Carolina Zamudio

Carolina Zamudio:  Poemas para el XXIV Encuentro de Poetas Iberoamericanos

Tiberíades tiene la satisfacción de publicar esta muestra de la poesía de la argentina Carolina Zamudio, invitada al XXIV Encuentro de Poetas Iberoamericanos que dirige Alfredo Pérez Alencart, poeta, profesor de la Universidad de Salamanca y presidente de Tiberíades.

 

Teoría sobre la belleza

La belleza no cabe en un trozo de papel,
sí en los ojos. Como ajustar
el enfoque de una lente
por detrás.
No en la punta de la lengua, más allá.
Cabe en el aire al abarcar el ser.

Puede asirse la belleza
en silencio al reposar el cuerpo desde atrás,
en eso de ser atesorar lo que haya sido
y bello es.

La belleza habita en la oscuridad
el don que nos fue dado oculto, la cáscara que se quita
lo bello es un fin vacío de principios
nace en el último tramo del próximo deseo.

La belleza abraza la luz de la muerte
o desata la nebulosa de la vida.

Arraigo

Quizá sea un roble
con aroma a eucalipto
cuyas raíces son ramas
que tanto anclan un fondo
como rozan una cúpula.

Exilios ciertos
ni hazañas tengo,
la casa es campo de batalla,
el cuerpo es la casa.
Alma, espíritu y vacío
habitan en ella.
A veces en el silencio humeante
que presagia los sueños
me paro ante mí y pido.
Casi siempre me obedezco.

Alguna vez quizá plante un árbol
ahí donde mueren las palabras.
Por ahora me conformo con ser durazno
y que su piel desgarres, hija de una tierra
que tanto me crece como me carcome
rama de un tronco que se deshilacha lerdo
fruto del fruto de una y otras ramas
que crecen desordenadas, profusas.
Jardinera del desarraigo, quizá
alguna vez, yo misma, plante ese árbol.

En tiempos de sequía

Yo, que prefiero absorber luna
a tomar el sol, regar la noche
de recuerdos y enhebrarlos
en farolas de una calle cualquiera.
Destender el mantel con los restos
y buscar los símbolos en las migas,
subir las escaleras cuantas veces sea
a temer desandar los pasos dados.
Ser vampiro en la niebla, merodear
la casa mientras todos duermen,
ser ama de la noche, esculpir
los deseos en las nubes pálidas.
Que soy pez en tiempos de sequía,
flor insólita en invierno,
búho que descree de su suerte,
señora a merced del viento.
No sé adónde vamos ni porqué
y cada mañana me ahogo
hondo en una página en blanco.

En esta casa que hay en mí

En esta casa que hay en mí
a menudo música se oye,
junto a la orilla de este puente
que es mi cuerpo
habitan seres ciertos
—a veces se quedan—,
las paredes no precisan
cubrirse casi de lluvia,
no de sol, no de rocío.
Se está plácido a veces aquí.
Sólo debes saber, querida,
una sombra
se refleja a ciertas horas
y somos así únicas, completas.

El viento reconoce sus contornos

Una mujer camina al borde de un río,
pisa cada piedra a su paso,
siente lo rugoso del mineral
dentro de sí misma,
el viento reconoce sus contornos
y se despoja de las fuerzas para mostrarle
a la mujer en el río su sombra,
que muta junto al camino
y la aridez de la piedra.

Intercambios son viento y río,
luz, mujer y piedra;
el uno sabe de la propia existencia
por la vida en el otro,
ante el único: el tiempo.

Sin el viento el río es espejo,
sin las piedras la mujer sería
cuerpo sin caminos.

Llorar

Llorar no es limpiarse,
es mojar un vestido,
correr el maquillaje,
ahuecar los surcos de la cara
como cauce de deshielo,
es sangrar del color de la piel,
dejar algo esparcido,
con anticipación, sobre la tierra.

Limpiar los ojos sí.
Después de llorar
lo que se ve recupera el foco,
el paisaje es más claro,
la flor naranja, intensa,
hasta el tacto es más sensible.

Limpiar
es sólo cosa del agua,
quizá de la lluvia, que no es agua
sólo un rito que esclarece.

Las lágrimas son como de aceite
deslizan aquello
que —desde adentro— viscoso
no puede más que verterse.

Entera

De boca en boca
del alimento al beso
recodo en la palabra.

Dar de comer, entregar
entera desde esta inmensidad
y finitud desde mí
en el mundo.

Todo, desde esa boca que espera
el mordisco,
desde esa otra boca
que concierta y se funde en esta.

Casi nada, ínfima desde el cosmos
que —también— mide se desboca.

Otoño

Si muero en otoño seré redimida por mi falta de fe.

Si muero en otoño
mi cuerpo vuelto polvo
volará al fin libre
—cadencia de hoja—
ocre, amarillo.

Si muero en otoño, joven
viva quizás con tesón
en las mujeres de mi descendencia.
Pues si muero en otoño este canto
será un presagio dulce lanzado de madrugada
al arrullo de los espasmos de mi madre
que duerme la casa de la infancia.

Si no es otoño, acaso, que alguien sepa
que la dulzura de castañas,
la íntima penumbra de un atardecer cualquiera,
hubiera sido el escenario certero
para deshojar de una vez, ese, el día.

La casa, la madre

«Me he sentado a sentir cómo pasa
en el cauce sombrío de mis venas
toda la luz del mundo»
Antonio Colinas

Las casas no tienen vida,
es la madre quien respira,
¿se oye hablar, en verdad,
vive, siente?
Los muebles crujen misterios,
una lámpara en la noche,
la madre es quien cavila.
¿En qué lugar de la mente
de la casa vive ella?
La comida no es el alimento
de la casa, de los hijos,
es ella quien rehúye nutricia.
¿Qué forma debe adquirir
la madre dentro de la casa?
Calor de hogar, de nido
las voces de la casa respiran
también en los objetos.
¿Los hijos dan vida a la casa,
a la madre, a las cosas ínfimas?
El cordón umbilical une a la madre
con los platos, las copas,
los sillones de los abrazos.
¿Por qué los hijos son de la madre,
no de la casa que los ata?
La casa, la madre, los hijos
y el padre están cubiertos
de estrellas, plantas, piedras.
¿Qué significado tiene
ese universo ahí afuera?
Por momentos toma colores,
crayones, cuadros, la comida;
la madre buscó en su oscuridad
para aclarar de la casa el alma.
¿Qué color tiene la mente
de la madre para cada hijo?
El padre es por la madre
de la casa, el aliento amplio
para los hijos y la tribu toda.
¿Qué es, entonces, de los hijos,
el padre y la madre sin la casa?

Inédito

CAROLINA ZAMUDIO (Curuzú Cuatiá, Argentina, 1973). Poeta y ensayista. Publicó: «Seguir al viento», Ediciones Último Reino, 2013 (Argentina); «La oscuridad de lo que brilla», edición bilingüe español/inglés, Artepoética press, 2015 (Estados Unidos) con traducción de Miguel Falquez-Certain; la antología «Doble fondo XII», Musgonia Colección, 2016 (Colombia); «Rituales del azar», edición bilingüe español/francés, Éditions Villa-Ciseneros, 2017 (Francia) con traducción de Rémy Durand; «Teoría sobre la belleza», Imaginante, 2017 (Argentina); «La timidez de los árboles», Hilo de Plata Editores, 2018 (Colombia); «El propio río», Colección Lima Lee, 2020 (Perú), «Vértice», Raffaelli Editore, 2020, edición bilingüe español/italiano (Italia), con traducción de Emilio Coco y «Las certezas son del sol», Valparaíso, 2021 (España). Magíster en Comunicación Institucional y Asuntos Públicos por la Universidad Argentina de la Empresa y Periodista por la Universidad Católica Argentina. Creó y dirige la Fundación Esteros y la revista del mismo nombre. Vivió en Emiratos Árabes Unidos, Suiza y Colombia. En la actualidad reside en Uruguay.




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