Alberto Zamora Lisboa

Alberto Zamora Lisboa: ‘Génesis 6’ y otros poemas inéditos

Tiberíades agradece al escritor Samuel Escobar, miembro de nuestro Consejo Asesor Iberoamericano, el envío de estos poemas del pastor peruano Alberto Zamora Lisboa, quien los estima unos “trabajitos o ensayos de poemas”, los cuales recibiera de Roberto Lint, líder la Iglesia del Nazareno, la misma de Zamora, quien se ha dedicado toda su vida a servir al Señor y a su iglesia en las regiones de Costa, Sierra y Selva del Perú, junto a su amada esposa Luisa Guerrero, quien ya está en el cielo. Alberto Zamora Lisboa es un incansable promotor y amante de las Sagradas Escrituras. Se jubiló en 1998, después de 50 años de ministerio.

Biblia, de Miguel Elías

GENESIS 6 Y NUESTROS DIAS

Cuando leo la Biblia, Señor,
en Génesis seis, verso tres,
me parece observarte
evaluando a los hombres
de los antiguos tiempos
en su ser y su hacer.
Y al ver cuánta lascivia
y otros nefandos males
corrompían sus almas,
parece que te veo
cargado de tristeza,
sufriendo un gran pesar,
y creo oír tu voz,
divina y soberana,
anunciando la vida
del hombre acortar.

Y siento que mi pecho,
triste y desconsolado,
se agita de dolor.
¿Cómo de Dios el hombre
pudo haberse olvidado?
¿Cómo no ama ni teme
a su Dios y Señor?

También el verso cuatro
del capítulo dado
dice que en los arcaicos
días de los patriarcas,
de longevos patriarcas,
entre Adán el primero
y el décimo, Noé,
seres descomunales,
seres de gran tamaño,
habitaban la tierra,
y que también “los hijos
de Dios” –dice tal verso-
a “hijas de los hombres
les engendraron hijos”.
Entonces me pregunto
¿De dónde y quiénes fueron?

Luego, al seguir leyendo,
hallo en el verso cinco
que “la maldad del hombre
era mucha en la Tierra”
y el verso seis agrega
que tu dolor fue grande
por haber hecho al hombre,
y decidiste entonces
borrarlo para siempre,
según el verso siete.

Veo en el mismo verso
que su malvada vida
afectó al planeta,
y a las bestias del campo
y hasta a los reptiles,
pasivos en el drama
de la tragedia humana
debiste exterminar.

No cuestiono, Señor,
tus soberanos juicios,
pienso en lo que para mí
es un dilema:
Que amoroso en el huerto
al hombre ofrecieras
Simiente Victoriosa
y que en pecado muerto
buscara, quién sabe
qué otra cosa.
Fatal destino escogió esta criatura
hundirse en triste y negra desventura.

Pienso en tu corazón
puesto en estrecho:
Amar al hombre
y ver en él tanta sevicia
pienso en el dolor profundo
de tu divino pecho,
fuente de amor para tus criaturas
templo de santidad y de justicia.

Nunca quisiste Tú
que el impío perezca
y provisión hiciste
para acercarlo a Ti,
mas viste con tristeza
cómo aquí en la tierra
la maldad de los hombres
crecía cual maleza;
ya era incontenible,
pues todos sus designios,
todo trazo en su mente,
todo arreglo, negocio, todo plan
marcado estaba por el profundo mal
que había infestado su pobre corazón.

Al Dios que los creó no lo amaban,
a su voz respondían con regaño,
no se le sujetaban,
por eso no pudieron
ni entre sí amarse:
Falsía y contiendas
asesinato y fraude,
despojo y engaño
era común moneda
con la que se pagaban.

Diríase reinaban
los seres del abismo
sembrando por doquiera
sensualidad y vicio,
sexo contra natura
incesto de oficio
y homosexualismo.
Tan solamente el mal,
el mal sólo imperaba.
Aunque al eterno Dios le conocieron
de sus caminos sacarlo decidieron.

Lo mismo hacemos hoy
lector amado,
del Dios que nos creó
y nos sustenta
nos hemos olvidado.
De nuestras vidas,
también lo hemos sacado.
Igual que antaño
y todas las edades,
también ahora
se vive con engaño
y del engaño.

Por eso en entidades culturales,
de la salud, educación o economía,
en todo hacer y en toda ciencia
hay casos dolorosos e inmorales,
pues son administrados
en su gran mayoría,
por hombres y mujeres sin conciencia.

Se contamina todo lo que tocamos:
Tribunales, palacio de gobierno,
Congreso Nacional,
Fuerzas Armadas y la policía.
Hacemos del hogar el mismo infierno.
Todo, todo lo dañamos
hacer lo malo es pan de cada día:
Dañamos tú y yo lo que tocamos,
vivimos esta vida con falsía
pero ante todos nos justificamos.

¿Piensas amigo
que del dos mil dieciséis
las elecciones han de llevarnos
a un puerto seguro
o a playas de bonanza?
Ojalá no nos hundan aún más
en turbulentas aguas
de la desesperanza.
Tu candidato te hace gran promesa
y con tu voto “la chapa” este año
y ávido y voraz echa mano a su presa
y de ti se olvida y te deja,
pobre oveja, sin pastor y sin rebaño,
víctima nuevamente del engaño.

Si a Dios el hombre
el corazón le abriera,
dejándole romper
del pecado la atadura
y que Cristo de él hiciera
en verdad una nueva criatura
entonces sí
vendrían tiempos de bonanza,
entonces sí habría esperanza.

Ocaso en Cajamarca

 

OCASO

Tarde de luz tenue, funeral de un día,
luz de oro del sol que agonizando está;
la noche ya viene vestida de luto,
lloran las estrellas…
gime el vendaval.

Entre la espesura de la selva virgen
se esconden los rayos del sol que agoniza,
y entre los helechos y la yerba muerta
al día que acaba, los escarabajos,
la alegre cigarra y la inquieta rana,
y miles de seres de la baja especie,
mezclando sus “voces” en indefinible
canto que unas veces parece una queja
y otras llanto amargo o un miserere,
temblando de frío contemplan penosos
al día que muere.

Un gélido viento recorre los campos
y los espinazos de los altos montes
y los montes bajos
azota inclemente.
Corren los rebaños de blancas ovejas
buscando el aprisco que les da calor,
y arriba en las copas de frondosos árboles,
después que han surcado la comba del cielo,
las aves canoras y las de rapiña,
las de lentas alas, las de raudo vuelo,
cuerpo contra cuerpo, cabeza entre el ala,
dispónense al sueño
gozando el abrigo de las suaves hojas
de frondosos árboles…

Y en la hamaca pétrea del cerro que vela
de la humilde aldea su tranquilo sueño,
guardián de granito, gentil centinela,
se yergue la triste y tosca silueta
de una pobre choza de barro y pajas
de un indio peruano que carga en su alma
el fardo de angustias de su oscura vida:
Olvido, ignorancia, mil postergaciones,
ultraje, atropello…
y al lánguido trozo de suelo que ocupa
como advenedizo en su propia tierra
crueles exacciones.

El día se acaba… y el indio del ande
sentado en un poyo de su oscura choza,
al suelo sus hijos, su mujer al suelo,
rodeando la lumbre del fogón de piedras,
hambrientos degluten paupérrima sopa
que la campesina, mujer de aquel indio,
les sirve en los mates que el uso ha gastado…
Lo mismo comieron hoy en la mañana
y ayer… cada día y cada semana.
Es sopa de angustias, es sopa que sabe
a olvido, atropello y postergaciones.

Y allá en las ciudades y sus periferias,
ya sea entre alfombras y blancas cortinas
de limpios despachos y mil oficinas
o entre los aceites de las factorías,
el nervio, que tenso pugnara en el día,
o la gris materia del hombre que piensa,
vanse relajando tras ardua faena
que en bajo porciento mitiga la pena
y en bajo porciento satisface el hambre
de miles de hogares.

Son hombres, mujeres, jóvenes y viejos
que en digna obediencia al Dios de los cielos,
y olvidando estoicos su dolor y pena,
procuran el pan de sus amados seres
ganar con el noble sudor de sus frentes,
y dejan sus fuerzas y exprimen sus mentes
entre la herramienta y sobre el escritorio.

Son hombres, mujeres, jóvenes y viejos
que al morir la tarde cuelgan sus mandiles,
silencian la máquina, guardan la herramienta.
Son seres que observan que al paso del tiempo
sus músculos que eran cual fibras de roble
se van convirtiendo en flácidas carnes,
preludio de muerte…
Son los muchos, son los más
que en vil holocausto los menos consumen.
Son vidas que mueren a raciones diarias
para que los menos vivan de su muerte.
¡Hombre de la calle, común y corriente,
morir es tu vida, vivir es tu muerte!
¡Hombre de la calle, común y corriente:
Dirígete a casa…!
apura tus pasos…!
pues en duro lecho tu hijo, tu madre,
tu anémica esposa o quizás tu hermano,
los ojos vidriosos, huesudas las manos,
fatiga en el pecho, dolor en la espalda
y tos cavernosa
siente que la muerte a buscarle viene…
Completa la noche tienes por delante
para que te aflijas por tu negra suerte,
por la miserable y triste existencia
de todos los tuyos…

Apura tus pasos… ya muere la tarde
y a sus funerales la noche ya viene
vestida de luto.
¿No escuchas acaso la voz plañidera
del viento que gime?
¿No escuchas las voces de miles de seres
de la baja especie entonar solemnes
su gran miserere?

¡Oh! Perdóname, hermano, que no comprendiera
que dentro de tu alma un viento más fuerte,
el de la miseria
y el de la tragedia en que te debates,
azota con furia.
Por eso no escuchas el llanto del cierzo…
por eso no escuchas aquel miserere
por causa del día que se va acabando,
por el sol que muere…

Ocaso en Natura, pues el sol se muere,
ocaso en el músculo, ocaso en la mente;
ocaso en el alma de la pobre gente
que allá entre los andes,
en rústicas chozas,
o en la periferia de la gran ciudad,
cada día muere.

Son los muchos, son los más
que en vil holocausto los menos consumen.
Son vidas que mueren a raciones diarias
para que los menos vivan en su muerte…
Ocaso en Natura… Ocaso en la gente.


PARABOLA DEL “CASTILLO”

En las fiestas patronales de los pueblos,
actos cívicos o algunas efemérides,
la pirotecnia se ha hecho indispensable,
hay belleza y colores en sus fuegos
aunque estos sean sólo “artificiales”.

De carrizo se levanta un “castillo”
conformado por tres, cuatro o más “cuerpos”
y de su parte más alta, una “corona”,
la “palomita”,
envuelta en luces y girando sube al cielo.

Desde niño he mirado este espectáculo
preguntándome si hay en él una lección,
hecho hombre veo en él una parábola
de la iglesia de nuestro Salvador.

En el castillo el fuego empieza débilmente
y al momento sus luces parecen apagarse,
y cuando así parece ha sucedido
una chispa se aviva lentamente.

Enciende e ilumina el primer cuerpo
y su fuego alcanza al segundo,
éste repite la escena del primero
pero su luz y resplandor son más intensos…

Así sucede con sus restantes partes
pero alcanzan más área y el resplandor va en aumento,
y hasta exhiben fuertes luces en hilera
que retumban iluminado el firmamento.

Y cuando parece que se apaga el castillo
de su paste más alta una corona,
la “palomita”,
envuelta en luces y girando sube al cielo.

Así es la iglesia de mi Jesús bendito,
comenzó con siete humildes pescadores,
un cobrador de impuestos y cuatro ignotos más,
primera chispa de futuros resplandores.

Chispa que en Pentecostés se volvió fuego,
que se fue expandiendo por Judea
sembrando en hombres y mujeres luego
del reino del Señor la gran idea.

De Judea el sacerdocio por demás intolerante
apagar quiso la fe, que como llama
ardía ya en muchos corazones,
desatando una y más persecuciones.

Encarceló apóstoles y a Esteban dio muerte,
y Jacobo, de Zebedeo hijo, corrió la misma suerte;
se dispersó la iglesia, por Saulo perseguida,
se apagaba su luz que recién fue encendida.

Pero los perseguidos, con toda valentía
iban por todas partes proclamando a Cristo
y de Samaria el fuego llegó a Etiopía
y encendió un nuevo “cuerpo” que de lejos fue visto.

En tanto otra chispa prendió fuego en Damasco
y el perseguidor Saulo trató de apagarlo,
mas el Sol de Justicia encegueció al verdugo,
y éste, transformado, se dedicó a avivarlo.

Muy pronto en Antioquía se encendió otro fuego
que abrazó a Turquía y pasó a Europa
cuando un macedonio a Pablo le hizo un ruego:
“derrama sobre nos la bendición del cielo
que contiene tu copa”.

Pasó luego a Filipos y a toda Macedonia,
En Acaya
evangelizó Corinto y Atenas también
estableciendo iglesias y llegó hasta Roma
proclamando a Cristo, el que nació en Belén.

La chispa que otrora en Salén se encendiera
ardía ya en Roma, corazón del imperio,
haciendo que Nerón pronto edicto diera
llenando a los cristianos de todo improperio.

Quería exterminarlos, acabar con la iglesia;
su malhadado sino le dio esa inspiración
y de su alma malvada, torpe y necia
surgió la primera imperial persecución.

Mas ni esta regia furia apagó el “castillo”
que Cristo encendiera allá en Jerusalén,
como a oro esta furia lo pulió y dio brillo,
¡Gloria a Dios! Lo alabamos ¡Aleluya, amén!

Las diez persecuciones del imperio romano
de diez emperadores: Nerón a Diocleciano,
que buscaban la fe en Jesús destruir,
las usó el Dios del cielo
para que Su iglesia pudiera producir.

Así, grandes lumbreras fueron apareciendo:
los Padres de la iglesia, que la enriquecieron,
que por su fe en Cristo murieron padeciendo
martirio y con ello a Dios gloria le dieron.

Por todo el imperio la iglesia prendió el fuego
del testimonio y de la fe en Cristo,
iluminando a un mundo que nunca había visto
cómo de un pecador Dios hace un hombre nuevo.

Por fin con Constantino, en la cuarta centuria,
pasaron los “diez días de la tribulación”
que San Juan registrara en su Revelación.
Amainó la tormenta, atenuó la penuria.

Pero el diablo no duerme y siguió en su negocio:
hizo del Cristianismo religión del Estado
por imperial edicto que promulgó Teodosio
dejándolo sin fuerza y casi mutilado.

Al paso de los años se fue mimetizando,
alteró su doctrina, cambió su estructura,
pues del romano imperio su forma iba tomando,
perdía ortodoxia
pues iba abandonando la Santa Escritura.

La iglesia que era varios cuerpos locales
de personas salvadas, independientes todos,
íbanse amalgamando en un cuerpo esparcido
por todo el territorio del imperio romano.

Era considerada fundación salvadora
a la que Dios confiaba todo medio de gracia;
dejó a un lado a Cristo y Su obra redentora,
iba camino a ser clerical autocracia.

Esta era otra estrategia del archienemigo
de Dios, que no pudiendo con las persecuciones
el fuego de su iglesia finalmente apagar,
aprovechó, taimado, el tiempo de bonanza
que la llenó de halagos, le despertó ambiciones
y de reyes y reinos ya sintiendo su abrigo
su misión evangélica comenzó a aflojar.

Instauró un sacerdocio por Dios no autorizado,
pues para que tengamos directo acceso al cielo
cuando Su amado Hijo en la cruz expiraba
al sacerdotal oficio lo dio por terminado
en señal de lo cual rasgó del templo el velo.

Se iba apagando la santidad de vida
que fue clara divisa en la era apostólica,
como dice Mc. Glothlin en su cristiana historia:
“Estos cambios (señores) estaban fabricando
la iglesia Católica”.

Caía por entonces un denso oscurantismo:
la tenebrosa noche de la larga Edad Media.
En el sétimo siglo surgió el Islamismo
que en su funesta historia al Cristianismo asedia.

Para entonces regía en la iglesia el papado
que con León Primero en la quinta centuria
y Gregorio Primero en el siguiente siglo,
pretendía por Dios haber sido fundado.

Y en el octavo siglo Zacarías y Esteban,
papas que coronaron como rey de los francos
a Pepino, de Carlomagno padre,
lograron que el monarca al papa entregara
la Italia central, la que fue conocida
como Estados papales o Estado Pontificio.

Mas como no hay estado que carezca de jefe,
el papa, que hasta entones fue jefe religioso,
fue hecho gobernante político y civil
por obra y por gracia de reyes carlovingios.

El fuego que otrora ardía en la iglesia
se seguía apagando
pues la serpiente antigua que se mostró en el Génesis
y que San Juan menciona en Apocalipsis doce,
el dragón escarlata que a la iglesia aborrece,
lanzó una bocanada de agua que, cual río,
trataba de apagar hasta la última chispa.

Pero no lo logró, como el vate dijera:
“el fuego está bajo la lava fría”,
esperando que el viento divino lo avivara
y encendiera más chispas cada día.

En efecto,
bajo la lava fría que era la iglesia,
había brazas de fe, celo, amor y pureza:
fieles cristianos que sufrieron torturas
por querer que la iglesia vuelva a las Escrituras.

A poco de nacer la noche de tinieblas
que fue la Edad Media en la que se incubó
la iglesia papal,
desde su propio seno fueron apareciendo
hombres de fe evangélica que amaban al Señor.

Entre los movimientos:
en el séptimo siglo Paulicianos primero,
en la antigua Armenia cerca del Ararat
donde encallara el arca del patriarca Noé.

En tierras europeas, por el octavo siglo,
laicos de la iglesia, humildes muchos,
pocos de mejor cuna y de mejor fortuna,
y por los siglos once y doce
especialmente en Francia, España e Italia
Albigenses, Petrobrusianos y Valdenses.

En cuanto a individuos, de piedad todos ellos,
Claudio, de Turín obispo, en el siglo noveno,
Arnoldo de Brescia, el teólogo, en el duodécimo
y otros, que de la lava fría aquí y allá emergieron.
Urgían a la iglesia detuviera a tiempo
su desviada marcha, parara en el camino,
y a las sendas antiguas de Cristo y sus apóstoles
prontamente entrara y caminara en ellas.

Rechazaban el culto a “santos” e imágenes,
a la Virgen María, oración por los muertos,
la confesión al hombre, que exista el purgatorio
y toda enseñanza anti-escritural,
también que se haya impuesto jerarquía eclesial.

Fueron brasas que ardían avivando el fuego,
tratando que la iglesia vuelva a resplandecer.

Mas como esta lucha no es “contra sangre y carne”,
sí contra principados, sí contra potestades
y espirituales huestes, ejércitos del mal,
gobernadores todos de este mundo en tinieblas,
bajo órdenes directas de su rey Satanás,
pusieron en la mente de los grandes jerarcas
de la iglesia imperial
la más infame idea que registra la historia:
el tribunal nefasto de la Inquisición.

Así en el siglo trece Inocencio Tercero
y Gregorio Noveno,
estando en lo más alto de su insano poder,
la introdujeron presto al seno de la iglesia
envuelta en el ropaje de “SANTA INQUISICIÓN”

En la mitad primera del mencionado siglo
aplicó la tortura y cárcel de por vida,
y llevó a la hoguera a cientos de Albigenses
y de Petrobrusianos y Valdenses también.

Esta corte eclesiástica que con fino eufemismo
la bautizó el papado como el “SANTO OFICIO”,
le declaraba al mundo que la romana iglesia
queriendo proteger de su poder el muro,
buscó en la insidia, crueldad e intolerancia,
que arrastró a muchas vidas a injusto sacrificio,
apagando las lumbreras del cristianismo puro.
Cumplía así su “santo oficio”: “función sagrada”
o “santo ministerio”,
pues el vocablo oficio significa todo eso:
función, encargo o ministerio.
Más ¿era realmente un santo ministerio?

Pero a su fin llegaba la tenebrosa noche
que fue la Edad Media para la humanidad,
pues en el siglo quince nueva luz se anunciaba
que ahuyentando las sombras le trajo libertad.

Libertad del papado, libertad del estado,
que privaban al pueblo de su independencia
y le quitaban toda su significación
ejerciendo dominio sobre el individuo,
privándole pensar y ejercer acción.

Como luz de la aurora en el anterior siglo
apareció Juan Wycliff, sacerdote católico,
que tradujo la Biblia a la lengua del pueblo
y en toda Inglaterra, país donde naciera,
la hizo circular,
como también en Francia, España y Alemania,
en los cuales fue cátedra de universidad.

Y aunque hostil a la Biblia se mostró el papado
y quiso destruirla y hasta llegó a quemarla
y también quemó vivos a Juan Huss, de Bohemia,
y de Florencia, Italia, a Fray Savonarola,
sólo avivó el fuego de la fe pura y santa
de la iglesia de Cristo de los primeros siglos
y otra vez el “castillo” alumbraba al mundo
con la luz sempiterna de la Santa Escritura,
la Palabra de Dios.

Sumándose a tal luz la nueva educación
y el espíritu crítico que hiciera que la gente
usara su razón, libertara su mente
que estaba encadenada a la superstición.

Era de toda Europa el despertar,
de toda la humanidad el gran momento,
de las ciencias, las artes y las letras
un nuevo comenzar,
era de la humanidad el Renacimiento.

En esa nueva atmósfera de claro despertar
el siglo dieciséis comenzaba recién,
produciendo lumbreras que iban a iluminar iglesia y sociedad,
tanto a la nobleza como al pueblo también.

Lutero en Alemania, en Suiza Ulrico Zuinglia,
Calvino en Francia, Países Bajos y Escocia,
Ginebra, Suiza y aún en Inglaterra,
y otros con los cuales conmovieron Europa.

Fueron reformadores, sacudieron la iglesia,
con ellos la Reforma había comenzado,
Reforma que el mundo más y más hoy aprecia
pues se basa en verdades que Dios ha revelado.

Como ya hemos visto, durante el medioevo
el papado produjo dogmas al por mayor:
(o dogmas “como cancha” como se escucha hoy)
Misas, el trescientos cuatro,
hiperdulía o culto a la Virgen María
el cuatrocientos treintiuno,
supremacía de los papas
el seiscientos seis,
adoración a las imágenes
seiscientos ochentaitrés,
agua bendita el ochocientos cincuenta,
canonización de los santos
novecientos noventitrés,
celibato de los sacerdotes
en mil setenticuatro,
infalibilidad de la iglesia
mil setentiséis,
los siete sacramentos
en mil ciento cuarenta,
indulgencias en mil ciento noventa
la transubstanciación
en mil doscientos quince y
decreto del purgatorio
mil cuatrocientos treinta.
Más dogmas produjo la iglesia después,
de la edad media, solamente, son estos.

Sorprende, sin embargo, que ni Pedro ni Pablo,
ni Santiago, ni Juan,ni ningún otro apóstol
enseñara estos dogmas,
que los santos patriarcas
y los fieles profetas jamás lo mencionaran
y que el Señor Jesús en sus tantos sermones
nunca hablara de ellos.

Ninguno de estos dogmas, apreciados lectores,
se encuentran en la Biblia, la Palabra de Dios,
fueron chorros de agua que apagaban el fuego
del Espíritu Santo en la Iglesia de Dios.

Con los reformadores tal fuego se avivó
y la historia ha probado que no se apagará
pues como San Pablo apóstol declaró:
“Nada podemos contra la verdad”.

Estos hombres de Dios ante tanta mistura
propusieron principios con voz serena y recia:
Sólo CRISTO,
Sólo LA GRACIA,
Sólo LA FE y
Sólo LA ESCRITURA.
Estos perdurarán hasta que Cristo vuelva
a llevar a Su iglesia.

Como dijo Latímer, el obispo anglicano
de la rubia Albión,
allá por la mitad del siglo dieciséis,
al ser quemado vivo por su fe en el Señor,
a Ridley, otro obispo, en esa fe su hermano
y que igual en la hoguera lo hicieron quemar
por orden de María, la reina sanguinaria:
“Por la gracia de Dios hoy encendemos
un fuego que ya nunca se ha de apagar”.

Proféticas palabras de pronto cumplimiento
Las de este santo mártir que se dio en oblación:
surgió el Puritanismo casi en ese momento
y el Congregacionalismo, y pocos años después
les siguió el Pietismo y a éste el Metodismo,
poco antes de Latímer también los Menonitas
que eran conocidos como Anabaptistas
y que dieron origen, según dice la historia
allá en Inglaterra, a iglesias bautistas.

Casi por toda Europa otros grupos surgieron
“cascadas luminosas” luz que viene del cielo
fue de Cristo “el castillo” que con su fe encendieron,
fe por la que su vida con amor ofrecieron
dando ejemplo de entrega, de valor y gran celo.

A todo ello surgieron grandes avivamientos
que pronto encendieron el celo misionero
que a Hechos 1:8 le dieron cumplimiento
llevando a los paganos la luz del evangelio,
trabajo que hicieron con denuedo y esmero.

A poco de iniciarse la reforma,
hasta que el siglo dieciocho promediara,
comunidades cristianas se formaron
encada continente y muchas islas.

Fue llevado el evangelio a la China,
al Japón y las Islas Filipinas
fue sembrado en Siberia y Eurasia,
las Indias Orientales y el Sudeste de Asia,
y a América, a bordo del Mayflower,
en mil seiscientos veinte.

Unos años después grandes avivamientos
envolvieron al mundo con luz de la verdad
que trajeron a cientos y aun a millares
el arrepentimiento,
produciendo en ellos vida de santidad.

Fueron avivamientos que no se habían visto,
que sacaron al mundo de oscurantismo atroz,
se avivaba así el fuego en la iglesia de Cristo,
resplandecía así el “castillo” de Dios.

Y no lejos de ahora, el siglo diecinueve
vio cómo se iniciaban las misiones modernas
con Guillermo Carey,
que alrededor del mundo llevan el evangelio
de verdades eternas, que dan gloria a Cristo
y hacen crecer su grey.

Ni el escepticismo, que nació en Inglaterra
el siglo diecisiete,
ni la alta crítica, menos el comunismo
ni el neopaganismo que con la Nueva Era
se infiltra en nuestros días, o el postmodernismo
ni ningún otro “ismo”,
el fuego de la iglesia lo podrán apagar.

Esto lo dio a saber el Dios Santo y Sublime
a Daniel Su profeta en el seiscientos dos
antes de Jesucristo, en la edad antigua,
pues todo lo conoce nuestro eterno Dios.

Le habló de cuatro imperios que casi por diez siglos
sometieron reinos de uno a otro confín
con toda tiranía y toda arrogancia
como si su poder nunca tendría fin.

Después de estos imperios habrá reinos menores –le dijo-
en la última edad de la historia del hombre;
fuertes como el hierro serán algunos de ellos
otros tan blandos como el barro
sin gloria y sin nombre.

“Durante estos reinos” –le dijo el Señor-
“levantaré un reino que será sempiterno,
a todititos ellos los desmenuzará
pero mi santo reino sí permanecerá”.

¿No nació la iglesia al fin de estos imperios
cuando reinos de hierro junto con los de barro
llenaban de la tierra sus vastos hemisferios?

¿No han sido estos reinos y sus instituciones
los que la han perseguido
siguiendo obedientes las negras instrucciones
del “dios de este siglo”, a quien se han sometido?

Pero ya contra ella nada hacer podrán,
nuestro glorioso Cristo la sigue edificando
las puertas del infierno no la dominarán.
La iglesia está viva y sigue alumbrando,
al “castillo de Dios” nunca lo apagarán.

Hoy tan sólo esperamos que el Salvador regrese
a llevar a Su iglesia como lo prometió.

Ya el “castillo” está ardiendo,
sus luces iluminan los cinco continentes,
y en la parte más alta del tiempo de la iglesia,
cuando falta tan sólo la semana setenta
de qué Dios le hablara al profeta Daniel
y el tiempo haya llegado del arrebatamiento,
envuelta en luz divina y al oír el sonido
de la final trompeta,
girando en alabanzas al Dios de las edades
ascenderá al cielo, al encuentro glorioso
con su gran Salvador, el Cordero de Dios
que la hizo llegar victorioso a su meta.

Alberto Zamora recibiendo un reconocimiento de la Sociedad Bíblica del Perú



Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*
*