Medardo A. Silva

Medardo Ángel Silva: “Dulce Jesús, comprendo” y otros poemas

 

Mucho se ha vuelto a recordar la poesía del ecuatoriano Medardo Ángel Silva (Guayaquil, 1899-1919), especialmente los últimos meses con motivo del centenario de su nacimiento. Cierto que se ha mencionado la musicalidad de su poesía, las estructuras métricas de sus composiciones (sonetos, romances o elegías), el merodeo constante de la muerte, etcétera.

Pero poco, muy poco se ha hecho hincapié en uno de los pilares básicos de su poesía: la religiosidad genuina (no ritualista) y el anclaje cristocéntrico de buena parte de sus textos, como son aquellos de invocación al Señor o, también, el uso de la historia y la figura de María en sus poemas agónico-amorosos.

Bastaría citar sólo cuatro versos del poema “La fuente triste” para constatar que es el propio autor quien reconoce a Dios como germen de su musicalidad: “Como Dios me ha dado don de melodía/ en música pongo mi melancolía:/ que el llanto mejor/ es ése que recuerda con dulce rumor”. En el caso de María, he aquí un símil que el de Guayaquil hace encajar en unas de sus confesiones amorosas del mismo poema: “Hora en que te conocí,/ hora de Anunciación,/ hora azul en que cantaba/ la alondra de la Ilusión;// hora de armiño y de seda/ sobre la que Dios bordó/ tu monograma y el mío/ en el telar del Amor”.

Para tratar de enmendar esta falta de empeño en difundir parte tan esencial de su creación poética (lo mismo ha venido sucediendo con César Vallejo), he querido hacer una mínima selección de este destacado poeta. En vida (murió a los 21 años) sólo publicó el poemario “El árbol del bien y del mal” (1917). Posteriormente, en 1926 y en París, Gonzalo Zaldumbide publicó sus “Poesías Escogidas”. Fue también autor de prosas poéticas y de una pequeña novela titulada “María Jesús”. Está considerado como el mayor representante del modernismo en la poesía de su país.

Así me sumo a la celebración de su primer centenario que está organizando la Carrera de Pedagogía de Lengua y Literatura de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central del Ecuador, celebración enmarcada dentro del VIII Congreso Internacional de Docentes de Lengua y Literatura, que se realizará de forma virtual del 24 al 28 de agosto. El profesor Pablo Romo es el director de la Carrera de Pedagogía de Lengua y Literatura, mientras que el poeta y profesor Iván Oñate, director de la revista Anales, está coordinando el encuentro Maestros de la Poesía Hispanoamericana.

Aquí les dejo una muestra esencial de su poesía con anclaje cristiano, casi siempre humanizando lo divino para estar hermanado al sufrimiento del Amado galileo, el Poeta Mayor del Reino. Grato es para mí ofrecerla desde el excelente portal de Tiberíades.

 

Alfredo Pérez Alencart

A orillas del Tormes, 17 de agosto de 2020

 

Cristo en la cruz, de Miguel Elías

Dulce Jesús, comprendo

Dulce Jesús, comprendo: toda sabiduría
que de ti nos aleja causa nuestra amargura,
y nuestras alas débiles sobre la tierra oscura,
se agitan vanamente hacia el eterno día…

¡Nuestra mentira, nuestra verdad: cuánta ironía,
ante el amor que pasa y el dolor que perdura,
hasta venir la Reina cuya región sombría
empieza donde acaba todo lo que no dura!…

Yo también como tú, por piedades divinas,
tengo mi cruz y tengo mi corona de espinas,
una sed infinita que mitigar no puedo.

Y como tú, sollozo, Jesús crucificado:
Padre mío: ¿por qué me habéis abandonado?
Sufro tanto…, estoy solo, Señor…, y tengo miedo

3 Icthus y Biblia del oso, grabado de Miguel Elías

El alba de Jesús

Señor, en mí me busco y no me encuentro…
¿Dónde la claridad del nuevo día
cuya luz inmortal fulgura dentro
del corazón sin pena ni alegría?

Tú eres la paz, y yo soy la contienda;
tú eres la luz, la noche va conmigo…
Mis ojos, ciegos por la negra venda,
no distinguen amigo ni enemigo…

¡Pero una voz en mi interior te nombra
y dulcemente hacia tu fin me lleva,
porque tú estás en mí como en la sombra
la luz celeste de la aurora nueva!

Cristo, de Miguel Elías

De Profundis Clamavi

Señor, ved nuestras almas, en sus duros encierros
donde no hacen la luz vagas filosofías,
vírgenes arrojadas desnudas a los perros
cuando apenas se encienden las rosas de sus días.

En vano no hemos buscado, por diversos caminos,
la ruta azul que lleva a la ideal Bizancio…
Y hoy vamos hacia el puerto de tus brazos divinos,
pobres de voluntad y exangües de cansancio…

A idolatrías locas nuestro amor ofrendamos,
cuando Placer y Vida creímos infinitos…
Y hoy, a tus pies, aquellos despojos arrojamos,
atados con la cinta de los sueños marchitos.

Nacimiento de Jesús, de Miguel Elías

Oración de Nochebuena

Infante-Dios: el pálido bardo meditabundo
canta el advenimiento del divino tesoro,
y, ante quien da su vida al corazón del mundo,
ofrenda su plegaria -su mirra, incienso y oro-.

No por el que celebra la gloria de tu pascua
entre rubios hervores de cálido champaña,
ni por el alma frívola, ni por la boca de ascua
en que el sofisma teje sutil hebra de araña…

Por los huérfanos niños, los de padres ignotos,
que esperan el presente real en la ventana,
y sólo nieve encuentran en sus zapatos rotos,
a la rosada luz de la nueva mañana;

por esas pobres vírgenes que consume la anemia,
víctimas inocentes de paternales vicios;
y por los melenudos hijos de la Bohemia
en quienes ha ejercido Saturno maleficios;

por la novia que espera y espera eternamente,
la cimera de Orlando, el plumón de Amadís
o la voz de Romeo, hasta que un día siente
que un fúnebre enlutado la lleva dulcemente,
en su barquilla de ébano, a un remoto país;

Por los meditabundos hijos de la Sophia,
los hermanos de Fausto, que huyendo del contacto
mundanal, se lanzaron a la tiniebla fría
del Ser y del No-Ser, y sin luz y sin guía
perdiéronse en la noche suprema de lo Abstracto;

y por los vagabundos y por los atorrantes
que jamás conocieron la familiar dulzura,
por esos ignorados y tristes comediantes
de la tragicomedia de la Malaventura.

Por el que en dolorosas horas de su vigilia
toma por salvación el puñal o el veneno
y por el trotamundos sin pan y sin familia,
que inmoló a los sentidos cuanto en él era bueno;

por esos cuyos nombres son de marca de ludibrio
-almas patibularias, lívidos criminales-,
por esos cuya marcha de atroz desequilibrio
acompañan los siete Pecados Capitales;

y por el Metafísico incansable que sufre
de un obsesor problema el torcedor eterno,
que es peor que llevar la esclavina de azufre
que Satanás ofrece al malo en el Infierno;

Señor, y, sobre todo, por el triste Poeta,
en cuyo pecho vibra la perenne armonía,
por ese mago, dueño de la virtud secreta
de hacer de sus dolores luz, sueño y melodía;

por ellos mi oración llena de mansedumbre,
por ellos mirra, incienso y oro mis cantos den…
Vuelve tus ojos puros a aquella muchedumbre
y ábreles el tesoro de tus gracias. ¡Amén!

Cristo, de Miguel Elías

 

Él

Él empieza donde acaban
Espacio y Tiempo: su faz
ve lo que es y lo que ha sido
y lo que siempre será.

La luz que hace su palabra
ningún viento apagará.
La mar le llama su brida
y su rienda el huracán.

Él solo, fuera del círculo
de todo vivir, está,
siendo final y comienzo,
razón y letra inicial.

Sus manos hilan los tiempos,
y su profunda verdad
—invisible al ojo humano—
siempre tiene un más allá.

Cuando atravieses los nueve
círculos de lo mortal,
hasta su presencia, todo
en ti será eternidad.

Parte de la exposición dedicada a Dante, de Miguel Elías, en el Casino de Salamanca

Fragmento inédito de La divina comedia

Vimos los laberínticos senderos interiores
ideas como larvas y monstruos roedores—:
toda la fauna y flora que nutren el Espanto
y la Locura…

El aire sabía a sangre y llanto.
Y llegamos al círculo postrer de condenados,
y yo dije:

Maestro: ¿y esos puños crispados?
¡Y esos ojos de vértigo cuya mirada brilla
como la del felino que guarda su caverna?
¿Y aquella faz exangüe de fiebre y pesadilla?…

Y Él: Es un buscador de la Verdad Eterna.

Icthus IX, de Miguel Elías

Inter Umbra

¡Cómo estás en tu negro calabozo de arcilla,
en vigilia perenne sepulta, oh, alma mía!,
¡en el fango del mundo hincada la rodilla,
tú que eres toda luz y gracia y harmonía!

¡Gota azul de la sangre divina de los astros,
que el Destino vertió en un ánfora pobre!
¡Arquitectura eximia de oros y alabastros
hundida para siempre en el mar salobre…!

En el confín rosado ya se anuncia la hora…
Gabriel mueve sus alas en el campo celeste…
¡Vuelve desde tu noche a la límpida aurora
y que sepan los astros el color de tu veste!

Mural dedicado a Medardo, en Guayaquil

 

 




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