoxa, se nos plantea que es el más exitoso el que tiene acceso al Reino; en el caso de Ana María, es más bien el marginado, el que se arranca el brazo, los ojos o el corazón para acceder a él, el que sacrifica. Esta es una lección de humildad.

El Reino

Opera una fórmula, en varios poemas, de búsquedas de similitudes. El Reino se parece a una semilla de mostaza buscando germinar en una tierra infértil; nos evoca a La Tierra Estéril de Eliott. Luego, compara El Reino con un tigre dorado esperando su extinción que no sabe de su propia belleza. Y aparecen poemas en prosa como Mateo 7:13, El Reino en la longitud de Planck y un poema sin título que le sigue. Esta prosa está muy bien cuidada. Nos habla de la angostura del reino de las palabras; por eso el poema (no el poeta) o los dos, “debe despojarse, hacerse filo de luz”. “El poema, como el pan, brota de la boca de Dios”. Esto se complementa con el poema de los lirios, donde se habla de que “el Reino es una grieta en el pavimento” y donde las imágenes adquieren un matiz onírico.
En Las acacias, persiste la búsqueda de la voz para encontrar similitudes. Pero ahora las imágenes son mucho más primaverales y claras. Ahora está “encandilado de pétalos”. Se habla de luz, hojas, criaturas marinas. “El Reino se parece a una flor de acacia que ha caído al suelo / para dejar su primavera en mitad de la calle”. Los higos son flores invertidas, travestidas, que anidan en las bocas y los sexos, en la tierra fangosa de los amantes que descubren el resplandor del Reino.
El Reino en la longitud de Planck aparece como otro poema en prosa. La longitud de Planck es la distancia o escala de longitud por debajo de la cual se espera que el espacio deje de tener una geometría clásica. Aquí la voz poetiza elementos extra poéticos al hablar de la “fluctuación del alma” en el “espacio espuma”. Nos propone que muchas experiencias nos sacan del espacio euclidiano y nos exponen al vértigo, a este espacio de chispa. Allí está el Reino. Usa la imagen de una danza sobre cuerda floja: funambular. La estructura de la espuma es caótica. A partir de aquí, se rompe la búsqueda por lo similar.
Sigue un poema sin título, en prosa, que nos muestra a un muro que ha ido cayendo y el musgo que crece en el Reino. Habla de seres minúsculos y (¿por qué no?) del ecosistema que vive allí. Afirma que el Reino “aguarda, en su actitud porosa, la vida de los pequeños / que de ellos es el musgo que lo cubre”. Y luego aparece otro poema sin título, con un verso armandiano y muy hermoso: “el Reino llegó, pero no todavía”.
Así, espero que esto haya sido una travesía a lo largo de todo el camino pedregoso y claro que nos plantea Ana María, de reelectura, que me hizo volver a tomar la Biblia, el Ulysses de Joyce, Amor y Terror de las palabras, y todos los libros que he mencionado aquí, todas estas imágenes, conceptos, evocaciones, simulaciones y manifestaciones místicas. Es en ese sentido, un libro que merece la pena leer, porque nos reubica un libro muy antiguo, pero muy importante, un libro lleno de poesía. Si alguien no ha leído los Salmos como poemas los invito a hacerlo. Si no han leído la travesía de Jacob, los profetas, el Nuevo Testamento, porque, de alguna forma, el volver, el recomenzar implica un camino nuevo. Pueden salir libros de allí muy bien hechos, donde uno siente latir las páginas en blanco en las galaxias del principio.

Juan Lebrun

[1] Vale decir que esto ocurrió porque lo leí en su formato digital cuando transcribí estas palabras. En físico, la portada del libro es morada con letras blancas.




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