La Ventana en el Desierto
Un hombre
en una región de Galilea
abre sus brazos,
la gente cerca de él
estira los suyos
y se arrastra,
anhelan tocar los rayos
de su atavío.
Jesús camina sobre diamantes blancos
y las estrellas entre sus cabellos
iluminan su rostro sutil.
Va a sentarse contra la ventana
abierta en el desierto,
ahora que el templo cerró sus puertas.
Abrió la boca y disparó flechas
calientes de amor,
impactos tibios de un dulce sermón.
La paz estaba allí
entre los huecos que forman
los cuerpos superpuestos.
Doce columnas de hierro
atadas entre sí por un hilo rojo
piden su cuota de gracia y perdón.
Los doce hombres lloran con los excluidos,
los estafadores y las prostitutas.
Y Jesús abre y cierra los ojos de todos
para que entiendan a su debido tiempo.

Ídolos con Pies de Barro
Los ídolos tenían que caer, qué se podía esperar de ellos.
Son seres egoístas, caprichosos, autoritarios, vanidosos.
Rechazan la competencia y explotan todas las prerrogativas
otorgadas por quienes los endiosan.
Qué nos podrían inculcar los dioses con pies de barro
(el sueño de Nabucodonosor revisitado).
Incautos nosotros por divinizarlos,
por obedecerles irracionalmente.
Pero si los dioses del Olimpo y del Parnaso han eclipsado
muchos siglos ha.
Y sin embargo les somos fieles hasta la estulticia.
Ellos se equivocan, proclaman absurdidades
pero, deslumbrados, continuamos adorándolos.
El ídolo político, el artístico, el deportivo, el intelectual,
el religioso, son seres imperfectos y vacuos,
como cualquier hijo de vecino.
Aun así subyugan a una sarta de fanáticos seguidores
aprovechando su vulnerabilidad, su desplazamiento
del sistema.
Tiempos de iconoclasia; nadie cree en nadie, se dice.
Con todo, sus disciplinados fieles; siguen leales.
Se culpa al posmodernismo, relativismo, fin de ideologías,
posverdad. Lo cierto es que los que nos fallaron fueron ellos.
Por qué deberíamos tener ídolos. Acaso no podemos conducirnos
motu proprio.
Si fuésemos maduros, sí.
Pero pareciera que hay muchos inmaduros que necesitan
un gurú que los guíe, vigile y, eventualmente, los castigue.
La idolatría es propia de pueblos primitivos,
por qué y para qué perpetuarla en la actualidad.
Ya no los salva ni su elocuencia propagandística
ni sus dádivas populistas.
Los héroes han defeccionado. Nos dejaron solos.
Si piensan volver que no cuenten conmigo.
Supuestos dioses cien por ciento humanos. Por lo tanto,
finitos, condicionados, incoherentes, frívolos, obscenos.
La historia más contemporánea ha sido el relato
de los incumplimientos de los divos mediáticos.
Aquellos que día tras día nos sermonean
desde los medios sociales; sus plataformas preferidas.
Los vemos desmoronarse ruidosamente cada temporada.
Que caigan los ídolos no es importante. Mucho peor
es la desolación y la desesperanza
de sus prosélitos más exaltados.
Perdieron su base de sustentación.
Han quedado huérfanos y desamparados.
Qué va a ser de ellos ahora. Su ingenuidad es increíble.
Aceptaron inocentemente
cada una de las falsas expectativas.
Lo que preocupa, repito, es la decepción sufrida por sus acólitos.
Es duro idolatrar a alguien que luego demuestra
sus limitaciones y sus miserias.
Que termina revelándose no como un semidiós
sino como un ser humano del montón.
Vaya para ellos, quienes se obnubilaron con los fulgores
temporales de los fetiches prosaicos;
mi más sincero y profundo pesar.

Soul Brother (Hermano del Alma)
No, Martin Luther King, tú no has muerto,
no has muerto;
tus palabras aún queman más que las balas.
Nadie, ninguno podrá, hermano Martin,
forzarnos a olvidar tu sueño visionario:
un mundo sin miedos, las gentes sin razas.
Nada, Martin, ningún músculo ni piel sensible
declinará tu emotiva obra de integración,
para una sociedad de ánimo simple.
Desde la cárcel escribiste la última epístola
sobre la Fe y el Valor en la marcha hacia la Paz,
cuando la espera se confunde con la impaciencia.
El sentir universal es el del miedo oculto
ante la ignominia del poder que se desborda.
Todos muestran una herida informe
que anula voluntades y destempla fervores.
Martin, tu utopía aún pervive inmortal,
tus fundamentos resuenan impecables;
cómo ignorar tu apelación al bien común.
No, la violencia no aniquilará a los pacíficos
ni el terror impedirá el amor al prójimo.

Réplica de la Torre de Babel
El humanismo promueve su fotocopia babélica.
Un zigurat simbólico construido por aficionados
facilitando la globalización, el énfasis ecuménico.
El objetivo es una fraternidad liberal.
Unidad en pro de consignas universales:
bienestar común, paz mundial, felicidad holista.
Un individualismo potente
incita disputas tóxicas por el poder.
Los egos bloquean todo acuerdo viable;
nadie confiere identidad al otro.
La inconexión suprime toda interrelación
en infra-comunicación de información útil.
Subproducto de un laberinto idiomático;
la disociación implosiona en fragmentación.
La estructura facsímil de Babel sucumbe
tras el aislamiento de los copartícipes.
Final de una estrategia colectivista
al capotar una sociedad caótica.
Hay ruinas inútiles en el espacio simbólico;
es el ocaso de un plagio anacrónico.

Guillermo Gitz (Buenos Aires, Argentina, 1949). Se expresa en poesía como aficionado desde hace lustros y tiene publicado el libro de poemas “Un Sol Moderno”. También ha recibido un primer premio de poesía en Argentina y un segundo premio en Ecuador, además de haber sido finalista en otros certámenes y tener publicados poemas en varías antologías colectivas o en revistas digitales en lengua castellana e inglesa, idioma del que ha traducido textos de Emily Dickinson o Bob Dylan, entre otros. Sus reflexiones y ensayos se pueden encontrar en el portal “Cosmovisión Bíblica”. Respecto a su anclaje bíblico, señala: “Como creyente, también escribo poemas que expresan mis sentimientos de testimonio, adoración, meditación, gratitud. Motivos que tomo de la Biblia; Palabra divina que ha inspirado y aún sigue estimulando a tantos escritores”.

[Imagen de cabecera: Cristo en el desierto (1872), de Iván Kramskói]
