Juan Carlos Olivas

‘Contra un cielo pintado’. Algunos poemas inéditos del costarricense Juan Carlos Olivas

Tiberíades tiene el privilegio de publicar, en primicia, algunos de los poemas que se albergan en el libro ‘Contra un cielo pintado’, nueva obra del costarricense Juan Carlos Olivas, perdurablemente vinculado con Salamanca por haber obtenido el prestigioso Premio Internacional de Poesía Pilar Fernández Labrador y por haber participado en uno de sus señeros Encuentros de Poetas Iberoamericanos.

Olivas (Turrialba, Cartago, 1986) es uno de los autores costarricenses más reconocidos de la actualidad. Su obra ha sido ampliamente premiada y publicada tanto en países de América como en España. Entre sus títulos y reconocimientos más destacados podemos citar Bitácora de los hechos consumados (2011), que le valió el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría y el Premio de la Academia Costarricense de la Lengua y El señor Pound (2015), Premio Internacional de Poesía Rubén Darío 2013 (Nicaragua), ambos publicados por la EUNED, así como El manuscrito (2016), Premio de Poesía Eunice Odio; En honor del delirio (2017), por el que le fue concedido el Premio Internacional de Poesía Paralelo Cero 2017 (Ecuador) o El año de la necesidad (2018), que obtuvo el Premio Internacional de Poesía Pilar Fernández Labrador 2018 (España) y fue traducido por Leonan Cunha y publicado en portugués (CEIAS, Salamanca, 2018).

El libro saldrá de imprenta en las próximas semanas y bajo el sello de EUNED (Editorial Universidad Estatal a Distancia), con diseño de cubierta de Ileana Carranza Quesada, quien trabajó sobre la imagen ‘El oráculo’, realizada especialmente para esta obra por Philipp Anaskin.

Celebramos la publicación de este libro, pues sigue la estela del bíblico Job.



¡Hay tantas cosas que debo decirle a Dios!
No lo alcanza el aullido de este condenado.
Me quedo como un muerto clavado en una percha,
un santo paralítico contra un cielo pintado.
Dana Gioia,
de “El ángel de ala rota”,
en La oscuridad intacta


Ósmosis

Se supone que esto era un milagro, mi Señor,
pero no viste la línea
entre la necesidad y el deseo,
subestimaste el blanco,
la mano temblorosa que parecía inofensiva.
Si vuelves a este lugar
verás distintos los montes y los mares,
te parecerán árboles los hombres,
árboles secos que se quiebran al tocarse.

Juan Carlos Olivas en la Biblioteca Histórica de la Usal

Acuerdo

Tanto creí en el dolor.
Tanto escribí sobre el dolor en mis poemas,
que no me perdonaste, mi Señor.
Tú, cuya voz es una inmensa contusión
que se debate en mis dedos por ser ala o cristal,
me diste, entre todos los dones posibles,
el don del sufrimiento,
y casi, como un cielo plagado de una oscura materia,
también este fugaz papel en blanco,
la tinta y su llama tentadora.
¿Por qué habrías de perdonarme, mi Señor,
si sabes que volvería a deshacer tu sombra
que me lacera y absuelve
entre tanto poema que escribí
en el barro de tu voz?
Ahora estamos a mano,
ni yo quiero escucharte
ni Tú quieres que escriba.
Dejemos, pues,
que el dolor hable por ambos.

Ángela Gentile (Argentina), Magdalena Camargo Lemieszek (Panamá), Juan Carlos Olivas (Costa Rica), Javier Alvarado (Panamá) y Nilton Santiago (Perú) (foto de Marcelo Gatica, Chile)

Canción del orgullo

Orgulloso me siento de mi pobreza,
de no caer en resguardo de otros días menores,
con el augurio de aquello que no pudo ser
y se fue abriendo en cada tarde.

Orgulloso me siento de mi fe criolla,
de esta misa de pueblo en la que nadie se arrodilla
y se reza en el idioma del tercer mundo,
donde las casas huelen a pesebre futurista
y hay un Herodes que nos busca
en la penumbra de la selva.

Orgulloso me siento, no me apena
escribir estos versos lejos de la capital,
al margen de los dioses suburbanos
y los castillos de aire, los edificios famélicos
y los rabiosos faunos de las academias.

Orgulloso me siento de no haberme unido al círculo de los desesperados
y postular mi nombre al confín de la desidia
mientras se calientan los asientos de la mediocridad,
se clavan en los ojos los negocios suicidas
y lloran en la cárcel los bufones del rey.

Orgulloso me siento de comer en la mesa del perdedor
y no sentir la acechanza del fantasma del triunfo
con su fría palmadita en la espalda, sus dientes de neón,
sus amigos tan falsos como abrazo de suegra.

Bendito sea yo, una y mil veces, por mi mala suerte.

Esta es mi tierra,
mi pedazo de nada tan querida,
y no hay espacio aquí
para los vencedores.

Retrato de Juan Carlos Olivas, de Miguel Elías

Advertencia

Cuídate de aquel
que no perdió nunca nada en vida,
de quien puso su cabeza en la almohada
y durmió largamente
y no sintió la piel arrastrarse entre espectros.

Cuídate de quien no quebró
la porcelana de sus mejores días,
de quien tocó la luna
con un guante más blanco que la luna
y la vulgarizó en poemas pequeñoburgueses
que sonrojaban a niñas de alta sociedad.

No te fíes de quienes ríen demasiado,
de quien no tuvo que bajar de la cuerda
a un amigo suicida en año viejo,
mientras todos celebraban con champagne,
lloraban y se pedían perdón
por tanto puñal acumulado en la sombra.

Nada bueno has de tener
de quien te ofrezca una mano izquierda al saludarte,
de quien te prometa ir de gala
a tu propio funeral
o te encomiende escribir un réquiem
para un supuesto rey que morirá mañana.

Puede que seas tú mismo,
tu propia música,
tus propias palabras que sirvan de mortaja;
o peor aún,
que alguien haga pequeños cambios a la letra
y ya no habrá de ti
ni un retrato que te haga justicia.

Por eso cuídate,
no te fíes de quienes llevan una vida tranquila
y vive tú la tuya, inconforme,
en el sagrado desorden de la imperfección,
para que el rastro de tu sangre
sea el único camino,
para que así recuerdes cómo volver a él
cuando te pierdas.
.

Magdalena Camargo (Panamá), Nilton Santiago (Perú), Ángela Gentile (Argentina), Juan Carlos Olivas (Costa Rica), Renée Ferrer Paraguay y Balam Rodrigo (México), en el Aula Magna de la Facultad de Filología (foto de Jacquel Alencar)

Los olvidados

“Anda y no peques más”,
te dijo aquel varón de Galilea,
y arrodillada, entre lágrimas, te levantaste
para seguir el séquito de los iluminados.

Nunca te preguntaste qué pasó con nosotros.
Los que hacíamos fila en tu tienda
para morder el polvo de tu noche,
los que teníamos los ojos volados de tanto amanecerte,
los que luego de recoger tus suampos y tus lunas
caíamos como corderos serenos
en las fauces del lobo
y tocábamos por dentro el agua de tu luz
gritando tu nombre, aunque no fuera el tuyo,
y te traíamos frutas al volver del mercado
y entre vino y risas
te inventamos un idioma
para derribar la oscuridad.

Éramos tuyos, como tú eras nuestra,
oh, reina poseída de Magdala,
hasta que alguien tuvo envidia de tu generosidad,
al alba nos partió con su calumnia,
y los hombres que quisieron tenerte y no pudieron
sostenían en la mano la piedra del castigo.

Tu media desnudez a media plaza.
La muerte casi te hacía parecer más bella.
Y el hombre de la voz profunda
trazó una línea en la arena
y te salvó porque cada piedra
tenía en sus adentros la llama del pecado.

Detrás de una cortina,
humillados y borrachos,
llorábamos tu ausencia.

Recuérdanos, oh María Magdalena,
si algún bien recibiste un día de nosotros,
ruega por los que aún
mojamos las sábanas de tu pobreza,
por los que seremos enterrados, sin una cruz,
al fondo de esta taberna que conoces tan bien,
porque fue una vez tu casa,
el templo de tu amor en la tiniebla.

El cantante chileno Héctor Molina, María Sanz, Pilar Fernández Labrador y Juan Carlos Olivas (foto de Jacqueline Alencar)

Carcajada

Tuve fe.
Mucha más que un grano de mostaza.
Sin embargo, la montaña no fue al mar
ni se tornó en vino el agua de mis bodas
ni vi claro después de frotar mis ojos en el fango
y el pez que me dieron de comer el día del milagro
tenía demasiadas espinas.

¿Por qué entonces, Dios mío,
me pides que camine sobre el agua,
que bese las astillas de tu cruz,
que reúna en mi centro la paciencia de Job,
a quien engañaste para probarlo inútilmente?

¿No sería más fácil, digo yo,
que evitaras triturarnos los huesos
cada vez que pronunciamos tu Palabra,
cada vez que ardemos con tu imagen cegadora
que se hunde en el duro pavimento?

¿Acaso no nos responderías igual
tanto si nos pasáramos la vida
sin la necesidad de tocarte
o si dejáramos caer el hacha de la niebla
sobre tu tímpano celeste?

Al parecer, Tú conoces más de la maldad que nosotros;
por eso juegas, te divierte que nuestras manos palpen
a tientas el seno de la muerte, y después
nos sales con el cuento de la redención,
de un microcosmos donde hallaremos nuevas todas las cosas
y sí, puede que suene tentador
soltar esta enorme piedra
que llevamos adentro,
pero te conocemos y ya no somos los mismos.

Aquí está el poema que un día,
entre burlas, desde tu alto promontorio me pediste.
Ahora eres como el recuerdo
de una antigua novia que se amó hasta lo indecible,
el borracho que asiste a su propio velorio,
la carcajada que rebota
en la pared más gris del tiempo.

Don Quijote y Sancho en oración, obra de Miguel Elías para Juan carlos Olivas

Otro en la cruz de al lado

No te acuerdes de mí,
ni en este
ni en ningún otro paraíso.

Déjame en esta cruz
hasta que mi carne se seque,
hasta que el último perro se hinche
por las gotas de mi sangre.

Yo obtuve la vida que merecía vivir.
La que elegí.
Entre parias y brujos ambulantes,
entre asesinos y borrachos
que al amanecer meaban
las begonias del día.

No es para menos este desenlace.
Yo también anduve por los predios
de la juventud brutal
y exprimía la belleza de lo efímero
al incrustar puñales
en la entraña de los ciegos.

Desde un principio me sabía el final del cuento,
y no pasa nada;
he de aceptar los clavos y el madero
porque son toscos como la vida misma
y siguen el orden natural de lo que amo.

No hay vergüenza en la agonía
o en darse cuenta
de que nadie escucha tus aullidos.

Pero no me digas
que esta noche estaré ahí, contigo,
en un lugar que no merezco,
en tu jardín sinuoso
donde retozan los pobres a tu diestra.

Allá ellos.
Allá Tú y tu paraíso.
A mí, déjame morir con dignidad,
hasta que cierre lentamente los ojos
y el bullicio merme al caer el día
como una fina seda
en las ciudades salvajes.

Juan Carlos Olivas leyendo sus versos en el Teatro Liceo de Salamanca (Foto de Jacqueline Alencar)

TEXTO DE GABRIEL CHAVÉZ CASAZOLA

Desde el no lugar de la incomodidad y signado por el don de la tinta, el poeta se dirige aquí a Dios con el frágil vocablo de la duda y la paradójica vehemencia de un ajuste de cuentas. La casa, los árboles, los libros, los aromas, las memorias, los desgarros –propios del autor, pero inductivamente nuestros– se tornan templos en esta poderosa plegaria que es Contra un cielo pintado; atravesada por la convicción de que la belleza es posible para ahuyentar el desamparo, habitar la “ardiente pureza” del silencio y, tal vez, cortar “la flor punzante de la nada”. Con la serenidad del que ha quebrado la porcelana de sus mejores días, tocado la luz y regresado a tierra, Juan Carlos Olivas –un poco Adán, un poco Caín y al mismo tiempo Abel, otro poco Job y el hijo pródigo, pero también Gestas y, en otra antigüedad, Ícaro y Prometeo, como todos los hombres– puede ya nombrar la humana tragedia. Por eso escribe este libro y su voz poética, una de las más relevantes de su generación en Hispanoamérica, se eleva sobre las miserias del mundo con el vuelo de aquel “pájaro albino que visita nuestro patio […] y aunque desconoce la palabra esperanza / cada mañana canta cual si fuera la última”.

Alfredo Pérez Alencart y Gabriel Chávez Casazola en el Colegio Fonseca de la Universidad de Salamanca (foto de Jacqueline Alencar)

Imagen de cabecera: Juan Carlos Olivas, Premio Pilar Fernández Labrador, leyendo en el Teatro Liceo de Salamanca (foto de José Amador Martín)




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