CREDO
Creo en la Palabra Todopoderosa
que deposita semillas de cielo en el polvo,
suspira de júbilo o silenciosa se tiende
en la entraña invisible de los vientos;
creo en su Verbo, misterioso abrazo de sílabas,
concebido por obra y gracia del silencio
y grávida deja las almas tornasoles
sin que le amedrenten desiertos o cenizas,
ni el artero vacío del absurdo en tumulto.
Creo en la Palabra que padece la espina
del aire y en cuyo expolio se ensañan
el ruido mercantil y la zozobra del tiempo;
creo en los ojos inocentes, en los dedos
de luces y de brisas, la mirada crucial
y la mano que no rehúyen abandono.
Creo en el Espíritu, animador de lo inerte
cuando más inesperado: desata nieve en estío
y despunta su albor cuando la duda hiere.
Creo en la santidad peregrina de los labios,
en el feliz reencuentro de todas las ausencias,
en el postrer perdón a la mezquina arrogancia,
en el vigor lustral de agónicos escombros
y en la perenne Voz que acoge a todo hombre.
Amén.

TODO ESTÁ CONSUMADO
“Cuando hubo gustado el vinagre, dijo Jesús: Todo está
consumado, e inclinando la cabeza entregó el espíritu”.
(Evangelio según San Juan 19, 30)
La historia ha venido a quedarse
mutilada y crucial en estos huesos.
Minuciosa, la memoria se harta de sus rostros
y el pobre Judas se repugna en árbol.
Algunos me rodean con la frente
hasta la tierra como refugio sin Ti.
La tarde sucede exacerbada e insensata
en concierto de mujeres y cobardes.
He vivido la vida hasta los clavos
y el amor sigue en mí sangrando lento,
lentamente en los ¡ay!, de cara a los desprecios.
Me han lastimado el corazón a lo largo
de todo el tiempo de mi eternidad.
La historia deviene en la miseria
de omitir resueltamente el rostro.
Al ocaso reverencian los remendados ojos
de los hombres. Quedaré enemistado con la muerte,
como quien siente un asco y está lejos.
Todo está consumado y todavía el escarnio
de Longinos en mi devoto estertor
con que te digo: Todo está consumado,
Padre mío, Padre Nuestro.

TENGO SED
“Después de esto, sabiendo Jesús que todo
estaba ya consumado, para que se cumpliera
la Escritura, dijo: Tengo sed”.
(Evangelio según San Juan 19,28)
En mi boca todo desierto precipita.
Tengo sed de Ti, Padre, mientras lo arduo
escolta la sagrada voluntad de ser perfecto.
Los hijos de los hombres han pervertido
las dunas, el beso, cualquier tierra, el agua
y no restará un Nilo ni el Mar Rojo
bajo los pies de esta generación inhóspita.
Tengo sed de Ti y me ofrecen vinagre.
Yazgo exprimido y los desiertos precipitan
en la impiedad del tiempo que se atreve
a denigrar la Eternidad y la Vida.
Tengo sed de Ti y la esponja es agria.
He bebido el cáliz hasta ya no poder
otra vigilia en el manojo de la espera,
mientras el estertor se viene a traspasar la tarde.
Tengo sed. Me abandonan sangre y tiempo
para dejarme solo, sólo con la sed de Ti.

TRES ES EL NÚMERO PERFECTO
Tres son las Personas Primordiales,
los años ocultos del Mesías fueron treinta,
tres los Reyes Magos y la Sacra Familia,
las tentaciones tres y los regalos,
múltiplo de tres los doce apóstoles,
tres en el Tabor y tres en el Calvario,
fueron también tres los años públicos,
tres veces los dejó velando en los olivo
y por otras tres los halló dormidos,
las negaciones tres y las horas de la Cruz.
Tres veces Cristo dijo “¿Tú, me amas?”,
las consultas de los jefes fueron tres,
Pilato vaciló también tres veces,
treinta monedas fue la tasa para el Hijo
y el velo del templo se rasgó a las tres.
Al tercer día resucitó de entre los muertos.
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

ESCRIBE TÚ LA PÁGINA
La página está en blanco, por ahora,
y ya no puedes desoír cómo se destripa la historia.
El tercer verso quisiera untarse en el alba
de ese tercer día cuando murió la muerte.
Pero las jornadas con sus noches sobre Gaza
dejan miradas fijas, manos sin regreso.
La página queda salpicada de alaridos, desde ahora,
y si calláremos, hasta las piedras gritarían.
Atolondran cuervos encima de clamores;
y el “no matarás” se queda exánime y amargo.
Podrá disponerse otra vez una página en blanco,
menos la mirada inerte y el regreso mudo de las manos.
¿Qué puedo decirte, Yahvé, que tú no sepas?
¿Quién confesará tu nombre, Alá de la misericordia?
Padre, escribe Tú la página en un blanco sin muerte.

Juan Antonio Massone (Santiago de Chile, 1950). Poeta, ensayista y antólogo. Profesor de Castellano y magíster en Literatura por la Universidad Católica de Chile. Miembro de Número de la Academia Chilena de la Lengua desde 1992. Actualmente imparte docencia en las universidades Católica de Chile, Andrés Bello, Santo Tomás y Católica de Valparaíso. Entre sus libros de poesía están: Nos poblamos de muertos en el tiempo (1976), Alguien hablará por mi silencio (1978), Las horas en el tiempo (1979), En voz alta (1983), Las siete palabras (1987), Poemas del amor joven (1989), A raíz de estar despierto (1995), Pedazos enteros (2000), Le doy mi palabra (2003), En el centro de tu nombre (2004) y La pequeña eternidad (2004). Ha publicado ensayos (sobre Borges o Rosa Cruchaga) y preparado antologías de Fray Luis de León, Humberto Díaz Casanueva, Quevedo, César Vallejo o Gabriela Mistral, por citar algunos. Massone estuvo en Salamanca participando en uno de los Encuentros de Poetas Iberoamericanos que se celebran todos los meses de octubre, desde hace veintitrés años.

Foto de cabecera: Juan Antonio Massone (foto de Jacqueline Alencar)
