Con motivo del homenaje que este 14 de febrero de 2021 se tributa a la notable poeta Ana Ilce Gómez en el XVII Festival Internacional de Poesía de Granada (Nicaragua), Tiberíades publica esta selección antológica que, de la poesía de la nicaragüense, hizo Alfredo Pérez Alencart para la antología “Cumbre Poética Iberoamericana”, publicada en el marco del VIII Encuentro de Poetas Iberoamericanos, celebrado en Salamanca el mes de octubre de 2005. Las fotos fueron tomadas en Salamanca, durante su estancia para participar en dicho Encuentro.

El encuentro granadino como referencias a los poetas y promotores culturales Francisco de Asís Fernández y Gloria Gabuardi, presidente y secretaria ejecutiva del Festival Internacional de Poesía, que en esta edición también hace memoria de la poeta salvadoreña Claudia Lars.
OTRO PRIMER DÍA DE LA CREACIÓN
He sentido el sabor y la densidad
de un poema
rozándome como un ala
o como el fru fru de un vestido
de alguien que pasa a nuestro lado
dejando un halo de presencias.
Un sabor a fruta madura
que se desmorona en la boca.
Algo que se puede tocar
con la yema furtiva de los dedos,
y se puede escuchar viniendo
de muy lejos
como un torrente apenas percibido
en sus comienzos.
Es eso que se puede oler en el aire detenido
y que se puede ver ¿por qué no?
quizás como vio Dios en los inicios
de la creación
la primera mañana que salía de
sus manos.

FURIOSOS PÁJAROS
Estos son los furiosos pájaros
del deseo.
Ellos son negros.
Ellos se mueven sin hacerles
una señal determinada.
Un día los vi venir con sigilo,
con sorna,
con prisa en sus oscuras patas.
Ahora los veo pasar
–¡Negros y eternos pájaros!–
reconociéndome y
saludándome.
RELOJ DE ARENA
Medir el tiempo es el quehacer
de los que no han amado.
Yo olvidé la arena que caía
grano a grano.
Así cumplí con el amor.
Si se me llega la hora no sabré
si es mi llegada
o mi partida,
sólo sé que sin treguas en la vida
pagué lo que el dios de fuego
me cobró.

YO HE MILITADO
Yo he militado no sin gloria
en las lides del amor
y mi obra no podrán destruirla
ni las lluvias persistentes
ni la perenne marcha del tiempo.
Porque mi arte no fue inútil
ni siquiera contigo,
contigo que jurabas no conocerme
pero que un día llenaste
la ciudad entera con mi nombre.
TEATRO
Flota tu cabello suelto de infeliz ahogada
mujer sola, mujer pospuesta
como postre a la mesa.
La trama sigue mientras tanto
el tiempo sigue andando
se marchan todos.
Mujer ahogada en agonías
mujer feliz en una que otra escena:
este teatro te conduce a la miseria.

PERMANENCIA
Me he desangrado en el trabajo
de dar permanencia a la palabra,
piedra pulida que yo he lanzado
a lo profundo de las aguas
para que algún día el pescador
solitario lance su red
y entre los peces muertos
la descubra
y la lleve a su orilla
y la haga suya para siempre.
INSCRIPCIÓN A LA ORILLA DEL CAMINO
Oh pálido viajante,
tú que haces alto a mitad del camino
acércate a mi tumba.
Mira, toca la desmoronada corona
de mi júbilo. Y recuerda
que aquí duermo yo.
Yo que un hermoso día triunfé
en el amor y que esta triste tarde
no puedo sobrevivir al olvido.

ELLA
La que escribe no soy yo, sino la otra.
Esa que viene del pasado
asediada y urdida
por sus fieles demonios
y sus lívidos ángeles.
No soy yo sino ella la que canta
la que elige el azar y la clarividencia
ella la que dicta las palabras y deshila
los símbolos
la que gira en la rueca y desmenuza el hilo.
Ella contiene las palabras
yo cumplo su destino.
ÁNGEL DEL RETORNO
El ángel del principio
insaciable
me roza el oído con sus alas
me dice los secretos de la mujer que fui,
de la que seré
antes de que el círculo se acabe
tras incontables vidas transformada.
Al pie de la cama teje
la tela de mis días
y lee con paciencia el libro de mis horas
recordándome – ángel inevitable
del retorno –
que en inicios y giros sin medida
he de volver a ser estrella de mar,
fémur de lejana pantera,
mansa y delicada célula
en el más pequeño
círculo
del tiempo.

ÁNGEL DE EXPULSIÓN
Llorando me expulsó del paraíso.
En la tarde herrumbrosa peinó mis cabellos
me cubrió con su manto
y puso sandalias en mis pies.
De la mano me llevó a las puertas
del paraíso
y me dio un largo abrazo.
Y ya al final, de manera repentina
y con un brillo de fuego en la mirada
se me acercó al oído
y me preguntó
casi me suplicó que le dijera
qué sabor tenía
la manzana.
ENCUENTRO
Esta tarde me he encontrado con la muerte
caminando como si nada.
Nos cruzamos miradas puntiagudas
que llagaban el alma.
Ella altanera, yo humildosa
le mostré mis rodillas canceradas
mi sombra coja
mi vestido de novia ya vestido.
Ella sonrió y me dijo
que ese era el aguinaldo de mi tuerce,
que el de ella ya vendría.

CARTA
Recuerda amado, cuando nos conocimos
bajo la gran sombra del Palazzo Corvaia, frente
al gris remolino de la vía del Corso; recuérdalo.
Recuerda cuando música, pantera, amante, dueña
(del amor,
yo clavaba mi ojo en el tuyo
y no había pie entre nosotros de distancia.
Recuerda las idas y venidas, las vueltas y revueltas
y el amor muriendo y floreciendo. Y nada más.
(Cuando yo era para ti como aquella lejana
dulce muchacha de Brest).
Recuerda de todo esto. De todo eso que se quedó
aquella mañana en la cruel terminal de Reggio,
la dulce marejada que nos llevaba,
la que nos traía,
el agua mansa,
el líbrame Dios.
CALLE DE VERANO
La tarde seca arañando los tejados.
Dos niños que brincan en medio del remolino
de polvo anaranjado.
Una sombra como de anciana que pasa
Dejando un viento de tristeza.
El tiempo que transcurre.
El alma que se pone del color de la tierra.
La tarde que se encorva como un arco
por donde pasan los niños
tomados de las manos de sus madres.
La lluvia que no cae.
Sólo la cal del aire que blanquea las sienes.
Sólo el fuego que penetra en la sangre
y que tiñe
de amarillo los ojos.
Sólo la vida como un animal muerto
Tendido bajo el cielo.
Y el sol secando al aire las médulas cárdenas
del tiempo.
Y el viento lúgubre, estepario.
Y los pasos pesados.
Y los niños ya viejos regresando bajo
el arco de la tarde.
Y las piedras.

EL OTRO DÍA ESTÁ AQUÍ
Nadie diría que hemos envejecido.
(Nadie sabe cuánto tiempo ha pasado).
Él, todavía tiene cabellos oscuros
en las sienes, aquellos cabellos largos café negro
que como cortinas le caían en la frente.
Es joven. No parece un hombre de 50 años,
ni yo una mujer de 45. Ayer
por la calle alguien me preguntó
por nuestros hijos. No los tenemos.
Sólo tuvimos un precioso jardín con la estatua
del Dalai-Lama en el centro
y una fuente en la que él y yo nos
asomábamos, con el agua clara formando pequeños
remolinos que giraban
hasta hacernos perder la cabeza. Por allí
pasaban el verano y el invierno. El polvo que
venía del norte diciendo cosas tristes
y luego los charcos que se secaban, recordándome
sus años y los míos.
Hoy, quizá un trofeo de caza vale más para él
que un beso mío. Yo me he retirado de aquel
dulce paisaje de la vida. He olvidado la
suave cortina de sus cabellos cayéndole en la frente,
y por el antiguo jardín miro pasar las densas
polvaredas –es el oro-, me digo.
Y luego los charcos que se secan –es la edad-.
¡Ah! pero yo fui una chica de 20 años que
plácidamente soportaba el amor y el tiempo.

MUJERES CON GUITARRA
Hay muchas mujeres lapidadas a lo largo
de la historia.
Su vida fue de jaurías y de toros rabiosos
de sangre alzada
de mordeduras largas.
Mujeres que le devolvieron al mundo
la embestida,
que se inmolaron o tuvieron que matar
para seguir viviendo,
esas que en la hora más oscura
roturaron el campo con sus uñas
para que vos y yo pasemos.
Hondas mujeres
que quizás una lenta madrugada
marcharon al fuego o a la horca
por cosas tales como desordenar
el orden público
por inventar una nueva manera de descifrar
la vida
por tener voz
o por infieles
o ateas.
Ellas ya no están. Sus cabezas reposan
sobre un siglo o dos. Sus ojos
ya no existen.
Pero de ellas perdura una hebra sutil
un hilo ciego que sin saberlo
nos hace crecer y despertarnos en la noche
con unas ganas inmensas de vivir
de derribar todos los muros
de desafiar todas las hogueras
así como de amar y de pulsar
todas
toditas las guitarras de la tierra.

NO TE HEREDARÉ MUCHO
Hijo mío no te heredaré mucho
Un cuarto viejo
Unos cuadernos de poemas
Quizás una ventana para que a tu vida
asome la armonía
Te dejaré muchas preguntas que no supe
responder
Unas fotos de niña
una sombra de limonarias que sólo
(alcanzará
para cubrir tus pequeños cansancios.
Atiende mis consejos
y cuida las pocas cosas que te di.
Cierra por las noches las puertas de tu
(cuarto
Para que no entren los malos sueños
a inquietarte
Que el viento no seque los eneldos
Que no se derrame el agua
Ni la sal enmohezca las gavetas.
Sé limpio y claro como el agua
que en las tinajas guardaban los abuelos.
Aprende hijo mío a descifrar la vida
y a preservar tus ojos del incendio.
No te niegues al amor pero cuida a la vez
tu corazón del amor
como un náufrago cuida su trozo de
(esperanza.
Ten presente dar los buenos días
sean buenos o malos.
Huye sobre todo hijo mío de la soledad
que me atrapó
y no temas a la noche que se cierra
a tus espaldas.
Te dejo el mundo con sus fábulas
con sus campos de trigo
sus hombres amargos o serenos
sus alquimias y sueños.
Finalmente, perdóname hijo mío
Perdona a esta tu hilandera vital
que un día de lunas irreconciliables
y altaneras
se atrevió a tejerte ese frágil y hermoso
traje de piel.

EL VERANO ES DE FUEGO
El pájaro canta entre Marzos
Entre desolados Abriles canta.
Bate las alas apagadas
Llama a la lluvia lejana,
pero el viento se lleva sus palabras.
El tierno canto de norte a sur
atraviesa el verano.
El verano es de piedra, no se conmueve.
El verano es de fuego, nunca se apaga.
Pero el pájaro canta,
piensa en Mayo,
mientras un íngrimo recuerdo de lluvia
mece su corazón.

Ana Ilce Gómez (Masaya, 28 de octubre de 1945 – 1 de noviembre de 2017), era licenciada en Periodismo (Managua) con Maestría en Organización y Administración de Bibliotecas Universitarias (Barcelona). Ejerció ambas profesiones en medios de comunicación escritos y radiales de su país y como directora de la Biblioteca del Banco Central de Nicaragua. En 1989 le fue otorgada la Orden de la Independencia Cultural “Rubén Darío”, destinada a artistas e intelectuales de Nicaragua. Su obra poética, breve, se resume en dos libros: Las Ceremonias del Silencio (1975. Segunda edición de 1989) y Poemas de lo Humano Cotidiano (2004), libro por el que obtuvo el Premio Nacional de Poesía “Mariana Sansón”. Pablo Antonio Cuadra dijo sobre ella: «Abajo, en la tierra, Ana Ilce es la hilandera del amor. Arriba, en el taller de la noche, la tejedora de mitos». En 2006 fue incorporada, como Miembro de número, a la Academia Nicaragüense de la Lengua.
En 2018, editorial Pretextos publicó su poesía reunida, con prólogo de Sergio Ramírez.


Imagen de cabecera: Cartel del Festival Internacional de Poesía de Granada y Ana Ilce Gómez leyendo durante el Encuentro de Poetas Iberoamericanos celebrado en Salamanca en 2005. Foto de Jacqueline Alencar.
