Carmen Nozal

‘De la confesión nocturna en el oído izquierdo del Señor’ y otros poemas de Carmen Nozal

Carmen Nozal (Gijón, Asturias, 1964). Radica en México desde 1986. Es licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM y egresada de la Escuela de Escritores de la SOGEM. Como promotora cultural ha laborado en la Casa del Poeta “Ramón López Velarde”; en la Subsecretaría de Diversidad Cultural y Fomento a la Lectura; y en el Museo Nacional de Arte. Es autora de diversos libros de poesía, entre los que se cuentan: Visiones de piedra (Premio UNAM, 1991); Vagaluz (Premio Nacional de Poesía Elías Nandino, 1992); Hacia los flecos del frío (Premio Salvador Gallardo Dávalos, 1993); El espejo de Luzbel (Premiado por la Universidad Veracruzana, 1994); En el reino de la luz y otros poemas (Finalista del Premio de Poesía Ateneo Jovellanos 1998, España); y De la confesión nocturna (Finalista del Premio Mundial de Poesía Mística Fernando Rielo 2020, España). Autora del cortometraje para animación Cuando Míster Cronos perdió el tiempo, premiado por el IMCINE, y de Zona cero: 286, relato testimonial del sismo de 2017, premiado por DEMAC. Poemas suyos han sido traducidos al inglés, francés, italiano, alemán, portugués y bable. Está incluida en la Enciclopedia de Escritores Asturianos. En 2021 obtuvo la presea Pakal de Oro por su trayectoria literaria.


(De la confesión nocturna, Finalista en el Premio Mundial de Poesía Mística Fernando Rielo, 2021, Editorial del Lirio, 2021)

De la confesión nocturna en el oído izquierdo del Señor

Por Ti puedo cantar, por Ti agonizo,
enloquezco de amor, estoy ardiendo
en tus llamas azules y durmiendo
sueño que eres la piel donde me erizo.

Pido fundirme en Ti, me paralizo.
Al ver que Tú te vas, yo voy queriendo
tocar tus pies de loto, estoy muriendo
en la separación que me deshizo.

No es reclamo de amante desdeñada
esta declaración por tu figura
que derrite a la piedra más pesada.

Es la ansiedad del alma enamorada
que aún presa en esta carne se apresura
a dejar su rumor en tu morada.

Carmen Nozal, Fernando Salazar Torres y alumnos de un colegio

De la liberación que trae consigo el perdón

Para llegar a Ti, debo olvidarme
de los agravios que otros cometieron,
borrar del iris los rostros que hirieron
mi fe en la luz que Tú quisiste darme.

Esa inocencia estuvo por matarme
al ver pureza entre los que perdieron
el brillo de los ojos y murieron
con las ganas impías de quebrarme.

En la tierra tirada como espina
me fui quemando de enloquecimiento.
Clamé por Ti, del odio me libraste.

Hice uso de mi discernimiento,
solté el rencor oyendo que ordenaste:
“Si Yo te he perdonado, tú germina”.

Carmen Nozal retratada por Rafael Molina Pulgar

Del paso de la ignorancia a la comprensión
del lugar que ocupa el amante

Tratando de entender mi desvarío
juzgaba duramente tus acciones,
te imputaba mis equivocaciones,
enredándome en un palabrerío.

Cansada de pensar, llegué al hastío,
guiada por mis malas percepciones
sin distinguir en mis obligaciones
lo que era tuyo de lo que era mío.

Finalmente, Tú me alzas y me inclinas:
tomo de Ti la noche y la mañana,
la desazón causada por amarte,

de la rosa, el aroma y las espinas,
ese silencio tuyo que me parte,
esa palabra tuya que me sana.

Carmen Nozal acompañada por el poeta López Velarde

De los motivos profundos que tiene el desapego

Amado, no quiero el “mío”,
tómame desapegada
de poseer. Arrancada
como la caña del río
voy hacia Ti, tengo frío
¿o el frío me tiene a mí?
Este sueño no dormí,
pues nada me pertenece
ni me turba ni perece,
si no te tuviera a Ti.

Las poetas Aura María Vidales, Roxana Elvrige-thomas, Kary Cerda, Dulce Chiang, Carmen Nozal, Leticia Luna y Juana María Nara

De la confesión nocturna en el oído izquierdo del Señor

Amor, cómo llamarte, si en medio de las llamas te presiento
y me vuelvo el polvo del camino entre las aguas partidas como naranjas.

Para seguirte, dejo mi piel, la carne, esta osamenta,
el peso de este cuerpo macerado en brillantes nombres.

Escribo para llamarte, Amor, escribo
versos perdidos entre los árboles,
para buscarte entre la niebla y mis visiones,
versos como antorchas que llevo entre las manos.

Kim Jensen, Carmen Nozal y Ahlam Khamis

De la liberación que trae consigo el perdonar

Para mi hijo Rumi

Quería la piedra salir de su dureza, ser
quería las alas de un ave,
un espíritu en su mineral silencio,
piernas para correr sobre la primavera,
lengua para que los nombres pudieran acostarse,
una respuesta lanzada sin quebrar los versos.
Quería la piedra mirar por los ojos de las
vacas un campo de esbeltas flores
y dejar de rumiar viejas heridas,
echarse a llorar sobre las piedras grises,
piedras que soñaban no ser piedras
y se lanzaban rodando por una gran muralla
y se pedían perdón las unas a las otras
cuando escuchaban la Canción de la alegría.

Sí, quería la piedra, quería ser.

Carmen Nozal con Adriana González Mateos

Nordeste

Tengo un silbido
y no lo escucho.
Mis amigas dicen que lo tengo
y no lo oigo.
Dicen que me llevarán con el neumólogo
y no me gusta.

Escucho
el viento que azota sobre la marejada,
el nordeste
sobre las gargantas de los acantilados, oigo,
mientras nos corta la cara con su frío salvaje.

Ahí sobre la colina,
ahí sintiendo,
yo me tomaba de la mano de mi madre
y mi madre se tomaba del brazo de mi padre,
y mi padre iba a pasarle el brazo por encima de los hombros
a mi hermano,
pero lo guardaba en un arrebato de cobardía,
empujándolo hacia el bolso de la chaqueta
como si se escondiera del mar
en ese instante
que nunca más ha vuelto.

(Publicado manuscrito para el acervo digital del Instituto Cervantes, España, 2019)



Las moscas

Quién si no las moscas pueden mostrarnos el camino.
Ahí están, dicen las moscas,
absortas en su danza prehispánica.
Ahí están, insisten murmurando
con un zumbido incesante.
Ahí están, apuntan las moscas como plañideras:
adentro del espanto de esa noche,
adentro del monte arriba
por el que algún día corrieron
cuando eran niños.
Ahí están: los sueños torturados, los pantalones rotos,
un tenis, cuatro plumas, dos carcajadas,
los vestidos desgarrados, una libreta.
Las novias que siguen esperando se preguntan: ¿dónde están?
Ahí están, responden las moscas
sobrevolando los huesos, el hedor penetrante de los días,
la esperanza mutilada, el silencio que gime como un viento desollado.
Ahí están, todos revueltos, abrazados,
con la juventud brillando bajo los párpados.
Ahí están, ¡vengan por ellos!, dicen las moscas
unidas, haciendo guardia al amanecer.
Ahí están, dicen inquietas, ambiguas, impotentes,
respirando el olor dulzón de la carne amarga.
Ahí están, presentes, los cuerpos
que brillan como pequeñas luciérnagas.

Ahí están, las moscas nacidas de la compasión,
las moscas de la misericordia.
Ahí están, contando lo que pasó
con sus alas turbias y su color azul.
Ahí están, los ojos más tiernos, los más transparentes
ojos por los que brotan árboles luminosos.
Ahí están, los rostros llenos de lodo, con el corazón intacto,
las huellas de sus pasos sobre esta oscura piel llamada patria.
Ahí están, sus lenguas besables, sus labios agrietados,
sus cálidas gargantas, su afónica oración.
Ahí están, las frentes inclinadas, bendecidas por sus madres
antes de salir de casa.
Ahí están los que nunca más volvieron,
calcinados, molidos, dispersados,
aguardando, aguardando.
Ahí están, dispuestos, extenuados,
con relojes de arena y voces invencibles.
Ahí están, con la mirada profunda
y las pestañas llenas de polvo y aves.
Ahí están: los emilianos, los panchos, los chaparritos,
los que sabían leer, los que serían distintos.
Ahí están: las lupes, las citlalis, las juanas y marías,
las artesanas, las costureras, las enamoradas eternas.
Ahí están las moscas que sobrevuelan la verdad.
Y ahí están todos, con el polvo en los huaraches y los puños apretados,
los padres, las madres, los hermanos, los abuelos.
Ahí están los maestros, los albañiles, los campesinos,
las amas de casa con su olla humeante de frijoles heridos.

Ahí están: los mataron, los quemaron, los aventaron
como quien tira un saco de piedras a la orilla del mundo.

Ahí están, dicen las moscas con su rumor de letanía,
recitando los nombres, los apellidos,
la inmensa lista de los que nunca vuelven,
la obstinada legión de los despiertos.


(De 43, libro de artista, diseño Fernando Gallo. Espolones Editores, México 2019)

 

Mala sombra

A Carmen
la fueron a buscar a la Plaza del Sur
como quien busca
un nombre o un piojo
y la encontraron
con sus manos pringadas de manteca.

La fueron a buscar
como quien busca
una piedra dorada.

La tarde se llenó de peces.

“Tu hijo no volverá”,
dijeron los militares:
“se quedó en el Monte de los Pinos”.

Rompió a llorar
y se limpió las manos.

No sabía escribir.
Dijeron: “¡Firma!”

Frotó su pulgar con el mandil.

Le dieron un papel,
un puñado de letras
y una bandera.

Puso su huella como una lápida.

(De República, Parentalia Ediciones, México, 1918)

Carmen Nozal, Javier Alvarado y Mohamed Ahmed Bennis




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